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07 de abril 2024

Martín Rodríguez

EL LLANO NO EXISTE

Tiempo de lectura: 10 minutos

El Chueco Mazzón decía que había algo peor que la traición… el llano. La cita se volvió el lugar común de ese decálogo de “enseñanzas” que se prestan para todo. Incluso para la sobreactuación del “saber”, para los cursos online de realpolitik. Y sin embargo es una gran frase por su falsete. Porque, el llano, ¿existe?

El peronismo, en sus diversas variantes, etiquetas y sellos, hoy administra 10 gobernaciones de 24. En el Congreso es la primera minoría en ambas cámaras. En la provincia de Buenos Aires gobierna 84 de sus 135 municipios. Está al frente en 34 de las 40 ciudades que componen la Región Metropolitana de Buenos Aires, y 6 de las 12 ciudades importantes del interior. Además de los municipios bonaerenses, en el resto del país gobierna 14 de 30 ciudades relevantes (capitales provinciales y otras comunas, contabilizando todos los peronismos existentes). Los datos los maneja al dedillo el politólogo Agustín Cesio, y desprende su lectura al respecto:

“Todas estas mediaciones fueron impotentes en el proceso electoral del año pasado. Por ejemplo, ni siquiera alcanzó el sugestivo apoyo tácito a Massa de Nicolás Pino, presidente de la Sociedad Rural. Crisis de representación y cáscaras vacías, desconexión con una mayoría silenciosa que levantó la voz, como dijo Milei. El verdadero llano del peronismo es su desierto de ideas: las viejas que pretenden quedar en disponibilidad hasta que la época los favorezca, las nonatas que no encuentran traductores. Ese es el verdadero llano del peronismo. Por eso creo que la penitencia que se debe cumplir es como un viaje por el desierto para volver con agua, es decir, uno que logre que el peronismo y la mayoría silenciosa sean la misma cosa, o al menos una muy parecida.”

Todo, todo lo que pasa en Argentina parece atravesado por una pregunta: “¿y esto con qué se paga?”. El desierto de ideas del peronismo no habla sólo de una escasez de ideas, sino de un sentido de las ideas. Abundan ideas distribucionistas y son escasísimas las de cómo generarla. ¿Multiplicar los panes y pesos (solo con emisión)? El kirchnerismo puede sostener que hace por lo menos diez años su mayor “logro de gestión nacional” fue controlar al peronismo, inhibir un nuevo avatar, postergar cualquier giro hacia la sensatez macroeconómica, hacia un desarrollo productivo que no antagonice invariablemente con el sector exportador; mientras el peronismo no kirchnerista fue sumando caciques sin indios en lobbies de hotel cada vez más conspirativos y vacíos. Los votos, por abajo, se los fue afanando Milei. Pero adónde van los peronistas cuando llueve.

Hay una prescindencia de la política clásica también evidente en la pantomima que el gobierno creó para esa necesidad: Guillermo Francos

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Desde 1989 el llano no existe. El peronismo conoció el llano antes. En 18 años de proscripción real, con líder exiliado, dirigentes presos, fusilados, resistencias y negociaciones, Cooke y Vandor. Lo conoció en los años del Proceso (con negociaciones de vida o muerte, a punta de picana) y lo conoció en los seis años de Alfonsín cuando perdió donde menos lo esperaba: en las urnas. Pero desde el 89, y con Menem, se inicia este proceso (que formula Federico Zapata así: partido de poder con Menem, partido de Estado con Kirchner). Por supuesto, el concepto llano es relativo a si el peronismo está dentro o fuera de Balcarce 50. Pero fue ocurriendo que su presencia en el Senado, en las provincias, en las intendencias, en la Justicia, en los sindicatos, en las organizaciones sociales, en las iglesias, las alternancias que desde 1989 hasta hoy jamás lo tuvieron más de cuatro años fuera de la presidencia, dieron el resultado de un peronismo siempre en el poder, en el centro del sistema de poder. Del partido proscripto al partido sin el cual no se puede gobernar. De la Rúa, Macri, Milei, o cualquier candidato opositor, en la gira mágica por cócteles en embajadas u organismos multilaterales de crédito siempre recibían esta pregunta: “¿y qué piensan hacer con el peronismo?”. Para personas extranjeras según las cuales la Argentina es un solo expediente, el peronismo no es una anomalía ni un hecho maldito. Es el sistema político.

