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09 de enero 2024

Emmanuel Taub

DEL ANTISEMITISMO Y LA JUDEOFOBIA: REVOLVIENDO LA OLLA

Tiempo de lectura: 9 minutos

El antisemitismo, la judeofobia, del anti-sionismo al anti-israelismo tienen su propia historia universal y material, sus momentos de aparición, sus pasajes de la teoría a la práctica y sus diferentes representaciones: desde la acusación al judío por el deicidio de Jesús hasta la Modernidad, desde la revolución bolchevique y la mirada antisemita-paranoide por la cual los judíos lideraron la caída de Rusia y el surgimiento de la URSS, desde fin de los Imperios y el nuevo mapa europeo como Estados Nacionales “uno y únicos”, hasta los exóticos intentos de llevar a juicio al Talmud (compilación de las interpretaciones de las escuelas rabínicas entre los siglos II y VI donde por primera vez se extrae una Ley del texto bíblico como forma de vida en el aquí y ahora de todo tiempo histórico) acusando al libro, y no a la persona, de permitir que el judío engañe y le robe al no judío. Desde éstos mojones de la historia, y muchos más que podríamos mostrar, el judío siempre estuvo en el foco de las conspiraciones paranoicas y se lo adjetivó generación a generación al estigma de intentar controlar el mundo desde un lugar que ocuparía en la oscuridad, incluso por arriba de los estados nacionales. Y ese lugar en la oscuridad es el dinero judío, con el que compra y vende: ya no a razón de los impuestos medievales que pagaba a cambio de seguridad, tampoco como forma de transacción comercial que era una de la pocas actividades que tenía permitido el pueblo judío en los reinos católicos o musulmanes, tampoco como prestamistas  en sociedades feudales o a la nobleza en decadencia y que luego será uno de los importantes elementos para el mundo moderno con el traspaso de los estamentos político-teológicos al Estado y la burocracia moderna. Y esa oscuridad o nebulosidad el judío gana y vende su dinero a cambio de poder.

Y es aquí donde debemos decir dos cosas que generan incomodidad y urticarias a judíos y no judíos. Porque desde aquí surgen o se hacen fuertes también los adjetivos que describen al judío como el otro-negativo u otro-inasimilable: primero, que el mundo medieval fue para el judío muy, o extremadamente, angosto ya que tenían la prohibición en casi todos los reinos de actividades y profesiones que no fueran el comercio y el prestamismo, por lo que suele ser muy mal leído el fundamental libro del joven y todavía no marxista Karl Marx, Sobre la cuestión judía en la que está dialogado y peleándose además para siempre con su ex supervisor de tesis, Bruno Bauer.

Lo que Marx señala en su texto como una de sus importantes hipótesis es que, primero no está pensando en los judíos religiosos sino en los judíos emancipados que viven en la ciudad y que las antiguas prohibiciones los llevaron ahora con el dinero a un lugar mejor dentro de los Estados nacionales; si antes el dinero era la herramienta de subsistencia como comerciantes libres o prestamistas, ahora se convierte en lo que determinara una posición de poder social y económico. Por eso Marx dice que el judío fue el primero en entender, al emanciparse, que la Modernidad era Capitalista y que el medio de poder era el dinero. El judío por los avatares de su pasaje del tiempo feudal a la Modernidad dan cuenta de que no se puede hablar de tiempo moderno sin capitalismo. La Modernidad es Capitalista y el Capitalismo es moderno.

"El judío siempre estuvo en el foco de las conspiraciones paranoicas y se lo adjetivó generación a generación al estigma de intentar de controlar el mundo desde un lugar que ocuparía en la oscuridad, incluso por arriba de los estados nacionales"

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Esta forma de entender la Emancipación judía y la entrada del judío a la sociedad de los nuevos Estados nacionales europeos a través de la herramienta fundante de la nueva realidad y que ellos manejaban, que era el dinero, fue la que le dio una nueva carga de sentido al concepto de antisemita. Se le puso punto final al antisemitismo medieval sostenido por ideas oscurantistas que señalaban al judío como asesino de niños para que con su sangre hacer el pan de shabbat, a la idea diabólica que los judíos tenían cuernos y cola y, por sobre todas las cosas, se terminó la acción antisemita contra los judíos representada por antonomasia en la Inquisición, pero sostenida con sus caracteres particulares en cada estado europeo. Desde el comienzo del antisemitismo, y nos tenemos que dirigir a los inicios del catolicismo el judío siempre fue el “otro” estigmatizado con diferentes características en cada momento histórico.

