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CUANDO EL RÍO SUENA

Tiempo de lectura: 13 minutos

“…Tiene el gaucho que aguantar

hasta que lo trague el hoyo,

o hasta que venga algún criollo

en esta tierra a mandar…”

El Gaucho Martín Fierro

José Hernández

EL HOYO

El río avisa cuando crece. La elección del domingo 14 de noviembre fue la de menor participación en la historia de la democracia argentina desde 1983, sólo superada por las PASO de septiembre pasado. Algo está pasando en las profundidades de esta sociedad, y ese algo, todavía opaco, está haciendo crujir todo el sistema político nacido al calor del 2001. A galope lento, pero sin pausa, el movimiento tectónico tiene (al menos) dos drivers: la reelaboración del ideario de “crisis” y el quiebre de la sociología de Argentina como tierra de oportunidades.

Argentina puede narrarse como una historia de crisis y rebotes: 1989, 1997, 2001, 2008. “Stop and go” dicen los economistas. Pues bien, la larga década perdida que atraviesa el país desde 2011 a esta parte, ha puesto un paréntesis en esa asociación, desdibujando en el imaginario social la idea de “rebote”. Es decir, se está gestando (y consolidando) un nuevo imaginario sobre la crisis distinta a las precedentes: una crisis duradera sin una salida temporal de corto plazo. Una crisis sin rebote. The long stop: ocho de cada diez compatriotas consideran que Argentina atraviesa una crisis duradera, sin una salida en el mediano plazo.

Esta nueva forma de crisis “croniquizada” (o crisis sin rebote) se manifiesta sobre todo en la franja etaria que va de 16 a 40 y de 40 a 60, en dos planos asociados. En primer lugar, en la sedimentación de la idea del declive del país. Es decir, en la ruptura de la representación de la Argentina como un país de oportunidades. En segundo lugar, en el cuestionamiento de la auto-representación de la Argentina como una nación de clase media. Hoy el 76,4% de los argentinos se considera de clase baja o de clase media baja y sólo el 20,46% de clase media.

¿Está mutando la identidad argentina al compás de una profunda mutación socioeconómica? ¿Existe margen en la política para reconstruir un contenedor que se está desbordando? ¿o se trata de una tendencia que llegó para quedarse y profundizarse? ¿La elección de medio término puede leerse también a la luz de estos desplazamientos subterráneos?

EL PERONISMO DE LA RESTRICCIÓN

El resultado del Frente de Todos a nivel nacional confirma la intensificación de dos tendencias que se han ido agudizando desde el año 2008 hasta alcanzar un grado elevado de paroxismo en la Argentina presente, y que, de no revertirse radicalmente, construyen un escenario incómodo para afrontar tanto los dos años restantes de gobierno como la lejanísima elección de 2023. En primer lugar, el achicamiento progresivo del horizonte demográfico del peronismo (su conurbanización reforzada y cada vez más hardcore), y, en segundo lugar, el divorcio entre esta fuerza política y los sectores productivos más dinámicos de la Argentina. En realidad, ambas tendencias se retroalimentan y forman parte de un mismo proceso.  

En este sentido, que la plana mayor del FDT (al día de hoy, con la notable ausencia de CFK) festeje una derrota con sabor a remontada en la provincia de Buenos Aires es una metáfora del extravío. Los problemas que deberá enfrentar en sus dos años de mandato son los mismos y salvo que al interior de la coalición alguien considere que la debilidad en las cámaras mejore el horizonte de gestión, las condiciones internas para afrontar esas tareas se han estrechado. El peronismo nacional es hoy, a lo sumo, un empate de debilidades.

La remontada de los 462 mil votos representó un alivio cierto para todos en el FDT. Y más aún, cabe suponer, sobre todo para la dirigente que es de hecho la jefa realmente existente del peronismo bonaerense: Cristina Fernández de Kirchner. Una jefatura ejercida desde la vicepresidencia en un remedo en clave contemporánea del esquema de poder de la era Kirchner-Scioli, puesto en escena de manera cruel en estos días en la intervención del gobierno bonaerense con posterioridad a las PASO, con Máximo Kirchner en el rol que otrora ocupara Randazzo ¿El Partido Bonaerense tomó la Nación o una Nación tomó el Partido Bonaerense? En esta indistinción se cifra una clave política central del futuro en el universo peronista.

