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06 de agosto 2021

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

COMUNITARIO, RENCOROSO, MILITANTE

Tiempo de lectura: 8 minutos

No fue, por lo tanto, sorprendente que unas noches después soñara con David Viñas. David, jubilado, venía de visita a nuestra cátedra, a escuchar una clase de Literatura argentina. Con Analía Capdevila, una de mis compañeras, lo recibíamos, con ansiedad y temor, en el hall viejo de la Facultad de Humanidades, por calle Entre Ríos. No solo porque se trataba del autor de Literatura argentina y realidad política, un libro principal, con el que nos habíamos formado todos, sino porque además Viñas llegaba al sueño con fama de gran profesor. De esos de quienes sus alumnos recuerdan muchos años después sus clases, como un acontecimiento. No sólo uno relacionado con el específico mundo del saber sino, también, como un acontecimiento escénico. María Teresa Gramuglio, que fue alumna suya a principios de los años 1960 en Rosario recordó en una entrevista “el uso del cuerpo cuando daba las clases, su histrionismo, cuando se ponía en un rincón haciendo la figura del niño. Realmente inolvidable”. Y Josefina Ludmer, que consideraba a Viñas su maestro y se consideraba a ella misma “una de sus discípulas más antiguas”, compañera, además, de Gramuglio en esos mismos años rosarinos, contó en una conferencia que “como profesor era un performer, un actor que representaba el saber. Lo representaba con la voz, los movimientos y los gestos. Se agachaba en el rincón para hacer de ‘niños y criados favoritos’, corría a la puerta para viajar a Europa, se elevaba en puntas de pie para señalar con el índice la torre de marfil y el esteticismo de Sur. Fue un descubrimiento total, porque nunca habíamos visto representado el saber y David era el actor perfecto. Pura posesión y pura pasión. Sentíamos, hechizadas, que estábamos ante un archivo hablante. David hacía un uso guerrero del saber, porque no era un puro saber lo que actuaba para nosotras, sino algo más. Y en eso consiste para mí su ejemplaridad. Sus clases tenían el mismo clima de guerrilla vanguardista de los años 60. Usaba la interpelación, dialogaba con los escritores contemporáneos y los increpaba, porque su discurso era siempre disputa y polémica. ‘Usted, Cortázar’, le decía para recriminarle que viviera en París”.

Por suerte –en los sueños también funciona el deus ex machina– una grúa introdujo no a un dios en este caso sino a un mínimo personaje secundario, del que sólo escuchamos su voz, que vino a cambiar el curso de los acontecimientos

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Pero había algo que actualizaba la figura del profesor Viñas y que la hacía emerger, nítida y a su modo amenazante en el sueño: una clase, de otra de nuestras compañeras de cátedra, Nora Avaro (en este caso, una clase grabada mandada a los alumnos vía blogspot) en la que Nora se lamentaba porque la época, signada por el Covid, nos quitaba a los profesores y a los alumnos la posibilidad de “la escena” sin la cual una clase se convertía, meramente, en un envío de contenidos. En el caso de una clase sobre Borges (que era el tema que se disponía a desarrollar), decía Nora, “resulta aún más necesaria la presencialidad”. Porque “hay ciertas complejidades de esta literatura que exigen el desarrollo de un pensamiento en acto. En la actuación que siempre es una clase. Un público. Y un personaje, que es el profesor”. Así que Viñas, el gran profesor-personaje que actuaba en público a los grandes escritores-personajes de la literatura argentina, venía, convocado por Nora, a ver una clase nuestra. A ver qué tan buenos actores éramos nosotros. A ver si estábamos a la altura. Si dábamos la talla. Por suerte –en los sueños también funciona el deus ex machina– una grúa introdujo no a un dios en este caso sino a un mínimo personaje secundario, del que sólo escuchamos su voz, que vino a cambiar el curso de los acontecimientos. “Hoy no hay clase, dijo. Sólo atención de alumnos”. Luego, como sucede muchas veces en la vigilia, a la atención de alumnos no vino nadie y entonces nos quedamos Nora, Analía, Viñas  y yo tomando vino, ya no en la Facultad pues –segunda irrupción de la máquina, en este caso con efectos escenográficos– de golpe estábamos los cuatro en el living de mi casa, sentados en unos sillones de color rosa que habían formado parte del consultorio psiquiátrico de mi tío José.

