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04 de junio 2022

Juan Di Loreto

EL CUERPO AMBIGUO

Tiempo de lectura: 3 minutos

Una artista, una escritora, un oficinista, una programadora, un cartonero, un mozo, vos y yo. Todos compartimos algo: no podemos eludir el sentido del cuerpo que somos. Él, el cuerpo, es decir nosotros, es el que realiza el mundo, porque es el mundo. Cuesta con las palabras no ser dualista y caer en que se tiene o posee un cuerpo. El archisecreto que nos legó el filósofo francés Merleau-Ponty es que el cuerpo piensa, porque está unido al mundo. Él, es decir, nosotros, y ninguna otra cosa es el reservorio de significación y de su misma “emanación”. Dicho enfáticamente: sin el cuerpo no hay nada. O no somos nada. No hay obra de arte, ni texto, ni oficina, ni línea de programación, ni juntada de cartón, ni te sirven el café en el bar ni estás vos ni estoy yo.

Por eso el cuerpo no se puede cancelar ni bloquear ni mutear como se hacen en las redes sociales. Ahí si, te bloquean o te mutean y perdés presencia virtual, que es una macana, porque es algo importante en la vida de todos. Pero el cuerpo resiste. El cuerpo es una imposibilidad posible: siempre está significando y está estando. Por eso es una reserva, un lugar sagrado en algún punto, porque es lo único que somos (o “tenemos”, si queremos definirlo en forma dualista mente / cuerpo).

" El cuerpo que somos puede ser cualquier cosa, pero nunca va a ser escéptico. El cuerpo tiene la fe del hacer, por lo tanto tenemos la fe del hacer"

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Pero si esto es una verdad de hierro y el cuerpo-que-somos siempre significa, ¿por qué perdemos el sentido? Tomemos los clásicos términos dualistas de cuerpo y mente y podríamos postular que hay una inversión de ese dualismo: donde por ahí lo que se posee no es un cuerpo, sino lo que se posee es una mente, un alma, una psiquis, un Yo, el nombre que se quiera. Antes existimos como cuerpo que como mente. El sentido del cuerpo precede al sin sentido de la mente. El cuerpo que somos puede ser cualquier cosa, pero nunca va a ser escéptico. El cuerpo tiene la fe del hacer, por lo tanto tenemos la fe del hacer. El cuerpo está condenado al sentido del acto. Y sus formas más sutiles las encontramos en el trabajo de las obras que realizamos: escribir, el trabajo de la materia (escultura, cerámica), la pintura, la programación. Todo lo humano.

Pero la pregunta insiste: ¿por qué se pierde el sentido? ¿Por qué nos convertimos en un Sísifo en algún momento de nuestras vidas? ¿Por qué empujar la piedra llega a no tener sentido? Una respuesta (muy hipotética, claro) puede ser que solo del sentido que somos puede provenir el sin sentido. Solo el significado puede inventar el absurdo, la pregunta que todo lo mina, como decía Camus: ¿qué estoy haciendo si todo es, en el fondo, inútil? El cuerpo no es absurdo, pero se puede volver absurdo, verlo como una mera máquina o algo que nos es ajeno. Y si nuestro cuerpo se vuelve ajeno, también se vuelve el mundo un lugar extraño. Porque es la forma que estamos en el mundo. 

"Somos esa ambigüedad porque nunca terminamos de entendernos y está bien que así sea. Entender demasiado es también definir, archivar una relación con el mundo"

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O tal vez, como decía Merleau-Ponty, se viva en una ambigüedad, en una situación “donde nos vemos arrojados porque tenemos un cuerpo y una historia personal y colectiva”, en un mundo en el que no se puede hallar “reposo absoluto”. Somos esa ambigüedad porque nunca terminamos de entendernos y está bien que así sea. Entender demasiado es también definir, archivar una relación con el mundo. Clausurar un sentido que debe permanecer abierto. Terminar de entender es, en algún punto, dejar de vivir, salir de la ambigüedad y quedarse de un lado (todo tiene sentido) o del otro (absurdo, nada lo tiene). La ambivalencia, el “entre” aquel del que hablaba Derrida o el desentender sobre el que escribió Alexandra Kohan. Pero no es algo que uno pueda elegir, es algo del orden de la existencia, de una sensibilidad de la que no se termina de ser dueño. En algún punto el triunfo del dualismo tiene que ver con eso: ser dueño, tener el título de propiedad de un cuerpo es tranquilizador. Es algo que puedo (o tengo la ilusión de) controlar, programar, moldear al estilo social.

Ahora el sin sentido arrecia. ¿Por qué? Porque no existe control ni programación ni molde cómodo. Todo es un continuo escape, una fluidez, una existencia que permanentemente se va, huye. El sinsentido se expresa en el acto de aferrarnos al cuerpo como la máquina bendita que debemos poner a dieta de toda contaminación. Sanar, limpiar de impurezas, estar frescos y listos para la cámara frontal que performa nuestra vida. El sistema nos da tanto sentido, es tan ordenador, tan eficiente, que si eso cruje, ahí sí, agarrate Catalina.