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01 de noviembre 2021

Gerardo Fernandez

DJ DEL PUEBLO

Tiempo de lectura: 3 minutos

Estas líneas son pura nostalgia, evocación de un tiempo que no volverá, pero los que andamos de los 50 años para arriba nos mueve recuerdos. Se trata de… ¿qué fue ser DJ en los primeros setenta? Hubo un tiempo que fue hermoso y quedó marcado en la memoria por detalles fantásticos. Uno: todo buen DJ (o programador de música) en alguna radio importante debía tener contactos con alguna empresa de aviación para conseguir lo último editado en Nueva York. No existían los teléfonos celulares. Conseguir un long play recién editado en el Norte te transformaba en un elegido, que en muchos casos difundía algunos temas que recién ¡un año más tarde! serían editados oficialmente en el país.

Había trucos para evitar el afano: “pisar” los temas en las intro y antes del final. Todo eso tenía un valor que los más hábiles sabían explotar. El abanderado en esto fue el inolvidable Pato C (Jorge Hugo Manushakian, porteño, nacido en 1956) que comenzó a producir los primeros long plays enganchados tanto de música bailable como de lentos y abrió un mercado hasta entonces desconocido. Antes de Pato C existió otro vanguardista, Ezequiel Lanús, quien a mediados de los sesenta fue el DJ del mítico boliche Mau Mau, los años de esplendor de Chunchuna Villafañe y Claudia Sánchez. Luego serían Alejandro Pont Lezica y Rafael Sarmiento los sucesores del Pato C que editaban sus discos en el sello Interdisk. Pato había creado su propio sello.

Había trucos para evitar el afano: “pisar” los temas en las intro y antes del final. Todo eso tenía un valor que los más hábiles sabían explotar. El abanderado en esto fue el inolvidable Pato C

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Además de los discos había que traer del exterior las bandejas giradiscos aptas para DJ. Luego aparecieron las famosas Sincron, un fierro, pero la crema estaba en las cápsulas, las verdaderas hacedoras del sonido. Fue el tiempo del imperio Shure que fue superado en calidad por otras marcas, pero se instaló como “lo mejor”. Ya en segunda parte de los setenta explotaría el ingreso de equipos de audio del exterior como Pioneer, Akay y otras marcas que además de amplificadores comercializaban bandejas giradiscos y bafles aptos para el trabajo de DJ.

Si en la ciudad de Buenos Aires había que conectarse con NY imagínense lo que le pasaba para quienes hacíamos de DJ en los pueblos del interior. En mi caso (Tres Lomas, provincia de Buenos Aires) lo más informado y quien tenía lo más nuevo era el Pin Llaneza, un DJ de Trenque Lauquen. El resto era sintonizar radios porteñas, tomar nota de títulos e intérpretes nuevos y mandarlos a buscar con los comisionistas que viajaban dos veces por semana a Capital y esperar para ver si conseguían algo aunque sea de lo solicitado. El asunto es que cuando empezaron a circular los long plays enganchados de Pato C empezó a cambiar la actividad de los DJ, entre otras cosas porque por primera vez surgía la posibilidad de salir de la cabina durante 5/10 minutos (hasta entonces era imposible). Los discos de lentos de Pato C fueron un lujo porque mostraban que el tipo tenía una muy vasta cultura musical (alguien que recoja himnos como “Ma Vie” de Alain Barrière evidentemente está muy bien informado). Barriere nunca fue un artista top en términos de popularidad, es una de esas figuras que hay que buscar y que jamás aparecerá en nuestras redes.

Aquella lejanía del pueblerío pampeano generó cosas graciosas como el caso del boliche de Rivadavia (en el oeste de la provincia, pegado a General Villegas) que intentando levantarse contrató por un par de fines de semana a un DJ que era de la zona pero cuyo automóvil tenía patente “C” perteneciente a Capital Federal. Hasta en el canal de TV zonal de Trenque Lauquen salieron publicidades anunciando a un DJ con nombre de fantasía que en verdad era de un pueblo cercano.

Desde esa juventud de pueblo veíamos a Pato C como un Mark Zuckerberg. Era el hombre que editaba discos con temas inéditos y enganchados de una manera que, incluso, podía ser torpe o salvaje. A su favor: cuando arrancó Pato tampoco existían bandejas giradiscos con estroboscopio, ese sistema que permite adelantar o ralentar las 33 revoluciones por minuto. Apenas se contaba con bandejas que en la mayoría de los casos eran de pésima calidad y con esos elementos había que hacer bailar a la monada. Y vaya si la hicimos bailar.

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