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17 de marzo 2024

Martín Rodríguez

CAMINAR DE NOCHE

Tiempo de lectura: 8 minutos

“Puerto magnífico de ciudad magnífica y fuerte en la fortaleza de las ciudades nuevas y grandiosas, donde el esfuerzo del capital, sólo y único, la materialidad de la épica, sin más ideal que el dictado por la inmediata necesidad, ha levantado una obra digna de los himnos, que, para los que comprenden la belleza en sus fases, es tan grande y noble como la primavera de una lira genial.” (“Rosario”, en “Ciudades argentinas”, 1910, Enrique Banchs)

“Irme no es una opción”, dice Natalia. Vive en Rosario desde joven, cuando se vino a estudiar desde Labordeboy. Estudió, aprendió, ahora enseña. Vive en el “macrocentro”. Tras el pedido, anota los cambios que tuvo su vida en estos años, mutaciones progresivas que ahora mira por espejo retrovisor: casi no salir de noche, achicar el día y meterse en casa temprano, reducir el perímetro de la ciudad por donde circular y a la vez tratar de mantenerse cerca de los amigos y familia “para no morirnos de tristeza”. “Cuando voy a Buenos Aires a visitar amigos me doy el gusto de caminar de noche por la ciudad, algo que acá no pude hacer más”. Toque de queda: Rosario tocó fondo, también para la clase media que vio que las balas pican cada vez más cerca. “De la periferia al centro” el último fondo. Nadie se siente a salvo.

Sabemos de violencia los argentinos por viejos, por cuero curtido, por la memoria de los combatientes, porque hicimos nuestras guerras sucias, limpias, regulares en los siglos pasados. La democracia incubó el fin de la violencia política y abrió como una flor más de su primavera la violencia social. “Tití portando un dulce Exocet”, cantaba Spinetta sobre la bengala perdida de una tribuna a la otra. Democracia con bronce y sin oro. Nos salen derechos por las orejas, no pudimos armar una economía. Cuando mata el Estado se dice violencia institucional. De matar por ideología a matar por un celular, un largo camino. Bussi pudo con la Estrella Roja del ERP en los setenta, no pudo con la mafia de remiseros Cinco Estrellas en los noventa. En democracia no existe azar: morir tiene que tener una razón. Las víctimas, las familias de las víctimas, paren poder. Democracia es una madre a la que se le ahoga un chico en un natatorio y pregunta por la habilitación antes de ver el cuerpo.

Pero matar al voleo, como mensaje, matar porque sí, música vana y con mensaje de fondo (si nos persiguen matamos más inocentes) es el secuestro extorsivo y en cuotas de una ciudad

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En Rosario algo se desfondó: el Estado da por perdido el monopolio de la fuerza. Y quienes lo detentan decidieron matar como mataba un terrorista islámico en París o Barcelona: a quien sea, al voleo. El gobierno de Maximiliano Pullaro quiso almorzarse la cena de la solución con un repertorio de imágenes “salvadoreñas”, detenciones, leña a los presos semi desnudos en prisiones. Si la sobreactuación fuera un commoditie, seríamos Australia. A la vez, el clásico de todos estos años: nombrar los problemas y por el poder de las imágenes esperar la mera solución. “Se piensa que porque se enuncia ya sucedió”, como dijo Pablo Touzon acá. Se supo que un funcionario de Bukele le advirtió a Bullrich que no vendan la piel del oso antes de cazarlo. “No muestres la humillación antes de tenerlos humillados a todos”. La difusión de imágenes de maras corriendo desnudos en cárceles modernas, apretados en camiones llegando al pabellón de una cárcel de estreno, se consumaron cuando Bukele logró su derrota prácticamente total. Bukele sabe que construyó su abrumadora popularidad sobre resultados. Pero a juicio de muchos, la difusión prematura de lo que aún no se había logrado desató la violencia narco en Rosario sobre “cualquiera”. O sea, matar inocentes en la peor condición del inocente: el que no se sabe ni siquiera de qué no tiene culpa. Un asesinato súbito. Algo que quizás comenzó en el secuestro de Jimi Altamirano, la noche del primero de febrero de 2023, cerca de 27 de Febrero e Iriondo, cuando al joven músico punk que venía caminando solo y lo obligaron a subir a un Renault Sandero y minutos después lo asesinaron de tres balazos. El cuerpo (con un mensaje en el bolsillo) era una carta mafiosa en la interna de Los Monos. “No queda nada de la Rosario de los años ochenta, la de Fito y Fontanarrosa y el que mejor la está escribiendo es Marco Mizzi en el Ejército Gris y sus novelas”, se escuchó decir estos días a Tomás Trapé, el cerebro del streaming rosarino, Cabaret Voltaire, y en su descripción de la ciudad perdida. “Suele pasar que es más fiable la literatura que la ciencia social”, agrega Tomás.

