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CAMBIO DE ÉPOCA

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No estamos sólo ante un cambio de gobierno sino frente a un cambio de época cuya radicalidad remite a una cita de la antropóloga estadounidense Margaret Mead: “cuando creía haber aprendido todas las respuestas me cambiaron todas las preguntas”. En su libro “Conducción Política”, Perón decía que “una verdad que nos parece hoy incontrovertible quizás dentro de algunos años resulte una cosa totalmente fuera de lugar, fuera de tiempo y fuera de circunstancias”. Y agregaba: ”una doctrina hoy excelente puede resultar un anacronismo dentro de pocos años, a fuerza de no evolucionar y no adaptarse a las nuevas necesidades”. El peronismo enfrenta hoy el desafío de estar a la altura de esas enseñanzas.

La movilización en defensa de las universidades públicas del pasado 23 de abril, cuyas gigantescas dimensiones generó un cúmulo de controversias centradas en los aspectos meramente coyunturales de un episodio que, por debajo de la superficie política, representó un acontecimiento inédito que anuncia la aparición de un fenómeno nuevo, destinado a instalarse de una vez y para siempre en la agenda política argentina. 

De acuerdo con los cálculos más confiables, que resultan de una rigurosa investigación de La Nación, que estimó una concurrencia  de alrededor de 430.000 personas, la movilización constituyó la concentración popular más numerosa de la historia  argentina de los últimos cuarenta años, o sea desde la restauración de la democracia en 1983.

"La movilización en defensa de las universidades públicas del pasado 23 de abril representó un acontecimiento inédito que anuncia la aparición de un fenómeno nuevo, destinado a instalarse de una vez y para siempre en la agenda política argentina. "

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Los únicos antecedentes comparables se remontan a octubre de 1983 con los actos de cierre de campaña de Raúl Alfonsín e Italo Luder en la avenida 9 de Julio, que fueron a su vez las concentraciones más masivas ocurridas en la Argentina desde la que tuvo lugar en Ezeiza el 20 de junio de 1973 con motivo del regreso de Perón. A esto habría que agregar que esa multitud reunida  en la Plaza de Mayo fue la columna vertebral pero no la única que respondió a la convocatoria del Consejo Interuniversitario Nacional, que fue acompañada por múltiples marchas en distintas ciudades del interior.

Después de Buenos Aires, la movilización más relevante fue en la ciudad de Córdoba, donde se reunieron unas 70.000 personas. Si se comparan los 14 millones de personas que componen la suma de la población de la ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense con los 1.800.000 de la capital cordobesa y sus alrededores cabría decir que, en términos proporcionales, 70.000 personas en Córdoba equivalen a 500.000 personas en Buenos Aires. Córdoba, en cierto sentido “la capital del interior”, fue también el asiento de la Reforma Universitaria de 1918 y del “cordobazo” de mayo de 1969, dos acontecimientos que marcaron sendos puntos de inflexión en la historia política argentina.

Pero a diferencia de esos actos de  Alfonsín y Luder en 1983, que por su  naturaleza electoral estaban destinadas a tener consecuencias en el corto plazo, esta movilización carece de efectos políticos inmediatos, en un contexto en que el gobierno, a pesar de las efectos del brutal ajuste fiscal, la recesión económica y la drástica caída del salario y el consumo, conserva un fuerte respaldo de opinión pública.

En ese sentido, cabe trazar un paralelismo entre la marcha del 23 de abril y el acto multitudinario convocado por la Mesa de Enlace el 15 de julio de 2008 en la avenida Libertador, frente al Monumento a los Españoles, en vísperas de la votación en el Senado sobre la Resolución 125,  que hasta entonces había sido la movilización callejera más numerosa realizada en Buenos Aires desde  aquéllas realizadas frente al Obelisco en 1983.

