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Uno

¿Las dos lunas de Cerati? Dynamo y Bocanada en la noche de su planeta. Dos discos que, quizás, reabsorben la marea de todos los demás. 1992 y 1999. El camino y el chau de Soda, el exilio chileno con Plan V, la vuelta solista y la recta final al accidente, la vigilia y la luz. Cerati se apaga en 2010, entra en un limbo y finalmente muere en 2014. Bocanada suena a alivio, a sacar algo de adentro, de encima, lo que entra, sale; suspira. Es fácil advertir algo que le fue difícil: liderar una banda. Mario Pergolini –quien conoció a Soda Stereo por dentro– dijo que un día, en una gira, en un hotel, la banda tomó una sabia decisión: encerrarse en un cuarto y cagarse a trompadas. Les hizo bien. La terapia de la trompada primal. ¿Será verdad? Pergolini, lo ha dicho él, no es el mejor amigo de la verdad. Pero alcanza con lo que suena: suena verosímil. Y más difícil que liderar una banda, si tenés talento –si no se te cruzó el gato negro–, es liderarse a sí mismo, gobernar ese demasiado ego. Bocanada es un disco de beatlemanía: belleza, elegancia, un paso adelante y otro a la raíz. Hay un verso que lo dice, lírico, “¿qué otra cosa es un árbol más que libertad?”. Cerati volvió a sí mismo. A sus obsesiones, a sus sonidos, a la “fascinación cósmica”. La canción más climática, “Alma”, termina con una frase bajita, en tono bien ceratiano: “siempre te encuentro”. Leandro Beier, fundador de “Las Jóvenes Idealistas”, sutil songwriter de Bahía Blanca, dicta: “El puente entre el Cerati experimental de Dynamo que se quería sacar de encima a Soda, se termina de hacer en Bocanada.” Dice: “Dynamo tiene las texturas sonoras que anticipan la movida alternativa argentina, como Los Babasónicos. Y ‘Alma’ en Bocanada es el punto más alto al que llega ese camino. La voz atrás sobre un arpegiador, se van fusionando, confundiendo. El sonido sin cuerpo, o de cuerpos fundidos. Ambient y bienestar. Nos quedamos acá por los siglos de todas las siglas que van a venir”.

Dos

Estado de bienestar: un disco que da vuelta la página del siglo, flotar para cruzar un puente. “Boleros exóticos, rock glam, paisajismo pop y cierta ansiedad melancólica empujada por una rítmica funk: estaba reinventado y expandiendo su ars poetica”, describe Juan Morris en su exquisita biografía sobre Cerati. Ubica las cosas en el verano de 1999, en Chile, la escena familiar en que comenzó a gestarse Bocanada: “Lo primero que hizo durante esas madrugadas fue samplear unos segundos de la base tribal y exótica de ‘Waltz for Lumumba’, un track de 1967 de la banda inglesa Spencer Davis Group. Tomó una muestra y la fue estirando hasta transformarla en una percusión hipnótica, sobre la que grabó una melodía de guitarra escondida y una línea de voz balbuceada que desembocaba en un estribillo de notas altas: era el primer boceto de una canción tras la separación de Soda y lo llamó ‘Tabú’”.

Tres

Tabú. Menem mentiste, dijiste que “nadie muere en las vísperas”.

Cuatro

Ella usó mi cabeza como un revólver. Esta semana murió Mariana Moyano, una persona que cambió la forma de relación con los medios y la política en los últimos años. Una intelectual, de limbo. Era como mi hermana, mi amiga.

Cinco

La palabra limbo. La saboreaba, la degustaba, te la compartía un poquito. Era una época, pongámosle fecha: eso que va entre fines de los noventa y primeros dos mil. Entre 1998 y 2003. Hablaba y pensaba, obsesiva y detalladamente, sobre eso. Mariana Moyano, que había vivido de chica los setenta, que cruzó soltándose el pelo la primavera democrática y la década de Menem, ajustándose a vivirla, entenderla (y hacerla), entraba a ese cono sinuoso de años en que no estábamos –dicho ligeramente– sostenidos por un paradigma. El limbo. Ahí cuando ocurrió la Alianza, la rebelión, y cuando lo sólido se desvanecía en el aire y el aire se volvió a desvanecer en lo sólido. Bocanada para ella era como una neurociencia musical justamente de esos años. El goce. Siempre lo capitulábamos con ella en charlas infinitas, de audiófilos, tomar aire: -¿Entre el 98 y el 2003, no? -Sí, pero viste que duró un poco más.