Viñas –y acá entrábamos en disidencia con nuestro profesor soñado– no fue un gran lector de poetas. Porque no terminaban de entrar en esa galería de personajes representativos de una coyuntura política. O entraban, como Rubén Darío, dejando en la puerta sus poemas, que Viñas ni se preocupaba en considerar. Sin embargo, nos gustaba Viñas leyendo a Raúl González Tuñón, que era uno de los pocos poetas, sino el único, que le iba bien al sistema con el que interpelaba a la literatura argentina. En “Cinco entredichos con Raúl González Tuñón”, Viñas trazaba un arco entre El violín del diablo y La rosa blindada.  Entre el yo y el nosotros, entre la entonación individualista y “la tragicidad comunitaria, rencorosa y militante”. Eso (hablamos de Viñas, hablemos como Viñas) en 1992. Cuando la sociedad y la política tarareaban todas sus canciones en primera persona. Y Viñas pronunciaba esos adjetivos disidentes: comunitario, rencoroso, militante. Y decía que González Tuñón lo había obligado a agregar una línea a los célebres “viajes” a Europa de los escritores argentinos, que él había estudiado en el soberano primer capítulo en aquel libro principal de 1964. El viaje colonial, el utilitario, el balzaciano, el consumidor, el ceremonial, el estético y el de la izquierda. Y treinta años después, releyendo a González Tuñón: el viaje militante. De 1926 a 1936. Del decadentismo de Paul Verlaine al comunismo de Henri Barbusse. De la farándula a los jornaleros y campesinos asturianos. De las ventanas del puerto de Buenos Aires a la estación central –Madrid, 1936– por donde pasaba la historia del mundo:

La Legión ha entrado a España.// Hombre, cuida a tu mujer,/ obrero, guarda tu casa./ Mira que vienen los lobos/ con el desierto en el alma.// Pobre colono, defiende/ tu finca, la hipotecada,/ que no te van a dejar/ ni verdura ni majada.// La Legión ha entrado a España.// Cierra, pequeño burgués/ tu tienda de renta flaca./ Guarda tu novia, muchacho,/ de la hez condecorada.

Así que Viñas, el gran profesor-personaje que actuaba en público a los grandes escritores-personajes de la literatura argentina, venía, convocado por Nora, a ver una clase nuestra. A ver qué tan buenos actores éramos nosotros

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A mis compañeras, que en el sueño y en la vigilia me recriminaban mis clases sobre González Tuñón, pero no se les ocurría luego a quién poner en su lugar, les entusiasmaba sin embargo esa lectura de Viñas, menos por González Tuñón que por el campo reverberante que se abría sobre la figura de la “estación central” y llevaba hacia el título de un libro de poemas frente al que nos persignábamos todos: Partida de las grandes líneas, Juana Bignozzi, 1997. Y que es, además, un libro de sueños: “los hombres que vuelven en el sueño/ son los que se fueron en la vida” o, también: “me desperté y dije soñé con ese nombre/ que durante décadas no pude pronunciar”.

Se nos hacía difícil elegir un poema de ese libro ejemplar. Entre los que más nos gustaban, otro de sueños, donde además resonaba el título de un libro de poemas de Tuñón, A las sombra de los barrios amados:

“sobre el sueño de las ciudades amadas/ se hamaca una muchacha/ y marca el recorrido de una mujer/ que durante décadas creyó ir en busca del/ más cerrado corazón de la cultura/ sobre el sueño de las ciudades amadas/ una mujer sigue buscando/ la piedra mágica de la felicidad por el saber”.

Juana Bignozzi y Nora Avaro.