En esas circunstancias, el gobierno de Cristina Kirchner, que acababa de ser  legitimado nueve meses antes, en las elecciones octubre de 2007, con el 51% de los votos en la primera vuelta, sobrevivió al impacto. Pero el tiempo demostró que en esas jornadas de protesta del sector agropecuario, respaldado por la clase media urbana, comenzó a incubarse en la Argentina un “consenso agroindustrial” que devolvió el protagonismo político a las provincias y representó un factor determinante del agotamiento del ciclo “kirchnerista”, producto de la  conciencia colectiva acerca de que ningún gobierno podía vivir en estado de confrontación permanente con el sector tecnológicamente más avanzado e internacionalmente más competitivo de la economía.

El sociólogo Daniel Schreingart revela un hecho elocuente que trasunta la significación alcanzada por el sector universitario en la Argentina: en 1975 había 275. 000 estudiantes de nivel terciario, una cifra que suponía el 1,72% de la población, mientras que en 2021 esa cantidad aumentó a 3,7 millones, equivalente a un 8,1% de la población.  En esta explosión de la matrícula influyó la creación de las nuevas universidades en el Gran Buenos Aires, que ensancharon la base social de la masa estudiantil. 

A este factor cuantitativo corresponde agregar un elemento cualitativo. Según una encuesta de Poliarquía, la universidad pública es la institución más prestigiosa de la Argentina, con un 71% de imagen positiva, seguida por las Fuerzas Armadas recién con un 42%, en una nómina que cierran los partidos políticos con el 6% de aprobación. Coincidentemente, un ranking elaborado por la consultora  Quacquiarelli Symonds (QS) colocó a la UBA en el puesto 95° entre las cincuenta mejores  universidades del mundo. 

Ese posicionamiento no refuta por supuesto las críticas a la ideologización  de las universidades públicas ni la necesidad de encarar una transformación profunda de la enseñanza universitaria, ni el intento de capitalización de la protesta por el ”kirchnerismo” y los grupos de izquierda, pero reconoce el hecho incontrastable de que la UBA es la única universidad latinoamericana que formó a tres premios Nobel en ciencias.

La confluencia entre la masividad de la marcha de 23 de abril, la explosión  de la población universitaria y el creciente prestigio académico y social de las universidades públicas permite entrever la aparición en el escenario  de un nuevo fenómeno social, todavía incipiente, que establece un vínculo sugestivo entre este episodio y la movilización agropecuaria de 2008. Como sucedió entonces, estaríamos ahora ante la irrupción de un nuevo actor social, absolutamente transversal en términos políticos, encarnado por la población juvenil pero con un respaldo mayoritario de la opinión pública, que traduce la existencia de un “consenso educativo” semejante a ese “consenso agroindustrial” nacido en las rutas y en las calles en 2008. 

"La confluencia entre la masividad de la marcha de 23 de abril, la explosión de la población universitaria y el creciente prestigio académico y social de las universidades públicas permite entrever la aparición en el escenario de un nuevo fenómeno social, todavía incipiente, que establece un vínculo sugestivo entre este episodio y la movilización agropecuaria de 2008."

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Esta irrupción generacional tiene hondas raíces estructurales. La extinción de la sociedad industrial y el advenimiento de la sociedad del conocimiento, fundada en el avance de las tecnologías de la información y potenciada hoy por las redes sociales, generó una progresiva pero profunda modificación en la estructura social.  Como lúcidamente anticipara en 1980 Alvin Toffler, el autor de “La Tercera Ola” y uno de los profetas de esa mutación, ”cualquier estrategia para reducir la carencia de trabajo en una economía súpersimbólica depende menos de la asignación de la riqueza y más de la asignación de conocimiento”.

Toffler sostenía que “durante más de un siglo, socialistas y defensores del capitalismo libraron una guerra enconada en torno de la propiedad pública y privada. Gran número de hombres y mujeres perdieron literalmente la vida en ese empeño. Lo que ninguna de las partes imaginó fue un nuevo sistema de creación de riqueza que hiciese virtualmente obsoleto todos sus argumentos. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ha sucedido. Porque la forma más importante de la propiedad resulta ahora intangible. Es súper-simbólica. Se trata del saber. El mismo conocimiento puede ser utilizado simultáneamente por muchas personas para crear riqueza y producir todavía más conocimiento. Y, al contrario que las fábricas y los cultivos, el conocimiento es, a todos sus efectos, inagotable”. 

