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09 de abril 2022

Juan Di Loreto

EL ESPACIO VACÍO

Tiempo de lectura: 3 minutos

Este es un texto pesimista. Más que decirlo habría que mostrarlo, claro. Decir: “pesimismo” no es ser pesimista. Comencemos con una afirmación y algunas obviedades para llegar “al punto”. El mundo parece haber perdido, si es que lo tuvo, su capacidad de emancipar a lo que llamamos “ser humano”. Dicho de otro modo: el mundo cada día es un poco peor. Un ejemplo cualquiera. La carrera hacia los combustibles sustentables de pronto se ve finalizada por la guerra. El petróleo está más vigente que nunca, se pide producir más, hay suba de alimentos básicos, inflación en todos lados, etc.

Reformulemos: el mundo no es peor, sino que lo que hacemos con él lo ha empeorado. El hombre construye dinámicas que lo exceden, lo aniquilan y lo subyugan. Ahí es cuando nos reencontramos con la afirmación: el mundo perdió su capacidad de emancipación. No hablamos de “liberar”, como si se tratara de esclavos del antiguo Egipto. Uno pasa de alienación en alienación, siempre estamos sumergidos en una matrix. Se habla de la posibilidad de construir un mundo en donde se trabaje, se descanse, se recree. Más viejo y más obvio no hay. Pero eso, hoy, es un lujo.

Las tecnologías nos han puesto en estado de disponibilidad: no hay un último que apague la luz. Cerraste el boliche, pero el Whatsapp sigue abierto

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La mayoría de las profesiones (¿salvo las de IT?) parecen asegurar más la escasez que la abundancia. Pero no solo es una escasez de tipo material, sino sobre todo de tiempo. Estamos atados a una inercia que no permite que cortemos del todo el día de trabajo. Las tecnologías nos han puesto en estado de disponibilidad: no hay un último que apague la luz. Cerraste el boliche, pero el Whatsapp sigue abierto. Esto es una gran innovación del Siglo XXI: habitamos un flujo continuo de productividad o, al menos, de demanda. Si no hay horarios, es un mundo en el que reina la impertinencia, la deshora. No podemos zafar de las solicitudes.

No le encontramos el agujero al mate. ¿Cómo rompemos esta dinámica? ¿Cómo se sale del continuo? Y ahora comienza la parte equivocada del texto. Describir lo mal que está el mundo es un facilismo. En cualquier conversación de feria uno dice: “Y… vio cómo está todo”. Pero  ensayar respuestas es, más que nada, errar. En dos sentidos: errar de equivocarse, pero también de andar de acá para allá. Esa podría ser una solución provisoria. Perderse para zafar del flujo productivo de la demanda. Una solución a lo Bataille: perder el tiempo, hacer cosas inútiles, el gasto improductivo, que le dicen.

Por otro lado, uno de los caminos es tratar construir un lugar fuera de la demanda. Un sitio con cierto aire sagrado. Como la misma noción de sagrado indica, construir un espacio de excepcional respeto. Es decir, un lugar donde la demanda no esté permitida. Donde queda resguardado lo que uno posee (relativamente): el propio tiempo.

Se habla de la posibilidad de construir un mundo en donde se trabaje, se descanse, se recree. Más viejo y más obvio no hay. Pero eso, hoy, es un lujo

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Otra posible respuesta a este mundo de pedidos ya es la renuncia. Una puesta en práctica del “menos es más”. Habitar menos espacios quizás logre recuperar el valor de la propia imagen o palabra. Para hacer una pésima comparación, al igual que en ciertas teorías económicas el exceso de emisión (de enunciados) genera la propia desvalorización. En términos de disponibilidad, si siempre ven luz, te van a tocar el timbre.

Pero por supuesto, poner límites es muy complejo. ¿Quién puede vivir sin Whatsapp? O peor: ¿quién puede vivir sin Gmail? Pero podemos mutearlos, olvidarlos por un rato, alejar ese teléfono que notifica a todas horas sobre el clima, el tráfico, el partido que está por comenzar… Nadie puede y nadie debe vivir desconectado. Hoy no existis (o sea, si existimos, claro, pero el peso ontológico lo dan las redes, nuestros queridos avatares digitales). Pero la astucia está en manejar esas transacciones con lo que nos mantiene en línea. Apagarse: no subir, no tuitear, no postear, no pispear el estado del otro, no comentar. Recordemos una verdad simple (es decir, muy compleja): el contenido de las redes somos nosotros. Estar, vivir la matrix, disfrutarla y padecerla, pero también poder irse y chau! Como el “teatro de la evasión” durante la guerra que describe Peter Brook en El espacio vacío. Estar en el flujo de la demanda, pero sentirse fuera por un rato. Porque como el mismo Brook dice de aquel teatro: “Era evasión y recordatorio: un gorrión en la celda de una cárcel”.