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16 de julio 2023

Martín Rodríguez

EL FIN DEL DISCURSO ÚNICO

Tiempo de lectura: 6 minutos

Uno

La época terminó dando vuelta una vieja frase de esa carta de Walsh que decía “sienta la satisfacción moral de un acto de libertad”. Lo que queda, parece, es sentir la “satisfacción de un acto de superioridad moral”. Porque hay algo de superioridad en esta vigilancia, en este estricto “control de calidad ideológica” sobre los demás, casi en cualquier ámbito. Capusotto, creo que en Todox2Pesos decía: “Somos unos boludos, pero somos una bocha”. ¿Adónde está la libertad?, preguntaba Pappo.

Dos

La disputa entre Larreta y el Macri negro marca una época de macrismo realista, a los facazos por la ciudad (y con los radicales detrás). Es una etapa cruda sin la cienciología de Marcos Peña, sin esa fe secreta con que se ataba todo, esa filosofía escondida detrás, ese destino de trascendencia, mérito y elite, con teorías y diagnósticos sombríos sobre el poder amasados por el gurú mesiánico. Y con paneles solares, con frutas cortadas y sin medialunas, a lo griego. Ahora están en la que Lucía Aisicoff describe así: “todo es lo que parece”.

Tres

Más vidrioso y engañoso está el frente peronista. Sobre Massa la mitad del día se razona que le conviene balotaje con Larreta, la otra mitad que le conviene con Bullrich, mientras tanto algunos le hacen sentir que sigue “a prueba”. Lo que se dijo: Cristina perpetuó su condición de “electora”. Y hay una tradición en eso si miramos para atrás. ¿Qué se quiso instalar en 2012 con la formación especial “Unidos y Organizados”? Lo dijo literalmente un columnista propio: el control de calidad ideológica del peronismo. “Potabilizar al movimiento de impurezas”. Y paradójicamente desde 2012 esa lógica expulsiva hizo que los movimientos de CFK hayan sido casi bajo esta condición permanente: ser la electora. Buscar afuera de su círculo a políticos capaces de producir poder, porque los de adentro se lo consumen a ella (una elite aburrida y con chofer). Elijo lo elegible. En 2013 a Insaurralde, en 2015 a Scioli, en 2017 va la propia CFK (también pierde), y entonces en 2019 apuesta a Alberto, y ahora a Massa. Hay una delegación en cada una de las opciones citadas que pareciera decir: el giro sucio hacelo vos porque yo me quedo anclada a mis votos, a mi capital simbólico. Delego el pragmatismo para no perder mi capital. Pero no se reduce sólo a elegir esos candidatos, también involucra auditarlos, tomarles examen, patrullar redes, correr por izquierda, es decir, al final es algo que tampoco los deja arrancar, una mecánica gastada, de puro control, con un yunque para que no haya un nuevo avatar. Lo más propio elegido fue Kicillof, que juntó votos, pero también sufrió el escarnio. Máximo le reprocha no se sabe qué.

Porque hay algo de superioridad en esta vigilancia, este estricto “control de calidad ideológica” sobre los demás, casi en cualquier ámbito. Capusotto, creo que en Todox2Pesos decía: “Somos unos boludos, pero somos una bocha”

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Cuatro

“El progresismo de mi época –dice uno– era el orégano que se le ponía a una pizza, pero no era la pizza”. ¿Puede que hayamos llegado a ese colmo? Veinte años de izquierda como religión oficial en el peronismo marcan la hora del saldo: ¿qué dejó como sedimento?, ¿un anticapitalismo de cátedra, correctores del lenguaje, paritarias y políticas sociales, muchas ideas de cómo distribuir y casi ninguna de cómo producir? El peronismo necesita decretar el fin de ese discurso único para romper también el ancla “delegativa”, el casting de candidatos y el examen de quién tiene o no “los repudios al día”. El peronismo debe regenerar su polifonía.

Cinco

“Siempre hice política, siempre fui progresista” se llama un ensayo formidable de Mariano Schuster sobre los años noventa. Ahí dice: “La palabra ‘progresista’ se hacía un lugar, reemplazando el significante fuerte de ‘izquierda’”. El enunciado que propone Schuster juega con el eco de otra frase original y en sus antípodas, aquella frase del peronismo silvestre que se intercambiaban Soriano y Favio (“nunca hice política, siempre fui peronista”). En los noventa maduró una cultura nostálgica de las viejas luchas con los bordes limados por el giro de la Historia, “derrotados somos todos”. Como los rusos que vendían pipas de Lenin en la plaza de Tribunales, también podía haber viejos criollos vendiendo medallas del Plan Quinquenal. Los noventa ponían la Historia en otra góndola de consumos. Izquierdas y desencantos, voto bronca, anti menemismo en “piloto automático” y recuperación sacra de lo histórico: la revolución justicialista, la resistencia peronista, la juventud maravillosa, todo era parte del mosaico de la Historia perdida. Como una cuenta inversa de la República perdida: recuperamos la República pero perdimos el pueblo. El kirchnerismo captura el progresismo, lo estatiza, y lo hace aliado al voto de los pobres. Nació “transversal”. Pero esa imaginación progresista ya es un cuello de botella ideológico que incluso hace que vuele por el aire y por hartazgo una Cynthia García y que esas mismas audiencias se enamoren del liberalismo con calle de Maslatón. Del relato asfixiante, sobregirado, solemne y sin humor al semitono de cualquiera que maneje el lenguaje de la guita, de las cosas.  

