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19 de agosto 2021

Julieta Quirós

Antropóloga.

CORDOBESISMO, LA MÚSICA QUE MUEVE A UN PAÍS

Tiempo de lectura: 9 minutos

I. El interior, y las cosas de la vida en común

Mario Miguel Reyna baila bien. De todo un poco baila, pero en el cuarteto se luce: tiene giros originales, bucles selectos, y sabe llevar. Con los años, a pesar de nuestra diferencia de edad y de mi origen, tuvo la gentileza de dejarme ser su aprendiz. Las porteñas no sabemos bailar cuarteto. Cuando lo ves de afuera te parece una pavada –todo igualito, tunga-tunga/tunga-tunga/tunga–, pero cuando estás en el baile la historia es otra. Podés seguir el ritmo de tu compañero, sí, pero tu movimiento tiene algo ligeramente inorgánico. Un día te cae la ficha: pasa que lo bailás con acento. Despegás demasiado los pies del suelo, y en el cuartero van más arrastradito; sacudís por demás las caderas –un meneo que contrabandeás de la cumbia–, pero en el cuarteto la cadera más bien insinúa: “Mirame… Yo podría hacer esto”, dice, pero no lo hace. Darte cuenta de estas cosas puede tomarte años si sos cordobesa por adopción, o incluso no llegarte nunca.

¡¡A ver cómo baila la gente del Talitaaaa!!, clama el locutor desde el escenario, y el eco engolado queda flotando en la espesura de luces azules y blancas de la pista. Mario Miguel y yo, y todos los que estamos ahí, conocemos ese timbre de memoria, porque en el interior cordobés cada localidad tiene sus locutores, las voces vernáculas que animan actos políticos, festivales y fiestas. Decir que Córdoba es terruño festivalero es un lugar común, pero esta noche no estamos ni en Cosquín ni en Jesús María: estamos en la patronal de una localidad anónima del noroeste provincial, y acá, como en cada rincón de Córdoba, las fiestas son toda una política social. No tanto porque el Estado las use como medio para hacer política –cosa que desde luego sucede–, como por el hecho, menos conocido, de que la Sociedad (cordobesa) usa al Estado como medio para hacer sus fiestas.

Esta noche el servicio de bufet será a beneficio del Club Social y Deportivo El Talita, y la mesa dulce, a beneficio de la Agrupación Gaucha. O sea, el municipio invitó a estas instituciones (Club y Agrupación) a hacerse cargo de la elaboración y venta de la comida de la fiesta patronal, y a cambio la recaudación queda para ellas. Luego del debido agradecimiento al intendente por la oportunidad, lxs vecinxs que integran ambas instituciones se preparan para lo que les toca: guapear, es decir, trabajar mucho. La gente del interior cordobés sabe romperse el alma en los beneficios –si no es un bufet o una mesa dulce es una cantina, un bingo, una rifa o una pollada–; estos son los medios de producción de la vida colectiva y sus bienes comunes, esas cosas que son de todos y de nadie al mismo tiempo: las luces para la cancha que el Club comprará con la recaudación del bufet; el nuevo estandarte que la Agrupación Gaucha podrá encargar al talabartero de San Antonio. Si las ciencias sociales le llaman “autogestión”, acá no lleva nombre, ni teoría, ni discurso: es economía comunitaria en estado práctico.

En el interior cordobés las tasas de informalidad laboral y cuentapropismo popular contra-cíclico duplican y han duplicado históricamente a las de las áreas metropolitanas. Para el grueso de estas clases trabajadoras, ganarse la vida ha sido (y es) un arte semejante al equilibrismo

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II. Ni populista ni macrista, cordobesista

