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21 de junio 2024

Lorena Álvarez

DIOS ATIENDE CON UN RINGTONE CENTROAMERICANO

Tiempo de lectura: 5 minutos

1.

A Córdoba le agradecemos el cuarteto que levanta las fiestas; a Santa Fe, los sonidos románticos de Leo Mattioli, Dalila y Los Palmeras (además, a este último, le reconocemos que en paralelo con el grupo de cumbia mexicano Los Ángeles Azules, ha hecho grandes duetos con celebridades nacionales para vender un producto bien for export como a la industria le gusta). Es que la moda de artistas de renombre colaborando con viejos próceres de la música popular es una imbatible fórmula para conseguir muchos views más allá de las fronteras. A Entre Ríos le decimos gracias por la cercanía para escapadas relajantes. Pero más no nos pidan a los habitantes de la región del AMBA: estamos con los ojos puestos en artistas internacionales viendo si podemos viajar a playas paradisíacas que conocemos vía Instagram mientras bailamos perreando las caderas.

Es que tal vez lo más notable de esta época, cuya posibilidad de comunicarnos a través de un minúsculo chasquido de dedos es infinita, es que no generamos una conexión instantánea fronteras adentro. Estamos en un tiempo donde nuestros ojos se posan en productos latinoamericanos intervenidos por la mirada europea y estadounidense.

La integración latinoamericana menos pensada o, mejor dicho, ideada desde otras latitudes, hace que los lazos culturales puertas adentro se dificulten, y se tranquen los entendimientos. Si en otros tiempos desde Buenos Aires se observaba a Londres o París como mecas culturales, hoy esa mirada está puesta en conseguir dólares crocantes exportando ya no nuestra cultura, sino fabricando productos a la medida del consumidor externo. Tal vez tanto esfuerzo en manufacturar cultura para gustarle al mundo nos quita tiempo de andar apreciando qué se genera en nuestro territorio.  Sucede que la fragmentación ya no es sólo etaria, sino que es cada vez más profunda en términos regionales y de clase. Una mamushka de grietas que hace añicos la idea de integración sin que exista ninguna respuesta política, apenas planes cortoplacistas en pos de mezquinas arquitecturas electorales. 

¿Cómo conseguir votos fuera de la mayor usina electoral que es Buenos Aires sin alterar los usos y costumbres del gigante?

"No nos pidan a los habitantes de la región del AMBA: estamos con los ojos puestos en artistas internacionales viendo si podemos viajar a playas paradisíacas que conocemos vía Instagram mientras bailamos perreando las caderas. Estamos en un tiempo donde nuestros ojos se posan en productos latinoamericanos intervenidos por la mirada europea y estadounidense."

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2.

A su vez desde el AMBA creemos conocer cordobeses, santafesinos y entrerrianos a los que etiquetamos a través de nuestro propio interés: valoramos la mística de las sierras cordobesas en tiempos donde rogarle al universo es clave, apreciamos los carnavales entrerrianos que nos permiten una breve estadía cuasi “brasileña” y aseguramos que Rosario siempre estuvo cerca por los recuerdos que nos trae la trova rosarina (en el caso de que los padres le cuenten a sus hijos que alguna una vez existió esa maravilla).

Pero más allá de eso estamos lejísimos de captar qué está sucediendo en la región central en términos culturales, salvo asegurar que no entendemos sus votos desde hace años. Algo que sorpresivamente, post elecciones 2023, la región comparte con el norte o sur del país, cuando el mapa se tiñó de violeta libertario ante la mirada atónita de la provincia inviable de Buenos Aires – CABA incluida. La provincia que viene marcando el pulso político de estos tiempos sin mirar más allá del Puente Zárate Brazo Largo, mientras se discute si streaming o streaming no.

