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24 de agosto 2021

Diego Labra

APUNTES SOBRE COMEDIA

Tiempo de lectura: 8 minutos

A pesar que la cultura popular sabe ser una obsesión de académicos y ensayistas argentinos desde hace por lo menos medio siglo, el humor y su historia local es un tema que aparece subrepresentado en la literatura. Ciertamente hay algo del orden de lo heurístico en este prurito, del laburo con la fuente, pudiendo encontrarse mucho más escrito sobre el chiste gráfico, impreso, que sobre las puestas teatrales, el monólogo en vivo o la producción audiovisual. Las tesis díscolas sobre “Bombita” Rodríguez, que trataron de entrar una cortada poco transitada en la concurrida reflexión sobre el pasado reciente, son la excepción que confirma la regla.

También podría especular con que este estado de la cuestión se debe a que reflexionar sobre el humor desde ese lugar es una proposición difícil. Incluso cuando leés a popes como Umberto Eco, hace ruido el intento de intelectualizar eso que es tan visceral, tan preintelectual. A la risa, como al hipo, no lo podemos controlar porque brota desde el fondo de la panza, más allá del diafragma. Esa naturaleza esquiva, renuente a ser cristalizada o sistematizada del humor es una de las puntas que obsesionan al guionista y columnista Adrián Lakerman en su podcast Comedia, una serie de conversaciones con quienes hacen reír en Argentina.

El criterio de selección de los entrevistados es deliberadamente ecléctico, “de distintas edades, muy heterogéneos, distintos rubros, humores más prestigiosos, más populares, intelectuales, de revista”. Así lo describe el mismo podcastero, trazando el arco que va desde Dolina a Fátima Florez, de capocómicos a standaperos, de un Les Luthiers a una youtuber.

Es más caro producir un programa de sketchs o una ficción cómica que levantar un decorado, plantar un conductor y mandar a dos noteros a la calle

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Si ya lo escuchás, muy probablemente lo encontraste como yo, porque alguien te pasó una entrevista una persona que los hizo reír juntos alguna vez, muchas veces. Capusotto, en mi caso. Pero en la serie que arma el programa entero aparecen indicios de una indagación más ambiciosa, una arqueología del humor en Argentina. Una historia oral que viene a cubrir un hueco que dejó la escrita. Esto Lakerman lo sabe, y lo explicita, afirmando que “en dos años van a encontrar mi podcast y por la forma en que lo trabajo no va a importar cuándo lo hice”.

Y, sin embargo, como toda historia, esta se hace desde el hoy. Acá el presente que se sienta a la mesa como el proverbial elefante en la habitación es el feminismo de la cuarta ola, que vino a cuestionar, entre tantas cosas de cosas, que nos causaban gracia. En el envión de la marcha revolucionaria el tiempo se tiende a compactar, pero sorprende constatar que la denuncia de Red de Contención contra la Violencia de Género que objetó al sketch “La nena” y sacó de circulación las perennes repeticiones de Pone a Francella del aire de Telefe sucedió dos años antes que el hashtag #Niunamenos galvanizara la demanda y un movimiento en Argentina y toda Latinoamérica.

En este respecto, uno de los consensos improbables que permite esbozar Comedia es que entre quienes viven de hacer reír se entiende que lo pasado está pisado. El humor aparece como una práctica y una producción que, a contramano de las pretensiones universalistas legadas a las bellas artes por los renacentistas, son bienes de su tiempo. Un artefacto que pierde su poder mágico sin su contexto original. Salvo uno o dos que esgrimen el necesariamente pedante “eso a mí nunca me causó gracia”, el diagnóstico general es que “tendrías que haber estado ahí para que te causara gracias”. Porque estuvimos ahí, y nos causó.

