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21 de abril 2024

Esteban De Gori

AUTOSACRIFICIO, PROGRESISMO Y “DESESTATIZACIÓN”

Tiempo de lectura: 8 minutos

“¿Es una resignación pasiva? No, Isaac ayuda a su padre, colabora en la colocación de las piedras para levantar el altar” (Erri De Luca, 2002)

Milei posee una gran capacidad, hasta ahora, de abastecer con bienes simbólicos y discursos políticos a una sociedad dispuesta a otorgarle gravitación en la conversación social. Está colocado en el centro de la escena. Lo logró en tiempo record como si lo anterior se hubiese caído más rápido de lo pensado. Aceleró el tiempo, como lo hizo Nayib Bukele en marzo de 2022 para ofrecerle al mundo un gran commodity: orden. El presidente argentino ofreció otro producto de gran visibilidad: una política antiinflacionaria de calado.

De esta manera puso a girar un planeta y la sociedad construyó una vía láctea que lo sostiene. Gravitancia en la conversación y todavía una significativa adhesión en vastos sectores de la sociedad argentina. Esa legitimidad hay que encontrarla, por lo menos, en tres territorios: el malestar y sus derivados (la bronca, el odio, el temor) que vienen de los últimos años; en las transformaciones subjetivas y en la presencia de largos imaginarios liberales que se reeditaron en nuestra sociedad. No todo se explica por la fatiga y el mal humor sino hay que buscar en otros flujos sociales subterráneos algunas respuestas. Las transformaciones tecnológicas, laborales, globales y culturales provocaron otras imaginaciones sobre el cuerpo, la participación cívica y sobre las instituciones. La pandemia profundizó subjetividades arrojadas a sí mismas, enfrentadas con una fragilidad extrema y desconfiada en el otro u otra. Y más si este estaba relacionada con el Estado.

Entre los bienes simbólicos que el presidente ha puesto a girar en la sociedad están las ideas de sacrificio y castigo. Un cluster de imaginaciones muy potente que recorre la cultura occidental. En Argentina no podemos negar que se reedita un fervor occidentalista.

El sacrificio está conectado al mundo religioso y a una lectura del universo republicano que exige, entre otras cosas, el darlo todo por la patria. Ambos mundos dialogan, o son puestos a conversar, con modelos económicos que exigen severos esfuerzos y restricciones sociales. Ello se exige para reconducir cierta política gubernamental y economía a futuro. Economía, política y religión se articulan en una gran pedagogía social propiciada desde un gobierno que claramente entiende que gobierno y Estado no son lo mismo. Un gobierno que desea “desestatalizar” a la sociedad, transformarla en ejércitos contra el propio Estado. El más grande criminal de esta historia, según el propio Milei. En algún momento hay que pagar por el pecado del viejo bienestar. “Gatillar la fiesta”, “parar la joda y bancársela”, “dejar de soñar con Lamborghinis” y reconocer que somos pobres. Es decir: “hay que verla”.

La pandemia profundizó subjetividades arrojadas a sí mismas, enfrentadas con una fragilidad extrema y desconfiada en el otro u otra. Y más si este estaba relacionada con el Estado.

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En última instancia nos piden sacrificarnos por los “pecados cometidos”, por los excesos realizados. El bienestar “mal habido” debe ser pagado y sufrido. Purgar populismo. Solo es infinito el Amor de Dios y nada más. Lo otro es el dinero y su lenguaje actual (victorioso) que ha terminado pegado a una idea crematística de los derechos violentando así las garantías de integración y reparación. “Los derechos hay que pagarlos. No se financian solos”. Este argumento violenta otros significados más profundos del derecho como la justicia, la solidaridad y la búsqueda de equidad. A veces se paga por paz social y por propiciar al prójimo mejor destino.

El sacrificio que exige el gobierno argentino y el autosacrificio que la población se impone tiene efectos y resultados asimétricos. Pero en un punto lo comparten. El link sacrificial entre presidencia y ciudadanía (o una parte de ella) por ahora camina. Milei logró sostenibilidad apelando, entre otras cosas, a la construcción de un vínculo social y político que instituye la idea de sacrificio y de restricciones. Abraham e Isaac comparten lo que la voz de Dios exige.

Las personas más vulnerables, los sectores populares y ciertos sectores medios se autoimponen un sacrificio que solo cae con mayor crueldad sobre ellos.  Con la medicina prepaga aparece una alerta del límite al sacrificio continuado. Sacrificio y paraíso van de la mano. Ningún líder puede sentarse a descansar sobre la restricción constante.  Está claro, el gobierno quiere retribuir el apoyo de la clase media y pretende judicializar la estrategia de los aumentos de estas empresas de medicina.

