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14 de abril 2024

Paula Granieri

COPPOLA Y MIS ’90

Tiempo de lectura: 7 minutos

Hace poco se estrenó “Coppola: El representante” por la plataforma Star Plus. Son seis capítulos de poco más de 40 minutos que entretienen y cautivan. Poco importa lo que una piense de Guillermo Coppola: la increíble caracterización del actor Juan Minujín, quien interpreta al mánager, y la fiel recreación de la estética de los años ’90, hacen que valga la pena mirarla. Lugares, canciones, personalidades de la política y de la farándula, anécdotas, cada capítulo es un flashback hacia aquellos años. En mis ’90 no hubo noche, ni excentricidades, básicamente porque me crie en esa década. Para ser más precisa, nací en mayo de 1989, poco después de celebradas las elecciones nacionales que dieron como ganadores a los candidatos justicialistas Carlos Menem como presidente, y a Eduardo Duhalde como vice. Si bien la serie no pretende hacer una bajada de línea de lo que fueron aquellos años, la impronta del menemismo se cuela a través de los hábitos y los modos de los personajes, en varias escenas.

La serie inicia unos años antes, en 1985, con Guillermo como mánager de Diego Maradona en el Nápoles. Las imágenes logran trasladar al espectador al Sur de Italia. Guillermo observa la ciudad desde lo alto de una terraza, con el mar y el Vesubio de fondo, camina por el Lungomare (la costanera de la ciudad) y pasa frente al Castel dell’Ovo, anda en moto por las calles angostas y adoquinadas del Centro Histórico. Una de las escenas más lindas se da cuando Guillermo pasa por una casa y saluda a una mujer, quien le devuelve el saludo y también lo invita a entrar. Él le dice nonna porque le hace acordar a su abuela, y siempre le lleva cerveza, galletitas y cigarrillos. Poco importa si esto sucedió o no, pero hay algo de real: vivir en Nápoles implica ser adoptado por la ciudad y Guillermo tuvo una nonna (así como Diego pasó a ser parte de todas las familias napolitanas.)

La vida del mánager se televisó, y su seducción tenía como contraparte la fascinación de los millones de espectadores que veían el programa de Susana, y que seguían su vida a través de las pantallas

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Empiezan las anécdotas: Guillermo visita a Silvio Berlusconi en Milán, se junta con Enzo Ferrari para conseguirle a Diego la ya tan famosa Ferrari negra, y remata el negocio con la venta del auto al presidente del Nápoles, Corrado Ferlaino, quien le paga al mánager poco más del doble de lo que él había gastado. Guillermo es, como dicen los italianos, un furbo que, depende del tono y del contexto en el cual se use ese término, puede ser un halago o convertirse en una condena.

El segundo capítulo de la serie comienza con el sonido de una cinta de un cassette rebobinando: aparece un holograma flotando en el medio de la pantalla que se desplaza hacia ocupar el primer plano. Un “Gativideo” en medio del espacio con una melodía de fondo que hasta el día de hoy la recuerdo. Soy parte de la última generación que vio películas en VHS. La canción de Gativideo era el anuncio de que algo estaba por pasar y, efectivamente, algo en esos años pasó en la Argentina. En la serie hay escenas que retratan una época, como cuando Guillermo recibe un regalo de parte de Diego, su primer teléfono celular de la empresa de telecomunicaciones “Movicom” (creada en el año 1989 y con Socma -Grupo Macri- como uno de sus socios fundadores), conocido también como “el ladrillo” y todavía un consumo de lujo a comienzo de la década. El mánager aparece en otra escena leyendo los titulares de los diarios en la cama, después de una noche agitada: “Hoy se eligen convencionales para reformar la Constitución” y “Casi cinco meses sin inflación”. También lo vemos en varias oportunidades ofreciendo generosas propinas a cambio de un favor, siempre en dólares. Se viste con buena “pilcha”, toma del mejor Champagne, no escatima en gastos a la hora de conquistar a una mujer, y le gusta la noche. En el mundo de Guillermo conviven empresarios, personajes de la farándula y de la política, como Poli Armentano, el “Rey de la noche” y su mejor amigo (cuyo asesinato se recrea en el tercer capítulo dela serie), Karina Rabolini y su pareja, un joven Daniel Scioli que empezaba a coquetear con la política, y hasta el hijo del mismísimo presidente, Carlos Jr. Menem.

Quien no podía faltar era Susana Giménez y sus entrevistas en “su living”. En la serie Guillermo va al programa de la diva con Amalia “Yuyito” Gonzáles (su pareja en los años ’80) y Alejandra Pradón (para desviar los rumores de la supuesta relación amorosa de la vedette con Diego.) La vida del mánager se televisó, y su seducción tenía como contraparte la fascinación de los millones de espectadores que veían el programa de Susana, y que seguían su vida a través de las pantallas. Por último, en una escena Guillermo va al teatro para ver una obra de la Pradón. Una mujer despampanante, semidesnuda y “beboteando” con un chupete en la boca arriba del escenario, frente a la desesperación de dos actores. El público se ríe: habían ido al teatro a ver un espectáculo y eso encontraron. No había corrección política que señalara con qué se podía hacer humor y los artistas hacían lo que mejor les salía, entretener.