El que encabeza la fritura al disco de las 160 docenas de empanadas previstas para el bufet del Club es el Flaco Reyna, hijo mayor de Mario Miguel, y director técnico de una de las inferiores. La autora del picadillo criollo es su mujer, la Elsita Sosa, y la presencia de ambos es éxito comercial garantizado: tienen mano. Durante mucho tiempo la Elsita y el Flaco completaron su economía doméstica con la venta de empanadas, y hace unos años, cuando el laburo de él en la construcción andaba flojo, se decidieron a alquilar uno de los localcitos nuevos del centro. “Mi sueño” le pusieron, honrando un motivo que en la zona ascendió de moda a tradición –hoy tenemos la panadería “El sueño del Tata”, el cotillón “Sueños Cumplidos”, y el maxiquiosco “Nuestro sueño”. Tener un negocio es el sueño promedio del cordobés promedio ¿Y quién no quiere tener un negocio? Aunque sea para poder decir que tuviste que cerrarlo.

Hablamos de economía reciente y, por tanto, de política reciente. En el interior cordobés las tasas de informalidad laboral y cuentapropismo popular contra-cíclico duplican y han duplicado históricamente a las de las áreas metropolitanas. Para el grueso de estas clases trabajadoras, ganarse la vida ha sido (y es) un arte semejante al equilibrismo. En cuanto al trabajo asalariado, hay regiones rurales enteras sobre las que uno podría concluir: el Estatuto del Peón por aquí no pasó. Sesenta años después de ese primer peronismo, llegaron las jubilaciones y pensiones llamadas “no contributivas”. En la práctica no fueron otra cosa que una reparación histórica: trabajadores de toda la vida pudieron verle la cara a algo llamado seguridad social. Sin embargo, ni el gesto de Estado ni su artífice –la administración kirchnerista– fueron vistos con buenos ojos por las mayorías cordobesas. Créase o no, al kirchnerismo en Córdoba le faltó relato o, dicho mejor, al relato kirchnerista le faltó el cuadro de “unir con flechas”: no supo explicarle a la Elsita que la pensión que el padre pudo tramitar equivale, en todo caso, a (una parte de) la jubilación que le correspondía como peón rural y productor agropecuario familiar que siempre fue.

Tener un negocio es el sueño promedio del cordobés promedio ¿Y quién no quiere tener un negocio? Aunque sea para poder decir que tuviste que cerrarlo

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De mis padres aprendí que hay que trabajar duro para no pedirle nada a nadie, reza el último flyer que Elsita puso en su estado de guasap: un botón de muestra de antipopulismo popular cordobés contemporáneo, del que Elsita es incontestablemente representativa. Sabemos que la primera y segunda década del siglo XXI hicieron de Córdoba la más anti-kirchnerista de las provincias argentinas, y la más macrista de todas también. El cómo y porqué de este fenómeno son complejos, pero para empezar por algún lado tenemos que incluir al tercer actor del elenco, el peronismo cordobés. Y esto porque el anti-kirchnerismo del pueblo cordobés –como el de Elsita– no es equivalente a antiperonismo.

Néstor Kirchner y José Manuel de la Sota.

Por empezar, el peronismo es gobierno de la provincia desde hace más de dos décadas.  Y en todo caso ha sido este peronismo el que ha oficiado de socio y aliado necesario para el ascenso y consolidación del macrismo a nivel nacional. ¿Por qué? Porque desde 2003 en adelante el gran opositor del justicialismo cordobés no estuvo afuera sino adentro: fue ese otro peronista llamado kirchnerismo. Dicho de otra manera: eso que argentinas y argentinos aprendimos a llamar grieta no fue otra cosa que la interna peronista del siglo XXI; la grieta entre el peronismo kirchnerista y los demás.

