30 / 11 | Política

SOBRE “LA LARGA MARCHA DE CAMBIEMOS”


El 11 de marzo de 2010, en una de sus habituales columnas en el diario La Nación, Carlos Pagni escribía algo que hoy puede ser leído como gesto de desesperación. Eran los tiempos del Grupo A, el intento de coordinación parlamentaria de los múltiples espacios opositores que le habían arrebatado al kirchnerismo la mayoría ocho meses antes. Y sin embargo, la cosa no funcionaba. Por desacuerdos internos, aquella entente opositora no lograba maniatar al entonces oficialismo. Más bien, ocurría lo contrario: los alfiles legislativos de la presidenta CFK le evitaban malos tragos a su gobierno. La derrota del Frente para la Victoria había sido durísima en 2009. En provincia de Buenos Aires, la más sorpresiva de todas, pese a contar con la presencia de Néstor Kirchner, Daniel Scioli, Sergio Massa, Alberto Balestrini y varios intendentes en las listas, y con Florencio Randazzo como jefe de campaña. Y a manos de un empresario que por esos días recién se hacía definitivamente conocido (y hoy está retirado de la política). En otras geografías, la caída fue peor: se trataba de la traducción electoral del conflicto entre el anterior oficialismo y las patronales agrarias, que todavía resulta crítica en la relación de fuerzas nacionales. Sin embargo, esa acumulación de expectativas defraudadas sería una de las múltiples razones del 54% cristinista de 2011.

Pagni, una mente brillante del liberalismo argentino, se quejaba en estos términos: “La clase de liderazgo que ejerce Néstor Kirchner sería inviable si no fuera por la descomposición que domina al sistema de partidos desde 2001. La Presidenta y su esposo siguen sacando ventajas de aquel terremoto. (…) La caudalosa corriente de opinión adversa a los Kirchner no consigue canalizarse en estrategias eficaces. El riesgo de los rivales del Gobierno es, en vez de mitigar el malestar de sus votantes, duplicarlo. (…) Además de estas fracturas, en el Congreso el matrimonio atesora otro activo: la secreta solidaridad conceptual de muchos de quienes se les oponen. Parte del poder de los Kirchner se asienta sobre el consenso precapitalista de una porción relevante de la clase política argentina. (…) La oposición se unificó por el vandalismo procesal del Gobierno. Pero cuando se discuta la sustancia del problema, aquel muro puede resquebrajarse. (…)”

"'Parte del poder de los Kirchner se asienta sobre el consenso precapitalista de una porción relevante de la clase política argentina'"

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¿Qué decía Pagni? Que una porción importante de la sociedad, la que rechaza la presencia estatal en la economía -por sintetizarlo de algún modo- carecía de plantel dirigencial apto para la ejecución de sus demandas. Podían expresarlas en las urnas, pero a la hora de actuar, algo, seguramente vinculado a su formación, los embarullaba.


En “La larga marcha de Cambiemos” (Editorial SXXI), Gabriel Vommaro cuenta la historia de los hombres y las mujeres que vinieron a llenar ese vacío. Los managers con que Macri diseñó su gobierno, al que burlonamente se lo llama CEOcracia. Descalificativo que, no obstante, aún es útil para problematizar la mentalidad de quienes hoy definen los rumbos del país. ¿Quiénes son? ¿Cómo piensan? Y sobre todo, ¿por qué decidieron dejarla vida cómoda y acaudalada de sus carreras profesionales para internarse en la jungla estatal? ¿No es esta última una pregunta que se ha hecho mucho el análisis político que procura razonar por fuera de la emocionalidad? ¿Qué se puede sacar en limpio de este proceso de politización de un segmento de las élites que no sea el facilismo de “vinieron a armar las cosas a su medida, huirán después de robar”? Todo esto intenta explicar Vommaro en su nuevo libro.

La formación de los CEO, sus ámbitos de socialización específicos y los que el macrismo creó como puente entre el mundo privado y el público, los contactos y códigos que fueron involucrando a cada vez mayor cantidad de integrantes de ese sector privilegiado en la tarea de convencer a sus pares de que era necesario que dieran el salto a una arena por la que sentían un rechazo casi esencial. El autor ya había escrito la historia de PRO, “un partido fabricado para ganar”, describiéndolo como una herramienta que Macri construyó para hacerse de autonomía en la lucha política, lo cual cobra especial relevancia en el marco de Cambiemos, la coalición que necesitó pactar con otros elementos del no peronismo, para acceder a Balcarce 50. En ese entendimiento, el siguiente y lógico paso era biografiar al personal llamado a encarar la epopeya.

