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03 de marzo 2024

Martín Rodríguez

EL CENTRO PERIFÉRICO

Tiempo de lectura: 8 minutos

¿Convoca al pacto el que está fuerte o el que está débil? Entre un nuevo racimo de medidas e intenciones llenas de declaraciones de guerra con que el presidente regó la cancha, a la vez, convocó a un pacto en Córdoba para el 25 de mayo. Ni el lugar ni la fecha son ingenuos. Córdoba es a esta altura la mayor expresión territorial y contra la corriente del poder que gobierna la Argentina desde el 2002: el poder del AMBA. Un poder del que nació el “nuevo bipartidismo” -ya gastado- de kirchneristas contra macristas. Un poder que fue la invención duhaldista del peso bonaerense que tracciona los otros peronismos. Córdoba contrapesa y funciona como desempate nacional de un electorado libre que también le puede ser potencialmente opositor a Milei si fracasa y que no fue jamás kirchnerista. Córdoba resulta -en el desarticulado federalismo argentino- “la voz del interior” y, como diría Federico Zapata, “es la provincia del encuentro de las provincianías, desde Cosquín hasta la universidad”. Pero el amotinamiento de los gobernadores tuvo esta respuesta que Ruckauf definió así tras el discurso presidencial: “Un acuerdo de armisticio envuelto en una declaración de guerra”. Un operador del Senado, más desconfiado, se preguntó: “¿los gobernadores serán la boa constrictora o el bocado del monstruo?”. Tres gobernadores principales reaccionaron en cadena: Pullaro, Llaryora (¿no sabía?) y Nacho Torres salieron con tuits a dar la bienvenida al pacto, aunque en la recepción se presagian condiciones. ¿Es a libro cerrado? ¿Puede haber un pacto para Milei que no sea la derrota de los gobernadores? ¿Puede -como dice Llaryora- haber un pacto fiscal sin un pacto productivo? La invitación solemne viene con una línea envenenada “sujeta a la aprobación previa de la presentada Ley de Bases”.

El presidente habló el viernes a las 9 de la noche en honor ya a una tradición mileísta: a cada protocolo oponerle el suyo. La búsqueda de su “presidencia de autor” se juega en esas puntas histriónicas: alterar rutinas, llevar propuestas-racimo (todas fundacionales) y enardecer las culpas de la casta. Fue tan anti casta el discurso que abrió el paraguas por si las moscas de un “cacerolazo espontáneo”. El presidente hizo probablemente su discurso mejor articulado porque parece haber tomado nota no solo de sus fracasos recientes, sino del clima en que ya se miden los efectos de su gobierno. Estamos mal y necesitamos a quién odiar. Y Milei siempre dice a quién odiar. La política y sus privilegios. Y quedó en limpio su propuesta del 25 de mayo: vaciar Buenos Aires. La sede oficial de la revolución de mayo. Al menos ese día, justo ese día, vacía. La reina del Plata paseando su soledad por el castillo abandonado. El centro sin centro, y entonces, viajemos al centro.

Refundar Cangallo

¿Hay gente que aún dice Cangallo o Canning? Sí. Poca. Hay gente que dice Cangallo o Canning a las calles Perón y Scalabrini Ortiz. Porteñismos, lector federal. La “lucha por el lenguaje” siempre tuvo estos partidos amistosos. Para colmo, no es que los que dicen Cangallo o Canning lo hacen para resistir una vieja cruzada patriótica. Hay muchas cosas viejas que no terminan de morir, otras que no terminan de nacer. Y vivir es ese limbo. Estos cambios de nombre de calles en los primeros ochenta fueron muy anteriores a la ola progresista que convirtió a la Legislatura porteña en la máquina testimonial de nombrar mártires en estaciones, plazas y calles. En general, taxistas veteranos son los últimos mohicanos que siguen diciendo Cangallo o Canning. Esos que son, como alguna vez me cercioré, el onganiato móvil, los sixties al volante, la memoria de los mejores años de este país. El filósofo Enrique Hernández pegaba a sus discípulos el chiste de decirle Cangallo a Perón. Siempre perderemos tiempo en minucias así, paladear un chasco. Adorni avisó que se prohíbe el uso oficial del lenguaje inclusivo y fue como cuando se cierra un “bar notable”: nos recordó que existía. (Pippo de la calle Montevideo podría reabrir si cobrara la selfie de los que aún hoy se enteran de su cierre y lloran en Instagram). El lenguaje inclusivo se fue apagando, nació demasiado impuesto, ahora prohibido. Esteban Schmidt acá elaboró algunas ideas al respecto sobre su extinción.

