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20 de junio 2024

Esteban Dómina

EL FEDERALISMO DE CÓRDOBA Y LA REGIÓN CENTRO

Tiempo de lectura: 6 minutos

Desde una perspectiva histórica y, a la vez, para poner la cuestión planteada en contexto temporal, conviene empezar repasando dos etapas del siglo XIX bien diferenciadas: la primera hora patria y la subsiguiente, de organización nacional. De haber existido una primigenia Región Centro durante los años que siguieron a la revolución de Mayo, la mayor parte de ella hubiera coincidido territorialmente con el Protectorado de los Pueblos Libres liderado por José Gervasio Artigas: tres de las provincias que la conforman actualmente —Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba— formaban parte de ese espacio supraprovincial enfrentado a los autoridades porteñas. Los caudillos más destacados de esa hora eran —además del uruguayo Artigas y, algo más tarde, del chileno José Miguel Carrera— el santafesino Estanislao López y el entrerriano Francisco “Pancho” Ramírez. El planteo de estos líderes provincianos era, básicamente, ser parte de una federación de formato autonómico antes que someterse a los exclusivos designios de un gobierno central.

La década de 1810 estuvo inmersa, además de la guerra de Independencia, en un ardoroso conflicto con los nombrados, que concluyó en 1820 con la caída del último Directorio y la disolución de la autoridad nacional. A comienzos de esa década salieron de escena Artigas, exiliado en el Paraguay, y Ramírez y Carrera, muertos ambos, a la vez que surgieron caudillos del nuevo tiempo, entre otros, Juan Felipe Ibarra en Santiago del Estero, Juan Facundo Quiroga en La Rioja y Alejandro Heredia en Tucumán. Al gobernador cordobés Juan Bautista Bustos se lo suele colocar en ese lote, pese a que si bien comulgaba un credo federal parecido, no respondía a las características ni estilos de los demás; no debe olvidarse que era un militar de carrera que, a su tiempo, había enfrentado a las montoneras santafesinas y entrerrianas que disputaban el control de la Región Centro de entonces.

La gran asignatura pendiente, concluida en 1824 la guerra americana, era organizar la Nación emergente y resolver la forma de gobierno a adoptar, un nudo gordiano que dividió a unitarios y federales, los dos bandos irreconciliables. El referente unitario más connotado de la época fue Bernardino Rivadavia, padre de la Constitución de 1826 repudiada por las provincias. Entretanto, el gobernador Bustos trataba de convertir a su Córdoba en epicentro del enrevesado trajín organizacional, un intento boicoteado desde Buenos Aires, en tanto que su colega santafesino, Estanislao López, surfeaba la grieta poniendo en práctica su legendaria sapiencia de paisano prevenido.

La llamada Generación del ‘80, a su turno, sentó las bases de la Argentina moderna; incorporó el país al mundo merced al modelo agroexportador, construyó un Estado laico, legisló y expandió la educación pública, “conquistó el desierto”, pero hizo poco y nada para revertir el centralismo

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No hubo Constitución, y en las dos décadas siguientes, el gobernador de la provincia de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas acaparó la centralidad del escenario, aletargando hasta 1852 la agenda irresuelta, al punto de que connotados caudillos como el riojano Quiroga comenzaban a impacientarse por la dilación. Si bien se tiene al período rosista como un “momento federal”, esa etiqueta debe tomarse con beneficio de inventario, por cuanto la fuente más importante de recursos se hallaba en las exclusivas manos de la provincia que usufructuaba la renta aduanera sin compartirla con las demás, lo que perjudicaba a dos provincias de la actual Región Centro: Santa Fe y Entre Ríos, ya que ambas contaban con puertos fluviales propios con salida al mar. Este enojoso asunto obró como anabólico para el empoderamiento del gobernador entrerriano Justo José de Urquiza quien, en 1951, puso fin a la prolongada hibernación, abriendo el “momento constitucional”, consumado en una provincia que formaba parte de la región aludida: la convención constituyente de 1853 sesionó en la capital santafesina. Para entonces, ya no estaban en escena ninguno de los caudillos de la primera hora. Sin la presencia de la provincia de Buenos Aires, que no envió representantes, hubo unanimidad en adoptar el sistema federal. El artículo primero de la Constitución inspirada en la letra provista por Juan Bautista Alberdi reza, textualmente: “La Nación Argentina adopta para su Gobierno la forma representativa republicana federal, según la establece la presente constitución”. Buenos Aires, por su parte, reacia a compartir la prolífica aduana, desdeñaba el fruto de la labor de los constituyentes provincianos y, separada del resto, se aprestaba a promulgar su propia constitución, réplica de la rivadaviana de 1826 que tanto había irritado a los hombres del interior. Las demás provincias formaron la Confederación Argentina con sede en Paraná, la capital entrerriana, presidida entre 1854 y 1860 por Urquiza. Lo sucedió en la presidencia el cordobés Santiago Derqui, cuya visión del federalismo, más ceñida a la perspectiva jurídica, distaba de la algarabía caudillista de otrora.