Pero el antisemitismo no se terminó con la Modernidad, sino que volvía a ser una nueva época en Europa, que volvía nuevamente a construir una forma de señalar al judío, ahora que forma parte de la propia sociedad nacional, como un otro negativo que se debía tolerar no solamente porque ahora era parte de los estados, sino porque el judaísmo también quiso jugar y pertenecer al tablero de la Modernidad y por ello cedió cosas que imaginaba que no podrían tener consecuencias en la vida judía, especialmente siguiendo el dictum de Moses Mendelssohn que se volvió el lema de la vida judía moderna: vivir como ciudadanos alemanes en sociedad y practicar la vida judía en la vida privada, y como bien dijo el gran filósofo del Iluminismo judío, o Haskalá, cargar esa forma de vida esquizofrénica como se pueda.

Lo interesante aquí es el vaciamiento que se le hace al adjetivo “antisemita” que como adjetivo lingüístico definía el odio y el intento de separarse del otro semita, ya sea judío o árabe o de cualquier pueblo o comunidad que hablase una lengua semita, ahora sólo se centraba en el judío propio, de cada Estado Nación.

Por este motivo, debemos entender que el antisemitismo es la variable fija que carga de sentido negativo y señala, en cada periodo y época, cuál es el rol que tendrá el judío así como qué tipo de otredad negativa representará dentro de la sociedad. Y tenemos que entender que esta variable fija que construye un discurso sobre el judío como espejo de lo que no ser, y que ocurrió, ocurre y ocurrirá en cada periodo histórico mientras el judío forme parte de una sociedad no judía. Esto en la Modernidad, pero especialmente desde finales del siglo XIV y XX, se conoce como la Pregunta o cuestión judía. Y en el siglo XX sería de simplista y falto de reflexión pensar que el evento Auschwitz fue consecuencia solamente del antisemitismo. Tampoco debemos irnos al otro extremo, el antisemitismo existía y permitió marcar al otro negativo de la sociedad, pero lo que determinó el exterminio sistemático de los judíos de Europa fue la esquizofrenia mendelssohniana: el judío que se había transformado en una religión institucional practicada en el ámbito privado desbordaba por todos lados los pilares que definían lo moderno: no hablaban solo alemán, hablaban alemán, hebreo e idish, por lo que no entraban en el idioma nacional, amaban a Alemania, pero cada año en sus rezos pedían por la vuelta a Jerusalén, por lo cual no reconocían un único territorio, y además al institucionalizar como religión lo judío dejaba afuera a las ortodoxias y sus corrientes, a los movimientos mesiánicos, a los judíos comunistas y a los partisanos y, por sobre todas la cosas, el sionismo como movimiento político del judaísmo secular, que se hacía cada vez más fuerte.

"Y en el siglo XX sería de simplista y falto de reflexión pensar que el evento Auschwitz fue consecuencia solamente del antisemitismo. Tampoco debemos irnos al otro extremo, el antisemitismo existía y permitió marcar al otro negativo de la sociedad, pero lo que determinó el exterminio sistemático de los judíos de Europa fue la esquizofrenia mendelssohniana: el judío que se había transformado en una religión institucional practicada en el ámbito privado desbordaba por todos lados los pilares que definían lo moderno: no hablaban solo alemán, hablaban alemán, hebreo e idish, por lo que no entraban en el idioma nacional, amaban a Alemania, pero cada año en sus rezos pedían por la vuelta a Jerusalén, por lo cual no reconocían un único territorio, y además institucionalizar como religión lo judío dejaba afuera a las ortodoxias y sus corrientes, al los movimientos mesiánicos, a los judíos comunistas y a los partisanos y, por sobre todas la cosas el sionismo como movimiento político del judaísmo secular se hacía cada vez más fuerte."

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En este contexto de destrucción el antisemitismo junto al resto de las características fue fundamental para mostrar que lo judío era la punta del iceberg que ponía en jaque al Estado moderno y su intento de transformarse en una deidad secular, una y única, que pudiese construir una identidad hegemónica u homogénica. Lo que se dio por primera vez en la historia fue la destrucción del otro negativo elevado a la dimensión metafísica: los judíos, la comunidad romaní, así como las políticas de eugenesia social buscaron solucionar a través de la destrucción sistemática a aquellos que ya no podían ser parte de la sociedad por el hecho de ser quienes eran.

Pero si la Europa nazi resolvió en los hornos de Auschwitz la cuestión judía, dos nuevas realidades emergieron de este hecho que también había liquidado el concepto del antisemitismo: el Estado de Israel y el musulmán nuevamente en tierras europeas. Como lo escribe Jean-Claude Milner en su fundamental, Las inclinaciones criminales de la Europa democrática: “En el programa de la Europa de los siglos veinte y veintiuno, el Estado de Israel ocupa exactamente la misma posición que ocupaba el nombre judío en la Europa anterior a la cesura del 39-45. La de obstáculo.” Y este traslado material también es una resignificación conceptual que desde Europa ya no puedan utilizar el antisemitismo sin que lo que emerja es la paradoja del anti-israelí. Es el concepto de anti-israelí en realidad el que se levanta en cada acción del Estado de Israel contra Palestina y que contiene un antisemitismo vaciado de sentido y permite, allí la paradoja, odiar Israel pero respetar, amar y socializar con los judíos europeos.