El manto de piedad se puede escuchar en boca de tipos en cuyo mejor interés es que sea así, como la vieja crew de Videomatch o los contadores de chistes del teatro de revista, pero también está en la de mujeres que estuvieron ahí, poniendo el cuerpo, como Georgina Barbarossa. En este sentido, Lakerman hace un punto de darle un foro a las actrices, escritoras, dibujantes, para quienes el humor era otro de esos lugares donde se suponía no les correspondía estar, y dejarlas echar luz sobre su propia historia y la del humor en general, de la cual ahora pueden arrogar ser parte. Incluso aparecen en la relectura indicios que en ese regresar a mirar pueden encontrarse cosas inesperadas como, por ejemplo, una serie de sketchs con inesperado filo crítico al machismo que cuenta Ana Acosta escribió Sofovich pensando en ella para Rompeportones.

A la risa, como al hipo, no lo podemos controlar porque brota desde el fondo de la panza, más allá del diafragma

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El fantasma de Woody Allen no deja descansar a nadie, atosigando en sueños con la pregunta por la separación del arte y el artista, y sin embargo hay algo del oficio bien hecho que parece imponerse y trascender. Especialmente en el caso de figuras tan parte del imaginario colectivo como Alberto Olmedo, cuyas películas amenazan con ocupar a tesistas por venir durante años y años.

Otra idea fuerte que emerge en Comedia es que la alta adopción nacional de la televisión por cable a lo largo de los noventa articuló un corte profundo en la historia del hacer reír en Argentina al introducir, en ese metraje de club nocturno con que abría Seinfeld cada capítulo, una tradición distinta, ajena, pero que echó raíces al ser apropiada por televidentes devenidos cómicos. A base de sitcoms subtituladas se crió una generación de standaperas y standaperos para quienes tenía más gracia lo que decía Chandler sobre la mesita del Central Perk que lo que contaba Landriscina en la Fiesta Nacional de Chamamé. Porque, en algunas cosas, Villa Crespo está más cerca de Manhattan que de Corrientes capital.

Ante la pregunta de por qué ya no hay producciones de humor en la televisión de aire, uno de los mantras del podcast, surgen varias hipótesis. Un factor, como marcan muchos de las entrevistadas y entrevistados, son los costos. Es más caro producir un programa de sketchs o una ficción cómica que levantar un decorado, plantar un conductor y mandar a dos noteros a la calle. También se aduce cierta pereza e inercia entre quienes producen televisión, como denuncia Malena Pichot, quien probablemente se acercó con más éxito que nadie a sintetizar la operación alquímica detrás de la sitcom argentina con Por ahora, que creó, escribió y protagonizó junto a Julián Kartun, Julián Lucero, Julián Doregger y Charo López para el canal de cable Cosmopolitan TV.

Pero me animo a decir que en la ausencia también hay algo de esa ruptura de tradiciones, ensanchada hoy por quince años de acceso masivo a Internet, que ha tendido a atomizar criterios acerca de qué nos parece gracioso. O, dicho de otro modo, ya no nos reímos todos de lo mismo. Como ejemplifica el anglicismo del elephant in the room que cité antes, si no compartimos las referencias y estereotipos, los ritmos y modos que son los bloques de los que se construye el humor, se dispersan nuestro(s) sentido(s) del humor. Una amplitud en la que definitivamente hay algo de clase, siempre lo hubo, pero creo que es más transversal si amenaza con poner en crisis a la práctica del humor. Con el vaticinado fin de la monocultura, la cultura masiva deja de ser masiva, para pasar a ser una sumatoria de nichos a medida.

Una búsqueda que se aleja de lectura fácil del ensayismo bienpensante contemporáneo, de ese entonces y ahora, que encontró en el programa de Tinelli una metáfora perfecta de la grasa de los noventa contra la cual hacer lucir sus dardos críticos

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Por otro lado, en ese mismo roce entre las tradiciones del hacer reír podría encontrarse la razón detrás de los mayores éxitos de la comedia argentina del siglo XXI, como las películas producidas y protagonizadas por Adrián Suar o el mismo Casados con Hijos, que logran traficar bajo la guisa de la comedia de situación mesocrática con aires de Sony Entertainment Television a ese viejo guiño que quiere ser cómplice a la mucama o la cuñada, un remate que no desentonaría Matrimonios y algo más.

