22 / 04 | Mundo, Política

UN NEGRO EN LA PATRIA ROJA

Robert Robinson fue uno de los tantos emigrantes que viajaron a la Unión Soviética escapando de la Gran Depresión. En 1929 fue a trabajar en el “Detroit Rojo” desarrollado por el pacto entre Stalin y la automotriz Ford. No lo sabía pero iba a convertirse en un héroe y villano de la URSS.
Mariano Schuster @schusmariano Jefe de redacción de lavanguardiadigital.com


 

Logo Ford Sovietica

Henry Ford extendió su brazo y tocó ligeramente el hombro de Valeri Mezhlauk, aquel gordinflón ucraniano que parecía a punto de caer pasmado al suelo. En la moderna planta automovilística de Dearborn, el enviado soviético sintió que alcanzaba la cumbre de su carrera política. Hacía menos de dos años era apenas un bolchevique de cartón pintado, un burócrata de segunda línea, un aguatero de la realpolitik de la Patria Roja. Ahora, tenía frente a él al magnate de los automóviles americanos y estaba a punto de hacerle firmar un pacto histórico.

Al sentir la mano de Ford, Mezhlauk se incorporó nuevamente en la escena. Movió un poco la cabeza, y pidió a Saul Bron, representante de los soviéticos en Estados Unidos, que le alcanzaran un vaso de agua. Dio tres o cuatro sorbos rápidos, pidió disculpas por pequeño vahído y, finalmente, volteó su cara dirigiéndose al jeque de la automotriz:

-Mr. Ford, firme usted por favor. – dijo con voz ronca


El empresario lo miró con cierto desaire. Luego, apoyó su pluma en la última hoja de aquel contrato y estampó su firma.

Alejado de la escena, el jefe de operaciones de Ford, Charles Sorensen, hizo una mueca de desagrado. Aunque había trabado una discreta amistad con Mezhlauk, aquel joven ingeniero de origen danés, sabía que un hombre como Henry no podía fiarse de los rojos. ¿Que hacían ellos, ingenieros capitalistas capacitados en romper huelgas y destruir sindicatos, firmando un pacto con bolcheviques?¿Por qué aceptaban darle la mano a un enviado de Stalin si sobrevendría una segura traición? La respuesta de su jefe había sido lapidaria.

Las acciones de todas las empresas se desploman. No voy a dejar el mercado ruso a manos de Peugeot o de Citröen. Nos dan 40 millones de dólares pagados en oro mientras el resto se va a pique. Y, para colmo, lo único que les entregamos son planos y maquinaria para producir Ford A, más cinco mil autos de esa gama totalmente desguazados. Autos viejos y maquinaria que ya nos resulta inútil. ¿Son suficientes razones, no te parece Charlie?

Repentinamente, un grupo de fotógrafos se incorporó a la sala. Por favor, señores, párense allí – lanzó uno de ellos.  Mezhlauk, Ford y Saul Grigorievich Bron, esbozaron una sonrisa al unísono. En las afueras de la planta automovilística de Dearborn, ese 31 de Mayo de 1929, se había sellado el acuerdo para construir el Detroit Soviético.

"La utopía del Detroit Soviético sería posible tras un acuerdo entre Ford y Stalin"

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Lenin había asegurado que el fordismo era un método científico que debía ser implantado en la Unión Soviética. Trotsky – ese renegado al que odiaba – no dudó en definir las bondades de la “militarización del trabajo” de la automotriz. Y él, el Camarada Stalin, estaba dispuesto a hacer el sueño realidad. El culto a Mr. Henry se hizo casi tan fuerte como las alabanzas a Karl Marx. De hecho, su autobiografía My life and work fue traducida al ruso por orden expresa del bigotudo líder soviético. Llegó a vender 25.000 ejemplares.

Sentado en su sillón de mandamás, Stalin imaginaba el futuro Detroit comunista. Sería una ciudad maravillosa, plagada de fábricas humeantes, obreros engrasados y maquinarias modernas. Los obreros vivirían en monoblocks construidos alrededor de las fábricas y habría escuelas, clubes, panaderías y lavanderías para todo el pueblo. Pero ¿cómo podía hacerlo rápidamente? ¿quiénes podían concretar su sueño?