Los altísimos costos de medicamentos, medicina prepaga, alimentos, afectación del salario real han impactado en las vidas cotidianas de manera significativa. Es interesante cómo el legitimado autosacrificio social se articula, por ahora, con el desmantelamiento del Estado. Una política que empieza a alterar esa “red” de prestaciones colindantes que tienen las vidas populares y medias. Prestaciones erosionadas por los gobiernos anteriores, pero prestaciones al fin. Tal vez, debamos asumir, que estemas ante el fenómeno no estatalista de los sectores populares, de su alejamiento y crítica al mismo. Un éxodo emocional. Como una fuga lenta que dejo de esperar a que esa estatalidad funcione.

Esto reconfigura en parte la escena del conflicto. Frente a ello podemos esgrimir una hipótesis precaria: las protestas sociales se combinarán con el resentimiento del lazo social y del universo individual. Lo colectivo se ha vuelto un bien esquivo para muchas personas. Inclusive la misma política que pocos cables le tiró a la sociedad ahora la quiere ver en la calle manifestándose. Por tanto, quienes imaginen grandes resistencias sociales tendrán que indagar en ese “material humano” que transita por el desencanto del gobierno anterior y del propio peronismo, por una esperanza actual relativa y su mala condición económica presente. Mientras ciertos analistas piensan que lo económico determinará en breve el derribo de Milei no se percatan de otras dimensiones que “pegan” a una parte importante de la ciudadanía al liderazgo del presidente. El corrimiento que éste hace con respecto a la clase política (no se reúne con gobernadores, ni sindicalistas) lo coloca en un lugar de resistencia frente al sistema. Gobernar el sistema desde afuera y haciéndole pagar a éste sus “anomalías” y “pecados”.

El gobierno sacrifica a una parte del Estado intentando viabilizar el malestar social con la política sin considerar las consecuencias en las vidas populares. Ese acto es presentado por algunos integrantes del gobierno bajo la forma del goce. Gozar por cerrar TELAM y otras instituciones. Gozar por herir al Estado

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La legitimidad que todavía cuenta Milei entre los sectores populares no solo hay que entenderla en la debacle del peronismo, en el sobregiro del progresismo sino en un malestar profundo provocado en un orden económico que los ha maltratado los últimos años. Que los vació de cierto respeto y “pasión” por lo estatal. Las profundas e imperceptibles transformaciones en el mundo del trabajo, en el vínculo con las instituciones políticas, en la tecnología y, por ende, en la subjetividad es lo que no vimos venir. Existe una sociología de los cambios que opera en la oscuridad y debe asumir que existe una vida secreta de las transformaciones. El peronismo y su Cristinacentrismo colaboraron con los alejamientos políticos.

Milei logró sintonizar con flujos de malestar, con la precariedad y una sensación de no futuro diseñada, principalmente, después de la pandemia. También entró en un lugar poco explorado: en el resentimiento y rechazo que el progresismo provocó en la puesta en duda de imaginarios tradicionales. El progresismo no pudo ofrecer travesías simbólicas consolidadas (posiblemente no tuvo tiempo). Proponía críticas significativas y reparadoras que muchas personas adultas y juveniles veían como una estabilización de su mundo presente y futuro. Un grupo importante de jóvenes buscaron afirmarse frente a la inestabilidad simbólica que ofreció, con justas intenciones el progresismo, en afirmaciones tradicionales. Volvieron a ese mundo para dotarse de una identidad. El progresismo había presentado un mundo de identidades fluidas que ciertos y vastos sectores no lograron traducir o aceptar. O si lo hicieron lo percibieron como una imposición del Estado como rector de ese nuevo mundo de identidades. O tal vez lo vivieron como un desorden del cual había que salir afirmando valores tradicionales. Pero no al modo de una nostalgia sino al modo de “agarrarse” de memorias sociales que dotaban de seguridades. Hacer cool lo que parecía de procesos pasados.

El universo religioso, como no observamos hace años, circula con mucha potencia desde el propio gobierno. Pero no todo es exigencia de sacrificio, el gobierno le entrega a la sociedad una parte del Estado. La libra de carne. Traduce ese malestar en la política o en la vida cotidiana como una venganza y devolución. Un discurso antitributario es, inclusive de manera controversial, un discurso de devolución a la sociedad. El gobierno sacrifica a una parte del Estado intentando viabilizar el malestar social con la política sin considerar las consecuencias en las vidas populares. Ese acto es presentado por algunos integrantes del gobierno bajo la forma del goce. Gozar por cerrar TELAM y otras instituciones. Gozar por herir al Estado.