Si hay un tono juicioso en el párrafo anterior, me hago cargo, es todo mío. Lakerman logra con bastante éxito desembarazarse de este, no solo en la selección de interlocutores, sino también blanqueando la difícil relación entre los laureles y el humor. Una cuestión que suele introducir contando una fant anécdota protagonizada por Emilio Disi, quien ante la pregunta de un entrevistador de si Francella participaría la próxima de Bañeros, respondió que su viejo partenaire estaba ahora demasiado ocupado con el tema del “prestigio” para ser de la partida. Si querés ganar un Oscar, te va a convenir elegir drama sobre comedia (salvo que dirija Billy Wilder, o la película esté ambientada en un suburbio blue collar británico).

En este sentido, puede leerse en las entrevistas a Pablo Granados y José María Listorti cierta recuperación de Videomatch por parte de Comedia. Una búsqueda que se aleja de lectura fácil del ensayismo bienpensante contemporáneo, de ese entonces y ahora, que encontró en el programa de Tinelli una metáfora perfecta de la grasa de los noventa contra la cual hacer lucir sus dardos críticos, y propone con temperamento sociológico reponerlo en la serie de productos culturales que hicieron reír a un país (casi) entero, reflexionando por qué nos parecía gracioso entonces e, incluso, que sigue siendo gracioso hoy.

Pero es igual de cierto que contar una historia implica, por necesidad, ordenar sus partes, poner unas antes que otras, jerarquizarlas. Si hay un canon esbozado por Lakerman, una operación crítica que resulta novedosa para estos productos culturales tan pedestres, Cha Cha Cha de seguro sería su centro, su Borges. Cuando le preguntan al conductor a quién le gustaría entrevistar, no duda en decir Casero.

Cha Cha Cha, ese programa que no veía nadie, pero que duró cuatro años en pantalla. De culto, difícil, críptico, pero a la vez popular (un poco por fuerza de lo que hicieron después quienes lo hicieron). Una propuesta televisiva de aire que encontró una segunda vida en las repeticiones trasnochadas en el cable y, más luego aún, una tercera cuando sketchs recortados de esa posterior transmisión de I-Sat hallaron su camino a Youtube. Un Aleph del humor argentino, para seguir con la metáfora borgiana, donde confluyeron Alfredo Casero, Mex Urtizberea, Pablo Cedrón, Todo x $2, actrices que actuaron en todo como Vivian El Jaber y Mariana Brinski (la esposa en el sketch de “La nena”), y hasta el show del chiste tinellesco, gracias a las intervenciones llenas de papel picado del Alacrán.

A pesar de esa diversidad de sensibilidades, o quizás, precisamente por ella, en Cha cha cha primó el humor más absurdo, casi dadaísta, donde muchas veces hasta se olvidaban de buscar la risa. Una probadita de esa mitologizada vanguardia del Parakultural disponible por siempre para todos los que nacimos demasiado tarde y lejos para visitar el Parakultural.

Recuerdo haber ido a una de las primeras exposiciones expuestas tras la inauguración del Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires. Entre cuadros de figuras geométricas y colores primarios y grotescas piezas de resina que colgaban del techo había una muestra de un videoartista francés del que siempre me arrepentí no haber anotado el nombre. En una de sus piezas, aparecía, gracias a un juego de proyección y espejos, en miniatura patinándose sobre un vinilo que giraba mudo. En otra, proyectada en loop en un televisor, interpretaba a un voyeur que se excitaba viendo en una pantalla un par de piernas con medibacha y rematadas con zapatos de tacones, que no eran más que las suyas propias, filmadas en vivo por una cámara detrás suyo. Una especie de ciempiés humano como comentario de los medios masivos. Esto parece Cha Cha Cha, pensé, y está en un museo. Es decir, un humor que en su poco compromiso por agradar al gran público, en su egoísta búsqueda por el placer de la búsqueda misma, ya está bastante cerca de lo que es considerado arte.

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