09 de junio de 2026
“El problema de la Escuela de hoy no es su sesgo para-fascista, no es la mirada panóptica del vigilante que identifica y reprime, castigando las diferencias subjetivas del ideal normativo, que se exige reproducir, sino más bien su dramática evaporación, el riesgo de extinción en el que se halla. Es el mismo proceso que afecta a la figura paterna.”
Massimo Recalcati, La hora de clase
“La educación empieza desde casa” dicen y dicen las mamás, los papás, las abuelas y los tíos que se acercan a la escuela a señalar al compañerito imposible, que hurgó en la cartuchera ajena, que amenazó en el segundo recreo, que molesta todos los días. “La educación empieza desde casa”, dicen y dicen para reafirmar ésta, su presencia responsable en la dirección, su firmeza con el cuaderno de comunicados en la mano, su preocupación, su ocupación por el futuro que cría, por su aporte filial, sí, pero también cívico. Como si un poco dijeran “en definitiva éste que molesta al mío es un pobre pibe… si le hubiese tocado otra familia (más parecida a la mía)”. Y ahí queda, el compañerito señalado, masticando bronca en el cono oscuro de una soledad que se multiplica: porque es verdad, mamá es un bardo, papá no está, la tía hace lo que puede, el abuelo tuvo que volver a laburar. O también, obvio, mamá está tan ordenada que la presencia de papá se vuelve insoportable, la tía opina, el abuelo provoca culpas neuróticas. Y del otro lado, escuchando atrás del escritorio la directora, en un aula vacía el preceptor, la maestra, el profesor, “la educación” que no es en casa sino en las instituciones, que estira las cejas, superado por esas dimensiones pedagógicas incontrolables.
Las vimos: las dos familias que se trenzan a piñas en la esquina de la escuela, desorganizando a toda una comunidad; nos enteramos: la mamá que entró a preceptoría con ánimos levantiscos, un poco patotera y en fuga de lo que la escuela pediría de ella, pecheó a la preceptora que le levantó la voz a su pibe insoportable; nos embroncamos: el pibe de colegio privadísimo habilitado por su papá para contestarle a los profesores porque “él les paga el sueldo”; nos indignamos todos los días: la mamá que llama siempre en el horario de clase para comprobar, todos los días, en el ejercicio de un control solapado, si su hija agarró el tupper de la heladera para el mediodía; la sufrimos: la tía que con veintilargos, treinta, actúa como una adolescente más, entrando en todas y cada una de las revueltas insípidas del día a día por grupos de Whatsapp y esperas en el portón, antes del timbre; nos preocupamos, nos empañamos: la noticia, en la secundaria de la vuelta, de la directora lastimada, con los pelos revueltos y la cara marcada, el acecho de un móvil pronto de C5N. Y hay detalles más escurridizos, como la masividad sintomática de llegadas tarde y el ausentismo en muchísimas secundarias, la degradación excesiva de algunos límites (lo rápido que puede aparecer el insulto pesado a un docente), la desorganización de algunos hábitos primarios (la higiene, los horarios de sueño, los consumos reales y virtuales, el estudio, las responsabilidades).
La maestra, el profesor, la directora, el preceptor: desprovistos de prestigio, ponen la mejilla a las transformaciones sociales entre dos tiempos históricos. Con todo, lo dicho: la escuela, en su anacronismo, conserva aún una potencia utópica
El desfasaje de las demandas mutuas entre la escuela y las familias agarra, muchas veces, el camino ripioso del síntoma violento. En los últimos días hubo sucesos feroces: un paro docente en el distrito bonaerense de José C. Paz por la agresión de una madre a una maestra, a la salida de la primaria de su hijo; en Neuquén, por el reto a su hija, una madre molió a golpes a una directora, también de una primaria, hecho que generó tal revuelo que ya se está discutiendo una ley provincial de prevención; en La Plata, la agresión a una preceptora y la vicedirectora de una secundaria se sumó a una serie de sucesos similares, todos graves, para derivar también en una medida de fuerza distrital. Pantallazo que no supera las dos semanas.
Hace un tiempo largo que la relación de las familias y la escuela cambió. Es una tarea exigente desenmarañar los nudos que envuelven esta transformación, hechos de tantas cosas: desde el aporte mensual a la cooperadora hasta las expectativas misteriosas con que la madre suelta a su piba, su pibe, y le acomoda la mochila para verlo entrar acompañado por una mano ajena, la de la maestra que le sonríe en un gesto de complicidad y confianza. Los índices de esta transformación son tan difíciles de rastrear como los que sucumben esas dos instituciones, diferentes por naturaleza, aunque, por lo menos desde la modernidad, tan atadas alrededor de la figura de la infancia y las expectativas de su desenvolvimiento en el mundo. Lo sobrenarrado: la crisis de las instituciones del siglo XX, o por lo menos sus transformaciones espesas, como de hierro fundido. Índices difíciles de rastrear, sí, pero que parten de un a priori negativo: la sensación, incierta, de que algo se rompió, de que algo está peor. “La educación empieza desde casa” dice la mamá recelosa de la otra mamá ausente, pero lo mismo afirma en silencio la directora que la escucha y la mira, en un espejo burlón, promoviendo el chismerío. No son tanto tendencias estadísticas como el sustrato fértil de una intuición.
