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28 de noviembre 2023

Pascual Albanese

DE MENEM A MILEI: SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS ENTRE DOS TRANSICIONES

Tiempo de lectura: 6 minutos

La historia nunca se repite pero enseña. No es casual que Javier Milei haya empezado su conversación en la quinta de Olivos con Alberto Fernández, que había sido funcionario de Domingo Cavallo en la década del 90, aclarándole: “yo soy menemista, no como Macri, que es un poquito gorila”. Para delicia de algunos, temor de otros y asombro de la mayoría, Menem está otra vez de moda. Pero entre las múltiples analogías que pueden trazarse con mayor o menor arbitrariedad entre ambas experiencias sobresale especialmente una característica que parece signar al actual proceso de transición: la impronta pragmática de un presidente electo que en las escasas semanas transcurridas entre su victoria electoral y su asunción al gobierno desorienta por igual a amigos y adversarios con decisiones impensadas hasta pocos días atrás.

Menem ganó las elecciones el 14 de mayo de 1989 pero la trasmisión del poder, prevista para el 10 de diciembre, se adelantó al 8 de julio. Lo que estaba programado como una transición de 155 días se acortó a 57. En ese interregno la Argentina saltó por los aires: la desintegración del poder político, el estallido hiperinflacionario y los consiguientes saqueos a los supermercados forzaron la renuncia anticipada de Alfonsín y una solución constitucional “sui generis”, homologada por la Asamblea Legislativa.

En medio de esa situación  de anarquía, el presidente electo protagonizó lo que después definió como el “giro copernicano” que signó una década de la historia argentina. En semejante emergencia económico-social, la prioridad ineludible para un presidente peronista, cuya imagen pintoresca generaba una gigantesca desconfianza en el “círculo rojo” nacional e internacional, era ganar confiablidad en lo que eufemísticamente suele llamarse “los mercados”. Cuando la tasa de inflación del mes de julio trepaba al 196% (en el mes, no en el año), “combatir al capital” implicaba  cavar la tumba de la Argentina.

Eduardo Menem recuerda hoy con humor que en aquellas circunstancias se ganó el apodo de “Amanecer”, porque “me pasaba el día aclarando”

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El lunes 15 de mayo, cuando en el peronismo no se habían acallado todavía los ecos de la victoria, que suponía su retorno al poder luego de trece años de ostracismo, iniciado con el golpe militar del 24 de marzo de 1976 y continuado con el triunfo de Alfonsín en las elecciones de 1983, Menem se entrevistó con Álvaro Alsogaray y esa misma noche fue al “programa estrella” de la televisión argentina, que compartían Bernardo Neustadt y Mariano Grondona, máximos voceros mediáticos del “círculo rojo” de la época, para decir todo lo que ambos embelesados periodistas ansiaban escuchar. Mientras tanto, una catarata de versiones sobre designaciones de funcionarios y posibles medidas de gobierno intoxicaba los medios periodísticos. Eduardo Menem recuerda hoy con humor que en aquellas circunstancias se ganó el apodo de “Amanecer”, porque “me pasaba el día aclarando”. Como solía rezar una inscripción estampada al comienzo de algunas viejas películas: “cualquier coincidencia con hechos o personajes de la actualidad obedece a una mera coincidencia”.

Una enorme confusión en propios y extraños rodeaba entonces las discusiones sobre la configuración del elenco de gobierno. Una iniciativa de ocasión, urdida en medio del caos por un grupo de dirigentes peronistas, era un gabinete económico constituido a partir de un acuerdo con los llamados “capitanes de la industria”, la denominación entonces utilizada para caracterizar a un núcleo de empresarios de la “Patria Contratista”, integrado por Franco Macri y otros hombres de negocios cuya fortuna, que se había comenzado a amasar bajo la dictadura militar y acrecentado con el “alfonsinismo”, era el generoso resultado de las licitaciones públicas que engordaban el gigantesco déficit de las empresas estatales de las que eran proveedores.

En la febril imaginación de los autores de aquel proyecto, ese improvisado equipo económico tendría una cabeza política, que era Eduardo Bauzá, el principal operador político de Menem. Juan Bautista Yofre, quien se aprestaba para asumir la jefatura de la SIDE, cuenta una conversación en la que le comentó a Menem: “si hacemos eso, vamos todos presos”. Menem se rió y rápidamente cambió de tema.

La alternativa técnicamente más seria provenía de Domingo Cavallo, un economista promovido por la Fundación Mediterránea que en 1987 había sido electo diputado nacional por Córdoba al frente de una lista impulsada por José Manuel De la Sota, empeñado en la construcción de una alianza estratégica entre el peronismo y el sector productivo de la provincia. Cavallo estaba secundado por un equipo de notoria solvencia profesional donde sobresalían algunas figuras actualmente muy mencionadas, entre ellas Juan Schiaretti, un promisorio dirigente del peronismo cordobés exiliado bajo la dictadura, y Guillermo Seita, entonces un novel operador político.

