06 / 12 | Política

SOBRE PERONISMO, PAMPA Y PELIGRO

"Felipe Solá: Peronismo, pampa y peligro: mi vida en la política argentina." Ariel, Bs As, 2018.


Es un objeto extraño este libro autobiográfico de Felipe Solá. Son varias las razones de esa extrañeza en el panorama habitual de las memorias políticas. Primero, es un libro que, aún sin conocer la cocina de su creación editorial, evita caer en el lugar tan común en una época preelectoral del libro firmado por un político pero del que emerge por todos lados la mano del “negro literario”, esa figura fantasmal tan habitual cuando se trata de volcar en palabras escritas la voz de un político o una personalidad importante. Muchas veces estos ghosts writers son profesionales destacados, expertos en convertir en un relato uniforme y legible los balbuceos de sus clientes, las anécdotas dispersas, las bajadas de línea que quieren, por capricho, afán de eternidad o conveniencia comercial dejar sus vidas en negro sobre blanco. Otras veces, el apuro editorial o la pobreza del personaje no dan más que para un producto al que se le ven las costuras por todos lados. No es grave, en cuestión de semanas esos libros serán carne de picadora de papel o pasarán al purgatorio largo de las mesas de saldos. El libro de Solá desde las primeras páginas despeja las cuestiones del ghost writer y del apuro editorial/electoral para conseguir una autobiografía hecha por compromiso. Sus idas y vueltas sobre ciertas obsesiones, su estilo no profesional, la inclusión a todo el largo de las páginas de pasajes íntimos que cualquier jefe de prensa con una mentalidad cortoplacista habría vetado, el esfuerzo puesto en la narración y el retrato de personajes que no son acomodados según la conveniencia de los actuales rumbos políticos de Solá, hablan de un libro escrito con tiempo, probablemente en varias etapas y en el que el autor se decidió a contar su vida (personal, política) sin prestarle atención a las eventuales consecuencias que le traería. Es un alivio, realmente. No tenemos una gran tradición argentina en el género de las memorias políticas, sacando ilustres excepciones en el siglo XIX. No al menos como países como Estados Unidos o Gran Bretaña, donde la escritura de la memoir es casi un clásico cuando el político decide, desde la perspectiva de la vejez o el retiro, ofrecerle al mundo su punto de vista sin intermediarios.

"un libro escrito con tiempo, probablemente en varias etapas y en el que el autor se decidió a contar su vida (personal, política) sin prestarle atención a las eventuales consecuencias que le traería"

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Lo que nos lleva a la segunda extrañeza de este libro. ¿Qué es exactamente Peronismo, pampa y peligro? Está claro que Solá no está retirado de la política, sino, como él mismo se encarga de decirlo en todos lados, en el umbral de disputar la batalla por una candidatura presidencial. Está claro también que su edad le permite todavía unos cuantos años de política activa. No hay vejez ni retiro, entonces. El libro que recorre sus cincuenta años de involucramiento político ¿es un ensayo autobiográfico, una rendición de cuentas de su paso por la función pública, una narración sobre la política argentina como pasión y tragedia, un libro de historia sobre las metamorfosis del peronismo y sobre cómo estas detonaron paralelas metamorfosis sobre Solá, una especie de autoanálisis sobre qué permanece intacto a lo largo de esos cincuenta años en el personaje mientras el mundo argentino se hunde, renace, se hunde, renace? Es un poco todo eso este libro. Por eso lo misterioso del título, con esas tres palabras encadenadas resulta sugerente aunque extraño a primera vista y sólo después de terminar la lectura queda confirmado su sentido. Peronismo: bueno, claro, Solá es veterano dirigente del peronismo, en las primeras líneas desde al menos las épocas del cafierismo. Pampa: también, resulta lógico y esperable, Solá construyó su carrera política ligado a las cuestiones agrarias, es ingeniero agrónomo, su paso por la Secretaría de Agricultura durante el menemismo coincidió con una transformación histórica del sector agropecuario, se hizo hombre de campo y los versos del Martín Fierro suelen poblar sus intervenciones públicas. Pero ¿peligro? Es el concepto de la tríada que más llama la atención. ¿De qué peligro se trata? ¿Es el peligro que rodea la trayectoria vital de todo militante peronista que atravesó estos últimos cincuenta años? ¿Es el peligro de la muerte cercana en los 70s? ¿Es el peligro de las puñaladas de palacio en los juegos maquiavélicos de la alta política? ¿Es el peligro que representa gobernar un territorio como la provincia de Buenos Aires durante el colapso económico y social del post 2001? ¿Es el peligro más metafísico que tiene que ver con el miedo a fracasar, a perder, a no cumplir lo proyectado y así quedar a un lado de la historia, a convertirse en una figura odiosa y ver de lejos el triunfo de otros? ¿O es también un peligro más íntimo, el de sacrificarlo todo, la familia, las ideas de la juventud, los matrimonios, la vida personal, todo lo que no es política, por la política?

