21 de Junio de 2024 •

18:35

Buenos Aires, AR
18°
llovizna ligera
95% humidity
wind: 9m/s S
H 19 • L 17
17°
Sat
14°
Sun
11°
Mon
11°
Tue
12°
Wed
Weather from OpenWeatherMap
TW IG FB

01 de junio 2024

Tomás Delgado & Francisco González Chiaramonte

Licenciados en Sociología (UBA) e integrantes de Generación por el Desarrollo.

2002: EL AÑO ALEPH QUE CONTIENE LA SALIDA

Tiempo de lectura: 7 minutos

La pos-convertibilidad y sus enseñanzas para el laberinto argentino

En tiempos donde el sistema político se muestra sistemáticamente más desorientado que ayer, pero menos que mañana, nos pareció importante escribir sobre una idea que venimos charlando hace bastante: la falta de debate y reconocimiento que merece el interregno 2002-2003 de Eduardo Duhalde. Fundamentalmente, creemos que es importante focalizar en los primeros cuatro meses que condujo económicamente Jorge Remes Lenicov. El ex ministro, dicho sea de paso, escribe también en la edición de hoy un diagnóstico de las necesidades de política económica para que un país en crisis como el nuestro salga adelante, acompañado de una ratificación de la importancia de los acuerdos políticos. Desde nuestro punto de vista, y en la misma línea que Remes, el año 2002 condensa una cantidad de componentes que lo vuelven el Aleph de la política argentina del presente siglo. En su célebre cuento, Jorge Luis Borges reflexiona sobre la existencia de puntos, momentos u objetos que encierran de forma simultánea la caótica infinitud del universo. Por esa razón, lo consideramos un momento histórico de alta densidad, del cual pueden surgir elementos interesantes a tener en cuenta en los tiempos que corren.

Remontémonos al momento en cuestión. Allá por enero asumió el poder el primer vicepresidente de Carlos Menem, designado por la Asamblea Legislativa para darle continuidad constitucional a la ocupación del sillón de Rivadavia. El gobierno de emergencia llegaba para ocupar el vacío de poder resultante de un largo proceso acumulativo de desolaciones: la ruina del menemismo, el estallido de la Convertibilidad, el fracaso de la alianza y el de la semana de pasamanos presidencial de diciembre. El hombre a cargo era el vencido por De La Rúa en 1999, ahora vencedor en los comicios legislativos del 2001. Sin embargo, tenía una dificultad adicional: la poca legitimidad que había tenido esa elección de medio término, en la cual la sumatoria de votos nulos y blancos llegaba a 4.508.883 a nivel nacional, y a 1.644.996 a nivel provincial de Buenos Aires (su distrito). Es decir que cerca del 25% de quienes se acercaron a votar (75% del padrón en ese momento) no se sentían representados por la oferta electoral que el sistema político les ofrecía. Ese cuadro de situación, inmediatamente anterior al “que se vayan todos”, era la antesala y, tal vez, primera manifestación de una fuerte crisis de representación que comenzarían a transitar las instituciones y los partidos políticos de nuestro país, cuya máxima expresión quizás la podamos rastrear entre los fundamentos principales del voto a Milei.

Por este motivo, el gobierno de transición estaba doblemente obligado a tener, en menor tiempo, mayor efectividad y eficiencia que cualquier otro desde la vuelta a la democracia, dado que hacía falta yuxtaponer dos metas (en los papeles) difíciles de compatibilizar:

  1. Reconstruir la autoridad del Estado, para que volviera a ser eficiente en su rol de garante de condiciones para el desarrollo social y productivo ;
  2. Construir una alternativa al agotado modo de acumulación basado en la Convertibilidad, que había cambiado la inestabilidad cambiaria y monetaria por la desindustrialización del país y la desocupación masiva. Tal vez, si la gravedad de lo descrito habilita un poco de humor, lo más cercano a un calco de la curva de phillips.

No se logró aprovechar ese éxito parcial para impulsar reformas (de tinte progresivo) que volvieran estables y duraderas la recuperación del trípode empleo-actividad-ingresos

Compartir:

En ese contexto casi terminal, los primeros meses marcarían la suerte del plan. Si no era todo, sería nada, parafraseando a la ex-candidata que le puso fin a la existencia de Juntos por el Cambio. Consciente de que caminaba por un hilo fino, el mandatario oriundo de Lomas tendió un puente con el ex Presidente (y, en ese momento, senador), Raúl Alfonsin, jugando, tal vez, la última ficha de validación que pudieran tener los principales partidos de masas del siglo XX argentino. Dicho entendimiento fue clave para que asumiera el rol de Jefe de Estado, tuviera sus primeras herramientas vía sanción de leyes y completara su primer gabinete.

A partir de la descripción realizada es que se puede comprender mejor la caracterización de ese gobierno de transición que motiva esta nota, en tanto interrogante, ya que no pretendemos plasmar una oda, sino recuperar de nuestra historia reciente un conjunto de herramientas y soluciones al tormentoso escenario que nos aqueja. En este sentido, a nuestro criterio también, solo de esa forma pudo Duhalde construir un sostén político institucional que lo acompañase para encauzar la mayor crisis social-económica-política de nuestra historia.