Juan Bautista Yofre, quien se aprestaba para asumir la jefatura de la SIDE, cuenta una conversación en la que le comentó a Menem: “si hacemos eso, vamos todos presos”. Menem se rió y rápidamente cambió de tema

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En esas discusiones acaloradas realizadas en el bunker de Menem en la avenida Callao, con la televisión encendida que mostraba la evolución de los saqueos, la incesante remarcación de los precios en los supermercados y la estampida del dólar, irrumpió el debate sobre si era conveniente o no apresurar la entrega del gobierno. Cavallo sostenía que lo mejor era esperar a diciembre para que la crisis tocara fondo y el nuevo gobierno asumiera con un mayor margen de maniobra política para implementar una drástica política de ajuste fiscal y monetario. Los emisarios de Menem que hablaban con el equipo de Alfonsín, en particular con Enrique “Coti” Nosiglia y Rodolfo Terragno, opinaban que la situación ya era insostenible.

El laudo de Menem fue que era imposible seguir esperando. Descartó el criterio de “tierra arrasada” sugerido por Cavallo y aceptó en cambio la oferta de un plan “llave en mano” elaborado por los  técnicos del grupo Bunge y Born, el consorcio agroindustrial más importante de la Argentina, sinónimo del “establishment” económico. La propuesta, que fue producto de un diálogo de Julio Bárbaro en el coloquio de IDEA celebrado en Mar del Plata 1988, implicó la designación como Ministro de Economía  de Miguel Roig, un ejecutivo del “holding” que, en un involuntaria demostración de la gravedad de la crisis, falleció víctima de un infarto agudo de miocardio a los cinco días de asumir la cartera, lo que obligó a su sustitución por su colega Néstor Rapanelli, quien estuvo a cargo hasta diciembre de 1989, cuando fue sustituido por el riojano Erman González, predecesor de Cavallo y su Plan de Convertibilidad.

Este viraje hacia Bunge y Born no fue gratuito. Cavallo sintió incumplido el compromiso y le remitió a Menem una acalorada carta de reproche. Como respuesta, Menem lo designó Ministro de Relaciones Exteriores, con la misión especial de fortalecer ante todo las deterioradas relaciones de la Argentina con Estados Unidos, tensionadas por los desencuentros públicos protagonizados por Alfonsín y Ronald Reagan, lo que constituía una tarea políticamente indispensable para pavimentar el camino para un acuerdo con el FMI. El tiempo reveló que tuvo suerte. ¿Teléfono para Emilio Ocampo?

Con un plan económico de emergencia para asumir, Menem encaró el desafío de la viabilidad política de su implementación. A tal fin, instruyó a sus emisarios para negociar un pacto de gobernabilidad: el adelantamiento de la entrega del gobierno sería a cambio del compromiso del radicalismo de facilitar la inmediata sanción parlamentaria de dos “leyes ómnibus”, una de Emergencia Económica y otra de Reforma del Estado, que delegaban en el Poder Ejecutivo las facultades indispensables para materializar un “ajuste estructural” que entre otros puntos incluía la privatización de la totalidad de las empresas públicas.

Con Milei ocurre hoy casi lo contrario de lo que sucedió con Menem en 1989. Ambos se sentaron sobre una montaña de votos, aunque Menem los cosechó en la primera vuelta, sin necesidad recurrir al Pacto de Acassuso para ganar el balotaje

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Alfonsín aprobó la propuesta y habilitó a César “Chacho” Jaroslavsky, jefe de la bancada de la UCR en la Cámara de Diputados, para que acordara con el presidente del bloque justicialista, José Luis “Chupete” Manzano, un mecanismo inédito que hizo escuela después en la tradición parlamentaria: los radicales prestarían el número mínimo de sus diputados suficiente para facilitar el quórum, pero votarían en contra de ambas leyes y, a la vez, garantizarían las ausencias necesarias en el recinto para permitir su aprobación. Menem conseguiría lo que buscaba y los radicales podrían dormir con la conciencia tranquila, y gratis. Con el trascurso del tiempo esas contraprestaciones no fueron tan “espirituales” sino mucho más onerosas.

Con Milei ocurre hoy casi lo contrario de lo que sucedió con Menem en 1989. Ambos se sentaron sobre una montaña de votos, aunque Menem los cosechó en la primera vuelta, sin necesidad recurrir al Pacto de Acassuso para ganar el balotaje. Pero para garantizar la gobernabilidad en medio de una gigantesca crisis hiperinflacionaria, un presidente surgido del peronismo precisaba el respaldo del “establishment” económico, que lo miraba con desconfianza y temía por el cumplimiento de algunas de sus promesas electorales, que juzgaba contrarias a sus intereses. En cambio, el autoproclamado “primer presidente liberal-libertario de la historia de la Humanidad”, con un discurso que derrama lágrimas de emoción en los círculos financieros, tiene que responder a la pregunta inversa, formulada por sus amigos: ¿cómo podrá hacerlo? Si con el peronismo detrás Menem tenía que acordar con los dueños del poder económico para no tener que abandonar el gobierno a los pocos meses de asumirlo, Milei está obligado a buscar en el peronismo, con sus diversas y frecuentemente contradictorias expresiones políticas y sindicales, un acuerdo de gobernabilidad que le provea el ancla necesaria para eludir la espada de Damocles de la Asamblea Legislativa.  

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