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CLARIVIDENCIA

Tiempo de lectura: 7 minutos

“Cualquier boludo tiene un blog” decía José Pablo Feinmann en el mismo momento en que Morales Solá cerraba los comentarios de lectores a sus notas. Corrían los años dos mil de la gente común y la utopía de una internet horizontal. Pero para huir de la ya incipiente rebelión del público era demasiado tarde. La pasta salió del pomo desde el vamos y fue imposible volver a meterla. El político profesional, el intelectual de polera negra o el escritor de panoramas de domingo vive desde hace años como los vecinos de Nordelta: con carpinchos en los jardines comiéndoles las plantas y las flores. El siglo 21 será insoportable o no será nada.  

Hasta hace un tiempo tenía sentido utilizar la metáfora del Cisne Negro. La concurrencia de ciertos hechos como el Brexit o el triunfo de Trump y Bolsonaro amenazaban el gesto perezoso de quienes creían que al final la Historia iba a ubicar las cosas en un punto de sensatez, el nopasanadismo. Y eso tenía, además, su capítulo argentino cargado de fe: nuestra excepcionalidad hará imposible las excepcionalidades ajenas. Argentina es tan excepcional que, entonces, “acá eso no va a pasar”. Una extraña paradoja: como tenemos tantas flores autóctonas, como tenemos peronismo, clase media, birome, dulce de leche, Borges, tango, un Papa nostro, como hicimos el 1 a 1, la picana, el Juicio a las Juntas, entonces nuestra excepcionalidad consiste en que repelemos las ajenas. Visto y oído: “acá es imposible que gane un outsider”. Ganó el outsider.

El arte de ganar

Estas sorpresas (estos: lo que no pasaría, pasó) fueron invadiendo el lenguaje de modo sutil. ¿Cómo? Ya lo vemos a diario en la última versión del idioma oficial: el “no la ven” del presidente Milei con que castiga o aprueba las visiones de los demás. Así, nos llenamos de verla, no la ven, la vio venir. La política y el análisis político se presentan ahora -cuando la sociedad cambió y el outsider ganó- confundidos en esa misma masa de exitismo visionario. Todo análisis nace atravesado por una primera demanda de videncia. ¿Vos la viste? Los primeros ganadores y perdedores de una elección no son los derrotados electorales: son los que la vieron o no la vieron venir.

El político profesional, el intelectual de polera o el escritor de panoramas de domingo vive hace años como los vecinos de Nordelta: con carpinchos en los jardines comiéndoles las plantas y las flores

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En un siglo sin décadas, pero con olas, prevalece esta inteligencia intuitiva: verla venir. Ver venir la próxima ola. La verde, la celeste, la ola de COVID, la ola progresista o conservadora. Por algo, quizás, prácticamente entramos al siglo 21 de la mano de un bañero bonaerense: el doctor Duhalde. Y por esa razón quizás se fue ponderando cada vez más la capacidad de análisis de un político, por encima de su capacidad transformadora: el político “avisa” lo que pasa en una realidad que ya no es capaz de transformar. Ese pequeño deslizamiento, de la acción al comentario, es el producto típico de la grieta. La polarización te hace comentarista.

Ejemplo: para muchos Cristina “la vio”. Perdió las elecciones, pero la vio. Fue cuando dijo que la elección era una elección de tercios (un dato que cualquier encuesta seria ya relevaba). La compensación a su derrota política, entonces, sus seguidores la hallaron en su virtud visionaria. Porque la virtud es verla, aunque se pierda. Sin embargo, Macri también la vio. Pero no se quedó en el análisis, fue más a fondo: jugó a perder para ganar. Escenificó las dos derrotas que necesitaba: la de Rodríguez Larreta, su viejo pollo; y la de Patricia Bullrich, su “apuesta perdedora”. Como en el judo: usó la fuerza (del cambio) del otro. O sea, no solo la vio, también la deseó. Y así los mentores de la grieta terminaron espalda con espalda contemplando fuerzas extrañas. Contemplando, es decir, teorizando, y permitiendo que los suyos tengan ese consuelo: la ven. ¿Pero ellos ven lo que otros no ven? Más bien resulta algo más sencillo (y cruel): conducir es ver lo que otros no tienen permitido decir que ven. Como fue ocurriendo con los reconocimientos tardíos al perjuicio del déficit (ahora casi todos los cristinistas, salvo trasnochados, ponderan la Macroeconomía sana) o el matete con la antigua ola verde (hace unos años según Cristina el peronismo debía ser feminista, pero ahora, bueno, parece que no tanto).

El problema, entonces, es para qué verla. El problema, entonces, es que verla no sea sólo una confesión de impotencia. Era obvio hasta hace años: el político es político porque trata de hacerla, no de verla. Moldear lo que ve, transformar el mundo. Así, en la política y sus “saberes” se desplazó a los economistas y politólogos por otro espíritu: el de meteorólogos y, por qué no, astrólogos. Disociada de la voluntad de cambio, una última versión del político (el que la ve) necesita ya de cierta heterodoxia instrumental.

El mundo es ancho y ajeno

Contra Milei, entonces, la supremacía de la “explicación global”, el grito españolísimo (¡Ultraderechas!), y toda esa ilustración también exime de culpas los largos años sin crecimiento, sin moneda, a puro parche. Si el mal viene de afuera, nosotros somos buenos. Así, la división entre el bien propio y el mal ajeno sólo permite madurar un tipo de discurso consensualista, defensivo, que imagina un frente opositor sellado al vacío con frases con las que no se puede no estar de acuerdo, y que en verdad sólo reproducen las jerarquías políticas que nos trajeron hasta acá (y que, para colmo, vienen de quebrar la experiencia de una anterior unidad). Y que no habilita romper ningún tabú, mantiene la visión de la economía moralizada, con terror escénico al costo por izquierda. Así, esa explicación tan geopolítica, resulta pura fuga hacia adelante, el yo no fui militante en medio de una sociedad que votó ajuste.