Podríamos haber dicho ellas y yo: esa muchacha y esa mujer soy yo. Pero mis amigas hicieron grupo y me dejaron afuera: esa muchacha y esa mujer somos nosotras. Puede ser. Tal vez me reservaban, en un mundo atravesado por la tensión genérica, el papel de alguno de los hombres (figuras o contrafiguras) que circulan por el libro de Bignozzi. De todos, preferiría no ser uno de los que “amaron a todas esas mujeres” sino, justamente, el que no está en la lista y cuyo nombre la poeta no quiere pronunciar pues no está “preparada para las citas a ciegas”. O el que le compra flores, le pide que vuelva a calzarse sus incómodos zapatos y le propone buscar un buen lugar para comer:

el hombre que me compra flores/ se las guarda en el bolsillo después de dedicármelas/ recomienda serenidad ante mis síntomas y mis pérdidas,/ cuando se ha asegurado de que recuerdo la hora del regreso/ me pide que deje de buscar mi maleta/ vuelva a calzarme mis incómodos zapatos/ y busquemos un buen lugar para comer

También, ojo, el primo que a fines de los años 40 compraba pizzas enormes “para romper la decencia de cocinar en casa”, emblema de un mundo barrial del que la poeta decidió preservarse “con una conducta alternativa y un consumo de apariencia” (que no se les escapen a los sociólogos estas precisas categorizaciones sucesivas) y al que recordará muchos años después, una vez conocidos “los verdaderos cafés de la noche/ los vinos de las madrugadas los magníficos amores”. Un recuerdo, es verdad, signado por la negación, en el cierre del poema: “nunca más aquellos hombres aquellos muchachos de barrio”. Pero también confirmado por cierto fulgor en la imagen orillera del primo (“vendía tabaco de contrabando en los billares de Corrientes”) y por el significativo lugar que en el poema se le ofrece al olvido: el último verso, que en muchos poemases el verso principal.

Creo, finalmente, que ellas y yo coincidíamos, tanto por el mundo representado como por la forma,en que el poema que más queríamos, el que con mayor asombro y entusiasmo habíamos leído hacía 25 años y ahora, en el living de mi casa, era el poema XXX, del que sale el título del libro:

me pidió que llevara unos libros que le interesaban/ y algo de dinero para una celebración/ y me citó en el vestíbulo de partida de las grandes líneas/ cuando en la noche en vez de él/ llegaron los camilleros para Lourdes/ supe que debía irme con su último regalo/ los libros que amo/ el dinero para un buen vino/ y en el espejo que me corresponde/ el asco a la caridad/ y los amados destinos de esas grandes líneas

Está claro, en este caso, que ni yo quería ser el hombre que faltaba a la cita ni ellas las plantadas en la estación. Pero a los tres nos cabían los libros, el vino y, sobre todo, “el asco a la caridad/ y los amados destinos de esas grandes líneas”, que es el modo diferenciado, figurado y a la vez justo, con el que Bignozzi nombra una bandera izquierdista e internacionalista, no tan diferente a la que flameaba en los poemas de Tuñón, a quien Juanita consideraba uno de sus maestros. Cuando terminó este extenso aparte que cerraba donde había empezado, las máquinas de la ciudad (“la mazorca de hombres que se disputaban a gritos la posesión del día y de la tierra”) dieron por terminado el sueño.

Raúl González Tuñón.

BIBLIOGRAFIA

Judith Podlubney Martín Prieto, María Teresa Gramuglio. La exigencia crítica, Rosario, Beatriz Viterbo, 2014. 

Josefina Ludmer y otros, El último argentino del Siglo XX. Jornadas David Viñas. 4 de octubre del 2012. En línea: https://www.youtube.com/watch?v=fnsQQdsw2qE

Nora Avaro, “Clase teórica 8 y Primer parcial”. En línea: http://literaturaargentina2unr.blogspot.com/2021/06/clase-teorica-y-primer-parcial.html

David Viñas, “Cinco entredichos con Raúl González Tuñón” en Antología de Raúl González Tuñón, Buenos Aires, Ediciones desde la gente, 1992.

David Viñas,Literatura argentina y realidad política, Buenos Aires, Jorge Álvarez Editor, 1964.

Raúl González Tuñón, La rosa blindada. Homenaje a la insurrección de Asturias y otros poemas revolucionarios. Buenos Aires, Federación Gráfica Bonaerense, 1936

Juan Bignozzi, Partida de las grandes líneas, Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 1997

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