Morir es horrible, pero, ¿hay algo peor que morir sin saber por qué? ¿Por qué creía el último playero, un muchacho libertario, trabajador, que lo mataban? ¿Para robarle? ¿Para ajustar qué cuenta pagó con su vida Bruno Bussanich? Hasta alguien que chupaban en el setenta por “estar en una agenda” (tal el leitmotiv legendario) al final sabía que le tocó un número siniestro en la lotería fatal. Sabía que era la carne de cañón de “daños colaterales”. Pero matar al voleo, como mensaje, matar porque sí, música vana y con mensaje de fondo (si nos persiguen matamos más inocentes) es el secuestro extorsivo y en cuotas de una ciudad. (Un cronista elemental de las cosas que vienen pasando en Rosario es, entre otros, Osvaldo Aguirre.) Y como confirmó Lucas Paulinovich en Panamá y desde Rosario: “Los cuatro asesinatos de trabajadores en unas pocas horas se interpretaron como una respuesta a la difusión de imágenes de las cárceles santafesinas donde podían verse a los internos siendo verdugueados en una réplica absurda de las escenas que el gobierno de El Salvador dio a conocer al mundo en su combate contra las pandillas”.

¿Y dónde se ponen estos muertos? La política sirve de sentido a la muerte. Por izquierda o derecha o por arriba o abajo, los partidos y movimientos son curadores de su panteón. Cuando mataron a la joven Teresa Rodríguez en 1996, una vecina de plaza Huincul, se cruzó la bala incorrecta y se convirtió en causa correcta: su espíritu migró a bandera. La inmortalidad del símbolo. Algunas muertes, las más difíciles, ni más ni menos dolorosas, pero las más difíciles, ocurren en este otro limbo de violencia rosarina, entre vacíos del Estado, bandas que monopolizan el terror o desquitan internas en el campo de batalla de los inocentes y la perplejidad de una ciudad histórica, desbordante de sociedad civil, que parece que no-lo-puede-creer. Había candidatos a intendentes que “preferían no hablar de la inseguridad”, no se sabe si por miedo o porque no sabían siquiera qué decir. El colectivero, el pibe jugando a la pelota, el playero, ¿qué estaban haciendo un segundo antes, completamente ignorantes de su destino? “Lo mató un chiquito en pantuflas”, dijo el senador Lewandoski, para apuntar el detalle obvio de que el asesino ya estaba jugado. Muerte por dos pesos. Zoom a la nada.  

La creciente desintegración, estos días, tiene muchas formas. Algunas son silenciosas, nudos que desatan cosas que van juntas y quedan sueltas. ¿Qué se volvió común decir sobre el gobierno nacional en muchos que tienen responsabilidades concretas, que pagan salarios, pelean paritarias, dan de comer? “No tengo interlocutor”. Lo dice un intendente que reclama la ejecución de una obra a mitad de camino. Lo dice el secretario general del sindicato de una rama en crisis. Lo dice el delegado de una dirección del Estado. Lo dice un curita al que se le llena de pobres el recibidor. Lo dice un dirigente social que estira el arroz y el pollo para que coman más. Lo dice un concejal del propio partido gobernante en el Concejo Deliberante de un municipio inundado. ¿Proceso de Desintegración Nacional? ¿El fin de los intermediarios empieza por el fin del interlocutor? El intendente de un municipio bajo el agua le preguntó a un concejal libertario: “¿tu gobierno va a traer alguna ayuda, aunque sea a través tuyo?”. Silencio. La política llena de puentes hundidos. De vacíos. Y ni siquiera tiene la ciudad de Rosario el consuelo bonaerense del realismo sucio que explicó, entre otros, Marcelo Saín en su libro “El Leviatán Azul”: el narco en la Provincia no se carteliza porque lo maneja la policía. Lo que dice Gonorrea sin marco teórico:

El Consejo de Pastores de Rosario invitó el viernes a orar por la paz. Redactó un llamado que puso en palabras la convocatoria de una comunidad: “Estaremos realizando una convocatoria multitudinaria en el monumento a la Bandera para acompañar al Gobernador Maxi, al intendente Pablo y rodear a sus respectivas familias. Por sobre todo invocando la asistencia e intervención de Dios para que con su luz desplace todo reducto de oscuridad. Les ruego me acompañes con tus oraciones, invocaciones, pensamientos y buenas intenciones, el momento lo requiere. Si tenés la posibilidad de difundir la convocatoria estaré más que agradecido. Dios Bendiga Argentina.” Dios Bendiga Rosario.

