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09 de septiembre 2023

Lorena Álvarez

BAJO LA ALFOMBRA (Parte 2)

Tiempo de lectura: 8 minutos

Roban, pero, ¿hacen?

Para cuando Javier Milei irrumpió en la televisión como estrella invitada en el programa de Mauro Viale, el discurso del “político chorro” ya era moneda corriente en la cotidianidad callejera. La frase flotaba en cualquier conversación coloquial a la hora de plantear los grandes dramas de este país. “País en caída libre, pero con políticos con una economía pujante”, se podía traducir en esas charlas de buena parte de una ciudadanía a la cual, años atrás, se la suponía tolerante a la hora de alguna que otra picardía.

Quizás una idea que venía con fuerza desde los tiempos en los que muchos intentaban encontrar una justificación para desentrañar los motivos del triunfo contundente de Carlos Saúl Menem en 1995. Es que tras años de best sellers que intentaban describir hilos invisibles de negociados, tapas de diarios con escándalos non sanctos y horas televisivas y radiales poniendo el ojo en supuestas malversaciones, a la hora del sufragio todo eso no surtió tanto efecto. Menem se reelegía incluso más holgado que en su primer mandato. Lo que dejaba a la luz que, quizás, mientras dejes hacer te dejan trampear. “Roban, pero hacen (y nos dejan hacer)”.

Hacer en esos años era simplemente, al menos entre el 92 y 95, no correr detrás de los precios y creer que había cierta calma que nos dejaría crecer en algún momento. Una ilusión que nos permitió transitar. Hacer era un poco creer.

Ya para 1996, la ansiada calma se estaba pareciendo a la paz de los cementerios. Con desocupación, pobreza en aumento y bolsillos raídos y envueltos en desesperanza, crecía de manera cada vez más firme y extendida la sensación de fiesta para pocos. Los que quedaban afuera ya no miraban con buenos ojos a los tahúres.

Menem se reelegía incluso más holgado que en su primer mandato. Lo que dejaba a la luz que, quizás, mientras dejes hacer te dejan trampear. “Roban, pero hacen (y nos dejan hacer)”

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La algarabía para un puñado generó que hasta en el territorio productivo donde gobernaba Eduardo Duhalde, la provincia de Buenos Aires, en las elecciones de 1997 su esposa Chiche Duhalde cayera frente a Graciela Fernández Meijide, una vecina porteña, ilustrada y portadora de una joyería plateada digna de profesora universitaria, lejana quizás para ese electorado, pero cercana a la hora de ser la canalizadora del hartazgo de ese entonces. Chiche, en su propia casa, perdía ante una intrusa que hablaba de corrupción. Las balas habían entrado al salón de fiestas donde ya casi nadie podía asistir. Eduardo, a su vez, se hacía cargo de la paternidad de esa derrota. Demasiadas fábricas cerradas, además.

En 1998, Adrián Suar ponía en pantalla uno de los grandes éxitos de la década, “Gasoleros”, una historia de amor entre adultos. Ni millonarios ni trabajadores fabriles: llegaban los autónomos a la televisión. Pero no en su faceta exitosa sino los que se la rebuscan. Taxistas, mecánicos, la dueña de un barcito al paso, un chofer de colectivos y jóvenes con vestuarios rolinga queriendo triunfar con su banda, como muchos de sus pares de la vida real que entre esquinas, cerveza y habitaciones alquiladas pasaban sus días de changas, flexibilización y rock. Ser gasolero es consumir poco. Y nada nos representaba más en aquel entonces que ese término. “¿Tendrás un peso para la birra?”.

Aburridos en Las Cañitas

El año electoral, a su vez, dejaba al desnudo que en la caída en picada que vivíamos, la corrupción era una molestia que se había extendido. La desigualdad, una convertibilidad exhausta que había quebrado el sistema productivo y desocupados sin horizonte laboral posible parecían fastidiar, pero menos, que esa imagen de fiesta en la que sólo quedaban los anfitriones y sus familias. La exclusión pasaba a ser el miedo recurrente. El foco de la bronca: la imagen de la política bailando en el Titanic.