Cabe aclarar que, dado el fuerte carácter presidencialista que nuestra cultura política le reclamó siempre al sistema de partidos, el nombre que se le puso a esa alianza entre justicialistas y boinas blancas fue el de “Gobierno de Unidad Nacional”. Ese término fue retomado en la última campaña electoral por Sergio Massa, siendo el segundo candidato presidencial que lo hizo de manera explícita; el primero en hacerlo fue Juan Domingo Perón, al proponérselo a Ricardo Balbín, quien finalmente sería su rival en 1973. Saber si Perón en su momento o Massa recientemente tenían razón en su propuesta es imposible, pues sería contrafáctica la afirmación o negación. Lo que sí está a la vista son los resultados de esa articulación temporal que hubo entre 2002 y 2003.

Una breve reseña en el plano económico es la que publicó el mencionado Remes Lenicov en su último libro, 115 días para desactivar una bomba. Algunos de ellos fueron la salida del 1 a 1 con estabilización cambiaria, el salto inflacionario sin espiralización, la competitividad externa, la recuperación del tándem actividad económica-empleo, la acumulación de reservas, el desendeudamiento público-privado, la dotación de legitimidad para la toma de decisiones al Estado y el reencauzamiento del proceso democrático desde el 2003 en adelante de forma ininterrumpida. En síntesis, cierto orden y posibilidad de progreso.

El libertario, en los inicios de su gestión y a pesar de las bombas de humo como el fallido Pacto de Mayo, parece no haber decodificado que llegó a Olivos de la mano de una ola federal y policlasista

Compartir:

Ahora bien, la pregunta que nos hacemos entonces es qué llevó a que el país haya dejado pasar tantas oportunidades desde que se sentaron las bases. Solo por nombrar algunas:

  1. No se logró aprovechar ese éxito parcial para impulsar reformas (de tinte progresivo) que volvieran estables y duraderas la recuperación del trípode empleo-actividad-ingresos;
  2. el kirchnerismo no pudo, al menos por su cuenta, encarar una diversificación productiva perdurable de la mano de los superávits gemelos y el boom de los commodities;
  3. el macrismo no aprovechó la suma [capacidad inédita de tomar crédito] + [apoyo político inicial de múltiples actores] para desarrollar un proyecto de país alternativo y sostenible. No mejoró la infraestructura, no desarrolló sectores ni abrió mercados. Solo quedó un infinito cronograma de vencimientos de pago;
  4. el Frente de Todos no pudo aprovechar un contexto de crisis a nivel global para resetear la agenda del país. Un poco por la acumulación de shocks externos inédita, es cierto, pero también por una falta de acuerdo sobre un rumbo de mediano plazo entre los accionistas de la coalición, plasmado en el internismo adolescente a plena luz del sol.

La vigencia de aquellos tiempos en estos que transcurren

Dicho todo eso, veamos por un instante el presente y porque él mismo reclama aprender del 2002 para lo que viene. Ya pasaron seis meses del gobierno de Javier Milei. El libertario, en los inicios de su gestión y a pesar de las bombas de humo como el fallido Pacto de Mayo, parece no haber decodificado que llegó a Olivos de la mano de una ola federal y policlasista. Es por eso y no por otra cosa que su candidatura fue la única herramienta que encontró una sociedad agobiada para decir que estaba harta. Harta no de alguien en particular, sino de toda una generación de dirigentes que acumularon, en lugar de propuestas, latiguillos impotentes en la práctica. Dicho de otra manera, la presencia de una ausencia, síntoma de una severa crisis de representación (y de acción), más que la fascinación por algo novedoso.

En el marco actual de persistencia de cepos, dudas sobre la sostenibilidad de la baja inflacionaria, erosión de los ahorros, crecimiento del desempleo, cierre de empresas, comedores que se llenan con cada vez menos recursos y proto-estallidos provinciales (ver Misiones), creemos que quienes deseamos una alternativa realmente federal, productivista y con justicia social, debemos volver a mirar el 2002.

Claramente no fue gratis para los protagonistas de esa época haber tomado decisiones estructurales que tenían costos; recién se vuelve a poner el ojo en este momento histórico casi un cuarto de siglo después. Sin embargo, se destaca el haber afrontado las circunstancias conformando un acuerdo de gobernabilidad que dotará de poder político a ese intento de estabilización. Un juntarse todos cuando sonaba el que se vayan todos, que paradójicamente fue la última vez que la política encontró una solución para la población.

Es por todo eso, y por más razones que no pueden entrar en un primer análisis, que consideramos urgente releer de aquella experiencia, en la que se sentó en una misma mesa a los diferentes actores de la sociedad civil y política. Así, se podrá construir una alternativa programática que haga que el estallido libertario por lo menos haya tenido sentido, además de penurias. Ahora bien, para que así sea resulta fundamental que la mesa sea tan amplia como aquella vez. La deben integrar una gran cantidad de actores políticos además del peronismo, los sectores sindicales, los diversos empresarios, los movimientos sociales, los distintos representantes religiosos y otras tantas instituciones, todos dispuestos a poner su grano de arena para un programa bien definido. El mismo debe tener el desarrollo productivo y humano de la Argentina como eje ordenador, fijando un rumbo sostenible tanto social como macroeconómicamente. En esa línea, comprendiendo las nuevas formas de representación y los cambios en la sociedad, habrá una salida al laberinto que nos hizo perder ya una década.

Si elegimos el camino contrario, el de la disputa constante (ya sea por egos o latiguillos sin contenido), correremos el riesgo de acercarnos un poco más a algo mucho más preocupante que la polarización: la anomia social.