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28 de abril 2024

Javier Burdman

Universidad Nacional de San Martín – CONICET.

DEMOCRACIA, DERECHOS, NECESIDADES Y RECURSOS FINITOS

Tiempo de lectura: 5 minutos

“Con la democracia no solo se vota, sino que también se come, se educa y se cura” es una frase que sobrevuela la política argentina desde su pronunciamiento. Todos sabemos que no es cierto: la democracia es un sistema de elección de gobernantes, no un medio para atender problemas sociales. Pero también sabemos que, al pronunciarla, Raúl Alfonsín no estaba simplemente describiendo un orden político, sino ante todo construyendo sentido. Tal vez quiso decir: “para que la democracia sea tal, ella debe alimentar, educar y curar”. O tal vez: “alimentar, educar y curar son tareas que solo la democracia puede realizar de manera adecuada y duradera”. Sabemos, y por eso volvemos a la frase una y otra vez, que los problemas de la democracia argentina tienen que ver con sus notables limitaciones para alimentar, educar y curar. Y eso en realidad confirma la afirmación de Alfonsín: el fracaso de la economía y sus consecuencias sociales hacen que nuestra democracia no sea plenamente tal.

Estamos atravesando el tercer ciclo de crisis de la democracia. En 1989 había saqueos y el cronograma electoral fue modificado. En 2001 había saqueos y el Presidente renunció. En 2023 ganó un outsider abiertamente escéptico de la democracia. Su promesa es que va a arreglar la economía, lo cual significa, para la mayoría de los votantes, terminar con la inflación. En aras de ese proyecto, muchos parecen dispuestos a sacrificar asistencia social, universidades y hospitales. La democracia no alimentó, ni educó ni curó bien, porque sin una economía medianamente estable y creciente no hay política social que aguante. Más aún: si la política se preocupa por asignar recursos y no por generarlos, si procura mejorar la alimentación, la educación y la salud sin antes asegurar que hay con qué pagarlas, el resultado es contraproducente. La crisis de la democracia es, una vez más, una crisis de las bases económicas de su sentido social. Para alimentar, educar y curar primero hay que producir.

Néstor y Cristina Kirchner imaginaron una democracia social eminentemente redistributiva. Su lenguaje fue el de los derechos: a la educación, a la salud, a la vivienda, al trabajo, a la jubilación, a las vacaciones, a los festivales musicales, a los viajes de egresados, al futuro. Para que con la democracia se coma, se eduque y se cure es necesario un Estado fuerte que transforme los votos de la mayoría en políticas que les aseguren una vida digna, aunque las minorías protesten. Como contrapartida, esperaban, los votantes premiarían al partido político que los protege. Pero a la larga falló la economía, y entonces la protección de derechos se hizo a costa de inflación, cepo y estancamiento. Sergio Massa propuso bajar la inflación manteniendo dicha protección. Los votantes creyeron que ese plan estaba agotado, que para arreglar la economía había que sacrificar derechos, y que en cualquier caso sin estabilidad económica no hay derecho que valga.

Estamos atravesando el tercer ciclo de crisis de la democracia. En 1989 había saqueos y el cronograma electoral fue modificado. En 2001 había saqueos y el Presidente renunció. En 2023 ganó un outsider abiertamente escéptico de la democracia

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“El modelo de la casta está basado en una premisa que dice que donde hay una necesidad nace un derecho. El problema es que las necesidades son infinitas y los derechos hay que pagarlos y los recursos son finitos”, sentenció Javier Milei en el debate presidencial. La frase, tal vez la más refinada teóricamente que haya pronunciado el actual Presidente, es impecable en su estructura lógica. Las necesidades son efectivamente infinitas, porque se regeneran y se reproducen. Los recursos son finitos, esto es evidente. Entonces, se infiere, habrá necesidades insatisfechas. Quien dice que donde hay una necesidad nace un derecho engaña, según el razonamiento, porque esconde el hecho de que no habrá con qué pagarlo. La implicancia es clara: dejemos de pensar en derechos que no sabemos si podremos pagar, y empecemos a pensar en recursos para satisfacer la mayor cantidad de necesidades posible. En otras palabras: ocupémonos de la economía, resolvamos el desorden de las cuentas públicas, porque sin eso no hay aspiración política y social viable. ¿Querés alimentar, educar y curar? Estabilizá la moneda.

Y así Milei invierte la propuesta de los Kirchner. Pasamos de poner la economía al servicio de la política a poner la política al servicio de la economía. Como en los 90, objetivos contables tienen primacía sobre objetivos éticos: estabilidad monetaria, convergencia cambiaria, superávit fiscal. A donde vamos no necesitamos democracia, porque ella empieza con los derechos (comer, asistir a una escuela, recibir atención médica) y termina sin los recursos. Un economicismo renovado nos dice que dejemos de lado el lenguaje de los derechos, que es propiamente político, y hablemos el lenguaje de la generación de recursos, que no lo es. Como individuos, generamos recursos con “el sudor de la frente”, y como sociedad, lo hacemos delegando la política pública en especialistas con el coraje suficiente para no dejar que sensibilidades éticas le pongan trabas a ese sudor. En resumen: un mercado mínimamente regulado en base a criterios técnicos, sin la interferencia de principio éticos mentirosos como la justicia social, esa “aberración”.

¿Puede la democracia generar los recursos para garantizar esos derechos que otorga? ¿Puede meterse en la economía para producir recursos, y no solo distribuir los pocos que produce? ¿Puede generar reglas e instituciones económicas en lugar de intervenciones coyunturales?

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La única moral, según el libertarianismo que pregona Milei, es la libertad individual. Esta moral apolítica es una absolutización del diagnóstico de época. Nos dijeron que con democracia y con derechos se comía, se educaba y se curaba, pero al final “no hay plata”. ¿No será que los que proponen una ética comunitaria mienten? ¿Y si la única moral verdadera, tangible, es el hecho irrefutable de que tenemos que producir para satisfacer nuestras necesidades? La necesidad es una categoría económica, no política. La politización de las necesidades es, desde esta perspectiva, una perversión. Si los demócratas conociesen el “teorema de Arrow”, entenderían que si dejamos la satisfacción de necesidades en manos de mayorías electorales el resultado será sub-óptimo. Porque pensar políticamente nos saca del terreno real de las necesidades y la producción de recursos para satisfacerlas, y nos lleva a ese terreno engañoso de la ética comunitaria: justicia, igualdad, dignidad, y demás aberraciones. Si tenemos alguna duda sobre ello en el plano filosófico, observemos simplemente cómo terminaron las cosas tras hablar el lenguaje de la democracia y de los derechos durante décadas: inflación, brecha cambiaria y más pobreza.

¿Tiene futuro la democracia? ¿Y los derechos? Habrá que pensar con qué nuevo sentido con la democracia se come, se educa y se cura. ¿Puede la democracia generar los recursos para garantizar esos derechos que otorga? ¿Puede meterse en la economía para producir recursos, y no solo distribuir los pocos que produce? ¿Puede generar reglas e instituciones económicas en lugar de intervenciones coyunturales? El futuro de la democracia argentina se define en su relación con la economía, el eslabón débil de nuestras aspiraciones nacionales. Si no queremos destruir la política en aras de la economía, como implícitamente propone la visión libertaria, entonces será necesario encontrar la forma en que la política respete a la economía. Será necesario, en otras palabras, reconocer que nuestra vocación por alimentar, educar y curar está indefectiblemente vinculada con, y por lo tanto limitada por, los recursos que seamos capaces de generar. La democracia argentina se juega hoy en la articulación entre necesidades infinitas y recursos finitos.

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