Estoy segura de que ninguno de los que fueron adultos en los ‘90 tuvo una vida que pudo apenas arañar la excentricidad de la vida del mánager. Entonces ¿por qué fascina tanto? Podemos decir que nadie mejor que Guillermo Coppola para condensar una década argentina que también supo cómo seducir. Pero ¿cuánto de aspiracional hubo en nuestra sociedad proyectado en esa figura? ¿Cuánto hay aún hoy?

Guillermo observa la ciudad desde lo alto de una terraza, con el mar y el Vesubio de fondo

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Cuando me enteré que salía la serie de Coppola, lo primero que se me vino a la cabeza fue la escena de alguna comida familiar en casa, con el programa de Mauro Viale de fondo. Era el año 1996 y se hablaba del “Suceso del jarrón” (recreado en el cuarto capítulo de la serie). Yo tenía seis o siete años y mis papás hablaban del escándalo, mientras de fondo se escuchaban los gritos de los invitados al programa de Viale. La figura de Guillermo ya la conocía, sabía que era “un amigo muy cercano” de Diego. Mis primeros recuerdos del jugador son con los colores de Boca: mi papá, un bostero fanático, veía los partidos de fútbol en la televisión y yo conocí al Diez con la casaca que auspiciaba “Parmalat”. Otras imágenes: Diego con el mechón de pelo rubio, el pico con Claudio Caniggia en un partido contra River y las noticias acerca de su adicción a la cocaína. Me crié con la versión más trash de Diego. Pero el personaje de la televisión que más recuerdo de esos años, era una mujer (que ahora, sé que tenía sólo 19 años y era una piba) alta, delgada, de boca grande, pelo negro: Samanta Farjat. ¿Cómo no va aparecer Samanta en la serie? “Samanta, todas las noches de la banca…” canté en más de un cumpleaños con amigas de la primaria.

También tengo en la memoria las noches en mi casa viendo a Susana Giménez mientras mi mamá cocinaba y esperaba que la diva nos llamara a casa. Mi mamá enviaba cartas con etiquetas de productos como “Fargo” esperando ser la afortunada en la noche de la Su. Eso nunca pasó, y para mí los ’90 son el recuerdo de esa ilusión. Y como buena hija de los ’90, también supe disfrutar los consumos de la época. El “mercado” me ofreció una enorme cantidad de muñecas ”Barbie” y juguetes importados de la marca “Fisher Price”, menús en McDonlads (Pumper Nic o Wendy’s), los estrenos de Disney en el cine en cada una de mis vacaciones de invierno, shopping y una que otra ropa de marca (como “Cheeky” o Coniglio”).

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Como memoria un poco más difusa, escucho por la televisión que se cumplía un nuevo aniversario de lo de “la AMIA”. Yo estaba en sala de cinco cuando ocurrió el atentado; con los años mis papás decidieron explicarme lo que había pasado, y sus supuestas causas. Tengo también el recuerdo de escuchar a mi mamá hablar de la muerte de Carlos Jr. Menem (ocurrido en el año 1995). Ella decía que a Zulema Yoma siempre la habían tratado de loca porque aseguraba que a su hijo lo habían matado por un ajuste de cuentas. Parece que tan loca no era.

Ya para finales de la década, cursaba mis últimos años de la primaria. Estaba más crecidita (y llegar a la pubertad también me quitó algún atisbo de inocencia que mantuve en mi infancia). En mi casa se compraba el diario Clarín y a veces lo leía, los titulares para fines de la década hablaban de los últimos días de gestión del segundo mandato de Menem. Un nuevo personaje apreció en las conversaciones de mi familia en épocas de elecciones: Fernando De la Rúa. En el colegio, las maestras se tomaban algunos minutos de la clase para hablar de la situación de los docentes y siempre mencionaban una tal “carpa blanca”. El verano del año 1999 (comienzos del 2000) lo recuerdo eterno y caluroso, mi familia y yo no pudimos irnos de vacaciones (ni hacer pequeñas “escapadas” porque mi papá había vendido ya el auto). Algo en el humor de mi familia había cambiado, y en la calle, las conversaciones de adultos que podía escuchar se resumían en una única frase: “acá ando, en la lucha”.

El remate definitivo se da con la negativa de Guillermo a acompañar a Diego en un viaje a Cuba: los años de excesos se habían terminado

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En el final de la serie se recrea el quiebre de la relación laboral de Guillermo como mánager de Diego. La tensión iba en aumento, después de los problemas ocasionados por el Diez antes de su “Partido Homenaje” en la cancha de Boca y los incidentes con los fuegos artificiales en la casa de Barrio Parque donde el jugador vivía. El remate definitivo se da con la negativa de Guillermo a acompañar a Diego en un viaje a Cuba: los años de excesos se habían terminado. En una escena del último capítulo, Guillermo mira la televisión. Era noviembre del 2001, aparece Fernando De la Rúa dando un discurso y después se escucha a una periodista que se pregunta por el dinero de los ahorristas. En diciembre de ese año yo terminaba la primaria y tengo el recuerdo de los cacerolazos que ya se extendían en la ciudad de Buenos Aires, como antesala del estallido. El 19 y 20 de ese mes mi familia y yo salimos a las calles del barrio, estábamos todos. Y un último recuerdo: en febrero mi hermana cumplía años, y escucho a mi papá hablar por teléfono con mi tía (mi primo y mi hermana cumplen el mismo día): “¿Qué carajos le voy a festejar, si apenas tengo 20 pesos en el bolsillo?” Los ’90, como una década encantada, ya habían volado por los aires.

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