Respiren, suspiren, exhalen y larguen el aire. Su boquete desembocó en sí misma, se sacó de encima las sombras pasadas

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Seis

¿Qué es el limbo, a qué llamaba limbo? A una ventana de tiempo. Unos años, así, intermedios, entre fuegos y sin paradigma. El limbo era desierto y armábamos su banda de sonido. El limbo era un pasado incierto, que, dándote vuelta y mirándolo, no te volvías de sal. Un pliegue entre dos épocas. Era el fin de siglo, del siglo de las siglas, y el cráter. ¿Habrá nuevas siglas? Cruzar el vacío colgados de corcheas. De “Gustavo”, como decía ella, amándolo infinitamente, o de Divididos y “Narigón del siglo”, o de “Abre” de Fito. La música que escuchan todos, o casi todos. La música como flores arrancadas de cada basural de la historia. Caminar el basural. Mariana volvía una y otra vez a la memoria de esos años finales, aurorales, caminados a ciegas. Todo en el aire. Y cada vez más recurrente ese repaso, ese recuerdo, algo se rozaba ahí, una textura, algo se escapaba ahí. “Esto es muy de los años del limbo”, me decía por audio y traía una canción, un reel de TodoXDosPesos o una publicidad de Telefónica. Ir hacia ahí, suspenderse ahí, limbo de polvo, desierto de aire, bocanada, un lugar menos pesado, menos pensado, donde estar livianos, porque ya vendrían los años kirchneristas, los años fuertes, los años del “me preparé toda la vida para esto”, la fatalidad de una cita ineludible, el desengaño de los fuegos amigos, los policías ideológicos multimillonarios dejando solos a los que lo hicieron por fe, la belleza peligrosa de cuando tus cuitas y obsesiones se hacen públicas, cuando una época toca timbre a la intimidad, el desconche, hermana, para quien no quería solamente estar en un tiempo, sino crearlo. Esa soberbia armada, amada, aventurarse, apropiarse… y también matar lo que se ama.

Siete

Nuestros veintidós años de amistad tatuados, de golpe, se retuercen, se ahogan, brotan. Se terminó la magia o empieza. El peronismo, ahora, estos días, ¿asoma para romper el tabú de estos largos años y por fin fundar un nuevo ismo, amiga? Le hacía fracking al lugar común, transcribo las primeras palabras de su episodio sobre “EL LIMBO”: “A veces algunos sectores o generaciones criadas a base de Estado fuerte y presente miran mal, ni siquiera miran o lo que es peor, tienen una idea de que este limbo y que los noventa fueron ‘una época de ausencia del Estado’, dicen así, tremendo error. Porque en los noventa hubo un Estado muy presente solo que para hacer otra cosa, no para compensar la vulnerabilidad, sino para acrecentarla y reprimir la queja de la vulnerabilidad, pero vaya que había Estado presente. Claro, hay otra época de Estado fuerte: el post 2003. ¿Y en el medio? ¿Qué pasa en esos cinco años de calle todos los días? Ese lapso que no es ni una cosa ni la otra. Cuando la política, es cierto que pudo mantener la institucionalidad, cinco presidentes en 2001, todo lo que ya sabemos, y sin embargo no se terminó de romper. Pero no oía nada, no entendía nada la política, no nos veía. El que se vayan todos, el bardo… El incendio por venir estaba en llamas, como dice Charly quien, por supuesto, también en esa época salió, nos vio, nos avisó, nos encontró, nos señaló. ¿Cómo se inició el incendio? ¿Cómo se iba a iniciar el incendio?, ¿qué íbamos a quemar? No sabíamos, pero algo ya percibía la antena García. Teníamos el valor de seguir, necesitábamos un gol y que alguien en el mundo pensara en nosotros. Estábamos desamparados. ‘Cerca del nuevo fin, tabú, fuego y dolor…’ Argentina se terminaba o empezaba.”

¿Qué empieza o qué termina? Limbo son esas horas que no sabés que alguien ya murió. Esas horas comunes y corrientes de ir a la heladera, de mear, de abrir una canilla y tomar agua, dormir con la lista de vivos y muertos desactualizada. Limbo era promesa de vida a la intemperie. Cuarenta años de democracia, cuarenta años de desierto. Limbo era, a fin de cuentas, el modo con que ella llamaba también a la indomable sociedad argentina. Eso que, cada gobierno, sueña o cree tener en sus manos. Mariana Moyano camina en el último desfile vestida de cuarenta años de desierto.

Ocho

El argumento de “Ladrones de medio pelo”, de Woody Allen. Vamos a robar un banco, y, para eso, al lado del banco vamos a montar un pequeño negocio. Y en el sótano del pequeño negocio hacer un boquete. Aunque el primer día ocurre una revelación: el pequeño negocio es un boom, es el que te hará millonario. Mariana preparó su podcast, su “Anaconda con memoria”, lista para que sea el pequeño business hasta atrapar uno mayor, un premio que no es guita ni gloria, claro, es el premio de una trascendencia merecida. Y se le encendió la Anaconda. Anaconda fue su Bocanada. Ritual sutil y purísimo, la voz en el desierto. Si lo pasás al revés nos estaba diciendo esto: ¡el limbo es ahora, estamos en un limbo, lo sólido se nos desvaneció en el aire! Se lo decía al Estado, a la carrera de Comunicación, a los medios, al kirchnerismo, a los pelotudos. Respiren, suspiren, exhalen y larguen el aire. Su boquete desembocó en sí misma, se sacó de encima las sombras pasadas. El mientras tanto se hizo el verdadero negocio. Se hizo el legado. Lo que llevará tatuado bajo tierra y en el cielo. La vida política se va, se nos fue, amiga, en ese juego entre verdad y pertenencia. La verdad propia y el pacto de sangre con ese nosotros resbaladizo, familiar y venenoso. Y Mariana rompió la mesa familiar y fundó su última pertenencia en su verdad. Y el tesoro escondido de esta época será ese podcast. Y quizás su partida sea la marca del fin de este limbo. Adiós, amiga eterna. Lo que querías, no tiene fin.

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