Los diez años de Menem, los dieciséis años de kirchnerismo, el año y medio de Duhalde, son el tinglado de algo a lo que se suman gobiernos de provincias con el cordobesismo irreductible o las provincias de caudillos propios y eternos, la fuerza notable de la CGT que vence al tiempo (con los principales sindicatos de la economía y el Estado en su espalda), incluso las organizaciones sociales que desde 2003 se incorporaron al “sistema de decisiones”. Algo que asumía el FMI con naturalidad cuando a pedido de Gerardo Martínez se le sumaba una silla al Gringo Castro en una teleconferencia. Cuando el FMI quiere saber algo, habla con los que representan algo. Entonces, a la vocación radical (nosiglista) de persistir institucionalmente en el poder, el peronismo agregó su fuerza instituyente. Estar en las instituciones y crear instituciones en las que estar. Su “pragmatismo” también pudo ser vitalidad: acompañar las transformaciones de la sociedad sin perder lo permanente. Tradición y novedad.

Cuando en el gobierno de Macri algunos “iluminatis” chicaneaban por izquierda al Movimiento Evita (“Movimiento Carolina”), la chicana cristinista se mordía la cola: era la consumación del esquema de poder que fundó Kirchner. No dejar fuera del Estado los movimientos sociales. Las fotos de Stanley con dirigentes piqueteros reproducían el formato que se había bautizado en 2003 con los representantes de los desocupados. Un virus nacional: en Argentina te puede faltar todo menos representación. También desde 2013 el peronismo kirchnerista borró sus tuits inmediatos y retomó la sinergia ideológica con la Iglesia Católica. El nuevo papado de Francisco impuso el giro. La obediencia para odiar a Bergoglio tenía una primera condición: no conocerlo.  

¿El peronismo, cuando no es el inquilino de Balcarce 50, qué hace? En cada gobierno “no peronista” se divide una interna entre quienes “colaboran” con la gestión -que son básicamente los que tienen responsabilidades concretas, gobernadores pendientes de coparticipación para pagar sueldos, sindicatos con paritarias, organizaciones sociales que dan de comer- y quienes “resisten” y actúan libres de cualquier responsabilidad inmediata.

Cristina, a esta misma altura del gobierno de Macri, es decir, en abril de 2016, hacía un acto en Tribunales tras una citación judicial y comenzaba a delinear el argumento opositor que juntaba plan económico y law fare. Pero Macri no tenía motosierra, hablaba de gradualismo y su política tenía un mentor demasiado humano como Marcos Peña, que en tándem con Durán Barba hacían pasar su llegada al poder con una interpretación del mundo libre: era el producto de un acceso horizontal en un tiempo “post institucional”. Lectores de Martin Gurri, proponían un contraste al liderazgo macho alfa y mesiánico. Equipo, gobernar de 9 a 18, todo eso que difundían para mostrar el camino a un “país normal”: que sea conducido por personas normales. Frente a esa versión líquida, de nuevo siglo, el peronismo siempre parece una cosa que sin dudas ocurre en el pasado, pero adherida a la Argentina corporal, corporativa. Ese mismo Macri, que tuvo mesas de negociación por todos lados (con Stanley, con Monzó, con la Iglesia, con la CGT, con Frigerio, con Ritondo, con Massa o Pichetto), finalmente odió más a los negociadores que a los resistentes. ¿Por qué siempre tiene que haber peronistas sentados en mi mesa?, podría decir.

La pregunta, entonces, ¿y ahora Milei? Su posición histórica fue sinuosa: lleva adelante un plan de desperonización nacional y se cuidó y cuida de no hablar mal del peronismo. La última versión del peronismo, desgastada y servida en bandeja, es la kirchnerista. Pero su razonamiento histórico lo lleva a cuidarse del tic anti peronista más general.