Más allá de las fronteras del AMBA, cabe preguntarse si esta “salvada de ropa” en territorio bonaerense se produjo a cuenta de las elecciones del resto de los peronismos subnacionales. Y de ser así, ¿esa dinámica no presagia un reordenamiento del clivaje nacional? En otros términos, la novedad de la elección es que ahora la AMBArización total de la fuerza tiene un costo visible a nivel nacional. Esa cuita abierta, posiblemente tenga en el Senado, a partir de Diciembre, su principal canal de expresión.

"Más allá de las fronteras del AMBA, cabe preguntarse si esta “salvada de ropa” en territorio bonaerense se produjo a cuenta de las elecciones del resto de los peronismos subnacionales. Y de ser así, ¿esa dinámica no presagia un reordenamiento del clivaje nacional?"

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Veamos rápidamente la foto nacional: el FDT quedó golpeado en la Patagonia (salió tercero en Santa Cruz, en Neuquén y en Río Negro, y segundo en Chubut), en Cuyo (puso en riesgo la elección de Uñac en San Juan, hizo una mala elección en Mendoza, perdió en el emblemático bastión de San Luis), en la Región Pampeana-Central (salió tercero en Córdoba, segundo en Santa Fe, en la Provincia de Buenos Aires, en la Pampa y en Entre Ríos) y en el Litoral (con la excepción de la gran remontada de Capitanich y el sólido dominio de Insfrán, salió segundo en Corrientes y empujó al rovirismo misionero a un derrota histórica).

En otros términos, el poder electoral del FTD se resume a las provincias con peores índices de desarrollo a nivel nacional: Formosa, Chaco, Santiago del Estero, La Rioja y Catamarca, más los bastiones dinámicos pero muy debilitados de San Juan, Tucumán y Salta. ¿Puede el FDT ordenar un modelo narrativo y político nacional desde esas coaliciones regionales, económicas y sociales? ¿O está obligado a reinventarse?

En este cuadro general, la pregunta estoicista es si los gobernadores del peronismo no se lanzarán a la articulación de una nueva geometría de poder, aunque más no sea con el objetivo de preservar sus propios territorios, o si esperarán pacientes (pero exigentes), a que la coalición logre resolver de alguna manera la crisis, para llegar al 2023 con mejor nivel de competitividad y sin desgastarse en el “internómetro” infinito del Frente de Todos. Distintas versiones de un interrogante que retorna una y otra vez ante las coyunturas más difíciles del kirchnerismo a nivel nacional y que hasta ahora siempre se resolvieron de la misma manera: el armado político de los gobernadores, como las tropas del General Alais, nunca termina de aparecer.

Hoy, sin embargo, existe una diferencia cualitativa que favorece la posible constitución de una resolución alternativa a ese viejo interrogante. Como sucedió en 2017, ante la primera ola amarilla de escala nacional, esta vez la crisis amenaza con meterse en los terruños de los peronismos subnacionales. En aquella ocasión, la urgencia activó los reflejos de una dirigencia que, aunque nacida y criada en el Síndrome de Estocolmo con Cristina, todavía no se resignaba a desaparecer. Las primeras mesas del peronismo federal, la candidatura de Lavagna y después la unidad del peronismo que proclamaba en la boca de Alberto Fernández “un gobierno con 24 gobernadores” iban en el sentido de despertar ese activo político dormido. Una energía que terminó capturando CFK a través del proceso de construcción del Frente de Todos, algo que podría (¿por qué no?) volver a repetirse. La idea que amanece de una primaria general del peronismo en 2023, auspiciada por la vicepresidente, con los gobernadores peronistas que quieran participar, se adelanta a este escenario, intentando contener las energías del peronismo federal al interior de las fronteras del FDT. PASO en el 23, para que te quedes en el 21.

En cualquier caso, es posible que el peronismo federal deje de ser un espectador pasivo del AMBA-drama y comience a tejer alguna alternativa, que sirva tanto para mejorar su paritaria con el gobierno nacional en estos dos años –desde dentro o desde afuera del gabinete- como para plantear fórmulas y candidaturas nacionales propias hacia el 2023. Schiaretti parece decidido a avanzar en esa dirección. Más allá de la aritmética electoral, siempre adversa para el peronismo mediterráneo en las elecciones de término medio (perdió 95.870 votos con respecto a la elección de 2017), le queda una carta para jugar: dar la batalla de ideas por un peronismo market friendly, la “versión material” del antiguo peronismo republicano. Diego Genoud ha planteado que esa contienda debería implicar algún nivel de acuerdo con Misiones, Santa Fe y San Juan. Rebus sic stantibus.

