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22 de junio 2024

Leandro Dario

LINO BARAÑAO: “UN EGRESADO QUE RECIÉN SE RECIBIÓ PREFIERE ENTRAR A UNA STARTUP QUE AL CONICET”

Tiempo de lectura: 10 minutos

Lino Baraño fue, posiblemente, la última política de Estado de Argentina. En tiempos de grieta, se mantuvo en su cargo tras la asunción de un gobierno de distinto signo político. Su continuidad en el ministerio de Ciencia y Tecnología con Mauricio Macri fue explicada por Marcos Peña como el reflejo de “una política de Estado en materia científica”. Ese gesto de continuismo programático parece una “antigüedad” en esta Argentina de los que “la ven” y los que “no la ven”, de la casta y de los argentinos de bien, del ajuste fiscal con algo de motosierra y mucho de licuadora. Hoy Lino no está más en la función pública. Es vicerrector de Ciencia y Tecnología de la Universidad Maimónides y asesora a empresas y startups. Una de las tareas que le consume tiempo es crear un INVAP de los alimentos que se convierta en una plataforma para exportar al mundo. En diálogo con Panamá, critica al Gobierno, pero también al Conicet. Y señala cuáles son las áreas científicas y tecnológicas donde Argentina puede pegar un salto, ser competitivo globalmente, y aportar al desarrollo del país.

-¿Cuáles son las investigaciones científicas que más te entusiasman y que pueden ser un impulso para el desarrollo de la ciencia, pero también del país?

-Hay muchas áreas de excelencia en Argentina, pero en la que creo que es más fácil aportar soluciones a los dos problemas que tiene el país, que es la generación de empleo y divisas, es en la agroindustria. De hecho, yo siempre quise hacer algo competitivo en alimentos. La tecnología de alimentos es el 5% de las investigaciones, pero es el área que más se destaca en competitividad a nivel mundial, más que la física, más que la biología molecular. Pero fijate esta paradoja: tenemos un INVAP que fabrica rectores nucleares y satélites, tenemos una Fundación de Nanotecnología, tenemos una Cámara de Biotecnología, tenemos un Instituto de Medicina, pero no tenemos un INVAP de los alimentos. Y Argentina vive de la producción de alimentos. Hace poco encontré un centro, que es una organización civil sin fines de lucro, que se llama CIATI, el Centro de Investigación y Asistencia a la Industria, creado por los productores de frutas de Río Negro. Es el instituto con mayor densidad de equipamiento del país: tiene 15 millones de dólares en equipamiento, lo más sofisticado. Lo que hacen es control de calidad de los alimentos que se exportan. Tienen que tener el último equipamiento porque existen barreras paraarancelarias y pueden rechazar los productos. Lo que estamos haciendo es crear un nuevo animal en el ecosistema, que es una catalizadora de cadenas globales de valor en el área de alimentos. Va a estar constituida por este centro y va a incorporar una interface internacional, que es una asociación de ex ejecutivos de empresas alimentarias, que se llama Bebord Foods. Ellos son los que saben qué es lo que el mundo está necesitando, son los que pueden hablar con los gerentes actuales de las grandes compañías de alimentos.

-¿Cuál sería esta vuelta de rosca en la producción de alimentos?

-Lo que estamos armando entre CIATI y Bebord es lo que se llama un one-stop-shop, un lugar donde tenés todo. Vos venís acá, yo te digo qué es lo que te quieren comprar, cómo lo podés hacer, quién te va a financiar, y te acompañamos en todo ese proceso. No es esta sola estructura de cientos de personas como fue originalmente el INVAP. Se cobra por servicios establecidos y son entidades autónomas. El sector alimentario tiene potencial y no está aprovechado. Hay un nuevo cliente, un nuevo consumidor responsable, que yo llamo de hedonismo ético. La gente quiere disfrutar de lo que come, y gasta más en comida que en la cuota de un departamento. Si como esta barrita de chocolate, quiero saber que la está produciendo una familia peruana que vive en el Amazonas porque es el cacao original. Y quiero que me cuente una historia. Y ahí podemos entrarle. No solo Argentina, toda Latinoamérica puede hacerlo. Agregarle valor, no solo a través de la tecnología, sino a través de la historia y de la cultura. Ahí tenemos un factor de competitividad. Ya otros países lo han hecho. Perú, gracias a Gastón Acurio, con la fusión entre la cocina japonesa, la peruana y la europea, logró que el turismo gastronómico en ese país sea responsable del 10% del PBI. Emplea a 340.000 personas. ¿Por qué no podemos hacer algo parecido?