Un nuevo chip piel adentro: ser auténtico, desinhibido, el lado Milei, sé tu propia oscuridad, “¡sé espontáneo!”

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No ver que había nuevas generaciones de libertarios, y no de peronistas por la identidad. No ver la ruta de la seda de la ropa que donamos, ni el votante de uber o rappi (los amortiguadores de esta crisis en las que los nuevos Movimientos de Desocupados son aplicaciones, ferias en barrios, juego clandestino, QR, rebusque informal). No ver a Galperín como un jefe real de la economía popular. Ni el salto de escala en Rosario: el vandorismo narco que mata inocentes para negociar. Todo eso que no vieron tal vez indica que la política ya no está en la política, o que, de mínima, no sirve de nada el análisis de peleas de políticos para entender lo que está en juego. Internas vacías como la de Macri y Bullrich, o como lo que vimos con Máximo en su última entrevista. ¿Qué hizo para explicar su “apasionante” interna con Axel? Nada. No se tomó en serio la mínima tarea de explicar lo único a lo que le dedica tiempo: a esa disputa cada vez más chiquita. Así, se amontonaron todas estas cosas no vistas, tanto que ahora se volvió lugar común nombrarlas, repetirlas, casi como en el espejismo de estar solamente frente a una sociedad que es novedad absoluta, sin rastros de tradición ni continuidad. Todo es “nuevo” porque no vieron procesos, ni costos concretos de políticas erradas, ni el afuera de su adentro. Demasiados años de quedarse en el seguro de la retórica vacía, en vanguardia hacia la nada, mientras ocurre este experimento.      

¿Pero cómo llegaron los carpinchos a Nordelta? La década perdida de la grieta funcionó así: la polarización era señal inequívoca de que la política gozaba de buena salud, mientras que impidió ver que la sociedad no gozaba de buena salud. Que los problemas se acumulaban como los pesos… en el vacío. A la crisis económica le quisieron dar una salida política: que haya grieta y más grieta como política de Estado. Todos los políticos analizan la realidad con vos. Todos son acompañantes terapéuticos de tu crisis. Todos, al final, son carne de timbreo con uniqlo y chofer disputando la mañana de sábado con los Testigos de Jehová. Enseñarte a vivir la crisis. Nadie capaz de una solución.  

¿Te acuerdas de Elvis?

Y en simultáneo a ese alimento de las audiencias, y como los padres en las fiestas de egresados de sus hijos tratando de imitar “el paso” en la pista de baile, la política miraba la relación entre las tecnologías y la sociedad. La era en que Jaime Durán Barba evangelizó con su “arte de ganar” vimos en todos los frentes el modo en que las tecnologías cambiaron la política. Así como esa imagen pastoral y sumisa de besar bebés y acariciar mamás en campaña, también otra imagen de suave “sumisión”: el político aprendiendo a usar sus redes. El panorama se parecía a esa escena en que el nieto le enseña al abuelo a usar Facebook. La sociedad le enseña a la política a ser sociedad. El chasco de esta educación fue el mensaje de Macri avisando por twitter que estaban esperando a Gabriela Michetti en su fiesta sorpresa.   

Ahora, esta era frenética y reciente propone otro desafío: tratar de parecer loco. Un Guillermo Moreno, un Cúneo, sienten que se le abren las aguas. Un nuevo chip piel adentro: ser auténtico, desinhibido, el lado Milei, sé tu propia oscuridad, “¡sé espontáneo!”. Si antes tenían que mostrar que dominaban las nuevas tecnologías y les tiraban centro a sus audiencias, ahora deben mostrar el dominio mayor de la psiquis: parecer loco. Gritar, enfurecer, llorar. Dar signos vitales de sinceridad (el commoditie del influencer, como dice Hernán Vanoli). La asociación entre política y streaming nació para este momentáneo exhibicionismo en el que mostrar todo tan de cerca. El streaming es el género del momento que les quita dos cosas a sus fuentes: le quita el misterio a la radio y la distancia a la televisión. Como cuando te dan un globo sin nudo: rápido que el aire se va. La nueva obediencia es ser sincero. Sin misterio y pegado a la pantalla.  

Esa “edad de la inocencia”, esa etapa de actualización tecnológica para la toma del poder y oportunidad laboral para comunity manager, no terminó, pero la cosa se puso cada vez más picante. Ahora se tuitea como se vive. El último reducto de la inocencia fue el solar de la abadía del gobierno de Alberto y Cristina: funcionarios que se juntaban con funcionarios contando por Instagram reuniones de trabajo para que nada cambie. (Y en esas historias se revela otro secreto de la humanidad: el de dos personas sacándose una foto señalándose mutuamente. No hacen pulgares, no hacen dedos en ve, se se-ña-lan.) Pero ese modo ingenuo de absorber las tecnologías significó, quizás, la invitación a que miremos la última solución política para la crisis: quiero ser como vos. El resultado de Milei pareciera contradecirlos: cuanto más creyeron saber de la sociedad, menos la conocieron. O, en todo caso, cuando más se encerraron en la burbuja más creció el afuera. Milei fue el “hay afuera” de la política. La ola que no vieron y que ya tendrá tiempo de engendrar una en su contra (el afuera que ahora se le construye a Milei).

Mientras tanto, entretené y entretenete hasta la nueva ola; total, ya lo vimos: la sociedad se cambia sola.