Un amigo dedicó meses a restaurar una oficina en Microcentro que su tía quería convertir en departamento para entrar a las ligas de Airbnb. En Microcentro el impacto de la Pandemia se había notado. Las propuestas de reconversión inmobiliaria del centro aparecieron los primeros días del año 20 en la política porteña. Proyectos opositores prometedores, promesas oficialistas de recepción, pero el ojo larretista devino todo en “Plan de Transformación y Reconversión del Microcentro Porteño”, es decir, crédito y subsidios para mucho coworking y Airbinb. Pero, ¿dónde empieza y dónde termina el centro? ¿En qué se transmuta en cada crisis? Comparado al Microcentro, el barrio de Tribunales (San Nicolás) sintió menos el derrumbe pandémico por su sustrato residencial, por el bullicio activo de los mismos tribunales, por la avenida Corrientes -nuestra Broadway-, por todo eso junto. Al centro, ese rompecabezas de Microcentro, Macrocentro, Tribunales, el Bajo, Retiro, también Roberto Arlt dedicó una aguafuerte: esa escrita a la calle Corrientes cuando proclamó que su “espíritu” no moriría en el ensanche de los años 30. Y la recorrió como una góndola, describiendo su división internacional del trabajo (turcos, judíos) barrio por barrio, hasta llegar al centro e iluminarse: “la verdadera calle Corrientes comienza para nosotros en Callao y termina en Esmeralda”. El centro es lo más grande que hay. Está todo ahí.    

Como consume, se queda. Como está abierto siempre, vive ahí. Como hay sillones, duerme. Y un tachero sabe dormir sentado

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¿Cómo se mira lo desconocido? ¿Cómo miraba la elite cultural las transformaciones de los años noventa? ¿“Los monos estaban devastando este lugar”? Las miraba desde el centro, con horror. Desde el extremo casi racial con que calificaban a los nuevos ricos como “pizza con champagne” hasta la visión apocalíptica de los nuevos pobres que invadían cafés y teatros. Todo parecía nuevo y exótico. En las mismas manzanas. (Escribió Mariano Schuster en ¿Qué hacemos con Menem? la autopsia del progresismo perplejo de esa década en la que “estilo plebeyo y defensa del capital no tenían por qué ser una contradicción”.) Leemos en las “Instantáneas” de Beatriz Sarlo de 1997 -contemporánea a una escena bautismal del “nuevo cine argentino”, a la toma de la Bastilla de “Pizza, birra y faso” cuando suben al Obelisco porque sí-, que anota: “En las confiterías del centro, sentimos alivio cuando los mozos echan, sin demasiada violencia, a los chicos de la calle”. “Casi como animales”, se llama, y comenta, párrafos después, que un muchacho con un cuchillo se lo apoyó suavemente en el estómago y le dijo que le robaba para su madre, y que comprobó en ese detalle “el gesto estético y mítico del robo”. “¿Son estos los nuevos o los viejos pobres? Dejo a los sociólogos la tarea de contestar esta pregunta. Lo que sé es que hemos perdido un sentido de sociedad y una idea de pertenencia”, concluía Sarlo. El centro es de locos, de pobres, de ricos, de crotos… De vidriosos. Siempre lo fue. Mi mamá de chiquito decía: “el más linyera de todos los que veas en Lavalle, ojo que ése es servicio”. Al centro se iba a buscar todo. Discos, libros viejos, cine comercial, porno y de autor, dólares, prostíbulos para todes les gustes. Nicolás Olivari empezaba un poema diciendo que “la pituitaria del gendarme / localizó tu vicio, mi querida Guadalupe / y comenzó tu éxodo / de Corrientes y Talcahuano”. En el centro vemos el exotismo periférico, cada nuevo orden, cada viejo orden. La ciudad tomada, la ciudad liberada. “Nueve reinas”, reestrenada película de Fabián Bielinsky, es nuestra economía pichiciega justo antes que estalle la crisis ahí, un 360 al afano lumpen en plena 9 de Julio.

El Bajo tuvo quién le escriba. Antonio Dal Masetto hizo la tarea en “Gente del Bajo”, que reunió contratapas publicadas semanalmente en Página 12. Releído, se podría reformular como otra lectura usual en los años noventa sobre la invasión del centro vista desde el barrio que el Tano había adoptado como propio. Hay en estas historias del bajo un primer contacto con el planeta zombie de nuevos pobres y caídos que mella la fórmula costumbrista: esta gente está tocada. En cada narración hay puntos de fuga, pajaritos, humor pesado y sinsentido carcomiendo los bordes de lo que podría ser una escena clásica porteña, pegada al Obelisco. Más que la obligación de rastrear lo social en su deterioro -mandato de esos años- acá aparece el registro de algo desconocido, una ligera fuerza sobrenatural que emputece el ambiente. Me detengo en “Tragedia”, cuento en el que Dal Masetto avisa que “en el Bajo puede pasar de todo”. Ahí, en el Bar Verde, se encuentra a un viejo compañero del secundario, Ramírez, que entre ginebras cuenta su vida:

-¿Qué te parece que pueda estar haciendo un tipo como yo en un país como éste, un tipo que se esforzó, que estudió, que posee un título?