En Córdoba esta fractura fue múltiple y ejemplar. De un lado se fracturó eso que usualmente conocemos como un peronismo “más de derecha” y otro “más de izquierda” –el peronismo provincial de raíz conservadora que José Manuel De la Sota supo esculpir durante los 90 y llevar a la gobernación cordobesa tras 15 años de hegemonía radical; y el peronismo progresistaque Néstor Kirchner se propuso “transversalizar” a escala nacional desde inicios de los 2000–. En este sentido, fue también la fractura entre peronismos de distinta intensidad: el primero renovado, y devenido alternativa de poder, a base de modales sobrios y operaciones de des-peronización; el segundo cincelado en liturgias y símbolos apasionados –Perón, Evita y los pibes para la liberación–. Pero, como si poco fuera, estas grietas se expresaron en una tercera, de peso karmático: unitarios y federales peleándose en pleno siglo XXI. El 15% de la recaudación coparticipable que la Nación retenía desde 1992 por Pacto Federal: ¿A quién corresponde ahora? “A la Nación, naturalmente”, clamó el peronismo kirchnerista desde la Casa Rosada. “A la provincia, naturalmente”, contestó el peronismo cordobés para todo el país, y en ese acto se enarboló como pionero y procurador general de un Interior que empezaba a vivir y leer todo aquello que venía del peronismo central como un nuevo capítulo en la historia incorregible de la arrogancia portuaria. A esta trinchera el peronismo mediterráneo le clavó una bandera y le puso un nombre, cordobesismo.

Eso que a fines de la primera década de 2000 conocimos como “conflicto del campo” fue una de las expresiones societales –la más estridente, sin duda– de ese combate. Y el kirchnerismo, por su parte, no ayudó demasiado: su comunicación con el pueblo cordobés fue excesivamente porteña en lenguaje, mensaje y emisarios. Y esto quw pasaba afuera pasó también adentro del Estado y la política: el kirchnerismo apostó a construir territorio en Córdoba enviando cuadros calificados desde las orillas del Río de la Plata; gente que, para empezar, tenía que “hacerse” (aunque más no fuera un poco) cordobesa. Al kirchnerismo en Córdoba le faltó relato no porque le faltara hablar, sino porque le faltó hacerlo con tonada.

Eso que argentinas y argentinos aprendimos a llamar grieta no fue otra cosa que la interna peronista del siglo XXI; la grieta entre el peronismo kirchnerista y los demás

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¿Y Macri? ¿Acaso puede haber resonancia más porteña que la de un egresado del Cardenal Newman? Las vueltas de la historia le dieron a Macri la oportunidad de matizar sus problemas de dicción con modulaciones autóctonas: contó con el apoyo “por abajo” del justicialismo cordobés; y “por arriba” con una estructura ósea llamada Unión Cívica Radical. En 2015 Cambiemos desempolvó los comités de la Lista 3 –una operación parecida a desmalezar las vías del sistema ferroviario argentino y descubrir que sus ramales oxidados aún llegan a la localidad más austral del territorio–, y agiornó el antipopulismo vernáculo con pinceladas de egoliberalismo –la “cultura del esfuerzo” y el “sí se puede”–. Podríamos decirlo así: Cambiemos fue la renovación radical del siglo XXI. En Córdoba, Macri tampoco fue magia.

III. Todas las heridas

El nene más grande del Flaco y la Elsita pasó el examen de la Policía. Este fin de semana van a visitarlo a Córdoba (capital) y, para festejar, llevan un costillar carneado por el propio abuelo. “Este chico no deja de darme orgullos”, dice Mario Miguel, y mientras pronuncia estas palabras mira al horizonte como quien ve, en el andar del nieto, el haz de su propia juventud. Promediaba la década del 70 cuando Mario Miguel llegó a la Capital provincial a hacer el servicio militar, una experiencia que hoy evoca como inolvidable. Fue ahí donde descubrió que existía un mundo, el castrense, en el cual todas las deshonras del campo –la dureza, la pobreza, la ignorancia– podían funcionar como capital cultural: “Los colimbas del interior sabíamos dormir en invierno con una sola colcha sin tiritar de frío, sabíamos desayunar con un mate cocido, y sabíamos andar en el oscuro”. El colimba Reyna hizo carrera meritoria y hacia el tramo final del servicio fue reconocido con un puesto inmejorable: escolta personal de un máximo rango, el entonces Comandante en Jefe del Tercer Cuerpo de Ejército Argentino. En aquel momento Luciano Benjamín Menéndez tenía a su cargo 238 campos de concentración distribuidos en su jurisdicción –un total de diez provincias, con cabecera en Córdoba–, y desde ahí labraba la carrera que lo llevaría a consagrarse como el militar argentino con la mayor cantidad de condenas por delitos de lesa humanidad. En 1984 sería imputado por 3000 casos de torturas y violaciones, y 20 años después penado con 12 sentencias, 10 de ellas a cadena perpetua.