La tecnología de alimentos es el 5% de las investigaciones, pero es el área que más se destaca en competitividad a nivel mundial, más que la física, más que la biología molecular

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¿Qué tan importante es Argentina en biotecnología a nivel mundial?

-Tiene un papel relevante, no solo en ciencia, sino que también fue uno de los países que primero tuvo actividad económica. En 1982 se crea Biosidus, una empresa que es la única en el mundo, que ha hecho proteínas recombinantes en bacterias, animales clonados transgénicos, y vegetales transgénicos. No hay una empresa en el mundo que haya hecho más de dos de esas cosas. La primera clonación la hacemos acá en 2002, seis años después de la primera clonación mundial. No hay muchos casos de tecnologías que se hayan desarrollado con tan poco intervalos con la novedad mundial. Eso fue en gran medida por la tradición científica que tiene el país centrada fundamentalmente en ciencias de la vida. Recuerden que los padres fundadores de la ciencia argentina son Bernardo Houssay en fisiología y Luis Leloir en bioquímica. Yo soy nieto científico de Houssay. Mi director de tesis fue discípulo de él. Leloir era un tipo muy introvertido, prácticamente no salía del laboratorio, muy tímido. Y Houssay era un tipo muy activo y muy convencido de la importancia de las instituciones. Por eso creó el CONICET, la Asociación para el Progreso de la Ciencia, la Asociación de Ciencia y Tecnología. Creía que lo que perduraban eran las instituciones. Eso dio lugar a que se extendiera a todos los medios científicos. Y eso después se transmite a la posibilidad de crear una industria. El otro componente es que el sector agropecuario argentino es innovador. A diferencia del granjero del Midwest, el chacarero argentino está siempre pendiente de las novedades. No sólo renueva la maquinaria, sino que va a los congresos a ver qué es lo nuevo. Y eso se transmite a la creación de Bioceres, por ejemplo. Empieza con la AAPRESID, pioneros en siembra directa en Argentina. Y después se da el hecho bastante inusual en América Latina, que es una asociación de productores que crea un instituto de investigación. Ese centro es el INDEAR, el  Instituto de Agrobiotecnología de Rosario, que fue construido con financiamiento del BID, pero sin la iniciativa de ese grupo privado, nunca se hubiera hecho. Tenés no sólo una escuela científica que genera conocimiento, sino un sector empresarial capaz de absorberlo.

-¿Cómo son esas empresas que se nutren del sistema científico argentino?

-En la mayoría de los rubros, no hay empresas nacionales capaces de absorber la tecnología que se desarrolla en el sector científico. Son bastante primarias muchas de las industrias argentinas. Sin embargo, con esta tecnología y con la influencia de estos grupos más esclarecidos, se empieza a crear esta cohorte de empresas capaces de relacionarse con el sector científico. Empieza justamente con Biosidus, que empieza a relacionarse con científicos y logran hacer un producto comercial. Argentina es el país de América Latina que tiene mayor densidad de empresas de base tecnológica. De ellas, las bio son las más importantes. Eso es lo que le da a Argentina la posibilidad de ser competitiva en este rubro. Tiene recursos humanos altamente calificados, un sector privado también competitivo, sobre todo porque hay un sector farmacéutico único en América Latina. Argentina desarrolla la tecnología y vende productos al mundo basados en tecnología. No tenés muchos otros casos en la región. Estos elementos son los que permiten suponer que es una de las áreas en las que Argentina puede basar su desarrollo futuro.

