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29 de enero 2022

Juan Di Loreto

EL AÑO DEL COLAPSO

Tiempo de lectura: 3 minutos

El capitalismo consolidado sólo puede compensar las inherentes tendencias

al colapso (…) mediante la constantehuida hacia delante

Peter Sloterdijk, Ira y Tiempo

Nada más tirar así, un poquito de la piola, para que todo se sature. Vivimos, se diría, en la era del colapso, de lo que nada funciona o de lo que está a punto de sucumbir. Caída en todo orden: energía, servicios, atención al público (casi en cualquier rubro), rutas, política y economía. A la mínima tensión todo se corta, todo se sobrecarga.

El mismo mundo parece cansado. O llueve a mares o hay tanta sequía que los incendios se generalizan. Todo está ahí, pasando ahora mismo. Pero este colapso, como ya advirtieron Mark Fisher, Frederic Jameson y Slavoj Žižek, es sobre todo un colapso político. La imposibilidad no ya de cambiar algo, sino ni siquiera de poder gestionar lo que hay (o lo que va quedando). La política y las empresas, el gobierno y la gobernanza, la política y el management, no se toman el trabajo, crean burocracias que difieren y entorpecen soluciones elementales. Cuando crece la burocracia los recursos se evidencian escasos.

A todo esto se suma la extinción de liderazgos (individuales o colectivos): nadie con la capacidad de sintetizar diferencias y crear un proyecto verosímil. Es decir: un proyecto que tengamos la ingenuidad de creer. Somos creyentes insulares, un poquito acá, otro poco allá. Nadie hace continente. No hay tierra firme. Siempre tenemos un “pero” para todo o nos sobregiramos en nuestras propias ideas.

¿Y la imaginación política? Hecha pedazos. Si no lo hubiéramos visto en Don´t Look Up!, lo que dice Elon Musk nos causaría gracia. Pero no. Es más fácil imaginar la huida del planeta que empezar a trabajar para una transformación. Es como advertía el filósofo Heidegger hace décadas: al pensamiento técnico (tecnológico para decirlo rápido) sólo se le ocurren soluciones técnicas. La exploración offshore o la construcción permanente de edificios parecen ir en ese sentido. Más presión al ambiente, visión a corto plazo. Todo es un “más de lo mismo” permanente. La acción política está tan adherida a la especulación y a los lobbys que es casi imposible que se construya una alternativa.

Somos creyentes insulares, un poquito acá, otro poco allá. Nadie hace continente. No hay tierra firme

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Mientras, habitamos ciudades colmadas que cumplen una función de “fetiche”, para usar una vieja palabra. Ocultan y velan el desastre medioambiental. Se ve de a ratos, porque el habitante urbano transita la vida de la sinécdoque: la parte por el todo. Porque por encima de nuestras cabezas no pasan aviones fumigando campos o ponen un feedlot cerca. Nos ocupamos de lo que pasa en la tele o las redes. El pequeño mundo de la gran metrópoli.

El nuestro es un tiempo como cualquier otro, ni el peor ni el mejor de los mundos, como decía Mark Twain en el comienzo de Historia de dos ciudades. Pero ya está. Aceptamos el colapso como modo de vivir, porque la verdadera angustia es no figurar o no poder mostrar el consumo de lo que creemos bueno. Practicamos el “retorno desmelenado y turístico a la Naturaleza”, como decía Cortázar. O practicamos un populismo de salón (de redes en realidad), porque, cito de nuevo a Cortázar, “tenemos asegurado el retorno a casa o al hotel (…), la cena y el vino, la charla de sobremesa…”. Porque todo puede convertirse en ruina, colapsar al final, pero no el individualismo eficaz, el narcisismo perenne, el avatar irrenunciable al que le damos cuerda a diario, como esa piola que estiramos para que todo se derrumbe.