Peronismo


Como una multitud de otras biografías argentinas, los poco años que corren entre 1967 y 1973 son los de la inmersión en la nueva identidad peronista de izquierda. En esos años desfilan acelerados una serie de personajes que van retratando la politización de Solá. Una politización, otra vez, incómoda, plagada de contradicciones entre los diversos sentidos con que el peronismo todavía proscripto empezaba a proliferar. Mario Firmenich adolescente en el Nacional Buenos Aires, ya oscuro y reconcentrado, un par de años antes de fundar Montoneros; Jorge Taiana, especie de hermano mayor que ante el impacto por la muerte del Che dice que este se debe a que no era peronista, a que “no era una amenaza real para la Argentina real”.

El joven Solá transita esos años en la superficie. Entre la sospecha, el miedo y la admiración teórica a la violencia de las formaciones armadas y ciertas prevenciones que lo alejan de ese sentimiento “oceánico” de fundirse en la gran corriente de la época: “Era de la Tendencia y desconfiaba de la Tendencia porque desconfiaba hasta de mi. (…) Veía en muchos de ellos y ellas, en su arrojo, un modo de resolver cuitas personales, culpas de clase, otras cosas. Y pensaba que no iban a cambiar la política en la Argentina. Algo en mi se interesaba en saber qué pasaba bien adentro del peronismo”. Lo que no le impide transitar por esos terrenos lábiles de las adherencias y las lealtades de esos años acelerados del peronismo revolucionario: hay un paso por ciertos sindicatos, por la redacción de canal 7, por agrupamientos que siempre, inevitablemente como era al uso en la época, terminaban en revistas de efímera circulación. Los 70s de la militancia argentina fueron un semillero de amistades y entrecruzamientos que luego, para quienes sobrevivieron, terminaron formando el magma que, en democracia, decantarían en linajes, tribus y familias. La época de la sangre derramada fue también la época en la que se forjó toda una generación heterogénea que más allá de su devenir posterior (con sus traiciones y desencuentros) tiene como santo y seña los vínculos sellados entonces. En uno de los pasajes más transparentes Solá lo dice directamente: “No fui montonero porque tenía miedo, porque no estaba dispuesto a matar y, sobre todo, a que me mataran. Tenía una adhesión a la violencia teórica, pero en la práctica no hubiera soportado ver morir a un tipo, me hubiera asqueado, me hubiera ido. A los 22 años me gustaban Perón, las minas y el sol.”

