07 / 11 | Cultura

SIETE CASAS VACÍAS, DE SAMANTA SCHWEBLIN


 

“Hay cierta ventaja, a veces, en no estar en el centro. Mirar las cosas desde un lugar levemente marginal.”, dice Ricardo Piglia en “Literatura y porvenir” (1999). Ese margen, desde el cual están narrados los cuentos de Siete casas vacías, el último libro de Samanta Schweblin, propone una mirada distinta en la que el lenguaje literario habla desde otro lugar y hace que el lector se desplace para pensar  representaciones y convenciones sobre la familia, la locura y la realidad. Las preocupaciones de Schweblin, en esta obra, están relacionadas con algunas temáticas ya aparecidas en Distancia de rescate (2014). De hecho, en una entrevista, la escritora sostiene que su novela surge a partir de un relato que ella había pensado para Siete casas vacías, estableciendo esa relación.

Los cuentos que conforman su última obra son siete y suelen comenzar con un estado calmo interrumpido por el accionar de personajes que se corren de las reglas sociales. De esta manera, encontramos en “Nada de todo esto”, una madre que ingresa a una casa con su hija y quiere robar objetos; en “Mis padres y mis hijos” dos abuelos que se desnudan junto con sus nietos; y en “Un hombre sin suerte”, unos padres que le piden a su hija que se saque la bombacha blanca para usarla como señal de emergencia y llegar a un hospital. Estas escenas, junto con la de los otros cuentos “Pasa siempre en esta casa”, “Cuarenta centímetros cuadrados” y “Salir”, proponen una lectura que sacude creencias y modelos de manuales escolares. La llamada locura sana  y la idea de familia como tragedia recorren los textos desvirtuando las representaciones culturales. Es así que los relatos de Schweblin tienen algo de descubrimiento, eso de mostrar un universo singular que se entrecruza con el del lector: “¿Me está diciendo que hay chicos y adultos desnudos y juntos?”, dice uno de sus personajes.

Casi todos los cuentos están narrados desde el punto de vista de los protagonistas quienes presentan los hechos evaluándolos, emitiendo opiniones, dudando: “¿Por qué me haría caso y saldría de la casa como una madre normal?”, dice la narradora de “Nada de todo esto”.  Y es aquí donde radica la función lúdica de los relatos: como lente de cámara, los narradores muestran lo que ocurre en los márgenes de las casas, en lo que las rodea, las calles, los jardines, los patios; como lente de cámara, muestran lo que hacen sus padres, madres, suegras. Y, nosotros, los lectores, nos salimos de la raya al ver lo que ellos ven. Lo otro, la locura como algo positivo, es lo nuevo, lo que se presenta en el texto hasta casi humorísticamente: “Mi madre se restriega sus tetas contra el vidrio y Lina la imita mirándola con fascinación. Gritan de alegría, pero no se los escucha. Simón las imita a ambas con los cachetes del culo.”


Pero aún queda un cuento más: “La respiración cavernaria”. Es el relato más largo en donde la protagonista es una mujer que desea morir y espera la muerte. Las relaciones filiares y la fatalidad nuevamente, lo digo por Distancia de rescate, se entrecruzan, y el hecho fantástico, en un sentido tradicional, toma lugar en el adentro y el afuera de la casa: “¿Sería él? No, se dijo en silencio. Él estaba muerto. (…) No podía verle la cara, solo su contorno oscuro”. Es el adentro pero también lo extraño del afuera, casi como el eje de La vida ordenada (2012) de Fabio Morábito, lo que produce vacilación y plantea una ruptura en la realidad de un matrimonio y su barrio.

Los cuentos de Schweblin proponen, una vez más, encontrarnos con mundos que permiten tener una visión distinta de ideas convencionales y que llevan a reflexionar sobre modelos de pensamiento sobre la familia, la locura y lo real. Siete casas vacías, entonces, se sale del borde y sus personajes están ahí para narrar y meternos en el punto ciego de las experiencias, para  plantear comunicarnos, las historias y yo, el mundo y yo, en lo que nos separa. Es por esto que las ficciones de Samanta Schweblin, desde El núcleo del disturbio hasta Siete casas vacías,  ya son un clásico, en el sentido que lo plantea Ítalo Calvino: son los libros que cada lector elige como tal porque de ellos puede decir “estoy releyendo” y no “estoy leyendo”, porque nunca terminan de decir lo que tienen que decir, porque no se leen por deber, porque dejan una sección vacía para los descubrimientos, porque sirven para saber quiénes somos. Siete casas vacías, en suma, plantea des-cubrir el otro orden de las cosas.

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