Ford_Bron_Mezhlauk

Después de meditarlo algunas horas, el Camarada
se cercioró de que solo conocía a alguien que podía hacerlo realidad. No era un revolucionario soviético ni un rojo dispuesto a modificar la historia. Era Wilbert Austin, presidente de la poderosa Austin Company. Decidió que sus subordinados se comunicaran con él.

Cuando Austin recibió la llamada del Kremlin, se quedó pasmado. El hombre dudó un segundo ante la propuesta y se preguntó que pasaba con aquellos comunistas a los que tanto temía su nación. ¿Que habían cerrado un acuerdo con Ford? ¿Que Henry estaba de acuerdo con desarrollar autos en la URSS? Austin no salía de su asombro. Ahora tenía del otro lado de la línea una propuesta sideral. Podía transformarse en constructor de una urbe entera. Antes de dar una respuesta, pidió unos minutos a su interlocutor. Agachó su cabeza y caviló unos pocos segundos hasta que volvió a tomar aquel aparato. Acepto – dijo. Sabía que los rusos no eran idiotas. Los burgueses construirían ciudades, los rojos las habitarían.

Las construcciones en Nizhni Nóvgorod, el verdadero punto neurálgico del Detroit Soviético, comenzaron pocas semanas más tarde. Cientos de ingenieros americanos se movilizaron y miles de soviéticos fueron puestos a trabajar a sus ordenes. La fábrica de automotores Gorkovsky Avtomobilny Zavod (GAZ), para desarrollar la versión comunista del Ford A, fue un éxito: estuvo lista en menos de un año. La gente de la Austin y de la Ford visitaba regularmente las instalaciones para supervisar los procesos. Todos estaban azorados.

Charlie Sorensen, aquel jefe industrial de la automotriz que había querido evitar el pacto con la URSS, abandonó sus recelos. En 1931, los líderes rojos lo llevaron a cuanta fábrica había en Moscú y Stalingrado, y le impactó encontrar a cientos de hombres que lo saludaban como a un viejo amigo. ¿Como estás, Charlie? – le gritaban mientras avanzaba por los pasillos. Eran viejos trabajadores de la Ford de River Rouge que habían llegado a la URSS escapando de la depresión americana. Según Sorensen, todos parecían contentos y felices.

En las localidades cercanas a la “Detroit Roja” Ford y Austin comenzaron a producir el modelo urbanístico. El desarrollo del GAZ-A, el primer auto soviético fabricado por Ford, estaba dando sus frutos.

"Robinson fue uno de los de obreros norteamericanos que, temerosos por la crisis, decidieron trabajar en la URSS"

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Robert Robinson no sabía nada de la Gran Patria de los Obreros y los Campesinos. Era apenas un joven negro de veintitrés años que pasaba días enteros en la fábrica de Ford de Dearborn, donde, por fin, su carrera de obrero-ingeniero parecía haber dado un vuelco definitivo. Nacido en Jamaica pero criado en Cuba, había encontrado una posibilidad de desarrollarse profesionalmente.Robinson 3

En 1929, comenzó, como todos, a sentir temor. Las empresas americanas cerraban sus puertas. Las ciudades se llenaban de mugre y los obreros se iban a la calle. Él todavía era afortunado: tenía un sueldo y un trabajo en la automotriz. Cuando sus compañeros lo llamaban a la huelga, él rechazaba sus pedidos. Cuando los comunistas intentaban concientizarlo de la situación precaria que vivían, él hacía oídos sordos. Era solo un buen chico de la Ford. Pero no dejaba de tener miedo.