"“Hacerse el boludo” es su táctica para navegar esas aguas, para poder llevar adelante los planes que tiene sobre el campo argentino y no caer en las trampas que casi por diversión el menemismo tiende como filtro para diferenciar cautos de inocentes"

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Después de la vuelta de la democracia aparece el único político al que Solá reconoce como maestro: Cafiero. La renovación como una especie de segunda oportunidad para saldar todo lo que el peronismo había hecho mal, su coqueteo con la autoamnistía de los militares, su negación a las mejores propuestas de Alfonsín, su pérdida de rumbo después del exterminio. Solá es uno de los jóvenes maravilla del cafierismo: técnicos, con buen diálogo con el radicalismo en su faz socialdemócrata sui generis, sin las manchas y heridas de la interna violenta de los 70s. Además especializado en un nicho en el que el peronismo no contaba con muchos cuadros, como era la política agraria. Es un romance inmediato y que continuará para siempre. Tal vez el único encantamiento que Solá reconoce en su libro. Cafiero, el renovador que estaba predestinado por los astros a suceder a Alfonsín sin el menor margen de error. Pero aparece Menem, aparece el derrumbe del Plan Austral y todo se pone patas para arriba. En el interregno, ya con Menem presidente la oferta que le hacen para ocupar la Secretaría de Agricultura es recordada por Solá con una gran frase de Cafiero al aceptar ceder a su funcionario: “Id y civilizad esa tierra de infieles”. Menem era otra cosa, era una terra incógnita y era también la entrada en la gran política nacional.

Toda la parte dedicada a la presidencia de Menem podría resumirse en la frase que hizo famoso a Solá para el gran público en los 90: “Hay que hacerse el boludo”. Un notero de CQC le había preguntado cómo se hacía para estar diez años en el mismo cargo. CQC hoy parece un programa tan viejo como Odol Pregunta, pero si restauramos un poquito el contexto de la época se nos aparece un gran campo semántico dominado por términos como “cinismo” y “frivolidad” asociados a los 90. La respuesta al paso de Solá encajaba perfecto con ese clima. En efecto, para estar en el menemismo, sentíamos todos, sólo se podía “hacerse el boludo” o ser un turro de frente march. Cada uno elegía qué personaje representar. El libro de Solá, más allá que confirme o disipe esa impresión, tiene el gran mérito de dedicar decenas de páginas a las internas palaciegas, a las contradicciones políticas, a las zancadillas interministeriales que se sucedían en los dorados 90. Verlo de tan cerca, leer los pequeños grandes dramas que sucedían al interior del palacio, ciertamente da una perspectiva distinta a la del noventismo de edición rápida de los informes cancheros, plenos de antipolítica (aunque en ese entonces esa palabra no se usaba) de CQC. Por un lado el estilo de liderazgo de Menem: distante, delegativo, de jefe beduino que sabe que los diferentes clanes deben mantener un nivel de enemistad para que el conjunto funcione. Con buen ojo para elegir los mejores gallos de riña y saber dejar que se desfoguen. Por otro el opuesto estilo de Cavallo, superior inmediato de Solá: obsesivo casi hasta la patología, celoso de su territorio, un animal de trabajo que llevaba a sus subordidados a la extenuación. Y los consiglieri de palacio: los Bauzá, los Kohan, los Corach: taimados, inteligentes, oscuros, leales, crueles. Solá alterna en esta parte de su viaje político entre la admiración y la repulsa. “Hacerse el boludo” es su táctica para navegar esas aguas, para poder llevar adelante los planes que tiene sobre el campo argentino y no caer en las trampas que casi por diversión el menemismo tiende como filtro para diferenciar cautos de inocentes. Un poco era también una rebeldía contra esa herencia familiar que sacralizaba la renuncia como gesto de intransigencia individual contra el poder. Otra ambivalencia del personaje: optar por mantenerse en el poder y no renunciar. Una enseñanza de la política contra los impulsos heredados.

