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19 de junio 2021

Juan Di Loreto

DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE BUENOS AIRES

Tiempo de lectura: 3 minutos

“Adán Buenosayres despertó como si regresara…”

Leopoldo Marechal

Templada como siempre, despierta la ciudad del río ausente. Así, antes de volverse vértigo, es belleza y silencio. Todavía no dice nada, pero en unas horas será esa máquina que atrae y repele en igual medida.

Buenos Aires ilumina a todos, pero enceguece a sus habitantes, a sus trágicos hombres y mujeres de carne y hueso. El porteño se ha vuelto una abstracción, una sombra de una sombra que va del trabajo al edificio y del edificio a algún parque a despabilarse un poco. Ese sustrato municipal que vive en cada pueblo, en cada ciudad chica, se diluye en la metrópolis. La ciudad es autónoma, pero de sus habitantes. Entre el trajín laboral, la desconfianza y los apuros, el barrio se desdibuja día a día. Se pertenece a una cuadra, una esquina, a aquella mesa del bar donde todavía da el sol.

Ese sustrato municipal que vive en cada pueblo, en cada ciudad chica, se diluye en la metrópolis. La ciudad es autónoma, pero de sus habitantes

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Hay una razón, y una bastante poderosa: Buenos Aires se construye como un escenario nacional, pero nunca local. Se vive en una ciudad que nos deslocaliza, nos corre un poco del medio. Para poder proyectarse hacia las provincias unidas tiene que invisibilizar su cotidianeidad. Ser el centro le cuesta a sus habitantes un poco su identidad. Nadie extraña a un porteño, porque nadie sabe cómo son. Siempre pensamos que el porteño vino de otro lado, un extranjero que simplemente se quedó por esa inercia de la vida. O quizás no, el porteño es una entelequia que se teje en los barrios, en los clubes, en los cafés; pero el porteño es una carne que le cuesta ser símbolo.

La mejor forma de definirla es tautológicamente: Buenos Aires es Buenos Aires. A veces se transforma en un ring político; otras, el lugar donde marchar para ser visto. Buenos Aires es un poco su utilización y su utilidad. Es el centro del centro del federalismo unitario. 

¿Cómo se puede vivir acá? Los patios y las parrillas son un lujo. Martínez Estrada sentenciaba: “la ciudad es una inmensa casa de departamentos donde nada nos interesa de nadie”. Amuchados en edificios, nos afirmamos con cierto estoicismo. Para Martínez Estrada -¿con tono enojado?- el porteño soportaba la minucia de su habitáculo porque siempre se veía de paso. El inquilino es alguien que hoy está y mañana no.

La única certeza del porteño y porteña es que Buenos Aires es el centro. Todo conduce aquí: los políticos, los trenes, los reclamos, la televisión, las tendencias de las redes. Eso nos da la importancia del significado. En el (llamado) interior se tiene más entidad que en la propia ciudad. “Mire este muchacho, viene de Buenos Aires”. Al porteño abstracto le da un aire, un poco más de existencia. Puede ser alguien. En la ciudad vuelve a la abstracción, a esa masificación anónima.

el porteño es una entelequia que se teje en los barrios, en los clubes, en los cafés; pero el porteño es una carne que le cuesta ser símbolo

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Y sin embargo, el hombre y la mujer de Buenos Aires sobreviven a su abstracción. La misma ciudad que (nos) aplasta no deja de producirnos. Algo que maravillaba a Piglia era que Buenos Aires había hecho posible a un Jorge Luis Borges. Podría haber viajado a París, a Londres, a Berlín, pero no. Con las bibliotecas y las librerías de acá surgió un Borges. Es decir: surgió el escritor más importante  de habla hispana.

En este punto uno está tentado a decir que hay “algo” en la ciudad que puede producir escritores y artistas y obras de alcance universal. Pero lo cierto es que, como tantas cosas, una ciudad no son sus calles ni sus edificios ni sus habitantes, sino que es la relación de todo eso. Si Buenos Aires es misteriosa, es porque no podemos asir del todo esa relación -ese tejido de tejido- que no hace más que producir símbolos y cierta belleza en medio de esa miseria que nos carcome día a día. 

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