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22 de octubre 2022

Juan Di Loreto

EL INFIERNO SON LOS DEMÁS

Tiempo de lectura: 4 minutos

Hay un ojo que observa. Son las cámaras de la casa, aparatos minúsculos que se mueven al ritmo de los protagonistas. El ojo electrónico condiciona, sí, pero también se lo olvida, se lo naturaliza. Es la invisibilidad de la costumbre. Lo que importa son los ojos de los otros. Porque en la casa no hay afuera porque en la sociedad no hay afuera: la mirada del otro es todo lo que hay.

Gran Hermano no nos parece con el tiempo (con este tiempo) tan orweliano como antes. Ya nadie piensa en 1984, es una referencia que ha perdido sentido. La sociedad de control, los dispositivos disciplinadores de Foucault, la vigilancia y el rastreo los vivimos de este lado. “Hay más privacidad dentro de la casa de GH que la que tenemos acá”, como dijo Tomás Trapé. Gran Hermano es una invención más existencial porque de lo que están rodeados los protagonistas son otros, todos los Otros. Ahí no hay navegación ni historial ni big data; lo que importa es qué hago yo con lo que los otros hacen de mí y yo hago de los otros. Un quilombo subjetivo.

En Gran Hermano no hay refugios para las máscaras. Porque el secreto es que no hay máscaras, nunca las hubo

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Los participantes tienen el privilegio de no tener teléfono móvil, ese duende de la distracción, como dice Martín Kohan. Ahí no te podés escapar de vos ni de los otros. Estando en la casa uno rogaría poder alienarse en un trabajo o en cualquier actividad con tal de escapar de la mirada. Por eso en Gran Hermano no hay refugios para las máscaras. Porque el secreto es que no hay máscaras, nunca las hubo. Simuladores o “genuinos”, siempre se es multiplicidades. “Cada uno de nosotros era varios”, como decían Deleuze y Guattari un poco en chiste un poco en serio en Rizoma. Si te sacás la máscara, ¿qué hay debajo? Otra máscara y otra… No hay versión definitiva de nosotros mismos. Lo que hay es síntomas, repetición, acomodamientos a las pretensiones de un Yo con mucha suerte.

Gran Hermano es la experiencia subjetiva total. Porque no es posible salir igual de la casa y no por afán heracliteano de que uno no se baña dos veces en el mismo río; sino porque la mirada del otro es la que nos constituye desde siempre. Voy por la calle, decía Sartre, veo pasar a una mujer, oigo un mendigo que canta… “son para mí objetos”. Uno de los modos del prójimo parece ser la objetividad. Es como cuando vas al médico: sos un objeto de estudio. Te dejás definir por el otro. Pero no somos objetos. Ahí está la cuestión. Si todo a mi alrededor son cosas soy el dueño de la situación.

Gran Hermano no nos parece con el tiempo (con este tiempo) tan orweliano como antes. Ya nadie piensa en 1984, es una referencia que ha perdido sentido. La sociedad de control, los dispositivos disciplinadores de Foucault, la vigilancia y el rastreo los vivimos de este lado

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Ahora bien, cuando aparece el otro, es decir, cuando aparece otra mirada, me sustrae el mundo. “Somos mirados en un mundo mirado”, escribía Sartre en El Ser y la Nada. Cuando hay un otro hay inquietud: quién soy, quién es, qué quiere… Sigue Sartre: “Soy poseído por el prójimo; la mirada ajena moldea mi cuerpo en su desnudez…”. Y aquí el nudo: el otro me ve como nunca me veré yo. Escribe Sartre: “El prójimo guarda un secreto: el secreto de lo que soy”. Ya no soy dueño de nada y aparece la lucha por el reconocimiento, entre dos que se miran. Pero no porque se vayan a pelear, sino porque todo el mundo se pone en fuga, en disputa. La incertidumbre de lo que puede pasar nos atraviesa. Cómo seremos con 18 personas encerradas sin poder escapar hacia ningún lado que no sean otras miradas. Así, cuando Sartre escribió A puertas cerradas imaginó un infierno en donde no pasa nada, salvo las relaciones con otras personas. Hay tres personajes que están en una habitación sin más que hacer. Cierra Sartre:

INÉS: —(Lo mira sin miedo, pero con inmensa sorpresa.) ¡Ah, ya sé! (Una pausa.) ¡Espere! Ya lo he comprendido. ¡Ya sé por qué nos han puesto juntos! ¡Ya lo sé!

GARCIN: —Tenga cuidado con lo que va a decir.

INÉS: —Van a ver cómo es una tontería, ¡una solemne tontería! No tenemos tortura física, ¿verdad? Y, sin embargo, estamos en el infierno. Y nadie tiene que venir. Nadie. Estaremos nosotros solos y juntos para siempre, ¿no? En resumen, aquí falta alguien: el verdugo.

[…]

INÉS: —Siempre. (GARCIN abandona a ESTELLE y da algunos pasos por la habitación. Se acerca a la estatua.)

GARCIN: —La estatua… (La acaricia.) ¡En fin! Este es el momento. La estatua está ahí; yo la contemplo y ahora comprendo perfectamente que estoy en el infierno. Ya os digo que todo, todo estaba previsto. Habían previsto que en un momento…, este…, yo me colocaría junto a la chimenea y que pondría mi mano sobre la estatua, con todas esas miradas sobre mí… Todas esas miradas que me devoran… (Se vuelve bruscamente.) ¡Cómo! ¿Solo sois dos? Os creía muchas más. (Ríe.) Entonces esto es el infierno. Nunca lo hubiera creído… Ya os acordaréis: el azufre, la hoguera, las parrillas… Qué tontería todo eso… ¿Para qué las parrillas? El infierno son los demás.