"entre la pulsión de mandar todo a la mierda y la pulsión de quedarse, entre el alejamiento solitario y el encuadramiento, entre ser y no ser querido, entre quedarse en un lugar incómodo y la comodidad de la salida"

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De cierta forma eso se va a repitiendo a lo largo del libro: entre la pulsión de mandar todo a la mierda y la pulsión de quedarse, entre el alejamiento solitario y el encuadramiento, entre ser y no ser querido, entre quedarse en un lugar incómodo y la comodidad de la salida. La vicegobernación con Ruckauf tal vez sea el momento más patente de eso. Compañero de fórmula de alguien que desprecia y después gobernador en la carambola del 2001 ante la huída de Ruckauf, Solá se encuentra a cargo de la provincia en el peor momento imaginable. Pero también es el momento en que ese peronismo vaciado por la crisis, por el hundimiento de todas las legitimidades, le deja las manos sueltas. Es el peor momento del país pero no resulta extraño que sea el mejor momento del personaje. Estar en la cima, aunque abajo haya un páramo, puede ser trágico pero también elimina la incomodidad del encuadramiento. Con el ascenso de Kirchner eso cambiaría inevitablemente.

Pampa

Siempre hay un bautismo. Aquellos que no nacieron ya nadando en el mar del peronismo, aquellos para quienes el peronismo no fue un rasgo heredado como el color de los ojos (el “siempre fui peronista” de Leonardo Favio) sino una decisión conciente, siempre tienen un momento de conversión. El libro de Solá empieza, así, contando el momento en que “se hace peronista”. Hijo de una familia con apellido pero sin plata, con un pasado de abogados y políticos en la pastoril provincia del preperonismo, un elenco de personajes un poco excéntricos, un poco cortados por la tijera de la vieja Argentina, todos igualmente incapaces para las cuestiones mercantiles, para hacer fortuna, donde se rendía un culto obsesivamente principista a la renuncia como gesto intransigente, la familia de Solá era antiperonista pero la permeaba más una actitud antidogmática, de poner por delante las decisiones individuales que la fusión religiosa en un colectivo. Algo de esa herencia familiar reaparece a lo largo del libro y no es difícil tampoco rastrearla en la trayectoria pública de Solá. Algo ambivalente e incómodo con la pertenencia a diversas facciones, un gesto un poco solitario, un poco arrogante, un poco de no estar nunca demasiado encolumnado: “llevar esa mochila, ese mandato moral me crea incluso hoy dilemas excesivos.”

El momento de la “conversión” llega anudado con el paisaje pampeano de la infancia: en el campo de la familia, entre los aparceros que ocupaban la tierra desde hacía generaciones y con los que la familia mantenía ese trato amigable, ese tuteo típico de las viejas familias del campo en el ambiente semifeudal de la Argentina que el Estatuto del Peón del peronismo, primero, y la transformación capitalista acelerada de las propiedades agrarias, después, dejaría atrás para siempre. “Cuidábamos juntos caballos para cuadreras, comíamos grandes asados en la misma mesa y cuando había fiesta con acordeón alguna noche, yo sentía que eso era la felicidad (…) Tal vez para justificar el final de la etapa semifeudal y la llegada del capitalismo, mi vieja y uno de sus hermanos, Enrique, el arquitecto se hicieron – nos hicimos – peronistas. Los propietarios nos hicimos: nuestros primos del corazón, los aparceros, siempre lo habían sido.”

"“No fui montonero porque tenía miedo, porque no estaba dispuesto a matar y, sobre todo, a que me mataran. Tenía una adhesión a la violencia teórica, pero en la práctica no hubiera soportado ver morir a un tipo, me hubiera asqueado, me hubiera ido. A los 22 años me gustaban Perón, las minas y el sol.”"