"Resulta difícil pensar en una alternativa de cambio desde adentro: CFK se encuentra atrapada en el gobierno que prohijó, oscilando entre intervenirlo, conducirlo, “irse” o dejarlo librado a su propia suerte. Todas esas inflexiones aparecieron, juntas y contradictorias, en la semana trágica de las renuncias colectivas y los reproches por Facebook."

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En este panorama complejo, ¿qué opciones tiene el oficialismo para gobernar los dos años que le quedan y llegar competitivo al 2023? Parafraseando un libro que hizo historia allá por la década del 80´, “Bringing Das Kapital Back In”: un shock de ordenamiento macroeconómico, reconstruir la relación con el sector privado, jerarquizar la gestión con cuadros nacionales provenientes de las regiones dinámicas, devolverle federalidad al peronismo e integrar en esa dinámica a los sectores del trabajo y movimientos sociales que lo acompañan. Orden es Progreso.

¿Está a tiempo? Visto y considerando la praxis interna del FDT a esta altura, la pregunta remite a Cristina Kirchner y su voluntad (o no) de cuestionar su propio legado y los fundamentals de su poder actual para habilitar una potencial reproducción futura. Una versión en clave gubernamental de lo que hizo en 2019 en clave electoral. En perspectiva, el cristinismo parece replegarse hacia el núcleo de una sociología y una geografía cada vez más menguante. Un retroceso sistemático disfrazado de “Vamos por Todo”. En este marco, resulta difícil pensar en una alternativa de cambio desde adentro: CFK se encuentra atrapada en el gobierno que prohijó, oscilando entre intervenirlo, conducirlo, “irse” o dejarlo librado a su propia suerte. Todas esas inflexiones aparecieron, juntas y contradictorias, en la semana trágica de las renuncias colectivas y los reproches por Facebook. Pero siendo que el FDT parece condenado a Cristina y Cristina al FDT, la “solución” tal vez implique asumir esa condición de centralidad para finalmente hacerse cargo.

JUNTOS Y EL PRECIO DE GANAR

Todo en Juntos por el Cambio parece desarrollarse a una velocidad con la que ninguno de sus protagonistas hubiese contado al concluir el tortuoso año final de Mauricio Macri. La pandemia, la profundización de la crisis económica y el también tortuoso “cabaret” del FDT le subsidiaron un resurgimiento prematuro que obligó a acelerar los duelos y también las discusiones por los nuevos liderazgos, que brotan como hongos después del chaparrón. Y por eso, Juntos tiene hoy todos los problemas de un crecimiento político acelerado, sin un Estado Nacional que pueda funcionar de ordenador (aunque, después de la experiencia del Frente de Todos en el poder, este artículo de fe podría empezar a entrar en zona de debate).

En el modelo político de la “Grieta”, todo parece funcionar por analogía. Mauricio Macri blindó una posición ideológica que estuvo ausente en la mayor parte de su mandato –un anti-populismo puro y duro salido del closet después de la experiencia gubernamental- escribió un libro, apuntó a abroquelar su base desde una radicalización identitaria y animó una movilización partidaria a un Juzgado Federal. Sólo le faltó armar Unidad Ciudadana. Los sondeos también confirman el hermanamiento con su némesis Cristina. En este punto, la pregunta sobre la crisis de la política en Argentina no deja de ser redundante: ¿cómo sería de otra manera, si los protagonistas de los polos que ordenan el sistema son a su vez los políticos más impopulares del país?

Pero Juntos por el Cambio, a diferencia de la coalición peronista, no tiene una animadversión instintiva al uso de las primarias. Podría sostenerse que, en esta elección, la dirigencia opositora realizó todas las primarias posibles salvo una, tal vez la principal: la que hubiese enfrentado a Horacio Rodríguez Larreta contra Mauricio Macri a través de sus espadas políticas María Eugenia Vidal y Patricia Bullrich. La rendición del sector ultra, ahora dirigido a la distancia por Macri, no fue incondicional, y obligó a “contener” en las listas y en el discurso público a sus referentes. Juntos por el Cambio decidió procrastinar la transición de su liderazgo –y la discusión central sobre su rumbo y su perfil político- hacia el 2023, en un ejercicio que obligó al Jefe de Gobierno porteño a compartir cartel con un ex presidente que observa en este clima de “Primavera Árabe” contra el peronismo una suerte de reivindicación personal.

