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11 de diciembre 2021

Juan Di Loreto

ASÍS, EL LUGAR DEL NARRADOR

Tiempo de lectura: 3 minutos

A la literatura y a los autores nunca se llega tarde. De alguna forma siempre están ahí. Casi como un destino, si pertenecen a la cadena cultural en la que uno está inserto sus escritos van a llegar a nuestras manos. Y con Jorge Asís, el Turco, un poco sucede eso.

Antes que el analista televisivo en las noches argentinas, Jorge Asís es un escritor. De novelas, de aguafuertes, de ficciones políticas, de análisis… pero sobre todo es alguien que escribe. Un artesano de la palabra. Asís es un afán por la narración, por el contar, pero sobre todo, quizás derivada de su faz literaria, el esfuerzo por construirse como un narrador de la política. Porque el narrador no es solo el que cuenta, sino el que tiene la posibilidad (la fortuna) de elegir dónde colocarse en el relato. La escritura da una posibilidad que la vida nos niega a menudo: poder situarse donde uno quiera.

Por eso el narrador es la construcción de un lugar. Esto es un rasgo que presenta en sus novelas. Un juego topográfico en la narración: afuera y adentro, lejos, escamoteado, autobiográfico por momentos. En Flores robadas en los jardines de Quilmes encontramos lo siguiente: “Mejor, en todo caso, es ponerme a juguetear, por ejemplo retomar la recursiva tercera persona, así yo mismo trato, con el lenguaje, de embaucarme y de creer que estoy hablando de otro, de cualquiera de mis tantos personajes de ficción…”.

Homero va adjetivando tanto a héroes como dioses. Atenea, la de los ojos glaucos o Aquiles, el de los pies ligeros. En sus escritos, Jorge Asís va nominando a los protagonistas y lugares pero con cierta raíz arltiana

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Y Asís encontró –mejor dicho fabricó-  cierta forma equidistante de posicionarse frente al juego político, pero sin perder la audacia. Aquí, lo que podemos llamar “estilo Asís”, aparece como algo central, la forma es tan importante como el contenido. Porque como narrador desdramatiza la escena. Serena las aguas para poder interpretar y aleja su discurso de la obviedad irredenta de la grieta. La de Asís es una hermenéutica donde no hay lugar para buenos o malos. Esos términos están descartados. Hay actores, política, intereses, como en todo, pero no hay una vara moral que detenga la interpretación para ver quién es más bueno. Lo importante es el devenir de la política misma. Por otro lado, nunca se sabe bien qué va a decir. Una virtud en tiempos donde el lector va en busca de la confirmación de su sesgo. Porque con Asís nunca se sabe, ya que su discurrir es impar, como la tangente.

Ahora bien, un punto clave de la escritura (y del habla) de Asís es cierto uso del epíteto de estilo homérico. En la Odisea, me apunta Lucas Petersen, Homero va adjetivando tanto a héroes como dioses. Atenea, la de los ojos glaucos o Aquiles, el de los pies ligeros. En sus escritos, Jorge Asís va nominando a los protagonistas y lugares pero con cierta raíz arltiana. Caracteriza a sus personajes dotándolos del sentido que el análisis necesita, pero también consagrando un personaje: La Doctora, El Poeta Impopular, El Ángel Exterminador, Geniol, El Menemcito, El Maxikiosco, etc. Como si en un nombre tratara de captar algo más que escapa a la mera descripción. Las nominaciones están armadas de tal forma que no esencializan a los personajes. Les da un aire, cierta impronta, pero no los congela.

Los desdichados y sus desdichas son su material porque ofrecen algo en el por-venir: “una vocación feroz para la esperanza”

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En una entrevista a comienzos de los años ´80 había dicho: “Escribo desde lo que sé, lo que vi, lo que me contaron, lo que me parece. Yo escribí desde el desencuentro, desde la corrupción, desde la trampa, desde la necesidad del triunfo, desde la competencia, desde la envidia, pero también desde la amistad, porque en Buenos Aires todavía existe la amistad, la lealtad, los buenos tipos”. Y sus personajes (ficticios o reales) son un poco los de la caída, el fallo, de la derrota, atragantados por la vorágine de la Argentina. Por eso en las entrevistas televisivas semanales siempre dice que nunca hace “leña del árbol caído”. Los desdichados y sus desdichas son su material porque ofrecen algo en el por-venir: “una vocación feroz para la esperanza”, la voluntad irrenunciable de tener que levantarse.