Se trata, ciertamente, de temas con alcances políticos: cuando Cristina Kirchner, en las intervenciones previas a su encarcelamiento, se refería al “Estado eficiente” (tema que introdujo al cierre de un congreso educativo) para hablar de los déficits en las prestaciones estatales en materia de educación, redundaba en cierto nestorismo pedagógico: la buena política es la que soluciona problemas, la que no te rompe las pelotas ni te saca el sueño, y así debieran un poco funcionar las escuelas o los hospitales, quitar y no agregar dolores de cabeza. ¿Vale el comentario? Preferiríamos que no, preferiríamos un involucramiento pedagógico respetuoso, creando a cada momento los límites justos entre las atribuciones, confundidas como cartas mezcladas, de la escuela y la familia. Imposible, aunque con una orientación. Pero algo del punto de CFK se entiende, como se entendieron algunos reproches libertarios -aunque excesivos en lo hiriente- de la sociedad hacia el Estado y el pedazo pastoral y mayoritario de su rostro: sus trabajadores. El trabajador estatal -y entre ellos el docente, centrado en el vínculo cotidiano- que, de tan inflexible en sus derechos adquiridos, desalienta su desempeño. La casta precaria, pobre, que te encontrás regateando en la verdulería. Sentencias falaces, aunque extendidas. No se justifican, en uno u otro caso, los desprecios salariales, presupuestarios o retóricos, que los hubo y los hay, y que en brochazos gruesos oscurecen el vínculo de las familias y la escuela y sus docentes. Pero hay algo que se entiende. Lo que convoca menos al entendimiento es la reiteración creciente de estos cortocircuitos agresivos, en un mano a mano simétrico con las degradaciones laborales y económicas (aunque no siempre, y se expanden los motivos sociológicos: ciertos envalentonamientos individualistas, humos de pobre exitismo monetario, caprichos amamantados en una sociedad de hábitos poco espesos, levantan de más la voz de muchísimas familias de buen pasar económico). La maestra, el profesor, la directora, el preceptor: desprovistos de prestigio, ponen la mejilla a las transformaciones sociales entre dos tiempos históricos. Con todo, lo dicho: la escuela, en su anacronismo, conserva aún una potencia utópica.
El desfasaje de las demandas mutuas entre la escuela y las familias agarra, muchas veces, el camino ripioso del síntoma violento
Un informe reciente del CIAS/Fundar, con la firma de Rodrigo Zarazaga y Daniel Hernández, apuntó la partitura de esta música en fuga; el artículo “La narrativa rota del ascenso social. Un estudio sobre las expectativas de los jóvenes de barrios populares” dirige sus focos sociológicos y sensibles hacia la lenta agonía de un relato tatuado en las conciencias de las generaciones anteriores, una palabra santa o un rezo laico, que iba más allá de las revoluciones, las dictaduras, la inflación o el dólar: si estudiás podés; si terminás la secundaria abrís nuevos horizontes sociales, económicos, culturales. Es la “música de fondo” del perfil sociológico argentino, la clase media de nuestras expectativas. Terminar los estudios, conseguir un empleo, independizarse y, bajo la forma que se quiera, organizar un hogar: el trayecto repetido, en el country o en un piso infértil de tierra, con el que se organizó la parte silenciosa, trascendental, de la gran Argentina cívica. Pero el estudio de Zarazaga y Hernández muestra fracturas intensas, en expansión: casi una mitad de pibes y pibas en el conurbano en situación de pobreza buscan “ser alguien” con familias y escuelas que ven rotas, que ya no se complementan para realzarlos, siquiera para darles una mano a sus decisiones rotas, sus bardos y sus vagancias, sino que por momentos hasta los entorpecen, los desmotivan, sienten que incluso empeoran las cosas. La familia y la escuela siguen siendo dos espacios centrales en la sociabilidad y la construcción de perspectivas que, pibes de entre 16 y 24 años, ya no encuentran seguros como “la música” que le cantaron sus padres, sus abuelos, todos, indicaría. Ven a sus padres cantando una canción que un poco odian, que un poco los defraudó, en que la que ya no creen ni ellos, que terminaron la escolaridad o sintieron los rigores de no hacerlo, y aun así se les está haciendo difícil.