Veinte años de izquierda como religión oficial en el peronismo marcan la hora del saldo: ¿qué dejó como sedimento?, ¿un anticapitalismo de cátedra, correctores del lenguaje, paritarias y políticas sociales, muchas ideas de cómo distribuir y casi ninguna de cómo producir?

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Seis

Por eso miramos los bordes, lo que queda afuera, las tribus o solitarios de un peronismo libre, coral, más desarrapados, pero donde anida alguna inspiración futura, aunque se muevan en laterales. Los que no encajan. Veamos algunos. Así, aparece una Verónica Tenaglia, una cara porteña del “modelo cordobés”. De Saladillo, de origen rural y humilde, peronista y emprendedora. Conoce la economía del conocimiento porque la hace. Lean acá sus ideas. O la estrella de Alejandro Kim, el coreano al que casi todos llaman “chino”, ex Vicepresidente de la Cámara de Empresarios Coreanos en la Argentina, en la lista de Guillermo Moreno. Un pingazo de tipo. O cada intervención de Mayra Arena (escrita, en charlas o entrevistada) y en la que insistentemente pide romper el candado. Y la experiencia de la UOLRA, la Unión Obrera Ladrillera de la República Argentina, con su iniciativa de la Primera Mesa Sectorial de su industria: con el sector sindical, el privado y el público, más las cooperativas. Los ladrilleros son como los mensúes en Las aguas bajan turbias: que llegue un sindicato para que llegue la civilización. Dicho rápido: no existía prácticamente la contraparte privada y el sindicato se propuso junto al Estado construirla, como aclara Leandro Mora Alfonsín. Si se lo cuenta bien se dirá que es la primera vez que en el Ministerio de Industria y Desarrollo Productivo se sientan los representantes de la llamada economía popular en una mesa sectorial. En su libro, “Una diagonal al crecimiento”, Diego Bossio (también candidato de Schiaretti en esta ciudad) argumenta contra varios tabúes económicos que, de ganar, remotamente, Massa deberá romper. “Crecer duele”, dice con la productividad por delante; como Kulfas que escribió “Un peronismo para el siglo XXI”, y se metió en el centro de la polémica económica. O Martín Guzmán, que tampoco se calla. Digamos: nombro algunos que se fueron del palacio pero no se quieren ir del peronismo. También se conoció un documento del Equipo de Curas de Villas que ruegan por una atención a los pobres. Dicen: “muchas veces vemos a las dirigencias de diversos ámbitos desconectadas de la vida concreta de las mayorías, envueltas en internismos, buscando ocupar espacios de poder”. “No abundan las propuestas concretas que expresen vocación de transformar, de imaginar un sueño que ayude a poner de pie y caminar tras de él”, concluyen los curas desde el desierto.

Siete

Como el avión cuando veinte minutos antes te avisan que comienza a aterrizar, se empieza a terminar el ciclo de Alberto Fernández. No sabemos lo que viene, pero sabemos que algo se termina. Impresiona de esta campaña lo ausente que está la Pandemia, agujero negro de esta era. La memoria a la que nadie quiere volver. Un olvido por izquierda. Nadie la nombra. No escuchamos a ningún oficialista decir: “¡porque cuando el virus arrasaba reconstruimos el sistema de salud!”. Más bien la oposición tiene en la punta de la lengua el sacrificio de libertades que significó, sobre todo, el cierre de escuelas. Y con eso pagó el precio el gobierno. La elección de 2021 se confió mucho a que los esfuerzos estatales para cuidarte se cobraban con votos. Una vacuna = un voto. En el país peronista se creyó que la gente premiaba el Estado como si para un argentino el Estado no fuera su segunda naturaleza. ¿Amarás al Estado como a ti mismo? Sobre esto hablo con Alejandro Galliano. Me dice, “Fogwill diría que hay descovidización”. Y marca dos hipótesis: “La de mínima, queremos dejar eso atrás. La de máxima, el mundo de la cultura quedó medio en off side bancando sanitarismos muy duros y tirando pronósticos muy flasheros”.

Postdata:

Daniel Passarella contó una conversación que es una parábola nacional. El entretiempo de la final con Holanda en el 78. Menotti les dice algo así a los muchachos (variación libre): Un trabajador vuelve a la casa reventado después de todo el día de laburo en el puerto hombreando bolsas. Se sienta a comer y pregunta por su hijo. La mujer le dice que está en el décimo piso jugando con su amigo del edificio. Pero de pronto suena la sirena, hay un incendio en el edificio y el hombre tiene que subir los diez pisos por escalera para salvar al hijo. Y puede subirlos. Y puede bajarlos con el hijo a upa. “No están cansados”, dijo el Flaco. “Creen estar cansados.” (Me tomo un domingo de vacaciones. Vuelvo el 30. Creo estar cansado.)

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