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02 de julio 2022

Juan Di Loreto

EL DESBORDE

Tiempo de lectura: 3 minutos

Todo es una cuestión de fronteras. O casi. Los muros, las vallas o los cercos perimetrales separan territorios, pero también ideas, dinero, modos de hacer y de vivir. Las ideas pueden sortear un poco esas vallas, pero los cuerpos no. Ahí se quedan. Es lo que tiene la corporalidad: para cruzar la frontera tenemos que entregarnos al peligro mismo de la distancia y el traslado, pero sobre todo de la incertidumbre absoluta. ¿Podré cruzar? Y si cruzo, qué habrá del otro lado. Cárcel, muerte, plata, bienestar. Una tómbola donde la bola es uno mismo. Perder es verdaderamente perderse.

Una obviedad: el mundo es un lugar que tiende a cerrarse. Costos, burocracia sobre burocracia, enfermedades, xenofobia. Pero hay una voluntad por cruzar esas fronteras. Y es una voluntad tan poderosa que pone en juego su propia sobrevivencia. Es el poder del que no tiene nada que perder. El migrante, de él hablamos, sólo se tiene a sí mismo. Es el ejemplo acabado del “soltar” que nos vende la autoayuda. Pero claro, “soltar” sin largar un mango o sin dejar atrás lo que de verdad importa es un simulacro.

Siempre hay alguien que está peor y llama a tu puerta. Gobiernos débiles que apenas pueden atajar algún penal

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En una semanita se juntaron pésimas noticias de lo desbordado que está todo. Porque “desborde” es la palabra correcta. Lo que hacía presión no se puede detener: los migrantes en la frontera estadounidense muertos en un camión, las muertes en la valla de Melilla, la crisis humanitaria por la invasión a Ucrania. En lo local los caminos también se tuercen. Una protesta de gente vinculada al transporte, una protesta anárquica, sin un sindicato ni un interlocutor que marque pautas termina en drama.

Toda la realidad o, al menos, la lectura que se hace de ella, marca que los parámetros sociales están en una crisis total. Siempre hay alguien que está peor y llama a tu puerta. Gobiernos débiles que apenas pueden atajar algún penal. A nivel local hay una crisis de tipo “migratorio” pero en sentido inverso. Del peso al dólar. La inflación, es decir, la suba generalizada de precios, está empujando el sistema vital argentino hacia un cúmulo infinito de excepciones y eso nos lleva a un punto de contacto: la fuga (infinita también) hacia el dólar. Pero claro, hay que tener primero pesos para escapar hacia el dólar. Una cuestión de minorías, sí, pero un deseo de todos. La brecha entre las dos monedas es una frontera que se agiganta minuto a minuto. Cualquiera lo sabe. Esta semana desbordó, otra vez.

Metáforas y comparaciones siempre son un poco exageradas: comparar un cambio de moneda con los migrantes. Pero lo que demuestran todas estas situaciones es que la política, el Estado y el mercado tal como se entienden y se llevan adelante hoy llevan indefectiblemente a la ruina. Las únicas canciones que escuchamos son las canciones desesperadas. Recuerdo una carta de Franz Fanon desesperado y desesperanzado a su editor. Fanon acaba de terminar de escribir Los condenados de la tierra y escribe: “Quisiera pedirle (…) que se acelere la impresión: lo necesitamos en Argelia y África (…) Pida a Sartre que escriba el prefacio. Dígale que pienso en él cada vez que me siento ante mi mesa de trabajo. Él, que escribe cosas tan importantes para nuestro porvenir, pero que en su país no encuentra lectores que sepan leerlo y que aquí, simplemente, no los tiene”.

La inflación, es decir, la suba generalizada de precios, está empujando el sistema vital argentino hacia un cúmulo infinito de excepciones y eso nos lleva a un punto de contacto: la fuga (infinita también) hacia el dólar

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Fanon llega a nosotros con una enseñanza triste: no hay salida. Si la alternativa es ir a perder la vida en la frontera, a cualquiera de las fronteras, significa que la humanidad transita tiempos demasiado oscuros. Pero sobre todo que “lo humano” es un artefacto que ya no tiene sentido. Somos extranjeros de nosotros mismos, donde la cosa está siempre en otro lado. Entonces, ¿qué hacer? Nadie está muy seguro. Sí sabemos una cosa que nos dejó Sartre, el pensador a quien siempre vuelvo, porque a algún lado hay que saber volver: «No nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros».