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SEGUNDO TIEMPO


 

Todavía se sentían las réplicas del terremoto causado por la Resolución 125 cuando la revista política inglesa New Left Review publicó un artículo titulado “El fin del kirchnerismo” (1). Su autora, la socióloga argentina Maristella Svampa, afirmaba que “la situación tal y como está marcará probablemente el final de la era K y sus tímidos experimentos con la construcción de una coalición de centroizquierda, despejando el camino para que el sistema tradicional de dominación peronista retorne con venganza”. En efecto, la foto de mediados del 2008 mostraba al kirchnerismo lamiéndose la herida narcisista infligida por la masividad de las protestas en su contra en el seguro refugio del poder territorial y sindical del peronismo.

Como se sabe, el kirchnerismo no sólo no terminó en 2008 sino que encontró en el conflicto con el campo el ímpetu para gobernar por mano propia. Svampa identificó correctamente el fin de la experimentación política coalicionista (la transversalidad, la concertación plural). Pero lo que sucedió a las alianzas construidas durante el primer mandato no fue un repliegue sobre el peronismo sino el desprendimiento de todas las mediaciones políticamente organizadas con la sociedad, incluida la del propio peronismo, tal como dejó en claro Néstor Kirchner al usar su derecho a permanecer callado en el acto de asunción de la presidencia del Partido Justicialista.

Desde ese convulsionado 2008 y durante siete años (con sus tres elecciones nacionales correspondientes), el fin del kirchnerismo permaneció como una de las principales preocupaciones de la política argentina. Para 2015, la imposibilidad constitucional de una nueva reelección de Cristina Fernández primero y la consagración de Daniel Scioli como candidato después parecieron configurar un escenario donde, más allá de quien resulte ganador, el fin del kirchnerismo estaba garantizado. La supuesta similitud de los tres principales candidatos, atribuida a su (falta de) orientación ideológica o a su condición generacional, parecía garantizar por sí misma una superación de la larga década K.


Pero las cosas no sucedieron de ese modo. Lejos de presentarse como una de las alternativas de salida, diferentes factores fijaron el domicilio político de Scioli en la tambaleante casa kirchnerista. Fue a partir de ese posicionamiento que la antinomia cambio/continuidad devino el principal ordenador de la competencia electoral. El diario del lunes 26 de octubre nos trajo los resultados de esta configuración del espacio político: la base electoral de Scioli casi no excedió la que hubiera tenido alguno de los precandidatos kirchneristas que se habían dado el baño de humildad correspondiente. Cuando todos esperaban que la alquimia constitucional surgida del pacto de Olivos le diera una victoria módica, el candidato no tuvo más votos que el proyecto.

Más allá del estilo

En teoría, lo que debía permitirle a Daniel Scioli cruzar en una sola votación la brecha que separaba al Frente para la Victoria de cuatro años más en Balcarce 50 era la promesa de continuar el kirchnerismo pero por otros medios. Sin embargo, al menos tres hechos confirmaron que el eje cambio/continuidad no giraba en torno a los modales políticos de Cristina Fernández. En primer lugar, la constatación de que la reconocida diferencia en las formas de Scioli no fue suficiente para construir un consenso mayoritario. En segundo lugar, el nulo impacto de la kirchnerización atolondrada de Mauricio Macri en la recta final de la campaña. Por último, la permanencia, politológicamente inesperada pero políticamente explicable, del “candidato de las propuestas”, Sergio Massa.

Con cierta probabilidad, el principio del fin del Scioli ganador en primera vuelta pueda situarse, paradójicamente, en el momento mismo de su consagración como candidato. Al recurrir a una versión vernácula del dedazo en lugar del mecanismo de primarias abiertas creado por ella misma, Cristina Fernández transformó a Scioli en su delegado político para las elecciones 2015. Una victoria en la interna del FPV frente a un candidato más ligado a la Presidenta le hubiera dado a la candidatura de Scioli una legitimidad de origen si no alternativa al menos suplementaria a la voluntad de Cristina. La ausencia de una primera victoria al interior del oficialismo fue en buena medida la causa originaria de la imposibilidad de crecer al exterior de ese espacio.

Pero más allá de esta preponderancia del liderazgo político de Cristina sobre Scioli, la idea de que el desafío electoral estuviera dado por ofrecer la continuidad de las políticas públicas del kirchnerismo dotándolo de un estilo de conducción diferente estaba sobredeterminada por una evaluación excesivamente optimista de esas políticas públicas y sus resultados. Poniendo como contracara a la crisis de 2001/2 o los prolongados efectos de la crisis de los países centrales, sobre todo los del Sur de Europa, el gobierno en general, y su ministro de Economía Axel Kicillof en particular, lograron justificar el escaso rendimiento de la economía. Sin embargo la inflación, el déficit fiscal, la caída de reservas y las restricciones cambiarias van dejando de ser un efecto no deseado de una política económica orientada a evitar la crisis para convertirse, paulatinamente, en la causa misma de un futuro cuello de botella económico y financiero.

En algún sentido, la situación parecía parangonarse, en términos políticos, a la vivida en diciembre de 1999. Por entonces, la convertibilidad constituía un consenso fundamental de buena parte no sólo de la clase política sino de la sociedad que sufría sus efectos. De alguna manera, el actual desplazamiento de la mirada desde los evidentes problemas económicos hacia las formas espeja el que tenía lugar en aquel momento en relación con la corrupción. Es evidente que la alta emisión monetaria actual tiene efectos distintos que la convertibilidad. Pero decisiones como la deformación del sistema de estadísticas, la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central que permite la utilización del total de las reservas y la restricción de compra de divisas y de las importaciones recorren nuevamente el camino de querer acomodar toda la economía a un punto fijo que se presenta como intocable.

Así fue que, sin ningún correlato en términos políticos o de política pública, la “cuestión del estilo” quedó rápidamente sepultada bajo la tensión entre la continuidad y el cambio. Esta tensión, como demostró la irreductibilidad electoral del massismo, no era estrictamente bipolar. Existía, del lado del cambio, una importante porción del electorado identificada con el peronismo pero totalmente extrañada de la continuidad del kirchnerismo. La promesa naranja de devorar ese sector a fuerza de pejotismo quedó incumplida mucho antes de los “sorprendentes” resultados del 25 de octubre.

La quimera del desarrollo

En su libro sobre los gobiernos concertadores en Chile entre 1990 y 2010, el sociólogo Manuel Antonio Garretón utiliza la noción de “problemática sociohistórica” (2). Para Garretón, la problemática sociohistórica es la que define una unidad en torno a la cual se ordenan las distintas dimensiones de la vida social en un país o región. A lo largo del siglo XX las problemáticas sociohistóricas de América Latina se sucedieron una tras otra: la cuestión de la integración de las masas populares y las clases medias a través de un nuevo modelo de desarrollo con un papel del Estado en la industrialización, la superación revolucionaria del capitalismo dependiente, la construcción de democracias estables, la reinserción en el mundo globalizado, etc. La última de estas grandes cuestiones, para Garretón, fue la recomposición de las relaciones entre Estado y sociedad en el mundo globalizado.

Como cada una de las anteriores, esta última problemática asumió en Argentina una forma particular. Durante sus doce años de gobierno el kirchnerismo ha permanecido como su intérprete casi exclusivo. Sus logros en el campo de la inclusión social son tan reconocidos que han sido incluso retomados por la alianza política que trató de ubicarse en el polo del cambio. Sin embargo, a pesar de las evidentes deudas sociales pendientes, esta problemática empieza a mostrar signos de agotamiento en su capacidad de funcionar como el eje en torno al cual gira todo lo demás.

Al igual que en 1999, asistimos hoy a una elección presidencial en la que la dirigencia política no se ha dado un “gran problema”. Alfonsín con la democratización, Menem con la estabilización económica y Kirchner con la inclusión social y la reconstrucción del Estado tuvieron un claro objetivo al cual subordinar todos los demás. Una misión, podría decirse, para usar un léxico más militar o religioso. O un mandato, en la terminología del consultor estadounidense Dick Morris. De hecho, incluso Mauricio Macri decidió correrse hacia el consenso kirchnerista mediante la formulación de propuestas como el “ingreso universal a la vejez”, dejando a Massa y su crítica a la implementación de los planes sociales como el opositor más nítido en el campo de la política pública.

Durante ocho años de gobierno porteño, el PRO ha dado muestras de no querer (o de no animarse) a constituirse en una fuerza política autoidentificada con los tópicos clásicos de las derechas neoliberales o conservadoras. Ni la mercantilización ni la moral y el orden público han ocupado el tope de la agenda del Gobierno de la Ciudad, como lo atestiguan su preocupación (bien o mal concretada) por el transporte y el equipamiento urbano y su despreocupación por las protestas y los trapitos. El recorrido de la derecha hacia el centro, durante el cual el PRO abandonó buena parte de sus contenidos iniciales, alejó a su líder del espectro de Martínez de Hoz y lo acercó al horizonte de la “previsibilidad” tan invocada por Scioli.

El domingo 25, el electorado mostró una fuerte desconfianza respecto al impreciso horizonte del desarrollo propuesto durante la campaña por Scioli. Pareciera como si las lecciones aprendidas de la problemática sociohistórica anterior, sabiamente sintetizadas en la noción de “superávits gemelos”, estuvieran más presentes en la sociedad que en la política. El mandato de sentar nuevas bases para el crecimiento empieza ahora a dibujarse con bastante claridad. Más allá del intento de proponer un enfrentamiento de “modelo contra modelo” que realizó inmediatamente el candidato oficialista, lo cierto es que la elección ha corrido el debate hacia la búsqueda de la fórmula electoral y políticamente viable para resolver los problemas estructurales que enfrenta la economía argentina.

sciolimacri II

Presidencia débil o Presidencia fuerte

Las vidas paralelas de Daniel Scioli y Mauricio Macri se cruzarán el 22 de noviembre bajo la trágica regla de que el ganador se lleva todo. Los escalones que los llevaron a la cumbre de la democracia argentina son notoriamente similares: la fase empresaria de la Casa Scioli y el Grupo Macri, la deportiva de la motonáutica y el Club Atlético Boca Juniors, y la política que los hizo coincidir por ocho años en la gobernación de la Provincia y la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires respectivamente. Pero a pesar de esta trayectoria gemela, y de los análisis que quisieron verlos como dos versiones de lo mismo, los dos candidatos representan propuestas políticas claramente distintas, quizás no tanto en la respuesta como en la formulación misma del problema a resolver.

Mucho se ha especulado, y se continúa especulando, respecto al cuándo y al cuánto Daniel Scioli se distanciaría de la conducción de Cristina Fernández. Efectivamente el interrogante no es menor desde el momento en el que el kirchnerismo decidió autoconstruirse como un liderazgo sin articulaciones político-organizativas de ningún tipo. Pero la pregunta sobre si el candidato tiene los medios políticos o la actitud para “romper” con Cristina suele plantearse en términos que omiten una cuestión fundamental: si efectiva- mente quiere hacerlo. De alguna manera el tiempo de campaña ya ha dado una respuesta: Scioli juega su destino con las botas del Frente para la Victoria puestas.

Una vez de nidos los finalistas del primer balotaje de la democracia argentina permanece el interrogante de cuánto va a incidir esta instancia sobre el gobierno del vencedor. ¿La mayoría de segunda vuelta dotará al ganador del suplemento necesario para acrecentar políticamente el treinta y pico por ciento inicial? ¿O será un boleto picado de cuatro años de duración durante los cuales todos tendrán a bien recordarle que no llegó solo? En su análisis del poder presidencial, María Matilde Ollier ha identificado distintos recursos que definen la posición político-institucional de los presidentes (3). Estos recursos pueden ser partidarios, parlamentarios, judiciales, federales, sociales, económicos, comunicacionales, ciudadanos y político-personales. A diferencia de lo ocurrido cuatro años atrás, cualquiera sea el ganador deberá dedicar la mayor parte de su tiempo a incrementar cada uno de ellos. Sobre todo porque, como sucede con los recursos parlamentarios y los judiciales en el inminente nombramiento de los ministros faltantes de la Corte Suprema, se trata de cuestiones endiabladamente entrelazadas.

En todo caso, harán falta por lo menos dos años para que el nuevo presidente termine de fortalecerse. Gane quien gane, su gobierno empezará bajo el signo de una sociedad que le dio una doble sorpresa a su dirigencia: el rechazo a la tan promovida polarización del voto y las dudas acerca del supuesto consenso sobre el deseo mayoritario de continuidad de la actual situación político-económica. El futuro presidente deberá reconstruir una nueva representatividad a partir de una nueva conjugación entre el deseo de crecimiento y el de inclusión. Peronistas o no, los votantes del 22 de noviembre evaluarán cuál de los dos descendientes de inmigrantes italianos puede garantizarles a ellos lo que lograron para sí mismos. A fin de cuentas, la voluntad colectiva de estar mejor es siempre el motor de la historia de este país mestizo.

(1) No 53, septiembre-octubre de 2008.

(2) Neoliberalismo corregido y progresismo limitado. Los
gobiernos de la Concertación en Chile 1990-2010, Clacso.

(3) Presidencia dominante y oposición fragmentada: una construcción política. Néstor y Cristina Kirchner (2003-2011), UNSAM.

*Artículo publicado en el número de noviembre de Le Monde Diplomatique edición Cono Sur.


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