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23 de abril 2022

Juan Di Loreto

A PESAR DE NOSOTROS MISMOS. IMPOSIBILIDADES DE LA POLÍTICA ARGENTINA

Tiempo de lectura: 5 minutos

Este es un texto bien de época, como todos, pero que vence más rápido. Sólo para ser leído en estas condiciones políticas de existencia. Y esas condiciones (condicionantes) son: una vicepresidenta que elige a su Presidente y, en el devenir del mandato, pierden todo diálogo. No es, como todos sabemos ahora, un dato menor porque esa relación condiciona todo el orden público. Así como la grieta todo lo permea, esta ruptura filtra cualquier cosa que se haga pública. Porque todo es un poco leído bajo esa tensión. Y desde aquí es un poco una excusa para hablar de la importancia de las formalidades, la presencia y de política, por supuesto.

Y lo primero que se puede decir es: la formalidad en la vida social no es algo trivial. No es un ornamento ni un accesorio. Muchos tienden a desdeñar un poco esto poniendo el foco en que lo importante es el “contenido” y no la forma de las cosas. Pero sabemos que la forma es tan -o más- importante que el contenido. No hay una cosa sin la otra. “Es una formalidad”, se dice muchas veces. Pero las formas organizan encuentros, negociaciones, reuniones. Es la manera de hacer que los protagonistas se sienten a la  mesa a pesar de ellos mismos. Por algún lugar se empieza. En ese sentido, la coalición de Juntos por el Cambio tiene un reservorio para el encuentro: con todas las diferencias, los dirigentes van, se sientan, se ven las caras, etc. Desdeñar los modos, también es darle una excusa al otro.

En segundo lugar: la ausencia no hace política. Por eso Twitter, la televisión o las cartas (posteos) tienen un límite: dicen, pero no ponen el cuerpo. Se pone un nombre, un significante que remite a alguien o a lo que alguien significa, una grafía. Pero no el cuerpo. Y poner el cuerpo es poner la cara. Dejarse ver por el otro, estar en situación. Escribir siempre es una distancia, un escamoteo de la presencia y es un poco vaciarle el lugar al otro (porque esto es política, no literatura). La presencia no. Exige en el momento, te compromete ontológicamente, es decir, compromete lo que uno es en un momento. Y en ese momento no podemos escapar. Decís algo o haces silencio o un gesto, etc, porque el cuerpo nunca deja de expresarse. Es la permanencia de la significación.

"La formalidad en la vida social no es algo trivial. No es un ornamento ni un accesorio. Muchos tienden a desdeñar un poco esto poniendo el foco en que lo importante es el “contenido” y no la forma de las cosas. Pero sabemos que la forma es tan -o más- importante que el contenido. No hay una cosa sin la otra."

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Tercero: mucho conflicto pero pocas nueces. Ciertos espacios políticos siempre hicieron gala de incluir (y bien) al conflicto entre su arsenal teórico. Pero aquí el conflicto se ahorra un momento central: el diálogo con el otro. Para hacer carne aquello de que cuando los peronistas se pelean y, en realidad, se están reproduciendo, las partes de Todos deben confrontar en el marco de un encuentro dialogado. Un diálogo que valga la pena, verdadero, debe ser un diálogo en el que uno arriesga; y arriesgar es dejar abierto el sentido que quizás nos haga cambiar de parecer. Para la realpolitik plantear esto es de una ingenuidad cósmica. Implica dejar de lado lo que no se dice: los intereses concretos, el lobby, etc. Pero los intereses existen, es así, mueven el mundo. Negar también eso es una doble ingenuidad. El secreto, quizás, sea que todo pueda convivir un poco. Ahí, en ese punto de mediar entre el interés y “la gente” vive la política. Por eso todo es política.

Pero de las facciones en pugna ninguna parece arriesgarse a ir a esa instancia negociadora. Se apilan signos sobre signos para ser interpretados si acercan o no posiciones, pero de diálogo concreto no. El diálogo verdadero, como decía Martín Buber, implica tomar al otro como un igual y no como una cosa. El otro nos hace vulnerables, nos expone al fallo o, para las “almas enfáticas” (la expresión es del semiólogo José Luis Fernandez), los expone al consenso. Porque parece que consensuar es bajar alguna bandera. Allí es donde aparecen los gestos de ruptura, que son un facilismo en el fondo. Mejor es irse, que emprender la trabajosa construcción de algo. Y peor si se dice querer lo mismo. O esa elipsis en que viven los dirigentes de pensar en el 2023 cuando parece que ni siquiera llegan a fin de mes.

La convivencia de esta coalición de gobierno se parece mucho a A puerta cerrada, la clásica obra de teatro de Jean-Paul Sartre, donde los personajes pasan la eternidad en una habitación con otros seres humanos. Es la forma que tuvo Sartre de “descubrir” que el verdadero infierno es el otro, pero no porque el otro sea “malo”, sino por lo inevitable que resulta en la vida de lo humano. La clásica escena de la mirada: cuando estoy rodeado de objetos estoy a salvo, soy un sujeto entre cosas. Pero la aparición del otro en el horizonte es el que introduce todas nuestras vulnerabilidades. El otro mira como nosotros y nos puede volver cosa, es que el nos hace sentir vergüenza o desazón, valientes o cobardes…  Sin el otro no somos nada. Es la tensión permanente de ceder ante el ser ajeno. Tensión que nunca se resuelve y siempre nos pone en peligro. Por eso es preferible cartas y tuits a encuentros con el otro.

"Porque parece que consensuar es bajar alguna bandera. Allí es donde aparecen los gestos de ruptura, que son un facilismo en el fondo. Mejor es irse, que emprender la trabajosa construcción de algo. Y peor si se dice querer lo mismo. O esa elipsis en que viven los dirigentes de pensar en el 2023 cuando parece que ni siquiera llegan a fin de mes."

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Ahora bien, este Sartre en que nos apoyamos para metaforizar la tensión permanente en el gobierno es un Sartre pre político, con una mirada más ontológica, del ser de las cosas. Es una mirada concreta, pero le falta lo universal, la relación social, para decirlo rápido. A ese Sartre le falta más Hegel (o sea un poco de Marx, que era hegeliano, no marxista). Y eso que le faltaba al Sartre de 1942 es de lo que carece el Frente de Todos. Para salir de aquella habitación cerrada donde todo es tensión, se debe quebrar la individualidad para alienarse (la expresión es del Sartre social de los 60)  a un proyectos con otros. Dejarse un poco de lado para formar un nosotros (nos-otros).

El único proyecto que vale la pena es el que se hace a pesar de la propia individualidad. Si no es un proyecto personal. Esto vale para Todos, para Juntos, para los Libertarios y la izquierda. Pero también para organizaciones y empresas. Tomamos aquí el peronismo porque se ha transformado en un gran ejemplo de esa encerrona antipolítica. Necesitamos de los otros y los otros necesitan de nosotros para construir algo que no se parezca a ninguno. Porque si no hacemos algo con este tiempo, el único que tenemos, estaremos (más) solos y preguntaremos como Nietzsche: “¿No estamos cayendo continuamente? ¿No cae continuamente la noche, y cada vez más oscura?”.