La batalla de Cepeda obligó a la derrotada Buenos Aires a flexibilizar su postura. El 1 de octubre de 1860, ignorando los reparos alberdianos, se promulgó la Constitución reformada por una convención reunida nuevamente en Santa Fe, que posibilitó la reincorporación que Buenos Aires había condicionado a que en el texto reformado se recogieran sus planteos. En Pavón —la fatídica batalla librada el 17 de septiembre de 1861— sucumbió la incipiente experiencia federal iniciada en 1852, que Buenos Aires repudió con una actitud separatista que puso al país al borde de la secesión. El sueño de un país federal quedaba en el camino, convertido en letra muerta de la Constitución.

La llamada Generación del ‘80, a su turno, sentó las bases de la Argentina moderna; incorporó el país al mundo merced al modelo agroexportador, construyó un Estado laico, legisló y expandió la educación pública, “conquistó el desierto”, pero hizo poco y nada para revertir el centralismo, el formato dominante de poder que los conservadores que gobernaron hasta 1916 mantuvieron incólume. Las imágenes de los fastos porteños del Primer Centenario reflejan ese estado de cosas. En las décadas que siguieron, los dos grandes movimientos populares, yrigoyenismo y peronismo, hicieron en sus respectivos períodos muchas cosas buenas a favor de la democratización del país y de la justicia social, pero desde una visión geocéntrica sin mayores avances en el diseño de un país federal consistente. Durante la segunda mitad del siglo XX, la cuestión del federalismo siguió siendo una ficción, agravada durante los períodos de facto que asolaron al país durante esa etapa en los que recrudeció el centralismo.

La gran asignatura pendiente, concluida en 1824 la guerra americana, era organizar la Nación emergente y resolver la forma de gobierno a adoptar, un nudo gordiano que dividió a unitarios y federales, los dos bandos irreconciliables

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La Región Centro en ciernes fue nuevamente escenario de un “momento constitucional” en 1994 —la convención sesionó ese año alternativamente en las ciudades de Paraná y Santa Fe— que dejó como saldo un texto que mejoró algunas cuestiones, por ejemplo, al establecer que: “Corresponde a las provincias el dominio originario de los recursos naturales existentes en su territorio”. Todo un avance. Sin embargo, en los hechos, la reforma hija del Pacto de Olivos suscripto por Carlos Menem y Raúl Alfonsín no alcanzó a conmover las bases del centralismo. Incluso, se dio otra vuelta de tuerca al convertir a Buenos Aires en una ciudad Estado, elevándola a la pomposa categoría de Ciudad Autónoma, con todas las canonjías correspondientes a ese rango, incluida una porción nada desdeñable de la Coparticipación Federal. El texto reformado, ahora sí, dio pie a la creación formal de regiones: “Las provincias podrán crear regiones para el desarrollo económico y social y establecer órganos con facultades para el cumplimiento de sus fines”. Así nació, entre otras, la Región Centro; el primer impulso lo dieron Córdoba y Santa Fe al firmar el Tratado de Integración Regional en 1998, y un año después se sumó Entre Ríos. Un espacio que, comparado con otros países, España, por ejemplo, parece tener más de Andalucía que de Cataluña o el País Vasco, donde los efluvios autonomistas existen, pero no llegan a convertirse en planteos separatistas a ultranza como en los otros dos.

Muchos se preguntan si el llamado cordobesismo es un federalismo a la cordobesa. Descartados enfoques chauvinistas o frívolos de la cuestión, podría percibírselo como un formato de autodefensa de los intereses provinciales, y en ocasiones, de contraofensiva. La perspectiva histórica de las décadas recientes parece confirmarlo. Desde 1983, tanto el radical Eduardo César Angeloz como el peronista José Manuel De la Sota fueron pioneros de la receta cordobesista, que aplicaron con distintos estilo y estridencias, pero con igual propósito: levantar un firewall capaz de poner la provincia a cubierto de intromisiones foráneas y, a la vez, arropar el orgullo local, un rasgo acendrado de identidad cordobesa. 

A la hora de aplicar el libreto en las presentes circunstancias, cabe preguntarse cuánto puede obrar, a favor o en contra de las provincias, sostener una postura autonómica dura o intransigente en demasía. No caben dudas que el federalismo argentino está en franco retroceso y seriamente amenazado con desaparecer del todo si se persistiera en replicar las mismas políticas de las últimas décadas. Sin embargo, las recetas de antaño y, sobre todo, consignas y fórmulas anacrónicas disfuncionales a los tiempos cambiantes y vertiginosos del presente, resultan de mero efecto retórico. Desde ese punto de vista, no parece que actitudes extremas sean eficaces para destrabar la agenda pendiente, y sí en cambio podrían conducir al aislamiento, un daño colateral no deseado.

Así nació, entre otras, la Región Centro; el primer impulso lo dieron Córdoba y Santa Fe al firmar el Tratado de Integración Regional en 1998, y un año después se sumó Entre Ríos

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Difícilmente se puedan revertir a corto o mediano plazo las malformaciones estructurales del formato de país para llegar a tener un federalismo como el de EE.UU. o Alemania, pero al menos se debieran resolver ambigüedades, yuxtaposiciones y ausencias concurrentes en aras de una relación Nación-provincias menos tóxica que la actual. Sería deseable entonces que los protagonistas de la hora, con sensatez, sin estridencias, logren los consensos necesarios para replantear a fondo el modelo de país y restablecer el equilibrio perdido, para que a las provincias no les quede como único camino la rebeldía, o, lo que es peor, la genuflexión.