En mayo, Robinson vio entrar en la fábrica a Charlie Sorensen junto a un grupo de hombres que hablaban un idioma extraño. El jefazo de la planta dialogaba con aquellos soviéticos amablemente, exhibiéndoles las bondades del trabajo mecanizado, rutinario y militarizado. Al rato, Sorensen pidió a todos que abandonaran sus tareas. La fábrica completa se detuvo un instante y los soviéticos se dispusieron a hablar con los empleados. Muchos salían con una sonrisa. Otros, en cambio, se quedaban allí, detenidos en sus puestos.

Robinson estrechó la mano de uno de los soviéticos y escuchó atentamente al hombre.

Hemos cerrado un acuerdo con su empresa y estamos buscando nuevos empleados. De aceptar nuestra oferta en lugar de los 140 dólares al mes que gana aquí, obtendrá 250. Y en lugar de pagar el alquiler de su casa, tendrá vivienda gratuita, auto y treinta días de vacaciones.

Robinson disipó de un momento a otro todos sus temores laborales. Tomó al soviético de la mano y preguntó: ¿Cuándo debo comenzar?

Robert Robinson fue uno de los miles de obreros norteamericanos que, temerosos por la crisis capitalista, decidieron viajar a la Unión Soviética.

Había comunistas, rebeldes y luchadores, yankees que iban a hacer realidad el sueño de vivir en un país sin opresión y diferencias de clase. El PC norteamericano, promovía el viaje y, particularmente, incitaba a los negros a desarrollar una vida en la URSS. Allí, no solo reinaba la igualdad social. También se había eliminado la discriminación entre razas.

Robert Robinson no era comunista. No había leído a Marx ni a Lenin y tampoco le interesaba hacerlo. De hecho, se consideraba a sí mismo como un simple trabajador, un obrero capacitado que quería ganar un buen salario y volver a su casa cada día. Cuando llegó a Stalingrado, para trabajar en la fábrica de tractores asociada a la Ford del Detroit Rojo, solo le importaba su sueldo.

En aquellos primeros días de julio de 1930, Robinson comenzó a sentirse respetado. En la Patria Roja no entendían nada de maquinaria y no sabían fabricar ni autos ni tractores por lo cual se referían a él como un “especialista”. Si en Detroit era solo un obrero más, en la URSS podía ser un diamante en bruto.

"Robinson fue discriminado por negro en un bar soviético por compañeros norteamericanos. Eso lo consagró en URSS"

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El 24 de julio, Robinson se sentó a tomar un café en un bar cercano a la fábrica. Mientras observaba a los soviéticos tomando vodka como desquiciados, tragó de un saque ese short cofee, feliz de la nueva vida. Al fin había llegado el ascenso social. Se quedó sentado un buen rato, cuando vio a dos de sus compañeros entrar al café.  Eran Lemuel Lewis y William Brown, dos trabajadores norteamericanos que habían llegado a la URSS con los mismos propósitos que él: trabajar para el emporio fordista.

De donde viniste, negro? – lanzó Brown, acercándose a él.

No te olvides cual es tu lugar, basura – dijo Lewis, tomándolo de la campera.

Robinson sintió miedo. Se quedó unos segundos sin contestar, mirando a los soviéticos. Todos observaban la escena. Finalmente, Lewis le gritó p
erro negro y el joven jamaiquino se levantó de su taburete. Empujó a Lewis al grito de bastardo y recibió el apoyo del resto de comensales.

La anécdota racista podría haber quedado allí. Sin embargo, a los dos días, el Detroit News publicó un comentario de otro trabajador norteamericano de la fábrica de Stalingrado:

Hay un compañero de color que acaba de llegar aquí. Quien quiera que haya tenido las agallas de contratarlo es, seguro, una persona con muy poco cerebro. No puede imaginarse como vivirá aquí siendo el único de color.

Las autoridades soviéticas utilizaron el artículo y el ataque para convertirlo en un héroe.

Robinson 2

Cuando los policías soviéticos se dirigieron a la fábrica, Lemuel Lewis no supuso que lo buscarían a él. Al apresarlo, pidió perdón en inglés e intentó hacerlo en un incomprensible ruso. No sirvió de nada. En un juicio de más de una semana, las autoridades decidieron enviarlo a prisión para luego devolverlo a los Estados Unidos junto a su compañero William Brown. Al llegar a su país, declaró que las condiciones de vida eran ruinosas y que los 450 estadounidenses estaban presos en el país de Stalin.

