06 / 09 | Mundo, Política

TURQUÍA Y BRASIL, O EL REALISMO SEGÚN ONUR Y SEGÚN JORGITO


En mayo de 2010, cuando iniciaron su fugaz y fallida aventura de mediación con el Irán de Mahmoud Ahmadinejad por el conflicto nuclear, Brasil y Turquía compartían por lo menos tres cosas importantes, además de su pasado imperial: i) un novedoso pedigree de potencias regionales que venía a certificar el ingreso de cada uno al futuro club de la multipolaridad emergente; ii) gobiernos que sostenían un paradigma realista de la política exterior, aunque con variaciones bastante distintas entre sí; y iii) una expansiva industria audiovisual, con las telenovelas como contenido fetiche. Pero como bien señaló Andrés Malamud, Brasil se ha bajado momentáneamente de la carrera para volverse potencia. Hoy, sólo se mantiene intacta la tercera semejanza: el talento para exportar culebrones. Volveremos sobre esto hacia el final.

Desde su asunción en 2003, los gobiernos de Lula da Silva y de Tayyip Erdogan expusieron un paradigma realista de la política exterior –según el cual, a trazo grueso, el conflicto es inherente al orden mundial y el equilibrio de poder sirve como un factor ordenador y estabilizador más consistente que las instituciones multilaterales, por lo cual un país debe acumular factores de poder (tangibles e intangibles) para incrementar su influencia en el sistema internacional y reducir su exposición a las decisiones ajenas–. Pero ambos realismos eran muy diferentes.

" talento para exportar culebrones"

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El curioso caso del “realismo suramericano” impulsado por el PT nos es más cercano. Sus objetivos intermedios eran reposicionar a Brasil (“el más occidental de los países emergentes”) en el FMI, la OMC y el Consejo de Seguridad, mientras que sus estrategias principales eran la puesta en valor de la vecindad regional mediante la sola dinamización de su agenda de cooperación (postergando la integración), la vuelta al universalismo selectivo mediante la construcción de un bloque de potencias de escala semejante (que iba a conducir a los BRICS) y la defensa del multilateralismo, al que Lula definía como una conquista en el plano internacional equivalente a la democracia en el plano interno. Cebado por el poder blando de su Brasil potencia, Lula se convirtió en el comandante en jefe de la diplomacia y apostó a hacer de su participación en procesos de mediación una marca global que actualizaba el pasado imperial brasileño, pero sentándolo ahora sobre bases democráticas y humanitarias. En el plano regional fue la híbrida Unasur la mejor expresión de este danzante orden de cosas. Pero Irán estaba demasiado lejos del área de influencia de Brasilia, tanto como para dejar en evidencia que mucho del supuesto realismo petista era, en todo caso, un idealismo morrudo. Un mes después de haber impulsado la iniciativa de mediación (que efectivamente condujo a una declaración conjunta), Brasil se retiraba de la mesa, vencido tras una batalla a la que nadie lo había obligado a presentarse y en la que no tenía interés estratégico real. El entonces canciller Celso Amorim lo sintetizó con una buena frase: “nos quemamos los dedos”.


En cierto sentido, el hecho marcó el auge del prestigio internacional del Brasil petista, y aunque no explica su declive, sí permite divisarlo con claridad. Recordemos que en 2007 el país vecino había sido ungido como socio estratégico por la Unión Europea y había firmado su memorando con Estados Unidos para impulsar el mercado de los biocombustibles y sacudir la matriz energética global, mientras que en 2008 había confirmado sus hallazgos de yacimientos hidrocarburíferos en el Presal, alcanzado el grado de inversión por las calificadoras de riesgo, articulado el lanzamiento de un nuevo bloque (los BRICS) y hasta se había dado el lujo de aceptar la oferta de los países desarrollados para destrabar las negociaciones que dejara pendiente Doha. En 2009, año de la crisis, el PBI de Brasil cayó, pero en 2010 volvió a crecer por encima del 7% de crecimiento. En contraste, los únicos logros de la inserción estratégica brasileña después del fiasco con Irán serían alcanzar la presidencia de la OMC, en 2013, y la participación en el directorio fundador del banco de los BRICS, en 2015.

"'nos quemamos los dedos'"