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Ese linaje campero, en parte por herencia familiar, en parte por las primeras impresiones que deja la infancia, va a producir en la biografía militante inicial de Solá una torsión distintiva con respecto a la trayectoria más clásica de la peronización acelerada de la generación de los jóvenes de los 60 y 70. Por un lado la cuestión de lo nacional le aparecía asociada tanto al peronismo clásico como a la larga tradición argentina que se remontaba hacia mucho más atrás. Y en paralelo, la deriva socialista que iban adquiriendo los sectores juveniles a los naturalmente se sentía inclinado le ocasionaban ruidos que alertaban sobre una contradicción insuperable. En este sentido, la figura de Jauretche aparece como un modelo de posicionamiento a la vez perfectamente clásico y perfectamente incómodo en el contexto de esos años rabiosos. El poeta de El paso de los libres con sus ensayos y polémicas pícaras y ácidas contra el mediopelo intelectual del progresismo porteño y su atracción por las modas del pensamiento europeo le sirve al militante en formación Solá como clave para aliviar sus contradicciones de origen, formación y preferencias: “Era mi rollo de atracción: la palabra nacional hablaba de lo que yo sentía por la pampa, la tierra, los montes, los caballos y los criollos. El marxismo – la izquierda – era urbano, contradictorio, global. En cambio lo nacional – la idea de una nación – era decir ‘yo soy de acá, me interesa este lugar’”.

Los años que siguen al desastre que desencadena la dictadura son los años en que Solá vuelve a la pampa en carácter de profesional del campo. No hay heroísmo alguno en esos pasajes del libro en los que Solá, como buena parte de los militantes de superficie se reintegra a la sociedad silenciosa que sigue su vida (y en muchos casos prospera) en la amnesia. Son los años fogwillianos: Solá vuelve al campo como agrónomo empleado de consultoras que manejan campos (hay un breve cameo de Nicanor Costa Méndez, futuro canciller de Galtieri en Malvinas), retorna a su clase de origen, se camufla con los doble apellido, perfecciona su profesión con viajes como asesor agropecuario a Bolivia o a Honduras, geografías duras de la Guerra Fría. En todo caso, va construyéndose como técnico y formando ideas acerca del rol que el campo argentino debería tener en el contexto de un país que volviera a la democracia y dejara atrás el proyecto únicamente financiero-agroexportador de Martínez de Hoz. Otra vez la incomodidad: ¿es un peronista experto en campo?, ¿un infiltrado de los intereses agroexportadores en el peronismo?, ¿o al revés: un elemento “nacionalizante” en un sector que secularmente enemigo de la intervención estatal?

La vuelta de la democracia lo encuentra como cuadro técnico del peronismo en materias agrarias. De ahí su carrera se dispara: de la revista “Unidos” de Chacho Álvarez y Mario Wainfeld al gabinete de Cafiero, la renovación y la victoria sobre la ortodoxia peronista y luego sobre Alfonsín. Giras eternas por la provincia en pequeñas, medianas o grandes reuniones de las agremiaciones agropecuarias, siempre reconocido como “uno de los nuestros” pero nunca visto sin suspicacias. Y por fin la consagración: la Secretaria de Agricultura con Menem, el cerramiento de un círculo íntimo y político. El hombre que maneja la pampa. Una pampa que ya no tiene nada que ver con la de su infancia, que su gestión va a transformar para siempre hasta volverla irreconocible: la irrupción de la soja, la aprobación de los transgénicos, la siembra directa que extienden la frontera hasta lugares inverosímiles y da vuelta las viejas ideas sobre lo agrario, sobre el lugar que la agricultura va a ocupar en la economía argentina y sobre las maneras en que las poblaciones del campo, los sin y los con tierra, van a experimentar sus vidas desde ese momento. Si hubo en un principio un bautismo peronista asociado al campo, ese paisaje cuarenta, cincuenta años después ya es irreconocible.

Peligro

Hay muchos momentos en los que el peligro aparece en el libro. En primer momento el peligro de vida en la época de la dictadura. Seguramente es de los mejores pasajes de la autobiografía. La desorientación del militante de superficie se transforma en una huida a la sociedad despolitizada: casamiento con una chica de buena familia, vacaciones en Punta del Este, finalización de los estudios universitarios con bajo perfil y salida al mundo laboral hipergorila de la producción agropecuaria. Mal sabor en la boca permanente, sensación de traición, felicidades pasajeras con la vida privada, encuentros semicasuales en colectivos con excompañeros de ruta (otro cameo de Ricardo Roa, actual editor jefe de Clarín) para hablar sobre los que habían caído. Un pasaje de la vida del impostor.

