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08 de octubre 2022

Juan Di Loreto

BORGES Y LA POLÍTICA

Tiempo de lectura: 3 minutos

Hay una forma que Jorge Luis Borges llevó a la perfección según Ricargo Piglia. Estamos hablando de la inversión de la mirada sobre ficción y realidad: Borges (inspirado por Macedonio Fernández) nos ofrece el cristal para que veamos qué de la ficción hay en la realidad. El movimiento más obvio es ver qué de la realidad hay en la ficción. El chequeo inútil sobre datos que el autor utiliza en sus textos tiene detrás el prejuicio de que la ficción es lo contrario a la verdad. 

En Tlon, Uqbar, Orbis, Tertius, Borges muestra cómo un mundo ficcional (Tlon) le va ganando terreno a la realidad. Ahora, el astuto lector se preguntará: ¿y esto qué tiene que ver con la política, tal cual anuncia la pompa del título de este texto? Y bien: si la sociedad en su totalidad es un caos de intereses, clases sociales, miradas, producciones, etc… ese caos debe ser enmarcado en una ficción política. La política es la mirada que permite armar una totalidad y contextualizar sus elementos. La política es lo que le da sentido, digamos: este elemento significa esto en este contexto.

El movimiento más obvio es ver qué de la realidad hay en la ficción. El chequeo inútil sobre datos que el autor utiliza en sus textos tiene detrás el prejuicio de que la ficción es lo contrario a la verdad

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Pero también, como se ha dicho en otro lado, la política es una de las tantas ficciones necesarias que atraviesan la sociedad. Son esos artefactos que, de no existir, habría que fabricarlos. ¿Cómo se anuda un todo que por momentos parece un caos disperso? La política separa y divide, eso está en su lógica. Identifica enemigos, adversarios, contrarios porque necesita construir una identidad. Ninguna ideología se hace contra nada. La confrontación es parte esencial de lo político. Pero una función tan importante como las divisiones son las “roscas”. Anudar, tejer, consensuar, acordar son la parte de lo que se hace pero lo que no se ve. El ícono mayúsculo de eso son las espaldas de Alfonsín y Menem perdiéndose en la arboleda de Olivos.

Ahora bien, todo acuerdo procede de una terceridad que excede a las partes que quieren consensuar: juegan a la ficción necesaria. Y en este punto Borges nos sirve para plantear otro tema álgido de la política de este tiempo: el vínculo entre la base (¿el pueblo?) y su líder político. Muchas veces vemos que los actores políticos “sobre representan” a su porción del electorado. Lo que los lleva en muchos casos a una sobreactuación pública, que deriva en intransigencias e hipérboles del estilo: “Ellos o nosotros” o que tal dirigente es la Dictadura. Cuando Borges traza las diferencias entre el escritor clásico y el romántico, ve el escritor clásico alejado de la expresión. Dice: “No es realmente expresivo: se limita a registrar una realidad, no a representarla”. Con sectores de la política (atados a encuestas y grupos focales y monitoreo de las redes) sucede un poco eso. No lideran la realidad, replican como un eco lo que escuchan.   

Muchas veces vemos que los actores políticos “sobre representan” a su porción del electorado. Lo que los lleva en muchos casos a una sobreactuación pública, que deriva en intransigencias e hipérboles del estilo: “Ellos o nosotros” o que tal dirigente es la Dictadura

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Por eso lo político debe ser un exceso de lo social: la política debe responder a la sociedad pero también ser más que ella para liderarla. El caos que nombramos requiere del orden que proveen las ficciones que construimos. Voluntad de acuerdo y, agregamos ahora, voluntad de poder. Otra vez: la política no puede ser mimética (imitar la realidad), sino que se trata de un ejercicio de lectura y creación. Ver qué está pasando e inventar una posibilidad para liderar esa realidad. Porque si se hace de la política una mera imitación de lo social, o si no afinamos el oído, o si negamos lo que pasa, nos convertimos en meras copias de la copia, en simulacros o en espectadores de tristes pasiones.