La contracara de este acontecimiento fue retratada por Juan Pablo II en su encíclica “Centessimus Anus”, difundida en 1991, al cumplirse cien años de la encíclica Rerum Novarum”. Decía el Papa: “si en otros tiempos el factor decisivo de la producción era la tierra y luego lo fue el capital, entendido como conjunto masivo de maquinarias y bienes instrumentales, hoy en día el factor decisivo es cada vez más el hombre mismo, es decir su capacidad de conocimiento, que se pone de manifiesto mediante el saber científico, y su capacidad de organización solidaria, así como de intuir y satisfacer las necesidades de los demás”. 

"Como sucedió entonces, estaríamos ahora ante la irrupción de un nuevo actor social, absolutamente transversal en términos políticos, encarnado por la población juvenil pero con un respaldo mayoritario de la opinión pública, que traduce la existencia de un “consenso educativo” semejante a ese “consenso agroindustrial” nacido en las rutas y en las calles en 2008. "

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Mucho antes  de la expansión de Internet, que marcó un salto cualitativo en cambio histórico, Juan Pablo II puntualizaba que “De hecho, hoy muchos hombres, quizás la gran mayoría, no dispone de medios que le permiten entrar de manera efectiva y humanamente digna en un sistema de empresa, donde el trabajo ocupa un lugar realmente central. No tienen posibilidad de adquirir los conocimientos básicos que les ayuden a expresar su creatividad y desarrollar sus actividades. No consiguen entrar en la red de conocimiento y de intercomunicaciones que les permitirían ver apreciadas y utilizadas sus cualidades”. Añadía que “ellos, aunque no explotados propiamente, son marginaos ampliamente y el desarrollo económico se realiza, por así decirlo, por encima de su alcance”. Esta premonitoria descripción de la nueva marginalidad social anticipó lo que Francisco definió con el nombre de “descartables”.

En ese tránsito entre el músculo y el cerebro en la actividad económica, que multiplicó la participación de la mujer en el mundo laboral, la calidad del empleo, su nivel de remuneración y hasta la misma posibilidad de trabajo están asociados a la necesaria calificación de los recursos humanos para adecuarlos a las exigencias de un sistema productivo signado por las continua incorporación  de nuevas tecnologías. Por esa razón, la educación  pasó a constituirse en la principal herramienta en el camino de la justicia social.  Esta constatación actualiza  el valor estratégico que tuvo en su época la epopeya educativa inspirada por Sarmiento y materializada durante la presidencia de Julio Roca que posibilitó la construcción  de la Argentina del Primer Centenario. 

En la Argentina, las universidades públicas son el símbolo de esa función social. “Mi hijo el Dotor”, aquella obra de Florencio Sánchez que reflejaba el deseo profundo de las primeras generaciones de inmigrantes, sintetiza una aspiración colectiva, corporizada en los más jóvenes pero asumida por el conjunto de la sociedad, un horizonte que recrea el ideal de la  movilidad social ascendente universalizado en 1945 por el peronismo y desdibujado en los últimos veinte años. Establece también un nuevo marco de referencia para el porvenir: la expectativa esperanzada de que los hijos puedan vivir mejor que sus padres. 

Este acontecimiento disruptivo tiene una base de sustentación material: las generaciones nativodigitales, están mejor preparadas para las nuevas modalidades laborales y el aprovechamiento de las oportunidades abiertas por los avances en las tecnologías de la información. Cabría aventurar que si el antiguo proletariado representó el símbolo de la sociedad industrial, los jóvenes constituyen la columna vertebral de esta nueva sociedad del conocimiento. Por primera vez en la historia, no son solamente los padres quienes enseñan a los hijos sino también los hijos quienes enseñan a los padres y los nietos a los abuelos. La educación de los adultos, que en la Argentina plantea  un plantea un enorme desafío y abre a la vez un amplio  campo de posibilidades a las organizaciones sindicales, pasó a ser tan importante como la formación de los niños.

Pero los cambios en la pirámide demográfica derivada de los adelantos científicos y su impacto en el alargamiento de las expectativas de vida de la población y la baja en los índices de natalidad hacen que este fenómeno adquiera otra característica inédita, bautizada con el neologismo de “maduresencia”, que implica una fuerte revalorización de la experiencia en la vida laboral. 

