16 / 08 | Cultura, Política

UNA EVA TRANS PARA EL FEMINISMO DE HOY


Cuando tenía seis años encontré una estampita en un descampado que había frente a mi primera casa, en el barrio Loma Verde, al sur del conurbano bonaerense. Estaba con la barra de amigos jugando a los exploradores en un terreno de pastizales altos y algunos escombros. La estampita estaba debajo de una piedra. Era una foto gastada con una frase que no llegaba a leerse. Me la guardé en el bolsillo y salí corriendo a preguntarle a Zulema, la del quiosco, si conocía a la mujer de la foto. Me hizo una caricia en la cabeza y me contestó que “sí, claro, es Eva, la mejor de nosotras”. Tomó la estampita y se persignó.

Salí del almacén sin saber quién era Eva y sin estampita. Pero la  frase de Zulema se plantó en mi cabeza como la primera inclusión a un colectivo. Habló de nosotras. En esa frase yo no era la nena que apenas llegaba al mostrador para dejarle un puñado de moneditas y pedirle lo que me alcance de gomitas. Éramos todas mujeres. Ella, Eva y yo. Pero había una que era la mejor de todas. Mejor que mi mamá, mejor que mi señorita Susana, mejor que mi abuela Chelina. La mejor era Eva. En los libros y en las historias de mi abuelo Crespo entendí quién era esa mujer. Ya en la juventud, el feminismo amplió el sentido de ese “nosotras”.

Eva Perón Copi (2)

Hace unos días fui a ver la obra Eva Perón, de Copi, al Teatro Nacional Cervantes. Eva, la mejor de nosotras, interpretada por Benjamín Vicuña,  un hombre exaltado en las revistas por su presunta masculinidad  mujeriega. Un galán de telenovelas. Polémica, fue la etiqueta que le pusieron los críticos a una obra escrita hace casi 50 años. “Una deshonra al vivo recuerdo” de Eva, la definieron desde una CGT cholula. El repudio de hoy es la bomba que pusieron hace menos de medio siglo cuando la obra se exhibió por primera vez en el Teatro L`Epée-de-Bois, de París. Me pregunto, claro, cómo puede permanecer estanca la lectura de un texto clásico que va renovando polémica en cada puesta como si no existieran nuevas coyunturas.


"Me hizo una caricia en la cabeza y me contestó que 'sí, claro, es Eva, la mejor de nosotras'"

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La Eva de Copi es una farsa. Un estallido del mito desde el falo hasta la muerte. El texto escrito por Raúl Damonte Botana (1939-1987) toma algunos elementos de la figura histórica para darle verosimilitud a eso que cuenta. Pero enaltece, en ese recorte, todos los lugares comunes que el antiperonismo erigió para humanizar a la santa Evita. En esa ficción, Eva pasa sus últimos días en la Casa de Gobierno; finge su enfermedad, y está más preocupada por los vestidos de alta costura, los bailes de gala y las cuentas en el exterior, que por sus descamisados. Loca, altanera, cínica, calculadora. Hay en la Eva de Copi una inversión de la peculiaridad. Perón, encima, no es más que un zombie que recorre el escenario como una sombra. Eva es quien toma las decisiones en Balcarce 50, pero también frente al pueblo que llora por su mala salud. Hay sumisión en la figura del líder del movimiento. Podría ofrendar la vida por Evita.

Copi quiebra la verosimilitud histórica para darle fuerza al componente ficción. Tumbaron esa lógica las decisiones del director Marcial di Fonzo Bo de incluir en esta nueva puesta una gigantografía de Evita, su voz original a través de un discurso radial, y el fragmento de una entrevista a Copi, en la que define a Eva “como una mezcla de Marilyn Monroe y Stalin”.  Hay una imperdonable ruptura del pacto de ficción en esas inclusiones. Porque esa Eva de Copi es Eva por oposición. Hace pedazos la verdad del mito porque es ella la que fragua su propia muerte para no ponerle el cuerpo a ese inevitable proceso de canonización popular de su imagen. De esta forma, la garantía de continuidad simbólica del movimiento peronista termina siendo una gran mentira porque la abanderada de los humildes es quien transforma en parodia su propia muerte.

"Copi quiebra la verosimilitud histórica para darle fuerza al componente ficción"

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Eva intenta comprar la voluntad de su enfermera con vestidos y joyas. Clientelista. Eva destrata con gritos, humillaciones y bufonadas a todos los que la rodean. Autoritaria. Eva extorsiona a su madre con el destino de las numerosas cuentas que tiene en Suiza. Corrupta. Eva decide cómo y cuándo morir. Enferma de poder. Cincuenta años después de la concepción original del texto, todas estas caracterizaciones ya no forman parte de un ataque sino de un lugar común. No hay elementos entre los que componen esta historia que no hayan sido esbozados por el antiperonismo, pero sin el encuadre de la ficción. Eva puede ser todo eso porque es un personaje de teatro. No hay literalidad en ese discurso.

Medio siglo después, lo que sigue motorizando la polémica es que Evita sea una trans. Molesta la ruptura del conservadurismo machista que define límites en el sexo entre lo femenino y lo masculino. Eva no es una referente feminista. Eva es una referente política. Con la totalidad que eso implica. Eva era contestataria, pero sumisa frente al líder del movimiento; era la marimacha y vulgar que se ponía los vestidos de Dior para pertenecer. Eva, como parte del movimiento peronista, es difícil de interpretar para un escritor, para un director de teatro o para un actor. Copi supera esas dicotomías: rompe con la grieta de quienes la ubican en el estatus de santa y quienes la consideran una prostituta codiciosa. Su Eva está más allá de los límites del sexo.

"Cincuenta años después de la concepción original del texto, todas estas caracterizaciones ya no forman parte de un ataque sino de un lugar común"

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La Eva trans de Copi decide morir para escapar del poder. No es una mujer codiciosa. Es la que hace hablar a Perón, sumido a su voluntad y a sus designios, quien sólo interviene cuando ella lo interpela. Tiene múltiples identidades y para conseguirlas mata al mito en el que está fundada. Eva se salva porque es trans. La trans no puede morir de cáncer de útero. Es por eso que lo más literal de la historia está en el final: cuando Eva mata a su enfermera para que encarne su rol en el falso funeral frente al pueblo. Eva no muere, porque Eva es inmortal, como dirían sus descamisados.

Esta Eva en su tercera posición encarna una transversalidad que ayuda a pensarla dentro de un feminismo del siglo XXI, ese que amplió la lucha de un colectivo al que ya no considera un todo homogéneo. Un feminismo que lucha para que esas diferentes sexualidades no se transformen en desigualdades políticas, económicas y sociales. Los ideales feministas en pugna contra el machismo ya no representados con estructuras heterosexuales. Un feminismo que excede la idea de un nosotras encorsetado en lo vaginal. La mejor de nosotras hoy puede ser una trans.

"Eva se salva porque es trans"

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