"Pero si la Europa nazi resolvió en los hornos de Auschwitz la cuestión judía, dos nuevas realidades emergieron de este hecho que también había liquidado el concepto del antisemitismo: el Estado de Israel y el musulmán nuevamente en tierras europeas"

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Como Max Horkheimer y Theodor W. Adorno señalaron en su Dialéctica de la Ilustración,  el antisemitismo es un problema de la humanidad ya que “para los fascistas, los judíos no son una minoría, sino una raza distinta, contraria: el principio negativo en cuanto tal; de su eliminación depende la felicidad del mundo entero”. De la misma manera, el historiador italiano Enzo Traverso explica que el antisemitismo se aloja en el centro mismo de la nueva Europa del siglo XIX y debe distinguirse de la judeofobia: “Si la judeofobia tiene una trayectoria milenaria, el antisemitismo nació en la segunda mitad de la secuencia histórica a la que hemos hecho referencia (1850-1950). Durante este periodo el judío encarnó la abstracción del mundo moderno, dominado por fuerzas impersonales y anónimas. […] el judío emerge como la personificación de la modernidad […], el judío pasó a ser la metáfora de un mundo cosificado y se convirtió en ilustración del fetichismo de una realidad social entregada a los intereses monetarios y a la fantasmagoría de la mercancía.

Tal vez uno de los trabajos clásicos más importante sobre la construcción de la imaginación anti-judía lo encontramos en el libro Judeophobia de Peter Schäfer en donde explica que es en la Antigua Roma en donde aparece “una ambivalencia entre desagrado y temor, crítica y respeto, atracción y repulsión, que responde a la combinación peculiar entre exclusividad y el todavía éxito que caracterizaba a los judíos a los ojos de los autores romanos. El profundo sentimiento de amenaza supersticioso que el judaísmo finalmente tendría éxito en la destrucción de la cultura y los valores religiosos de la sociedad romana es la verdadera esencia de la hostilidad romana contra los judíos”, es por ello que ante esta mirada peculiar “se expresa mejor con el término de «judeofobia», por su ambivalente combinación de temor y odio”.

"Enzo Traverso explica que el antisemitismo se aloja en el centro mismo de la nueva Europa del siglo XIX y debe distinguirse de la judeofobia: “Si la judeofobia tiene una trayectoria milenaria, el antisemitismo nació en 1850-1950"

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Como se puede observar en las diferentes definiciones y abordajes de los más importantes pensadores sobre esta problemática, tanto los conceptos de “antisemitismo” como el de “judeofobia”, y el de “anti-israelismo”, tienen historias particulares y épocas en donde se establece el comienzo de su utilización, pero que en muchos casos han sido utilizados como sinónimos. Y sin embargo, comparten un objetivo común: la estigmatización del pueblo judío, como su conjunto y sus individualidades, colocándolo en el lugar del “otro negativo” de las sociedades nacionales. Al mismo tiempo, para la mirada del perpetrador no hay distinción entre los diferentes pueblos semitas, ya que el foco del ataque es siempre el pueblo judío. Este concepto, desde la creación del Estado de Israel en 1948, también se confunde con el “anti-sionismo”, en donde se engloba y entrelaza la totalidad de los mundos judíos diaspóricos con la realidad política y nacional del Estado a raíz de todas las acciones que éste lleva adelante en Medio Oriente. De esta forma, cualquier judío o comunidad judía, debe dar cuenta de esas acciones a pesar de no pertenecer a la nacionalidad israelí, quitándole su propia ciudadanía nacional del país en que reside y suspendiendo simbólicamente sus derechos, para transformarlo en una nueva especie de “refugiado ideológico, religioso y cultural” que reduce su propia historia a la realidad del Estado nación israelí y sus acciones.

"Desde la creación de Israel, también se confunde con el 'anti-sionismo', en donde se engloba y entrelaza la totalidad de los mundos judíos diaspóricos con la realidad política y nacional del Estado a raíz de las acciones que éste lleva adelante"

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Dando cuenta de todo esto, debemos mantener siempre a la vista que el objeto de los ataques –sea cual sea el concepto particular que lo describe– busca reducir la historia de los judaísmos a una realidad única, coherente y peligrosa, que “desde siempre” ha buscado destruir las instituciones religiosas, políticas y económicas para hacerse con el control y la dominación del mundo. Desde esta perspectiva, cualquier uso que se haga de estos conceptos tiene el fin último de negativizar a los mundos judíos y establecerlos como chivo expiatorio de las problemáticas particulares de los Estados sobre los cuales resulta más sencillo establecer una identidad nacional por exclusión: “nosotros” somos lo que no son “ellos” y representamos los valores modernos, occidentales y cristianos.

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