-No sé.

Ramírez toma un sorbo de ginebra. Lo traga con una mueca que le descompone la cara. Es como si le doliera.

-Trabajo en un circo.

Pero Ramírez estaba especialmente bajón, mortificado por el suicidio de uno del circo: “Es una historia muy triste. El que se suicidó era un enano ciego”.

Caer es fácil a veces. Las crisis recurrentes atan cosas con hilo, atan vidas con alambre. Ahí nomás de ATC, zona rica y de paso, en una estación de servicio abierta las 24 horas los siete días de la semana, cayó uno que se quedó a vivir. Tachero, más de 80 años, los empleados dicen que cargaba nafta todos los días ahí y alquilaba una habitación en Balvanera hasta que tuvo que meter el auto en un taller, no pudo cubrir los gastos del arreglo, no pudo seguir laburando, y entonces se le hizo lungo el alquiler cobrando sólo la mínima, y sin familia y… se desató su pequeña tormenta perfecta. “Lo visita un amigo”, dice el de limpieza. Toman café. ¿De qué hablarán? Pasa la noche en las mesas de afuera o adentro, depende el calor. “Tenía un hermano, pero se le murió, no tiene hijos”, dice una cajera. “Vive acá” quiere decir que come, duerme, se asea en el baño y uno sabe lo que es eso: agua en las axilas, lavarse los dientes, no más detalles. Como consume, se queda. Como está abierto siempre, vive ahí. Como hay sillones, duerme. Y un tachero sabe dormir sentado. Vida rota y sin arreglo. Ssshhh, si de noche bajan las luces quizás escucha que le dicen en sueños: “Agarre por Cangallo, maestro”.    

El amotinamiento de los gobernadores tuvo esta respuesta que Ruckauf definió así tras el discurso: “Un acuerdo de armisticio envuelto en una declaración de guerra”. Un operador del Senado se preguntó: “¿los gobernadores serán la boa constrictora o el bocado del monstruo?”

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Alto rating, calles vacías

Así estamos. Tratando de entender el nuevo centro. Milei llegó perforando pisos y ahora se propone construir un piso nuevo. La ley de Bases que se cayó, el DNU que está ahí, en bambalinas, y ahora el Pacto de Mayo. Todo fundacional, todo en el aire, todo multiplicando costos, y en pleno vértigo. Los diez mandamientos de su tabla pretenden romper la política pre capitalista, piensa. No es un presidente con consensos dados. Alfonsín, Menem o Kirchner, sin restarles audacia, venían sobre terrenos más disipados. Acá los consensos, mirados por dentro, se cosen y descosen, contradicen y fagocitan. La crisis que profundiza, ¿se lo comerá? Invito a leer el nuevo informe de la consultora “Sentimientos públicos” que pone oído en las arenas movedizas de este tiempo donde pueden convivir “valores progresistas en el voto libertario”, donde se desata una “nueva grieta” entre millennials y centennials o donde nace una “nueva justicia social” anti corporativa (y no anti empresaria). Nuevas leyes laborales y sin el cuco disciplinador del despido para trabajadores golondrinas que conocen de memoria el laburo inestable está en el registro de estas sensibilidades del voto libertario. Dice Hernán Vanoli en las conclusiones de su informe que “la ‘Neo Justicia Social’ que parece comenzar a operar en la imaginación pública es contradictoria si se la mira desde las categorías del siglo XX. Tiene algo que ‘no cierra’ y podría hacer pensar en una sociedad caprichosa e infantil, o al menos errática. Este parece ser el pensamiento preponderante en la corporación política, cuando no es que opera en la misma un economicismo vulgar que correlaciona linealmente apoyo social con niveles de consumo”. En definitiva, Milei desconcierta en una sociedad que parece muchas veces “desconocida”. El reflejo clásico (¿hasta dónde aguantará la gente que sufre?) rebota en la frase mítica que citó de Menem sobre cuánta verdad se es capaz de soportar. Milei quiso hablarle a los corazones sin bolsillo y propuso a la política que odia ir a Córdoba, acumular fuerzas y derrotar el poder del AMBA. Una vez más, fue contra el orden que nació en 2001.

(Ilustraciones: Juan Di Loreto)

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