"Juntos por el Cambio decidió procrastinar la transición de su liderazgo –y la discusión central sobre su rumbo y su perfil político- hacia el 2023, en un ejercicio que obligó al Jefe de Gobierno porteño a compartir cartel con un ex presidente que observa en este clima de “Primavera Árabe” contra el peronismo una suerte de reivindicación personal"

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Así las cosas, lo que parecía una tregua de facto terminó precipitando un fuerte intervencionismo público de Macri luego de las PASO, intervencionismo que posiblemente tenga que ver con el crecimiento de Milei en Capital Federal y quizás también con el del Frente de Todos en la Provincia de Buenos Aires. Hoy Mauricio Macri y Patricia Bullrich siguen en carrera. Ambos han encontrado un terreno fértil sobre el cual introducir sus batallas culturales. Milei (como principal emergente liberal), les abre una nueva alameda sobre la cual sueñan con reordenar no sólo la coalición cambiemista, sino también el movimiento de las placas tectónicas de la sociología argentina.

Las elecciones más ajustadas en Provincia de Buenos Aires e incluso –desde ya, en términos relativos- en la misma CABA resaltan a futuro la necesidad larretiana de superar el modelo de acumulación política basada exclusivamente en la gestión de HRL –popularizada nacionalmente en los tiempos del combate a la pandemia- y que tiene como único centro de irradiación política el Gobierno de la Ciudad con sede en Uspallata. Para el Jefe de Gobierno la cosa no será sencilla: estando por mérito propio en la pole position de la discusión nacional por la Presidencia en 2023, y siendo la figura opositora más popular del país, todos le competirán, e insistirán en que asuma una posición de liderazgo opositor cotidiano que puede ser muy desgastante de cara a la batalla presidencial. Los costos de su nueva centralidad.

Los resultados, además, parecen reafirmar el revival de la Unión Cívica Radical. Algunos de sus postulantes naturales, hicieron grandes elecciones: Morales en Jujuy, Valdés en Corrientes y Suárez en Mendoza. El radicalismo tiene además, si se quiere, una ventaja estructural en este sistema: con un peronismo cuyo tema de debate favorito es el peronismo, en una suerte de ejercicio endogámico sobre su propio ser y sobre –una vez más- la centralidad de Cristina y un larretismo obligado a mirar de reojo sistemáticamente su frente derecho, hoy agrandado en su universo por la irrupción libertaria, la UCR juega prácticamente sola en la interlocución con el amplio espacio que Facundo Manes gusta denominar “el centro popular”. Un juego que le permite no estar pendiente del último extremista de YouTube o del último vegano, focalizándose en ese conglomerado social que no pertenece a ningún mosaico identitario híper definido y que tal vez, tan sólo, se defina como “argentino”. Sin adjetivos ni súper segmentaciones. Ese bajo pueblo que no sólo define elecciones, sino que también constituyó el cemento de la gobernabilidad de las hegemonías de Alfonsín, Menem o Kirchner. La mayoría perdida de la política polarizada.

 En este contexto, ¿cuáles son las diagonales principales del radicalismo de cara al 2023? El partido centenario puede intentar pivotear entre el macrismo (algo de eso pudo observarse en el acto conjunto entre el Gobernador Morales y Patricia Bullrich) y el larretismo. En el caso del polo larretista, puede darse una relación tanto de competencia como de complementariedad, ya que ambos proyectos intentan “caminar”, en principio, el mismo espacio “centrista”. Finalmente, también puede lanzarse a la aventura de constituirse a sí mismo en una alternativa sistémica de escala nacional. Un “Adelante Radicales”.

Y además, claro, están los peronistas. HRL deberá definir si se recuesta sobre el PRO-histórico, hoy tensionado fuertemente por la militancia de Macri-Bullrich-Milei, o si en un movimiento arriesgado, que requeriría de algún nivel de consenso interno con distintas facciones de Juntos por el Cambio, se lanza a la aventura catch all de arrimar al peronismo subnacional, dejando al macrismo duro librado a su propia fogosidad. En esa dinámica, en lugar de una bipolaridad, se conformaría una nueva gran mayoría, que podría implicar una interna con tres sectores: un radicalismo de centro popular, un macrismo de derecha radical, y un larretismo de centro desarrollista. Pacta sunt servanda.

"En esa dinámica, en lugar de una bipolaridad, se conformaría una nueva gran mayoría, que podría implicar una interna con tres sectores: un radicalismo de centro popular, un macrismo de derecha radical, y un larretismo de centro desarrollista. Pacta sunt servanda."