"Hay muchos momentos en los que el peligro aparece en el libro. En primer momento el peligro de vida en la época de la dictadura. Seguramente es de los mejores pasajes de la autobiografía. La desorientación del militante de superficie se transforma en una huida a la sociedad despolitizada"

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Está el peligro del círculo íntimo: los hijos que crecen con un padre no del todo presente, las separaciones, las mudanzas, los llantos en el baño para descargar en silencio la tensión, la muerte de los padres: nada excepcional, todo político full time sabe que esa es la libra de carne que hay que entregar y que no es negociable de ninguna manera. Los retratos que pasan sobre el cambio fantasmal de Menem después de la muerte de Junior o el dejarse estar de Kirchner que preanunciaba su final son ejemplos todavía más dramáticos por sus repercusiones colectivas. No es menor esa apertura a lo íntimo que hace Solá en el libro, resuena rara en la retórica de esa generación de políticos argentinos, siempre tan fieles a la idea de una separación estricta de lo privado y lo público. ¿Humanización? Sí, tal vez, pero eso sería cursi. Más bien una fidelidad a un género, como el de las memorias, poco transitado. Más bien una intención de no dejar nada afuera.

Y está el peligro de la política grande en sí. El peligro de gobernar y de intentar hacerlo con la voluntad de llevar adelante ciertas ideas, aunque sean equivocadas. El peligro de un país que en esos cincuenta años produjo un fenomenal fracaso social cuyas expresiones violentas, trágicas, desesperadas no pueden nunca anestesiarse. Hablemos del 2002 teñido de sangre. De los secuestros, de la policía bonaerense autonomizada, de Kosteki y Santillán. Por un lado la figura de Juampi Cafiero y por otro la del comisario Franciotti con su sonrisa de cazador de hombres pobres Itaka al ristre. Solá da su versión, sugiere pases de factura relacionados con las internas de un conurbano estallado cuyo dominio se disputaban policías, intendentes y servicios de inteligencia. Sugiere como enseñanza aprendida a los golpes la idea de que la policía no puede tener rienda larga, del control civil como un intento siempre boicoteado de racionalizar un poder que se nutre del metabolismo de un cuerpo herido.

Un peligro último, aunque menos letal para los ciudadanos, es el de las trampas, traiciones y desencuentros de los pasillos del palacio. La política como bosque oscuro plagado de cazadores ávidos. El desencuentro con Duhalde, primero, y luego con Kirchner corre por esos lados: retratos de hombres políticos experimentados y desconfiados hasta el extremo. Duhalde siempre acosado por la depresión y abrumado por el peso de la historia; Kirchner un productor de poder obsesionado por jamás deberle nada a nadie, por la lógica del debe y el haber del poder. Audacia y cálculo, frialdad y arrojo para dar vuelta el modelo social heredado del menemismo y la dictadura. Personajes mayores, históricos que contrastan con otros por los que desfila Solá en la deriva de la política: De Narváez, Macri, Massa (aunque menos, tal vez en su peor costado). Pequeños, olvidables, oportunistas, pero no por eso menos exitosos.

Al final del libro, después de repasar ese recorrido iniciado en los años 60, es inevitable no pensar en Solá como una figura extraña y al mismo tiempo permanente en la política argentina desde hace treinta años. Incomodidad, soledad y pragmatismo, se mezclan en una combinación compleja. No se trata de traición ni de camaleonismo, aunque desde cierta perspectiva esos adejtivos puedan ser compresibles. Desde más cerca la mirada cambia y esa biografía personal, intransferible, se parece bastante más a los estados sucesivos de malestar y creencia que surcaron la sociedad. Ninguna buena autobiografía puede evitar esos peligros y desconciertos, esta es un buen ejemplo.

felipe


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