El video que compartió la ministra Bullrich es el de un remisero que pide que pongan las bolas sobre la mesa. Rosario no es causa nacional y será moda pasajera porque cometió el peor de los pecados argentinos: no quedar en el AMBA. Todo tendría que mudarse al AMBA. Levantarse las Provincias Argentinas y caminar a pie hasta el AMBA. Hay que trasladar Viedma a la Capital. El mesías atiende en Buenos Aires. El remisero que le habla a la ministra no puede huir. Y no se quiere entregar. La guita del lavado, las aguas que bajan turbias por la hidrovía, los manoduristas que marketinean y los garantistas incapaces de sentir dolor fuera de su radar selectivo… y la voz del remisero que es la voz de todos los que están solos y esperan. El país idiota que colecciona problemas, el país idiota que a cada problema le propone su giro lingüístico.   

¿Qué se volvió común decir sobre el gobierno nacional en muchos que tienen responsabilidades concretas, que pagan salarios, pelean paritarias, dan de comer? “No tengo interlocutor”

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La democracia debe ser también el derecho a la indiferencia, a no vivir todo el día con el culo en la mano. Al amigo rosarino, gran poeta y profesor Martín Prieto, cada vez que suenan tiros en su ciudad le pregunto cómo están él y Cecilia, su mujer. Desde hace un año en el perfil de su guasap tiene la foto de Maximiliano Gerez, de once años, otra víctima de sicarios. La madrugada del 5 de marzo de 2023 Maxi jugaba con sus primos en la calle del barrio Los Pumitas, cuando de golpe un grupo arriba de un Honda Civic disparó contra la casa de la familia Villazón, donde se vendían drogas. Murió Maxi por esas balas. Pasado tanto tiempo más de uno creerá que es la foto de un “sobrino”. ¿Cómo están? El tono resignado de Prieto se deja oír en las respuestas escritas: “qué sé yo, viste cómo es”. Supongo que habla del cómo es ensanchar el límite de lo tolerable. Y comenta que en los diarios del escritor Rodolfo Rabanal dejaba anotado que iban a cenar con otros escritores al restaurante Edelweiss, en pleno centro porteño, en julio del 77. “Esa gente, además de todo, salía a cenar”, dice. La gente defiende su metro cuadrado de normalidad en una ciudad paralizada, hace días, sin colectivos. “Un muerto al azar por noche (joven, trabajador, taxista, playero, colectivero), ya se abandonó el se matan entre ellos”, dice Prieto.

Días después, tras un nuevo desenlace publicó este texto en su cuenta de Instagram y no hay más nada para decir:

“El de la foto es Marcos Daloia. Chofer de la línea K de trolebuses de Rosario. Tenía 39 años. Tres hijos. El jueves a la tarde, en la esquina de Mendoza y Méjico, a la luz del día, en un barrio populoso y para nada marginal, un joven hizo señas para que el trole parara y cuando Marcos abrió la puerta para que subiera el pasajero, el joven le disparó tres veces, montó una moto donde lo esperaba un cómplice. Y, simplemente, se fue. Ese jueves, apenas más tarde, volvíamos de la Facultad, de tomar exámenes. Al habitual cuadro decadente del centro de la ciudad: veredas rotas, containers de basura destruidos y rodeados de la basura que deberían contener, autos estacionados en cualquier parte, familias armando la carpa nocturna a las puertas de los negocios cerrados, se le sumaron racimos de personas en las esquinas, esperando los colectivos para volver a su casa. Que ya no iban a pasar. Como ya había un paro de taxis, debido a los sucesivos asesinatos de los choferes Héctor Figueroa (43) y Diego Celentano (33), los trabajadores y los estudiantes empezaron a volverse a pie, acompañándose unos a otros: 20, 30, 40, 50, 60 cuadras. En muchos casos, sin cruzarse en el camino con ninguna patrulla de seguridad. Volviendo por la propia. Y al propio riesgo. El sábado a la noche mataron al playero Bruno Bussanich (25). El domingo Marcos murió.”

(Foto de portada: Rodolfo Quinteros, del libro Rosario, esa ciudad, 1970)