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Por imperativos geopolíticos e históricos propios de Turquía, el realismo de Erdogan y su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) ha sido de tipo más tradicional, aunque con un acento y dos matices. El acento: una imbricación intensa entre los mandos militares turcos y sus socios en la OTAN. Los matices: la promesa comunitarista que representaba el posible ingreso en la Unión Europea (más allá de los criterios de convergencia) y el vector islámico. Por un tiempo, el primer matiz sirvió para diluir el segundo, pero esto ya no es tan así (Martín Schapiro describe buena parte de los motivos aquí). Desde que el AKP ganó las elecciones en 2002 mostrándose como el partido que llevaría Estambul a Bruselas, la cuestión ha sido si Turquía se trata o no del “baluarte geopolítico contra el islamismo de la peor variedad”, en palabras de Perry Anderson (2008). La entrada a Europa o una reforma constitucional en pos de un presidencialismo fortalecido con un mayor control sobre las fuerzas armadas (y la posible revisión del carácter laico del Estado, fantasma que Erdogan ha tenido que desmentir en más de una oportunidad) siguen siendo las dos formas extremas de desplegar ese carácter de “baluarte geopolítico”. Pero hoy las apuestas globales y las expectativas turcas parecen estar más cerca de la segunda variante que de la primera. Lo que no cambió es que Turquía se percibe como una potencia regional destinada a participar del ordenamiento de las viejas y nuevas cuestiones de Oriente, presentándose como un Estado que posee tanto la capacidad de mediar en diálogos como la de intervenir militarmente en el territorio. ¿Pero realmente tiene esa capacidad, o su pólvora se humedeció como la brasileña? Desde una postura escéptica, Gabriel Mitchell sostenía en 2015 que Turquía ha pretendido sobrepasar los límites de su influencia efectiva, y que por más que insista en actuar como intermediario entre Israel y Siria, y entre Estados Unidos e Irán, no posee ni las zanahorias para persuadir ni los garrotes para disuadir (a lo sumo, se trataría de un “almost mediator state”). Quizá lo primero sí quedó en evidencia en 2010, ante el frustrado diálogo con Irán, pero ¿qué hay de lo segundo?

lula

El escenario ha cambiado para ambos países. En cuanto a Brasil, la historia es más conocida: las commodities cayeron, el petróleo se hizo barato y la revolución del Presal se volvió cara, los países que daban al Pacífico (primero) y la Argentina (después) se alinearon con Estados Unidos y le quitaron peso a la alianza entre este y Brasil, y finalmente, el Petrolao dejó en jaque al gobierno petista que, distanciado de sus bases sociales y desnudo una vez desquebrajada su alquímica alianza con los factores de poder, fue devorado desde adentro por su aliado desde 2005, el PMDB. Turquía atraviesa otra trayectoria. La modificación del equilibrio interno entre sus fuerzas sociales y políticas se realimenta del cambio en el equilibrio de fuerzas regional y global. La crisis económica internacional demolió buena parte de los aspiracionales en torno a Europa (ya heridos frente al nacionalismo integral que no logra procesar la cuestión de Chipre), las “primaveras árabes” derrumbaron el precario equilibrio regional entre autocracias laicas y movimientos islámicos (a la vez que dañaron drásticamente la gravitación de Egipto entre sus vecinos y envalentonaron a Turquía, que apoyó el accionar de la Hermandad Musulmana), Rusia vinculó el relativo equilibrio alcanzado en Ucrania con el amenazado en Siria (a la vez que orientó su apuesta gasífera hacia el Mar Negro, involucrando doblemente a Turquía), Irán logró una envidiable autonomía en su programa nuclear a partir de la conclusión exitosa del diálogo con el G5 y, finalmente, la unificación de los kurdos comenzó a ser imaginada por algunos fuera de Turquía como un precio razonable a cambio de su accionar en territorio sirio para frenar el avance de los jihadistas.

Un contraste injusto, todavía abierto, nos permite ir concluyendo: las reacciones internas y externas frente al fallido intento de golpe a Erdogan, el 15 de julio de 2016, vis a vis las que hubo y habrá frente a la destitución de Dilma Rousseff (complot sin golpe, diagnosticó Marcelo Falak, con quien coincidimos).

"las commodities cayeron, el petróleo se hizo barato y la revolución del Presal se volvió cara"

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Como resultado, tanto Brasil como Turquía ingresan en una coyuntura crítica. Pero el rumbo del segundo parece más claro. En el histórico pivoteo entre rusos, europeos, estadounidenses e israelitas, la vieja Anatolia parece haber hallado una cierta racionalidad mediante el encapsulamiento de los imperativos de Bruselas (diferenciando la cuestión del ingreso al bloque de las cuestiones del suministro energético y de los migrantes). Mientras las fuerzas armadas otomanas avanzan en territorios sirios cercanos a la frontera, anotando los primeros éxitos militares de miembros de la OTAN sobre el Estado Islámico, Estambul presiona a Washington para que condene el avance kurdo en la frontera sirio-turca y extradite a Fethullah Gülen –el Michel Temer turco, supuesto autor intelectual de la intentona golpista y enemigo público fundamental del régimen de Erdogan desde 2012–. Respecto al primer planteo sí ha habido novedades. En cuanto a Rusia, condena la incursión turca en territorio sirio, pero Putin y Erdogan se necesitan el uno al otro, hoy más que nunca. Cuentan con una ventaja: el dilema del “día después” de las primaveras árabes, esa cruzada de cierta dirigencia norteamericana por instaurar regímenes democrático-liberales tras derrocar regímenes autocráticos, aquí no pesa.

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Volviendo a las semejanzas, Brasil y Turquía todavía comparten una fuente interesante de poder blando: las telenovelas. En este ítem es difícil sacarse ventajas; las que hay son más bien de carácter, como la trazada entre el cándido Jorgito, el enamorado de Nina en Avenida Brasil, y el duro Onur, que sedujo a Sherezade en Las mil y una noches. Ambos demuestran que el realismo también parece ser un término relacional: frente al realismo del siglo XXI expresado por Jorgito, el de Onur se ha mostrado igual de exótico, pero bastante más eficaz. Sin embargo, las diversas trayectorias de ambos países nos demuestran que, por más que la tentación de adjetivarlo sea irresistible, realismo hay uno solo.


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