Robinson ya no sabía como moverse. De un momento a otro, el chico que había llegado a la URSS para ganar dinero era tratado como “gran camarada”, “ejemplo de lucha social contra las actitudes imperialistas y capitalistas” y “digno trabajador de nuestra patria”. El pobre negro solo quería ganar dinero.

Los periódicos soviéticos publicaban noticias sobre Robinson cada día. Robinson trabaja como un obrero soviético más, Robinson es un ejemplo para la lucha de miles de obreros norteamericanos, Robinson vive alegremente en la patria soviética. Los periódicos Trud (Trabajo) y Rabochaya Gazeta (Periódico de los Trabajadores), asumieron una encendida defensa de aquel trabajador y, en páginas, declarando que era “un trabajador altamente cualificado y verdaderamente consciente”.

“No toleraremos prácticas de la América burguesa en la URSS. El obrero Robinson ha sido atacado por un grupo de reaccionarios norteamericanos en un acto bárbaro y antiproletario.”- editorializaba el Trud.

“Esta no es la América Burguesa. Todos los trabajadores somos hermanos y la URSS es la tierra de la hermandad entre negros, amarillos y blancos.”– decía el  Rabochaya Gazeta.

Los comunistas yankees, con los que Robinson no había tenido diálogo, salían a defenderlo como a un líder rebelde. John Ballam, delegado americano ante el Profintern (Internacional Sindical Roja), aparecía en los periódicos afirmando que la situación de Robinson mostraba a las claras el odio racial y los prejuicios cultivados por los trabajadores bajo la opresión capitalista.

El joven negro quiso limitarse a hacer su trabajo. Cada día, acudía temprano a la fábrica pero todo parecía imposible. Apenas arribaba recibía aplausos de sus compañeros y agasajos de los jefes rojos. Cuando a principios de agosto abrió las páginas del Pravda, el periódico más importante de todo el país, no supo que hacer. La primera página estaba dedicada a homenajearlo.

"La URSS convirtió a Robinson en un héroe, miembro del soviet de Moscú. Él solo estaba allí por un sueldo"

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Cuando a fines de 1931, Robinson viajó a Estados Unidos para visitar a su madre, declaró estar a gusto en la Unión Soviética. Tenía lo suficiente para vivir y, si bien no era comunista, consideraba que el castigo a los discriminadores era ejemplar y no se hubiera dado nunca en su propio país.Libro Robinson Al volver a la URSS firmó un contrato por cinco años más y la prensa volvió a mostrar a aquel norteamericano como un obrero comprometido.

Finalmente, una tarde de 1934, Robinson se presentó en el Comité de Fábrica de su empresa. Escuchó los largos y tediosos discursos revolucionarios hasta que, el jefazo de la jerarquía soviética destacado en la empresa, volvió a destacar el heroísmo de aquel negro. Robinson, harto de representar una idea en la que no creía y que difícilmente concebiría más tarde, pensó un minuto como había pasado todo eso. Había llegado a la URSS para doblar su salario y, tras algunos años, se había transformado en un icono antiimperialista a su pesar.

El jefe del comité de empresa levantó su voz: Propongo que el compañero Robinson sea elevado como representante al Soviet de Moscú.

Robinson levantó la cabeza y preguntó: ¿Quienes más formarán parte de él?

Camaradas como Krushov y Bulganin, contestó el hombre. Heroicos camaradas de la clase obrera.

Robinson no supo que decir ni que hacer. No era comunista ni creía en el proyecto soviético. Un acto de discriminación lo había elevado a la categoría de héroe. Y ahora se veía envuelto en una propuesta extrema: formar parte de la más alta jerarquía roja. Se paró, se colocó frente a sus compañeros y alzó su voz.

