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10 de diciembre 2021

Bruno Reichert

EL DIABLO TAN VIVO COMO VOS Y YO

Tiempo de lectura: 7 minutos

Si nos encontráramos un Dios menor en la calle tal vez no nos quedaría muchas opciones que compadecernos de su longevidad. Pero si el encuentro fuese con el representante del mal en la tierra y el infierno ¿Cuántas preguntas nos haríamos? En la literatura los encuentros con el diablo sirvieron para ensayar respuestas a dos bandas: cuánto de él vive en nosotros y cuánta libertad tenemos de elegir el camino correcto. No parece haber conclusión inequívoca ni en los dogmas ni en la vida secular. Y gracias a la imposibilidad de encontrar la paz que nos da el entendimiento, los autores sobre los que versa este pequeño ensayo serán siempre recordados.

Nathaniel Hawthorne:  The Young Goodman Brown

El autor de The Scarlet Letter publicó en 1835 este cuento ubicado en La Nueva Inglaterra del siglo XVII, tiempos coincidentes con los famosos Juicios de Salem. Tal vez no haya habido otro texto que forjara tan fuerte la manera en que se narra el encuentro con Lucifer. Desde los elogios de Herman Melvile en el siglo XIX, hasta autores y críticos modernos, el reconocimiento a la estructura narrativa de Hawthorne sigue fascinando por su condición pionera en el manejo de los recursos formales. En la literatura, como en cualquier adaptación transmedial, encontrarse al diablo es volver a Howthorne de una manera u otra.

El puritano Goodman Brown es un joven recientemente catequizado que se adentra en los bosques en un camino que va a terminar con su fe. El cuento se nutre de la idea de que todo hombre llega al mundo en “estado de depravación” (la traducción es literal y su sentido en castellano difiere un poco del inglés). Algo que en el dogma calvinista/puritano se resume en la formula “In Adam´s fall/ we sin all”.  Es un texto sobre la maldad, pero por sobre todo de la angustia de no ser parte de la doble predestinación (ser o no ser salvado por el Estado de Gracia). Esta angustia se hace carne en la iniciación sexual de un chico recientemente comprometido y que llega a la edad en que se define qué tanto se es parte integral de una comunidad. Para los puritanos el camino a la salvación terminaba en la “conversión”, el punto de quiebre en el que el pecador se adentra en la salvación, la cual es entendida por el hombre a través de un conocimiento acabado de las escrituras. Goodman Brown es un catequista que, con la ayuda de una mujer mayor, Goody Close, intenta ingresar al entendimiento espiritual. Pero claro, tanto el demonio como sus brujas pueden aparecer detrás de un árbol.

El puritano Goodman Brown es un joven recientemente catequizado que se adentra en los bosques en un camino que va a terminar con su fe. El cuento se nutre de la idea de que todo hombre llega al mundo en estado de depravación.

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El texto de Hawthorne fue interpretado de muchas maneras: como una muestra de la hipocresía puritana, como prueba de que uno de los mayores escritores decimonónicos era un simpatizante de la sociedad puritana (donde se hundían las raíces su árbol genealógico) o solo como una formula narrativa que se iba a ser reproducida al infinito. El crítico norteamericano Harold Bloom compiló varias interpretaciones sobre el cuento en la serie de libros Bloom’s Modern Critical Interpretations. Allí, la investigadora Jane Donahue nos recuerda que el eje central del cuento está no tanto en la perdida de fe por la tentación del diablo. Más importante es el entendimiento de su protagonista de que abrazar el dogma no es suficiente si la gracia divina no está de su lado.

La creencia en la doble predestinación generaba angustia, los calvinistas encontraron en el éxito intramundano una señal de ser parte de los designios de Dios. El éxito personal era la única certeza de un mundo mejor más allá de la vida. Sobre esta concepción las iglesias de Nueva Inglaterra (una sociedad relativamente pequeña) comenzó a restringir las membrecías que permitían llegar al pulpito. El historiador Edmunt S. Morgan, en su libro Visible Saints sostiene que eso generaba constantes crisis de fe en una comunidad donde separar pertenencia a una iglesia y derechos políticos era casi imposible. La respuesta fue el Pacto a Medio Camino (Half-Way Covenant), una acordada religiosa que permitía bautizar a los hijos de ciudadanos ya bautizados, pero que no habían atravesado la conversión. Este sínodo redibujó el lugar que cada uno ocupaba en la sociedad. Goodman Brown, en la visión de Donahue, es una versión ficticia de esa primera generación signada por un pasado de constantes crisis de fe y una acordada que limitaba su lugar en ambos mundos.  El diablo de The Young Goodman Brown habita en la angustia y triunfa en la resignación.

Quienes suponen que Nathaniel Hawthorne era un admirador del puritanismo suelen obviar un dato importante: es muy probable que la razón por la que cambió su apellido de Hathorne a Hawthorne fuese evitar ser asociado a su tío tatarabuelo, John Hathorne, máxima autoridad judicial durante los Juicios de Salem, ya denostados en su siglo XIX. Algo de ese extraño antepasado se cristaliza en el siguiente autor.