Es que nuestro ideario prejuicioso de las provincias centrales está limitado, encima, a la soja. Todo lo que provenga de esa región parece quedar reducido a granos. Hasta bautizamos una parte de un barrio porteño emblemático como Palermo Soja. Convencidos que solo si exportas ese poroto conseguís un departamento regio en el corazón del buen vivir porteño, esa meca de la felicidad, que hoy compite con Chacarita, Colegiales y Villa Crespo, en la generación de la mayor cantidad de productos culturales y de entretenimiento. Los barrios que escriben hoy la cultura de estos tiempos. Los metros cuadrados donde la política intenta leer los intereses de la juventud asumiendo que todo lo que se produce ahí es la traducción literal de aquello que sucede en el resto del país. 

La pereza que a veces cuesta votos.

3.

Pañuelos verdes, pañuelos celestes, pañuelos que bailan al compás de los festivales de Cosquín, de Jesús María, o de la Doma, los espectáculos clásicos que son televisados desde hace décadas por la televisión pública y año tras año asombran por los extraordinarios números del rating.

El momento del año en el que la televisión piensa más allá de su ombligo. 

El momento donde se descubre que hay otras voces.

Otro festival y hasta el año que viene.

A guardar las luces y esperar que surja una nueva Soledad de Arequito.

Breve historia incompleta.

4.

Hubo un tiempo donde la cultura era un mix de costumbres. Un tiempo donde Dios atendía en Buenos Aires, pero los migrantes internos podían poner en valor sus lugares de origen.

Es así que los comienzos de la televisión nacional tienen mucho de Rosario. Pancho Guerrero, un hijo de esa ciudad, olvidado en el devenir agotado de estos tiempos, fue un hacedor de ese medio y un personaje clave en los años artesanales en que se la mal llamaba la caja boba. El primero en llevar un cuento de Jorge Luis Borges a la televisión, entre otras proezas, como la de haber sacado detrás de cámara a su conciudadano Alberto Olmedo, de oficio tiracables, confiando así en su talento para la pantalla; la misma que le tuvieron por esos mismos años al cordobés Javier Portales. Hoy ambos se han transformado en uno de los monumentos más fotografiados de la porteñísima avenida Corrientes. 

El Obelisco, el rosarino Borges y el cordobés Álvarez, en una de las uniones culturales más bellas de esta ciudad.

Ni burdos ni chabacanos. Populares.

"El Obelisco, el rosarino Borges y el cordobés Álvarez, en una de las uniones culturales más bellas de esta ciudad. Hoy ambos se han transformado en uno de los monumentos más fotografiados de la porteñísima avenida Corrientes. "

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5.

La migración interna de los años 50 y 60, en un país con pleno empleo, nos regalaba la imagen de miles de trabajadores con sus bolsos al hombro bajando de los trenes, yendo y viniendo desde el Centro al Conurbano, portando con ellos sus historias, sus costumbres y su cultura. Los años donde las disquerías vendían música a rolete y donde cada consumidor además de hits compraba parte de su historia. Los años donde las provincias estaban presentes en los sonidos de la añoranza. 

Cuentos de Luis Landriscina popularizando la fonética de cada región. Una foto que se prolongó hasta los años 80 y cuyo mejor retrato de esos tiempos sea aquel maravilloso sketch de “No toca botón” donde Alberto Olmedo interpreta a un peón cordobés al servicio de un contratista italiano muy chanta.

“Eh italiaano” explicaba Olmedo ante el cocoliche idiomático del actor Eddie Pequenino que cada semana remataba el sketch con un “esto cabecitanegra complican lo tutti”.

Los años donde el humor aún no tenía fronteras provinciales.

6.

Sabemos que existe Villa Cañas por Mirtha Legrand y por su hermano el director de cine José Martínez Suarez que en cada película que filmó hizo que un personaje fuese hijo de esa localidad santafesina.

Conocemos el Uritorco porque José de Zer desde el noticiero más exitoso de la televisión de los 80 nos contaba sobre marcianos viviendo en dicho cerro.

Conocemos relatos. Hoy nos faltan miles de ellos para volver a forjar ya no solo identidades locales sino hilos que nos conecten como lo que somos. Un país. El país que no miramos por estar escuchando canciones de Latino Solanas.