La campaña fue a pleno sobre ese punto. “Dicen que soy aburrido”, fue el hitazo de un candidato con nulo carisma, pero que prometiendo austeridad le bastó para ganar esa elección. Así Fernando De La Rua se calzó la banda presidencial.

Pero si con la   austeridad, como única bandera, no se come ni se educa ni se cura, con la falsa austeridad, encima, los ánimos estallaron. Las Cañitas era el barrio porteño aspiracional de esa época donde el top gastronómico era el sushi, una comida que terminó asociada a esa debacle, y albergaba a la crema política y empresarial junto a muchos periodistas que en los 90 habían elevado su estatus a nuevas estrellas del espectáculo. Ya no se usaba el dorado fastuoso del menemismo, pero la sensación seguía siendo idéntica. Al bacanal esta vez asistía la rama sobria de la familia.

Una burbuja para un reducido y paquete grupo alejado de la realidad circulante: deflación, una generación perdida, un horizonte negro y la convertibilidad como una bomba de tiempo. A su vez el canal estatal ponía en pantalla una de las grandes pinturas de esa época, “Okupas”, producida por Marcelo Tinelli y Sebastián Ortega y dirigida por Bruno Stagnaro. Un gran retrato de la crisis urbana. Pibes sin expectativas y con tiempo para meterse en problemas.

Hija natural del film “Pizza, birra y faso” (dirigida por el propio Stagnaro y Adrián Caetano), esa ficción mostró como ninguna el panorama sombrío de esos años donde se quebraba la identidad laboral y se imponía un nuevo dialecto. De la lumpenización de la vida al lenguaje. Lo notable es que la política oficial parecía no consumir esa ficción puesta en pantalla por su propia política cultural.

Tal vez creer que hablando en idioma de la realpolitik y tratando al otro de mero consumidor de noticieros, bajando el precio a su encono y escudándose en que todo es fábula y lo que dijera no tenía asidero desató la furia final

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Quizás en Las Cañitas en los bares donde sonaban bandas en vivo, el funk no les permitiera oír esos gritos que se escuchaban desde afuera. Ni siquiera la renuncia del vicepresidente Carlos Álvarez que pegó un portazo denunciando un affaire de coimas en el Senado.

Que se vayan todos

Ese grito gutural encerraba tantos enojos que antes del estallido del 2001, en las elecciones de octubre, el electorado prefirió poner una feta de salame en el sobre antes que votar a un político. No se puede hablar de calma antes del huracán, pues el fenómeno aterrador daba señales.

Días de furia, corralito, saqueos y helicóptero. Noches de cacerola e ira. Balas, helicóptero y el orden quebrado. Cinco presidentes, devaluación y un después, sin importar cuál. A duras penas buscábamos la tabla de salvación.

Gobernar implica entonces volver al eje. Y llegó Eduardo Duhalde, agarró el timón, prometió que el que “puso dólares recibirá dólares”, nos juró que estábamos condenados al éxito y nos dejó jugar con patacones. La reticencia a la política se mantenía, pero sólo había tiempo para reconstruirnos. Pero como nada sale como se supone en este país, la masacre del Puente Avellaneda cambió el rumbo de lo esperado. Adelanto de elecciones y a buscar quién lo represente. El menos conocido.

Dame una señal

En 2003 asumió Néstor Kirchner. Gobernar el país con módicos 22 por ciento de los votos iba a ser un milagro. Y lo fue. Buen pulso para bajar la espuma en tiempos de reconstrucción luego de una década que nos había dejado en la lona y exhaustos Estabilidad, crecimiento y liviandad. Tanto que la palabra corrupción quedó última en el ranking de los malestares. Salvo una excepción a finales del 2004: la tragedia de Cromañón.

