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04 de mayo 2021

Tartu

COMMON PEOPLE

Tiempo de lectura: 5 minutos

En 2015 y en 2017 acompañé a Sergio Massa en campaña. No en cada uno de los cientos de actos pero sí en muchos. A veces, cerca; a veces, a distancia; y a veces lejos. Desde heladas mañanas en Virrey del Pino cuando éramos pocos, rudos y cursis hasta el DirecTv Arena de Tortuguitas que parecía un recital de Harry Styles. Desde el cierre de listas para las PASO de Capital Federal hasta la inauguración de las piscinas olímpicas en San Martín, donde los niños decían: “Esto parece una peli de Brasil”. Desde los patios interiores del Colegio Agustiniano en San Andrés hasta el cierre en la Sociedad Alemana de Gimnasia de Villa Ballester, donde el extramuro latía.

Pero lo que me impactó sucedió en Campana. Entrando y saliendo de los comercios de avenida Mitre, Sergio reparó que a veinte metros de una esquina, estaban sentados con sillas en la calle un señor y una señora. El hombre debería tener entre 40 y 50 años y le estaba cebando mate a su madre, que tendría apenas pasados los 70. “Dígame”, dijo Sergio al aire. Y la señora, que podría haberse llamado Jorgelina o Lucía, habló desde un lugar lejano a todos los lugares que están omnipresentes en campaña: habló desde el sentido común. “Me gustaría salir a la vereda a la nochecita, pero no se puede porque es peligroso”, dijo y en ésa foto que ya no iba a tener nunca más (digo: la sillita, los vecinos, la brisa amable, las familias comprando pan), en ésa foto, la señora que bien podría haberse llamado Catalina o Josefa no estaba pidiendo mano dura. Desde el sentido común, estaba pidiendo seguridad. Su hijo asintió y mientras cebaba otro mate siguió el paso de su madre y dijo: “Hay que darle trabajo a la gente, pero trabajo, ¿eh?”. Desde el sentido común, el hombre que se podría haber llamado Roberto o Miguel, no estaba pidiendo por la supresión de los planes sociales: estaba pidiendo por la dignidad y la organización social que conlleva el trabajo.

Ahora una noticia genera un cacerolazo cuando antes la noticia era reportar un cacerolazo

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Porque lo que está faltando es escuchar al sentido común de nuestras muchedumbres. La política está sorda. Tal como decía Norberto Bobbio: es cierto que la política se hace en las catacumbas. Pero mientras nuestra tierra yerma va mutando en un set de Walking Dead es enfermizo que la política trepe de los sótanos al palacio y se agarre desesperadamente del mármol, sin darse cuenta que va a resbalar hacia el pozo ciego. Si fueran sartreanos podríamos inferir que los políticos creen que el hombre es el infierno del hombre y por eso huyen del sentido común del Otro.

Desde el lejano en espacio (pero no en tiempo) 2015 la Argentina ha sufrido cuatro años de brutal mala praxis económica dictada por la idiosincrasia de la Universidad Torcuato Di Tella para pasar a padecer ya dos años de mala praxis política dictada por la idiosincrasia de un colegio secundario, el Nacional Buenos Aires. O sea, pasamos de que nos gobierne una facultad a que nos gobierne una secu, que es un lugar muy lindo para aprender a tocar la guitarra y relacionarse con el sexo opuesto pero que no te permite diseñar un puente. Estamos atravesados por una gestión que parece un espiral contra los mosquitos que en cada vuelta se aleja del sentido común de nuestros clanes. Digo, arrancamos con el plus de los científicos y en la primera vuelta del espiral se ven a través del humo las cintitas rojas en la muñeca y los cursos de astrología.

Por supuesto que vivimos circunstancias excepcionales, pero como dice mi querido Jean Baudrillard: “Profesar la catástrofe es banal. Lo verdaderamente original es suponer que ya ocurrió”. Y ése es un buen punto de partida. Más de 60 mil muertos por la pandemia, un país sin moneda, los retazos de planes sociales que no alcanzan a hacer un patchwork y una clase media que, veinte años después, vuelve a mirar el agua del lago y en lugar de reflejar a Narciso ve el lodo que viene reptando desde las catacumbas de la política. Es que sí, la catástrofe ya ha ocurrido. Para todos y también para el señor de Campana, quien bien podría llamarse Carlos o José que, como miembro de la clase media, no reclama ni media hora de revolución si no bienestar y bienes de consumo hasta el fin de los días. Que pueda comprar siempre algo nuevo para que garantice que siempre estoy comprando lo mismo y así tener la certeza que todo sigue igual: ¿cuál es la diferencia entre un Iphone 11 y un 12? Francis Fukuyama pone entonces el dedo con su uña nacarada y dice: “Justamente eso es el fin de la historia”. Pero si cambiar celulares, zapatillas, televisores, autos y anteojos es el fin de la historia “entonces éso es el puto fracaso de la historia”, diría Baudrillard.

mientras nuestra tierra yerma va mutando en un set de Walking Dead es enfermizo que la política trepe de los sótanos al palacio y se agarre desesperadamente del mármol, sin darse cuenta que va a resbalar hacia el pozo ciego

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Con el ancho de banda acotado por la agenda delirante que propala la televisión, un medio que no tiene negativo porque no tiene referente, nuestra clase media corre detrás de la información para generar un acontecimiento. Ahora una noticia genera un cacerolazo cuando antes la noticia era reportar un cacerolazo. De ése modo enhebrar un sentido común es casi imposible: siempre le vamos a estar errando a la aguja.

Está muy gelatinoso para encajar y ponerse gozosos el uniforme de prisioneros del consenso como pedía Darcy Ribeiro, porque el ruido subterráneo que sentimos bajo nuestros pies, ahora que la catástrofe ha ocurrido, es el movimiento de la falla de San Andrés para el sistema de gestión de nuestra clase política. Si el espanto de 2001 creó el chorus line de “Piquete y cacerola, la lucha es una sola”, dos décadas más tarde y cansados de la administración de la pobreza como única idea para no volver al 2001, lo que se oye es otra cosa: el reclamo no es de más igualdad, sino de desigualdad. Es tan pavoroso que, quizás por ello mismo, la política argentina decide taparse los oídos como en Feliz Domingo y repetir Estado cada vez que en la grabación salta la palabra Desigualdad.

Para los dispositivos de poder post 2001, la desigualdad es mala palabra porque el único norte siempre será evitar otro 2001. Es como destruir la copia para hacer de cuenta que nunca existió el original. El terror que tiene la clase política argentina a la aspereza de desigualdad es lo que les impide oír el sentido común detrás de ése ruido. Lo que está diciendo la gente al Estado omnipresente es: “Dejame a mi también salir de ésta. Yo sé. Confía en mí, dejame hacer; si voy a la 844 de Solano es porque tengo que ir; si voy a romperme las vertebras L4 y L5 a un bar de Palermo es porque tengo que ir; si tengo que dejar a los pibes en la escuela, es porque ahí están mejor que en casa”. Es que lo social, claro, siempre es una herida como señala Lacan. Y la política como ilusión sólo está ofreciendo curitas.

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