Milei será, como bien se dijo acá, un “instrumento momentáneo de la sociedad”, pero quiere ser un líder. El despidómetro, aquel contador de bajas en las plantas del Estado con que se denunciaba por twitter el (visto ahora) tibio y lento ajuste macrista de 2016, hoy es un instrumento de Estado: es Adorni a la mañana anunciando, como un menú frío, la venganza del día. Despidómetro estatal para la tribuna. Milei, además, pretende reconstruir después de tres gobiernos cascoteados en la figura presidencial una nueva autoridad que se pone a prueba, justamente, en el tabú de todos los gobiernos anteriores: “soy autoridad porque hago el ajuste”. Soy autoridad porque no procrastino. Este abril de 2024, tiene (por ejemplo) una Cristina más silenciosa, sin citaciones judiciales, con largos documentos de coyuntura, pero frente a la aplicación de un ajuste en serio (Milei detesta el gradualismo). Y quien hasta ahora era visto como su “hijo político”, Axel, sufre bajo dos fuegos: le pelea presupuestaria con el gobierno y el fuego amigo de ¡la nueva interna! Llaryora asoma con pies de plomo porque Milei pisa su provincia: el drama de una provincia autónoma es que comparte votos con Milei. En las ausencias de liderazgo (una Cristina que no quiere representar gobernadores, una terna de nombres que aún no maduran), por momentos, suele aparecer Pichetto, o sea, alguien que coordine algo (y sin el miedo escénico, adolescente, de pagar costos por izquierda). Y, sin embargo, tampoco se lo ve del todo a Pichetto llamado a ese juego. Hay una prescindencia de la política clásica también evidente en la pantomima que el gobierno creó para esa necesidad: Guillermo Francos. Un acting, una parodia. Es decir, alguien que recrea modos y teatralidad de escucha, con el teléfono abierto, que no clava el visto, de argumento pausado, pero que se entera al aire decisiones inconsultas de su presidente acelerado.

De la Rúa, Macri, Milei, o cualquier candidato opositor, en la gira mágica por cócteles en embajadas u organismos multilaterales de crédito siempre recibían esta pregunta: “¿y qué piensan hacer con el peronismo?”

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Volvamos al principio. El peronismo no carece de poder, no está en el llano, no fue expulsado del paraíso presupuestario, su dirigencia no conoce otra cosa que el goce de sueldo, pero carece de ideas. Ese es su “desierto”. Casi todas las visiones alternativas y post kirchneristas fueron obturadas. Y entonces si el rechazo social a la versión kirchnerista no fecundó alternativas aún, tampoco hay adónde volver. Todo está a mitad de camino. La pregunta sociológica viró. Ya no es la valiosa etnografía del voto a Milei (el “¿Qué es esto?” que le tocó hacer al peronismo, su “Casa tomada”, frente al voto libertario que no vio venir), sino cuánto aguantará la sociedad este experimento de sacrificio. Y esa carencia de ideas también está en la base de la “nueva interna” que mortifica a Axel Kicillof. Que enfrenta, ahora sí, una interna casi del mismo calibre que la que enfrentó Alberto, pero sin el vestido ideológico que había en las diferencias más o menos reales entre Alberto y Cristina. Porque, ¿cuáles son las siete diferencias ideológicas hoy entre Axel y Máximo? No es una diferencia conceptual, es una interna de sucesión de un poder (dominada por el: si no soy yo, no es nadie) y a lo sumo un contraste de estilos. Máximo expresa la praxis, el culto a la orga y el control ideológico que le sirvió a Cristina, pero la ideología de sentido de la economía y la sociedad la expresa Kicillof. Ocurre que Axel aprendió a gobernar con la canilla libre del presupuesto albertista, pero es hijo de nadie y, más que autor de melodías nuevas, diríamos que hizo del credo kirchnerista una interpretación propia y ahora, corrido, explora y abre su diálogo a otros, a los gobernadores de Santa Fe y Córdoba. Camina su desierto.

