04 / 05 | Sociedad

TIEMPO DE DRONES

Hasta recién nomás era entretenido constatar periódicamente las paradojas del abandono de la robótica en beneficio de la informática. Hacia fines de los ochenta, que es igual a decir hacia fines de la Guerra Fría, la tecnología para las masas pasó a desarrollarse casi exclusivamente bajo la forma de ordenadores interconectados. Nada de robots que nos preparen el desayuno, sólo pantallas que nos comuniquen con todo lo demás. Veinte o treinta años de avance tecnológico para llegar a los 140 caracteres del twitter o los emoticones del whatsapp.

Por las razones que fuere, el proceso de robotización de la vida doméstica se detuvo inicialmente en su fase higiénica: el lavarropas y el lavavajillas generaron un profundo cambio social al permitir, contrariamente a lo que se piensa, la emancipación masculina (qué sería del hombre-solo sin esos artefactos) pero no lograron abrirle la puerta a nuevas incorporaciones. De esta manera, la robótica quedó mayormente circunscripta al ámbito de la producción, donde derrotó incluso a los poderosos sindicatos de la industria automotriz mundial.

Así, mientras la informática se generalizaba de la mano de las telecomunicaciones, los robots quedaron fuera del alcance (y podríamos decir también del deseo) de los consumidores finales. Hasta hoy. Con la difusión de los drones, por primera vez en la historia el público general puede acceder a robótica similar a la que usan las grandes corporaciones. En una juguetería puede comprarse algo bastante parecido a lo que usan los ejércitos y están probando las grandes empresas de logística.

Los drones aparecen como el testimonio de lo irreductible de la dimensión física de la realidad. No todo es palabras que pueden oírse o leerse cualquiera sea la distancia. Si no es alguien, algo tiene que estar ahí. No en todos lados sino en un lugar determinado. Una bomba o un paquete con la compra del día. Los drones empiezan donde termina la virtualidad de la palabra.

Syriana primero y Homeland después nos trajeron, a través de la pantalla, claro, la discusión en torno a los límites del uso robotizado de la fuerza. La eliminación física vs. la inteligencia. La muerte vs. la hermenéutica. No es paradójico que Carrie Mathisson y Saul Berenson necesiten siempre a todos vivos. Quizás la disyuntiva subestime el carácter expresivo de un bombardeo (que Michael Collins reivindica en el film homónimo cuando le explica a su amante que los atentados son algo así como cartas a las autoridades). Pero lo cierto es que en la reducción de todo a la moneda que tiene la vida en una cara y la muerte en la otra los robots quedan inexorablemente del lado de la segunda (y por eso tal vez los hayamos limitado al mínimo en nuestra intimidad).

Internet interrumpió el sueño de la robótica al devolvernos multiplicada al infinito a la realidad previamente existente de una vida dominada por la palabra. Las bandas de garage de la informática norteamericana (¿será casualidad que todo lo nuevo haya nacido por fuera de lo establecido?) derrotaron a la ingeniería japonesa con procesadores de texto (Microsoft), programas de edición y diseño (Apple), buscadores universales (Yahoo, Google) y redes sociales…

Y justo cuando parecía que la robótica volvía al ruedo de la mano de los drones para la familia, resulta que alguien, ya, descubrió que es como en aquel viejo chiste del muchacho que sobrevive a un naufragio junto a Sharon Stone en una isla desierta y, luego de algunos días de soledad compartida, logra tener sexo con ella solo para, una vez terminado el asunto, buscar en las valijas que encallaron en la costa algo de vestimenta masculina que le ruega se ponga para poder contarle, al ahora virtual amigo, que sobrevivió a un naufragio y se cogió a Sharon Stone.

Como cualquier otra cosa, a fin de cuenta los drones sólo sirven si podemos contar lo que hacemos con ellos. Ya sea en Fallujah o en Manhattan.


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1 Comentario

  • carlos Boyle says: 4 mayo, 2015 at 19:25

    En el recital de Rubén Blades en Panamá, su despedida, filmaba un drone desde arriba del VIP golden

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