En los 70 el colimba Reyna poco sabía de estos asuntos, aunque podía sospecharlos. Lo que no sospechaba ni remotamente era que su General despreciaba a los peronistas –a todos, sin distinción–; y menos aún imaginaba que repelía –por peronista, negra y provinciana– la música de la clase obrera rural a la que Mario Miguel y los suyos pertenecían. Y vale dejarlo dicho: al igual que el proletariado cordobés, el cuarteto cordobés se hizo “del campo a la ciudad”. Antes de consagrarse en la capital, supo ser primero, y durante décadas, la armonía plebeya de las fiestas y bailes de los pueblos y localidades del interior. Tampoco supo ni imaginó el colimba Reyna que, por todas estas razones, su Comandante en Jefe estaba personalmente involucrado en hacer cumplir de modo irrestricto el edicto que, entre 1976 y 1983, prohibió al cuarteto en todo el territorio provincial y nacional.

Las vueltas de la historia le dieron a Macri la oportunidad de matizar sus problemas de dicción con modulaciones autóctonas: contó con el apoyo “por abajo” del justicialismo cordobés; y “por arriba” con una estructura ósea llamada Unión Cívica Radical

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Y aunque décadas después estas historias llegaron a sus oídos, Mario Miguel optó por no darles excesivo lugar. Prefirió atesorar la versión del Menéndez que él conoció: el hombre que cultivaba –como él– una sana afición por los caballos; el padre de familia al que se le murió un hijo de 8 años asfixiado por monóxido de carbono; el Comandante en Jefe que, la madrugada en que retornaban en helicóptero de un operativo en las afueras de la ciudad, tuvo una cortesía inmemorial:

–Soldado Reyna, ¿Alguna vez vio Córdoba de arriba?

–No, mi General.

–¿Quiere verla?

–Sí, mi General.

–Ya escuchó, Teniente –ordenó Menéndez al piloto, y recorrieron de punta a punta la capital cordobesa sitiada de luces. Al cabo de tres cuartos de hora, el Comandante en Jefe preguntó: “¿Suficiente, soldado?” “Sí, mi General, muchas gracias”, respondió Reyna. “Ya escuchó, Teniente”, volvió a ordenar Menéndez.

Luciano Benjamín Menéndez.

Por tres cuartos de hora la voluntad del soldado del interior del interior gobierna un helicóptero de las fuerzas armadas argentinas. Tres cuartos de hora en las que se vuelve espectador de la intemperie, la mira desde arriba con la protección personal del Comandante de un terror que ahora, por primera vez, se ejerce sobre otros –los que hicieron la primaria y secundaria, los obreros y obreras de sindicato y pleno empleo, los ilustrados de la universidad, las chicas rubias, las aristocracias rebeldes. Las luces de la Docta alumbran la historia interior del soldado que, en el oscuro, aprendió que no había que pedirle nada a nadie y que, pensándolo bien, está bien que así sea para todos.

Llegó la música que mueve al país, podrá gritar Rodrigo Bueno veinticuatro años después, al abrir cada uno de sus trece recitales en el Luna Park. La tonada cordobesa es única e inconfundible, pero Córdoba no es una isla: Córdoba está en el medio, y por eso es la grieta-corazón por la que supuran todas las heridas argentinas.

Correo Argentino

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