Preferiría no hacerlo

Reservo el final a un tema pesado. La fantasía desperonizadora (o des-kirchnerizadora) está en marcha con paquetes robustos como la reforma laboral, el achicamiento del Estado, el llamado a los ajustes provinciales, una nueva política exterior. Y por ahora la sociedad acompaña. Milei (su gestión) cambia de tema, pero no de dirección. Todas las semanas un nuevo buscapié. En el discurso del 2 de abril propuso una reconciliación con las Fuerzas Armadas a tono con algo de lo ya dicho el 24 de marzo. ¿Qué significa eso? ¿Qué se puede esperar? ¿Indultos, aumento de presupuesto, cambio en sus funciones? Es tan real que un país no puede no tener Fuerzas Armadas a la altura de los conflictos globales, como que debía cumplirse la misión soberana de quebrar “el Partido Militar”. Pero como Rosario es el tema (el tema donde el Estado concretamente pierde el monopolio de la fuerza), por ese agujero se cuelan espectros. Fantasmas: romper el peronismo, ¿reponer el partido militar? Suena exagerado decirlo. Y para nada debería ser limitante a una visión soberanista necesaria.

En 2010 viajé a Haití tras su terremoto. Diez días acampando junto a otros colegas en la base de Puerto Príncipe rodeados de militares del mundo para registrar los efectos del temblor. Conocí de primera mano la labor excepcional de las Fuerzas Armadas argentinas con los cascos azules. Entre esos hombres, un militar ya retirado que fue comando, incorporado al ejército en 1983, envuelto de espíritu malvinero y vocación profesional, aceptó discretamente responderme sobre la “invitación” difusa a participar en la represión al delito narco en Rosario (y que Victoria Villarruel contradiciendo a su propio gobierno rechazó de plano). Desde tierras puntanas, reproduzco sus principales respuestas:

“Las Fuerzas Armadas han tenido un revés muy importante después de la época de la dictadura, el revés se lo dio la sociedad. Costó mucho limpiar los platos sucios, porque no quedaron adentro de la institución, sino que salieron a la luz. Eso es muy caro para cualquier integrante del ejército. Aún más la gente que entró al ejercito con gobiernos democráticos. Entonces ya de por sí eso es un condicionante para actuar en el marco interno, a eso sumale de que se sabe que todo este tipo situaciones siempre están al amparo del poder: del poder económico, político, o de algunas organizaciones. Este tipo de intervención de las Fuerzas Armadas no es bienvenido, se sabe muy bien que no es nuestro rol, y se tiene resistencia. Ya hemos pasado por situaciones en dónde han ido a golpear los cuarteles para que salvemos el mundo y después han quedado las instituciones armadas desamparadas a la buena de dios. No estoy justificando, ni evitando hacer el mea culpa, pero lamentablemente esa lección aprendida va a quedar dentro de las Fuerzas Armadas por mucho tiempo.”

“En una oportunidad tuve un curso tuvimos una charla con oficiales colombianos. Año noventa y pico. Iban a contar su experiencia en la lucha contra la FARC, el ELN y contra los narcos. Ellos decían que haber metido a las Fuerzas Armadas en un momento tardío, con las fuerzas de seguridad sobrepasadas, fue el peor error, porque lamentablemente las Fuerzas Armadas fueron corrompidas. Había tanto dinero en juego que el Estado nacional no podía elevar los sueldos militares para que no sean incorruptibles y el narco sí podía hacerlo, entonces muchos se doblaron, terminaron traicionando a la institución, y las consecuencias se proyectaron por varias décadas. Lección aprendida del ejército de un país hermano.”

“Estoy totalmente de acuerdo con lo que dijo la Vicepresidente, con no intervenir. No estamos para hacer el papel de policía, mucho menos para operar en masa dentro de un ambiente geográfico urbano donde la posibilidad del daño colateral es mayor, donde el enemigo no está identificado con uniforme. Nuestros reglamentos no enmarcan con detalle ese tipo de operaciones, no tenemos un marco legal a nivel nacional y no vamos tener el respaldo, el día de mañana de la clase política. Es así de sencillo.”

La calma de sus respuestas trae algo más que sus respuestas. Hombres y mujeres así. Patriotas sensatos que miran el destino y sus consecuencias. Ni más ni menos frente al desastre nacional.

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