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LOS LEONES

Javier Milei es probablemente una de las grandes sorpresas de esta elección. Es el emergente de un incipiente y novedoso clivaje que polariza ciudadanos contra clase política, en los bordes del clivaje tradicional post-2008 (kirchnerismo versus anti-kirchnerismo). La raíz de esa nueva “grieta” es la dificultad de las dos grandes coaliciones para resolver los problemas estructurales del capitalismo argentino en los últimos 10 años. Eso explica en parte, porque es un fenómeno con prédica en jóvenes de entre 20 y 30 años, socializados en la década perdida que va desde 2010 a la pandemia. Jóvenes que no vivieron la “edad dorada” del kirchnerismo y que vieron naufragar el proyecto macrista.

Siguiendo a Gonzalo Sarasqueta, desde el punto de vista de la comunicación política, Milei expresa la transición desde liderazgos de opinión pública a liderazgos de emoción pública. Emocionalidad por sobre la racionalidad. Un liderazgo de algoritmo, que funciona amplificando sesgos cognitivos y prejuicios. Se trata de una nueva derecha, menos anclada sobre un programa racional al estilo del viejo partido conservador o la UCEDÉ y más organizada en torno a un ideario afectivo-emocional. Pertenecer antes que explicar. Hay algo nuevo bajo el sol, y es preciso seguir con atención, la interacción entre la crisis argentina, la capacidad o no de las dos grandes coaliciones centrípetas para reordenar el modelo de acumulación y la emergencia de este nuevo liderazgo radicalizado en el marco de la sociedad digital.

En el extremo opuesto del “león”, están los descendientes de “Lyev”. El Frente de Izquierda ha logrado consolidar su plataforma de interlocución con los desencantados del último kirchnerismo y a partir de un proceso de unidad trabajoso que incluye la renovación de su élite dirigencial (con figuras que van desde Myriam Bregman a Alejandro Vilca), se consolidan como la tercera fuerza nacional detrás de Juntos por el Cambio (42,8%) y el Frente de Todos (33,6%). ¿Está creciendo a costa del kirchnerismo? Por efecto inverso al teorema de Baglini, la salida del poder en 2015 obligó al cristinismo a radicalizar su agenda y su patrón discursivo, impactando en la identidad de su votante. Ese corrimiento, es lo que estaría explicando en parte, la dificultad del FDT para dialogar desde el gobierno con “potenciales” votantes de la coalición para los cuales, el peronismo es una fuerza de izquierda clasista antes que una fuerza de desarrollo policlasista.

En este marco general, la estrategia del FIT parece aun electoralmente débil (alrededor del 6% a nivel nacional) y en el horizonte se plantea la relación con el cristinismo duro que, en caso de divorciarse con el peronismo, podría intentar reconstruir esa base de apoyos. ¿Está a tiempo? En ese marco, el FIT deberá, para intentar cimentar su madurez, definir si se sostiene pura y exclusivamente como un frente testimonial, de denuncia parlamentaria hacia el sistema, o si en vistas al crecimiento electoral, puede imaginar una plataforma de gestión “en” el capitalismo, aún con un horizonte “poscapitalista”.

"La raíz de esa nueva “grieta” es la dificultad de las dos grandes coaliciones para resolver los problemas estructurales del capitalismo argentino en los últimos 10 años. Eso explica en parte, porque es un fenómeno con prédica en jóvenes de entre 20 y 30 años, socializados en la década perdida que va desde 2010 a la pandemia. Jóvenes que no vivieron la “edad dorada” del kirchnerismo y que vieron naufragar el proyecto macrista."

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EL RÍO Y LOS PESCADORES

La frustración repetida con las elecciones legislativas –no tanto por parte de los votantes, sino sobre todo de parte de las élites dirigentes- deviene de las sobre expectativas que se le cargan encima. En la Argentina de la “hegemonia imposible”, como la llama el periodista Fernando Rosso, el deseo desesperado que subyace es que algo, por fin, desempate del todo –aunque sea un evento catastrófico- y también, de paso, resuelva las jubilaciones y los ascensos de los viejos y nuevos liderazgos. Y algo de eso efectivamente sucede, pero nunca del todo y nunca completamente.

La política pretende que la sociedad le resuelva la faena incómoda y trabajosa que nunca quiere ejecutar: la construcción de nuevas mayorías que permitan retomar un sendero de transformación en este país, más allá de la estéril retórica revolucionaria. Las elecciones marcan un espacio de acción, un clima de época, los límites de un escenario, los vaivenes de la numerología del poroteo en Senadores y Diputados. Pero no pueden suplir ni reemplazar una visión y una práctica que sean ordenadoras del conjunto. Lo que política non da, elecciones non presta.

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