Sobreventa de entradas, un público hacinado jugando con bengalas y funcionarios habilitando ese infierno, en una cadena de ojos no mirando. “Ni las bengalas ni el rock, a los pibes los mató la corrupción”. La frase de época que le puso el punto al final de juego para el Jefe de Gobierno Aníbal Ibarra.

“Con la nuestra”

En el 2007 ganaba el oficialismo, pero con Cristina Fernández de Kirchner encabezando la fórmula. Al poco tiempo y luego de un recreo emocional con la política, el conflicto con el campo reabrió los enconos. El gobierno habló con retenciones y estos le contestaron con la duda sobre “¿adónde va a parar la mía?”. Real o como excusa, hay que reconocer que somos un país poco afecto a la cultura tributaria, la palabra renació entre los fastidios.

AUH, muerte de Néstor, años de economía próspera y el batacazo inesperado de la reelección de Cristina con el 54 por ciento dieron por enterrada la hipótesis de que la corrupción importaba: las denuncias televisivas, los libros sobre esas avivadas y una oposición endeble volvían a instalar de fondo que a nadie le importaba otra cosa que su bolsillo, por lo cual mayoritariamente éramos unos inmorales frente a las urnas. Nunca se sabrá si es cierto, pero la prosperidad frente a una oposición dividida y sin rumbo también colaboraron para que nadie se bajara del barco que parecía tener un norte. Pero el 22 de febrero de 2012 hubo un hecho que caló hondo en el feliz matrimonio entre las mayorías y el kirchnerismo, la tragedia de Once.

Las Cañitas era el barrio porteño aspiracional de esa época donde el top gastronómico era el sushi, una comida que terminó asociada a esa debacle, y albergaba a la crema política y empresarial junto a muchos periodistas que en los 90 habían elevado su estatus a nuevas estrellas del espectáculo

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Si fue intencional o no, poco importó, el efecto provocado fue poner sobre el tapete lo mal que funcionaban las cosas en tiempos de un Estado pudiente. Al discurso moral del bien y del mal, al que el oficialismo era afecto se le respondía, de nuevo con “¿qué hacen con la mía?”.

De ahí en más el tema creció hasta bañar de la misma forma a Cambiemos, que se alzó con la presidencia en 2015. Y también fue parte del ojo de la tormenta cuando encima lo que vino “a cambiar”, lo profundizó, y todo con una deuda estruendosa, impagable.

Gaslight

Pero quizás uno de los grandes errores fue minimizar el fastidio por la corrupción. Tal vez creer que hablando en idioma de la realpolitik y tratando al otro de mero consumidor de noticieros, bajando el precio a su encono y escudándose en que todo es fábula y lo que dijera no tenía asidero desató la furia final.

Quizás ese fastidio no sólo provenga de lejanos titulares sino también de la cercanía. ¿Acaso no hemos hablado con más de una persona que dice conoce de cerca un concejal X que de buenas a primeras cambió su estatus de vida? O un amigo que te cuenta que en su provincia ingresó de diputado provincial y solo porque es tataranieto de otro ex diputado provincial que hasta que no se extinga el apellido pertenecerá a alguna cámara.

A cualquier ejemplo se le respondió durante años que la corrupción era inherente al capitalismo, que se dejaba llevar por los medios o que estaba equivocado. Sin leer, además, que no sólo eran los políticos los que quebrantaron el pacto sino también sindicalistas y empresarios. Una élite privilegiada en un país cada vez más empobrecido y sin horizonte.

El enojo al que se respondía con cliché, este 2023 nos pasó a todos por encima. Es que al porcentaje sorprendente de Javier Milei deberíamos agregar la alta porción que no fue a votar, impugnó o lo hizo en blanco. Gane quien gane las cartas están echadas. No hay horno que aguante tantos bollos de frustración. Ya no basta con pensar (o con hacer pensar) que siempre que llovió paró, porque cada vez más la respuesta será la misma: “el paraguas lo tienen los de siempre”.

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