-¿Por qué estas empresas de base biotecnológica están localizadas en la región centro del país, fundamentalmente en el polo Rosario, Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires? ¿Coincide con que ahí estén los productores agropecuarios de la zona núcleo?

-Sí, coincide. Rosario es el caso más típico. Rosario tiene una buena escuela y un sector empresarial pujante e innovador. Y Córdoba también tiene una buena escuela de ciencias que es también creada por impulso de Houssay. Sus discípulos se fueron a colonizar en el interior. Lo que hoy explica la buena actividad es esa base científica y un sector privado innovador, capaz de absorber ese conocimiento y aplicarlo.

La otra cosa es que los evaluadores del Conicet no saben cómo evaluar patentes. Solamente cuentan papers. Entonces, si un becario se pasa cuatro años haciendo algo que finalmente es una patente, y en ese tiempo no puede publicar nada, corre serio riesgo de quedarse fuera de la carrera

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-¿Cómo podemos hacer para que Argentina patente más investigaciones?

-Es un tema complejo. La primera cosa que yo hice cuando entré en 2003 a la Agencia era crear un instituto para patentamiento. La idea fue que fueran estudios profesionales los que registraban las patentes. Y ahí empezamos a ver que también había un desconocimiento. Los científicos creían que estaban haciendo cosas innovadoras porque consultaban bases de datos. Pero cuando iban a patentar, esto que estaban trabajando hace 10 años se había patentado hace 15 en otro país. Con lo cual el Estado había invertido mucho en algo que no iba a tener nunca. Eso cambió y ahora la gente ya sabe cómo es la base de patentes. El otro tema que impulsamos después es solamente financiar patentes que tengan un adquiriente, es decir alguien que las vaya a adaptar. Patentar y sobre todo mantener y litigar la patente es muy caro. Es más caro que el financiamiento del proyecto original. Gastás más en abogados que en biólogos y bioquímicos. Entonces, si vos no tenés una empresa interesada, no tiene sentido patentar. Vos tenés que venir con una idea, “yo quiero patentar esto y me la va a comprar fulano”. Patentar tiene sentido en aquellos casos en que uno puede valorizar esa patente de alguna forma. La otra cosa es que los evaluadores del Conicet no saben cómo evaluar patentes. Solamente cuentan papers. Entonces, si un becario se pasa cuatro años haciendo algo que finalmente es una patente, y en ese tiempo no puede publicar nada, corre serio riesgo de quedarse fuera de la carrera. Para los casos en que la gente tiene una orientación más tecnológica tiene que haber un jurado distinto, eso es algo que el Conicet se resistió a hacer, porque en el ADN original no estaba el tema de la aplicabilidad y del patentamiento. Pero ahora, con el auge de las startups, que necesitas tener una patente para que alguien te financie un proyecto, eso también está cambiando. Agregaron al formulario patentes. Hay un puntaje que van a recibir por ese lado. Y la otra cuestión es empezar a reorientar un poquito la formación de recursos humanos hacia cosas más aplicadas.

-¿Cómo podría hacerse eso?

-Cuando vos entrás a una beca del Conicet para hacer un doctorado, tenés un plan de estudios. Y ese plan de estudios generalmente es una ultra especialización de aquello con lo que vas a hacer la tesis. Si vos te especializaste en una mariposa de la Antártida, vas a saber todo de mariposas de la Antártida, y el día que se termine tu beca, no vas a sobrevivir en el mundo real. El único motivo por el cual ese plan de estudios se aprueba de esa forma es para darle posibilidad de tener alumnos a todos los que tienen cursos de posgrado. Están formateados para seguir haciendo investigación básica, que es lo que aprendieron a hacer. No tenemos expertos en desarrollos tecnológicos, en tomar una idea novedosa y llevarla a un producto que pueda ser comercializado. Nos falta la pata de innovación. Hay cantidad de información, muy original, que no llega nunca al mercado.

-¿Y cómo podemos salvar ese abismo entre el sistema científico y el mundo de las startups?