La creencia en la doble predestinación generaba angustia, los calvinistas encontraron en el éxito intramundano una señal de ser parte de los designios de Dios. El éxito personal era la única certeza de un mundo mejor más allá de la vida.

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Stephen Vincent Benét: The Devil and Daniel Webster

Entrada la tercera década del siglo XX, el escritor, poeta y novelista Stephen Benét retoma la que para ese momento ya era una mítica figura del ex Secretario de Estado, Daniel Webster (1782 –1852). El abogado que había representado años a los Estados de New Hampshire and Massachusetts en el congreso norteamericano, era una leyenda popular por sus dotes como orador y por la cantidad de casos en los que había sentado precedente a su favor ante la Corte Suprema. Benét toma su figura y la convierte en el abogado del granjero Jabez Stone, quien vende su alma a un demonio muy parecido a un vendedor de hipotecas usurarias. El caso es llevado a juicio y Benét despliega toda su ironía: el diablo esta vez volvería a llamar al alma de John Hathorne para tenerla de su lado. Así, no hay elección baladí en un solo fragmento del texto: así como el infortunado granjero que vivía atormentado por su tierra yerma se llama Jabez (dolor en hebreo), el jurado que lo iba a enjuiciar se componía de los malqueridos de la historia norteamericana: James Girty “el salvaje blanco” que fue retratado como un villano despiadado, en contraposición al héroe folclórico Daniel Boone. También aparece King Phillip, jefe indígena que lideró la guerra contra los colonos un siglo antes de la revolución, entre otros. Difícilmente hoy se vería a esos personajes como sencillamente villanos, pero Benét prepara nos endulza con el mito de la creación de los Estados Unidos para el alegato final.

Para esta altura del texto será claro que la nouvelle de Benét fue parte de una de las más recordadas parodias de Los Simpson. En la serie creada de Matt Groening el jurado es una mezcla de personajes históricos y modernos. La presunta asesina decimonónica Lizzie Borden comparte espacio con un equipo de jugadores de hockey sobre hielo (deporte con las mayores estadísticas de muerte de EUA). Pero mientras Homero tenía al malogrado Lionel Hutz en a su lado, el alegato final del Webster de Benét brilla. Nos recuerda que Estados Unido fue creado bajo los valores de la cristiandad, pero eso implica también una convivencia con el demonio. En definitiva, un país se forja en base a traiciones susurradas al oído por el diablo. Y este último no tiene jurisdicción para llevarse al infierno el alma de un ciudadano que quiso contribuir a la grandeza de la nación. Así, Benét corre el eje de la predestinación y sus señales patrimoniales a otro concepto cristiano: el libre albedrío. Cada buen hombre lleva la antorcha de la riqueza en su espalda. Solo hay que perdonarle trastabillar.

Estados Unidos fue creado bajo los valores de la cristiandad, pero eso implica también una convivencia con el demonio. En definitiva, un país se forja en base a traiciones susurradas al oído por el diablo. .

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Stephen King: The Man in Black Suit

Un anciano en la cama del hospital decide contar por primera vez su encuentro con el diablo en 1914, cuando era un niño de nueve años. Su forma de hablar denota que el miedo es el mismo que en ese año donde explotaba la Gran Guerra del otro lado del Atlántico. El cuento del autor de The Shining y Salem´s Lot fue publicado en The New Yorker en 1994, como un homenaje The Young Goodman Brown. En palabras de King, Hawthorne y especialmente ese cuento fue una inspiración fundamental para el escritor que también es oriundo de la costa noreste. The Man in Black Suit tiene todos los elementos del mundo King: el pequeño poblado de montaña, los bosques, el verano de pesca y los servicios religiosos de domingo. No obstante, no hay un dogma definido por fuera de una generalidad del mundo judeocristiano. La columna vertebral del cuento es el duelo que atraviesa Gary, un niño, frente a la muerte de su hermano y la posibilidad de que se vuelva a repetir con su madre. El demonio se presenta a contarle que el shock alérgico que mató a su hermano mayor por la picadura de una abeja es una herencia genética materna. Ese demonio de ojos rojos y dientes puntiagudos es el mensajero de un miedo siempre presente: no importa nuestras buenas acciones, si fallamos, el diablo va a poder regocijarse en el castigo de dejarnos un poco más solos. El demonio de King no le interesa mostrar su poder frente a un niño, puede mentirle y hacerle creer que ya está muerta. Que el pecado del niño que se durmió intentando pescar truchas fue no estar, no entender la finitud de la vida. El Gary viejo que escribe sus recuerdos en la cama de un hospital sigue un poco maldito, con noventa años aun habla de su hermanito muerto como si fuese mayor que él. El diablo siempre gana esa partida.

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