¿Qué vemos ahora? Una idea de mercado dirigida por severas exigencias e imposiciones que sólo desordena las vidas de millones de personas y la aleja de las redes de protección que posee el Estado. Si esto se mantiene en el tiempo puede ser leído y experimentado como un castigo y este apoyo a Milei puede erosionarse. Cuando existe la percepción de castigo por parte del gobierno sobre su población la legitimidad se erosiona. Pasó con CFK y puede pasar con Milei. Pero nada puede advertir que ese desorden cotidiano no se transforme en regularidad y que las preocupaciones ciudadanas como el desempleo se vaya morigerando. El tiempo y la política lo dirán.

Hoy en la Argentina hay consenso para autosacrificarse, restringirse y autoexigirse. Mi situación está mal, pero se va a arreglar. Es como esperar en una trinchera a que termine la guerra. Esa es la condición de todo autosacrificio. Después de cruzar el Jordán vendrá la tierra prometida. Así ciertos sectores sociales se “encierran” en su economía íntima, epidérmica y se van desenganchando lentamente de las prestaciones estatales y propuestas colectivas. Estamos ante otra subjetividad, no una subjetividad que persigue el regazo de lo colectivo para exigir garantías y derechos sino una subjetividad noqueada, autocentrada y eufórica. Que se narra a sí misma desde sus redes sociales y que padece con fastidio el peso de lo social. Asistimos a algo novedoso. Al diseño de un país de personas sometidas al goce de su propia economía, al riesgo y a la soledad social. Quien se autosacrifica es solo él frente al mundo. Todo ello, por ahora, tiene consenso. El desmantelamiento de áreas del Estado es experimentado y apoyado como “vendettas” reparatorias. A nadie se le puede negar en política un poco de venganza. El presidente viene a reconducir un pulso subjetivo que posee características enigmáticas para una parte de la oposición. Viene a provocar una “subjetividad desestatizada” con memorias sociales e históricas que circulan en nuestro país. Viene a tomar lo que dejaron los gobiernos anteriores y a reconducirlo.

Cuanto más autosacrificio nos exigen más opera la venganza sobre el Estado y la red de protecciones. Y más se abastece de comunicaciones e informaciones que reciben ovación por parte de la sociedad cuando se provoca un sacrificio y una devolución. La caja PAN de Milei serán las partes del Estado.

Las memorias religiosas se han “acoplado” a modelos económicos y han provisto palabras e imágenes que hoy son aceptadas por gran parte de la sociedad

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Al presidente argentino lo asiste una cultura liberal y anti estatal potente en nuestro país y que se fue retroalimentando los últimos años. Y ello le permitió erigir un laboratorio social que arroja dos interrogantes: ¿con cuánto “Estado” una sociedad está dispuesta a vivir?, ¿y cuánto tiempo le dará la sociedad o la mayor parte de esta al liderazgo de Milei? También son preguntas para la oposición que todavía mira atónita cómo esta sociedad soportó un severísimo e histórico ajuste. El peronismo está aprendiendo que esta sociedad o vastos sectores de ésta, por ahora, asume acciones que no imaginaba. Estaba para más la sociedad. Hay algo nuevo que aparece ante los ojos de la oposición que comienza a resentirse.

Muchas de las hipótesis de grandes resistencias sociales y de caídas gubernamentales inmediatas dan lugar a nuevas preguntas y dilemas para los analistas de la oposición.

La política argentina está en un lugar de mutación y transformación. Hasta hace poco sabíamos que a la larga “Estado desmantelado” y “sociedades deshilachadas” no pueden abrazar y contener a los suyos ni suyas y por lo tanto provocar grandes crisis. Pero este gobierno juega al límite intentando modificar ese saber. Es decir, tal vez su fórmula pueda funcionar y parecernos a sociedades de esporádicas resistencias que no tengan traducción política.

Las memorias religiosas se han “acoplado” a modelos económicos y han provisto palabras e imágenes que hoy son aceptadas por gran parte de la sociedad. El éxito de Milei es articular pedido de autosacrificio y futuro desinflacionario. Autosacrificio y devolución.

Festejar el despido de trabajadores públicos no sólo tendrá consecuencias a futuro, principalmente en los empleos privados e informales, sino que es parte de esa sociedad que exige venganza. Toda política necesita de un patíbulo. Además, ese festejo borra rasgos humanistas que las sociedades actuales están tan dispuestos a aceptar. Cada día menos de lo humano interesa. Es un concepto demasiado abstracto para una antropología del mercado que imagina una persona buscando beneficios frente a otros e imponiéndose sacrificios para logra un juego a futuro mejor. El ethos religioso sacrificial nos ha colonizado. Abraham hoy ha vencido.

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