Mayra Arena en Le Monde reafirmó el punto, este fin de semana: “Los chicos se duermen en la escuela, pero aun cuando esto no pasa ‘están menos despiertos’. No salen al recreo. Se quedan en su banco con el celular. El ausentismo en los sectores pobres se explica por distintos problemas: falta de rigor, necesidad de quedarse cuidando a los hermanos menores, rutinas desarmadas. Pero no es mayor al ausentismo en las clases medias, donde los viajes familiares o las oportunidades no escolares tienen prioridad. Al César lo que es del César”. O Esteban Schmidt, en Supernova, que rememoró: “Con mis compañeros, algunos hijos de encargados de edificio, otros de poderosos importadores de juguetes, estábamos muy unificados por la lengua porque nuestros padres, pobres, medianos y ricos, estaban parejamente educados y, además, todos, tenían un televisor, no dos, no tres. No había distinción tecnológica entre las puntas sociales del aula. Podíamos hasta coincidir en la guardia del Hospital Durand. Las diferencias más notorias estaban en los metros cuadrados y en el viaje a Europa de unos que sí y de otros que sólo escuchábamos las anécdotas cuando nos pasaban los carretes de diapositivas que testimoniaban el paseo”. Son escenas textuales que atienden a estas segmentaciones aceleradas. Familias, mamás, papás, tíos y abuelas: se rompen. La escuela: su ciudad de la furia, el último escenario donde ellos, con el amor a sus hijos en el puño, pueden patalear, exigir, gritar, llorar.
El diálogo entre educación y familia tiene una historia vieja como la humanidad misma y todas las inflexiones y matices antropológicos redundan en los sentidos de la doble, inevitable constitución, los círculos concéntricos de la sociabilidad: el individuo y la sociedad, la familia y la tribu, la subjetividad y la inteligencia. La didáctica, la instrucción, la escuela: formas alrededor de esa delegación histórica. La pedagogía moderna, lo que llamamos educación, nace cuando ese campo comienza a ordenarse en reglas, mecanismos y discursos. Hoy, típicamente -aunque no sólo (clubes y deportes, grupos scouts, clases de música, de otras lenguas, etcétera, etcétera)- asociada a una institución: la escuela. Las tensiones aceleradas de nuestro tiempo redimensionan, y no puede ser distinto, los placeres y los rechazos de ese vínculo.
“La educación empieza desde casa” dice la mamá recelosa de la otra mamá ausente, pero lo mismo afirma en silencio la directora que la escucha y la mira, en un espejo burlón, promoviendo el chismerío
En el ápice de nuestros éxitos y en los momentos más difíciles de nuestros desafíos, la escuela educó y educa con los padres: las reprimendas que se complementan, los aciertos que se festejan de conjunto. El acto, el campamento, la excursión. Las preguntas fijas, de todos los días, como los muebles de una casa: ¿qué materias tuviste hoy, hay tarea, alguna prueba para la que haya que estudiar, alguna cartulina que comprar, alguna nota que firmar? Los despertadores, los desayunos, las cenas temprano, las licencias, las exigencias, los dientes limpios, la ropa para lavar. La cartuchera completa, la hoja reparada con el ojalillo, el parche en el pantalón. La escuela sigue pidiendo todo eso, y mayoritariamente está, pero cada vez menos. La didáctica moderna está estructurada alrededor de estos actos educativos implícitos, silenciosos, extraescolares. Populismo, folk, costumbrismo: trazos gruesos de la vida democrática en la escuela, cuestionada ella como todo el imperio democrático. Y lo que era un emergente se convierte en paisaje. La violencia es un disparador cada vez menos excepcional y la escuela que te educa, pero también alimenta, consigue turno y carga la SUBE, justo cuando su voluntad debería estar encendida y celebrada, es doblegada por la estaca menos pensada, la alianza traicionada, el fuego amigo, el crimen fraterno. La familia versus la escuela.
Resulta necesario, entonces, potenciar nuestra ecuación: la escuela puede no sólo educar con las familias, sino también colaborar en educar a las familias (reforzar los mejores hábitos, recrear estrategias conocidas y volver sobre algunos puntos de apoyo). ¿Qué actividades pueden favorecer intercambios cotidianos sanos y productivos entre la escuela y la familia? Los actos, las jornadas, las celebraciones, oportunidades perfectas. La comunicación clara, por medios pautados, la seriedad institucional, las reciprocidades comunitarias. Las reuniones recurrentes. El padre herrero que arregla unos bancos, la mamá de la gráfica que imprime los cuadernillos. De un lado y el otro, habrá que acordarse, sin estancarse en la melancolía de Luna de Avellaneda, de estos pequeños actos, de estos gestos como granitos de arena. Es, además, parte de una iniciativa privada que vale la pena reponer, experimentar sin monotributo, sin esperar el decreto o la resolución del Ministerio para que obligue a que “el 25 de mayo se convoque a los padres…”; buscar espacios, crearlos, practicar una libertad de las instituciones, sin demoliciones. Tanto como ser firmes frente a los atropellos: la solidaridad pronta, el repudio inmediato, el cuidado mutuo. Un pacto de adultos, escuela y familia, porque pendejadas nos sobran. Un llamado a la responsabilidad.