"¿por qué decidieron dejarla vida cómoda y acaudalada de sus carreras profesionales para internarse en la jungla estatal?"

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Otra fecha clave: 17 de marzo de 2001. Al anochecer de aquella jornada, por cadena nacional, Ricardo Hipólito López Murphy, flamante ministro de Economía con que Fernando De La Rúa había reemplazado a su primer jefe de hacienda, José Luis Machinea, anunciaba su plan económico. Recortes en educación y universidades, rebajas al salario familiar, postergación en jubilaciones, achiques en programas de salud y ANSeS, extensión de IVA y Ganancias, despidos en el sector público, quitas de subsidios. El equilibrio de la primera Alianza no resistió semejante receta y estalló por el lado progresista. El Frepaso retiró a todos sus miembros del gobierno, y lo propio hizo el ala alfonsinista de la UCR. Lo que siguió, se sabe de memoria. Pero en las cabezas de las elites quedó grabada a fuego una moraleja acerca de esa desventura: “por no hacer lo que había que hacer, pasó lo que pasó”. Y la política era la culpable.

RECREAR, el partido que fundó López Murphy para competir en 2003 como desprendimiento por derecha del radicalismo, es un antecedente ineludible en el estudio del ascenso macrista al sillón de Rivadavia. No tanto por el contrato que los juntó un tiempo, y del que Macri se deshizo implacablemente, acabando con la carrera de aquel socio como lo haría con la de tantos otros que lo acompañaron circunstancialmente como pares antes y después. Lo que interesa de aquella experiencia es la toma de conciencia por parte de que les hacía falta un instrumento propio para “hacer lo que hay que hacer”. Esa noción que Noelia Barral Grigera y Esteban Rafele cuentan haberle escuchado al hermano de la vida presidencial, Nicolás Caputo, en la biografía que escribieron de él. Como se observa, pues, se trata de un concepto muy arraigado entre los businessman que hoy llevan las riendas del país.

"en las cabezas de las elites quedó grabada a fuego una moraleja acerca de esa desventura lopezmurhysta: “por no hacer lo que había que hacer, pasó lo que pasó”"

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RECREAR acabó diluido en PRO, con rol protagónico del inesperado vencedor de CFK en la provincia de Buenos Aires, Esteban Bullrich. Vommaro desarrolla en el texto ese devenir, en el que se batieron a duelo el purismo doctrinario liberal y las ganas de triunfar de quienes pragmáticamente comprendieron que no les alcanzaba. El título del libro es lo suficientemente gráfico: aquí encontramos la transformación en la mentalidad de gente con inquietudes sociales canalizadas a través de voluntariado ONG, que finalmente se persuadió de que el alcance de la política es mayor. Ya no están contra la política, porque no es ése el problema sino quiénes la ejecutan: quieren quitársela a los malos y manejarla ellos, los mejores de la sociedad. Están en problemas, peronistas y progresistas: se avivaron.

Últimos episodios relevantes en la trama de estas páginas: el conflicto con el campo y los cacerolazos de 2012-2013. Cambiemos llegó a la batalla de 2015 envuelto en una épica de la que careció el peronismo kirchnerista, desgastado tras una década larga. La revancha de la derecha, podría caratularse al relato del último cambio de mando en Olivos. El litigio por la resolución 125 dio lugar a una reacción popular en torno a esos intereses. Fue el hecho que les dio oportunidad de tender lazos de consenso por fuera de lo estrictamente propio. La Venezuela chavista fue otro eje determinante. El mismo Pagni citado al comienzo de esta reseña, en otra columna del mismo diario, años después, reveló que al estatismo no le iba mal en las encuestas. “Íbamos a terminar como Venezuela” es la fórmula con que el vigente oficialismo confronta con el pasado K gambeteando detalles incómodos. Para los CEO, la prueba de que su país estaba en peligro, y que tenían que tomar cartas en el asunto para impedirlo; un llamado a activar su patriotismo.

Vommaro es el anatomista de la novedad que llegó al gobierno cuando muy pocos sabían la cantidad de razones de peso que jugaban a su favor. Silenciosamente, mientras todos nos distraíamos con detalles de rosca, una movilización ciudadana subterránea estaba a punto de concretar una hazaña. Y ya es hora de empezar a examinarla.


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