"Por primera vez en la historia, no son solamente los padres quienes enseñan a los hijos sino también los hijos quienes enseñan a los padres y los nietos a los abuelos. La educación ha dejado de ser concebida como una edad de la vida para convertirse en una dimensión permanente de la existencia humana. Ese fenómeno convierte a la actividad educativa en un puente intergeneracional que vigoriza la gestación de ese incipiente “consenso educativo” en gestación."

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Ximena Díaz Alarcón, una investigadora peruana, señala  que “hay una tendencia a desarrollar en las marcas y en las empresas y en las familias lo que se llama la “inteligencia intergeneracional”, que tiene que ver con esto de aprenderá convivir entre generaciones, aprender a inspirarse y mejorar intergeneracionalmente, porque estamos conviviendo más generaciones que nunca en la historia del mundo”. 

En este contexto, la educación ha dejado de ser concebida como una edad de la vida para convertirse en una dimensión permanente de la existencia humana. Ese fenómeno convierte a la actividad educativa en un puente intergeneracional que vigoriza la gestación de ese incipiente “consenso educativo” en gestación. Este acuerdo intergeneracional es una clave para la construcción del futuro de la Argentina.

La desaparición de la sociedad industrial constituye el  punto de partida del fenómeno de ascenso de la juventud como un nuevo actor social. Este acontecimiento  ya había sido  anticipado en 1981, ocho años antes de la caída del muro de Berlín y una década antes de la disolución de la Unión Soviética, por un intelectual marxista francés,  André Gorz, que escandalizó a sus camaradas con su obra “Adiós al proletariado”, cuyos vaticinios forman parte hoy del sentido común. 

En su libro “La creación de una nueva civilización: la política de la tercera ola”, publicado en 1996, Toffler decía: “somos  la generación final de una vieja civilización y la primera generación de otra nueva,  gran parte de nuestra confusión, angustia y desorientación personales tienen su origen en el conflicto que  dentro de nosotros y en el seno de nuestras instituciones políticas- existe entre la civilización moribunda de la segunda ola y la civilización naciente de la tercera ola, que pugna, tonante, por ocupar su puesto”.

"La educación pasó a constituirse en la principal herramienta en el camino de la justicia social. Esta constatación actualiza el valor estratégico que tuvo en su época la epopeya educativa inspirada por Sarmiento y materializada durante la presidencia de Julio Roca que posibilitó la construcción de la Argentina del Primer Centenario. "

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Resulta una paradoja cargada de sentido que tanto la columna vertebral del electorado de Milei como la movilización del 23 de abril compartan una base juvenil. No  se trata entonces de contraponerlos mecánicamente sino de integrarlas en una perspectiva estratégica más amplia. Valga destacar el hecho de que una de las movilizaciones universitarias más importantes haya sido en Córdoba, la provincia en la que Milei conserva uno de los mayores índices de imagen positiva.

En un mundo económicamente cada vez más integrado, la competencia es de naturaleza sistémica. No se libra  sólo entre las empresas sino también, y fundamentalmente, entre los países, es decir entre sistemas integrales de decisión y de organización. En esa competencia, que replantea el sentido del rol del Estado, resulta cada vez más relevante la calidad de los bienes públicos (educación, salud, justicia, seguridad). El factor educativo, que está íntimamente asociado al nivel de calificación profesional de la fuerza de trabajo, adquiere entones un carácter determinante para la atracción de las inversiones y para la elevación del nivel de competitividad internacional del sistema productivo.

Este requerimiento ineludible hace que la educación no sea solamente una herramienta fundamental  para la justicia social sino también un requisito absolutamente indispensable para el desarrollo. Semejante convergencia de factores indica que este nuevo consenso educativo en gestación, que exige avanzar en una verdadera Revolución  de la Educación y del Trabajo, marca un nuevo horizonte  para la construcción del futuro de la Argentina. Como decía Perón, la misión de la conducción política reside en “fabricar la montura propia para cabalgar la evolución, sin caernos”.

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