-Es una distancia que se va acortando. Si vos le preguntás ahora a un chico que recién se recibió de la carrera científica, prefiere entrar a una startup y no al Conicet. Por varios motivos. Uno es que va a tener más fondos para hacer investigación que los que tiene en el sistema público. Hoy las startups cuentan con u$s 250.000 de base para empezar el capital semilla. Los subsidios de la agencia son u$s 5.000 por año para un grupo. Es más fácil que publiques un paper en una startup que en un laboratorio del Conicet. Y además, establecer una empresa te suma un área de placer más. Todo el mundo hace investigación por el placer de entender, por la curiosidad y por sentirte alabado por tus colegas. Pero si además de que todos te consideren inteligente y creativo, vos lográs que eso que se te ocurrió, sea un fármaco que llega a curar gente, y si en ese proceso creaste una empresa también generaste empleo. ¿Qué es la demanda que las sociedades más desarrolladas hacen a la universidad? Esperan que el graduado genere un puesto de trabajo digno para los que no pudieron ir a la universidad. Esta responsabilidad ética del graduado universitario, de la universidad pública, de ver cómo genera empleo para otros, no está en el discurso. En el discurso se dice que la universidad trabaja para el beneficio de la sociedad, que es un significante vacío. Cuando decidí crear la incubadora de empresas en Exactas, contra la opinión de los profesores y los estudiantes, que en ese momento eran maoístas, me decían que eso era mercantilizar la ciencia y privatizar el conocimiento público. Finalmente la logré hacer y meses más tarde hablé con el embajador de China. Yo le decía: “mire embajador lo que piensan los chinos de mi facultad, los maoístas”, y me contestaba: “Dígale a esos chicos que vengan a hablar conmigo. En China, si un estudiante o un profesor encuentran algo valioso, tienen la obligación moral de crear una empresa al servicio de su pueblo”. Por eso, el 75% de los graduados en las universidades chinas quiere crear una empresa y solamente un 15% quiere ser empleado público.

-El Conicet es muy cuestionado por la base electoral que llevó a Javier Milei al poder. ¿Qué le dirías al presidente si hablaras con él del Conicet?

-Soy muy amigo de Daniel Salamone, que es el actual presidente de Conicet. El problema del presidente es con las ciencias sociales en particular. Lo que molesta a un discurso autoritario es el pensamiento crítico. Un biólogo no te jode. Nunca va a opinar lo que estás haciendo, si tu modelo económico está mal o no, si es mejor uno distribucionista que uno basado en el mercado. Los únicos que tienen esta posición crítica son los científicos sociales. Le molestan más los economistas, evidentemente. Yo fui gremialista durante 18 años antes de ser funcionario. Nunca vi hechos de agresión al sistema científico como los que se dan ahora, esto de insultar a los científicos porque son del Conicet. La gente se engancha con el discurso agresivo.

¿Qué es la demanda que las sociedades más desarrolladas hacen a la universidad? Esperan que el graduado genere un puesto de trabajo digno para los que no pudieron ir a la universidad. Esta responsabilidad ética del graduado universitario, de la universidad pública, de ver cómo genera empleo para otros, no está en el discurso

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-¿Qué dice eso de esta era social y política que estamos viviendo?

-Cuando yo pasé del gobierno de Cristina al de Macri, al mes siguiente me invitaron de la Asociación Americana por el Progreso de las Ciencias, la que edita Science. Me preguntaron: si viene Trump, ¿cómo nos aseguramos de tener cierta continuidad? Estaban detectando que la sociedad empezaba a ver a los científicos como un grupo de interés particular. Lo cual es grave, porque los científicos tienen la responsabilidad de transmitir información fidedigna. No digo verdades, pero información por lo menos validada. Si empezás a pensar que los científicos tienen un interés particular, que están todos comprados por las multinacionales, y dejás de creer en lo que te dicen, estás en un problema. Y esto se junta, no es casual, con el movimiento antivacunas. El argumento es el mismo: “vos estás pagado por las multinacionales y no te voy a escuchar”. Eso es lo que está pasando hoy con los científicos.