Estimados amigos. No soy miembro del Partido Comunista. No estoy interesado en la política. De hecho no tengo idea de cuales serían mis deberes como Delegado en el Soviet de Moscú

Pero la mirada de sus compañeros soviéticos lo hizo echarse atrás. Acepto gustoso – declaró temeroso de que, rechazando la oferta le impidiesen volver a los Estados Unidos.

A la semana, la revista Time lo sindicó como el protegido más negro que el carbón de Iosiv Stalin y afirmó que los norteamericanos estaban siendo entrenados para volver al país y ser útiles cuando estalle la ansiada revolución en Estados Unidos.

Pero, aunque los americanos creyeran lo contrario, no iban a mandarlo de vuelta.

"La URSS le negó volver a Estados Unidos durante más de 40 años. Cuando regresó, era un furibundo anticomunista"

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Repentinamente, la fiebre de heroísmo por Robinson acabó. El contrato con Ford expiró y comenzó la cacería stalinista con los terribles gulags.  Lovett Fort Whitemann, dirigente negro del Partido Comunista Norteamericano y residente en la URSS, fue apresado y comenzó el combate a los extranjeros. Hacia 1937 Robert Robinson, era el único trabajador negro norteamericano que permanecía en libertad. Vivía casi sin recursos y aterrado por la policía estalinista. Durante la II Guerra Mundial, cuando los asesinatos menguaron, se salvó de morir de inanición gracias a la ayuda de una doctora de la fábrica.Robinson 1

Aunque intentó volver a los Estados Unidos para visitar a su madre enferma en 1946, los soviéticos le denegaron el permiso.  Hasta 1973, cada año, pidió esa posibilidad. Siempre le fue rechazada.

Como ingeniero, fue uno de los mayores exponentes en la URSS. Colaboró en fábricas y emprendimientos industriales de todo tipo. Los soviéticos siempre supieron que un hombre como él era oro en polvo. Intentó, sin éxito, pedir ayuda a los comunistas americanos negros que viajaban. El músico Paul Robeson y  el escritor Langston Hughes, le dieron la espalda.

Su vuelta a los Estados Unidos no fue menos polémica. En 1973, luego de una larga relación con William Davies, agente del Servicio de Información Norteamericano (USIA) consiguió que los soviéticos le permitieran viajar a la Uganda del dictador Idi Amin. Desde allí voló hasta Kingston  y luego, se dirigió a Washington.

A su regreso, abrazó la causa norteamericana. Su libro Black on Red (Negro en Rojo): 44 años en la Unión Soviética recibió financiamiento de la CIA. El resto de sus días tuvieron un solo objetivo: lapidar a la URSS.

Quienes creen que la causa negra es la causa comunista se equivocan. – dijo en un reportaje en los años 80. Viví en la Unión Soviética, preso cuarenta y cuatro años. Aunque en algún momento afirmé que vivíamos bien, fue por temor a las represalias.

En 1985, mientras la URSS empezaba a destartalarse, la Ford lo homenajeó. Se cumplían sesenta años de su comienzo en la fábrica. Robinson sonrió para las cámaras y agradeció a la empresa. Volvió a su casa a pie. Su cara denotaba odio. Era lógico: nunca volvió a subirse a ese auto.

Ford Stalin

 

 

 


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2 Comentarios

  • Pablo Silva Galván says: 22 abril, 2016 at 18:58

    Excelente artículo. realmente me hizo conocer a un personaje y a una historia totalmente desconocidas. me hizo recordar a la película El hombre de hierro de Andrei Wajda, en la que una estudiante de cine investiga para su tesis y termina rebelando la historia de un “héroe del trabajo” polaco olvidado tras uno de los tantos ajustes de cuenta en el comunismo polaco…

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  • Ezequiel Gatto says: 30 abril, 2016 at 15:05

    Muy buen artículo!
    Dejo uno que escribí yo, sobre los movimientos políticos negros en EE.UU en tiempos de la revolución rusa:
    _Radical_Harlem_African_Blood_Brotherhood_black_politics_in_the_context_of_the_Russian_Revolution

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