14 / 03 | Política

¿Qué quiso decir cuando dijo “hagan lío”?*


“Lo escuchaba al Papa en Río decir que la Iglesia no era una ONG”, dijo la Presidenta en un acto de campaña previo a las primarias en Morón. Los que estaban en el acto, la mayoría jóvenes con banderas de agrupacionesde Unidos y Organizados, chiflaron.“¡Huiraaa!”, gritó uno atrás. “No, permítanme”, los interrumpió Cristina, frunció el ceño y puso la mano en señal de stop.“Néstor les dijo que fueran transgresores. ¿Se acuerdan cuando les dijo ‘transgredan, salten todo, salgan a la calle’?Cuando el Papa dijoen Río que los chicos salgan a la calle porque la Iglesia no es una ONG, ¿qué les quiso decir? Lo que les quiso decir es que hay que salir a luchar por los ideales y las convicciones… ¡lo que decimos nosotros de la política!”. Cristina levantó la voz y el público empezó a aplaudir. “¡La política no es una ONG! Es ideas, necesita predicadores, gente que vaya a llevar la Palabra, las ideas, para militar y trabajar”.

Los mismos jóvenes que habían silbado aplaudieron, cantaron y tocaron los bombos. Las Madres de Plaza de Mayo, sentadas a un costado, se pararon a aplaudir. La escena y la pregunta -¿Qué les quiso decir con ‘hacer lío’?- sintetizan la relación que el gobierno y la oposición construyeron a lo largo del último año con un actor nuevo en la política argentina.

  El kirchnerismo ante el Papa


El día en el que el cardenalJean-Louis Taurananunció que Bergoglio sería el próximo Papa se puso de manifiesto que el kirchnerismo es: un movimiento político que gobierna la Argentina, una variante del peronismo, y un discurso apoyado sobre tradiciones políticas diversas que van del progresismo liberal y laicista hasta el peronismo, nutrido por doctrinas y trayectorias católicas.

Como consecuencia de la avanzada del kirchnerismo hacia una posición de “autonomía activa” (1) respecto de la Iglesia y de otros grupos de interés, la relación con Bergoglio como jefe de la Conferencia Episcopal Argentina y Arzobispo de Buenos Aires había sido, durante diez años, de antagonismo. Sin embargo, su elección como máxima autoridad vaticana activó en el gobierno un viejo recurso de la clase política argentina: apelar al campo religioso para traccionar esa legitimidad hacia el campo de lo político-estatal. El primer mensaje en ese sentido lo dio la propia Presidenta el mismo día en el que se produjo el anuncio, en un acto en Tecnópolis en el que le deseó “toda la suerte del mundo” al Papa para que “convenciera a los poderosos” de que resolvieran los conflictos por vía diplomática. “Le pedimos a Dios que pueda ayudar a hacerlo posible. Estoy segura que Dios y la Virgen así lo quieren”, agregó. Días después mantuvieron una reunión en la que Cristina le pidió que intermediara en la cuestión Malvinas, lo que se inscribe en una larga tradición en el modus vivendi de la clase política argentina: la mediación de la Iglesia en conflictos sociales o diplomáticos (2).

En segundo lugar, respecto del kirchnerismo como una variante del peronismo, hubo tres hechos inmediatos a la asunción de Francisco que reactivaron la matriz simbólica en la que confluyen lo popular y lo católico como dos pilares de la identidad argentina: por un lado, la celebración de La Cámpora y el Movimiento Evita de la unción del Papa enla villa 21-24; segundo, los afiches que cubrieron las principales avenidas de la ciudad de Buenos Aires con la frase “Francisco I: Argentino y peronista”, sobre la foto de unPapa sonriente y saludando con la mano en alto;tercero, un afiche posterior a la reunión de la Presidenta con el primer mandatario del Vaticano en el que se veían solo las manos de los dos sosteniendo el mate que la Presidenta llevó como obsequio, bajo la leyenda “Compartimos esperanzas”. Las tres expresiones apuntan a reproducir la estrategia del peronismo durante la década del 40 de capitalizar la simbiosis entre el “sentimiento nacionalista” y la religiosidad popular propia de los pobres y los trabajadores, a los que podía llegar gracias a su raigambre discursiva, política y organizativa. Esta apuesta se apoyaba sobre una apelación mutuabajo la cualel poder de la Iglesia radicaba en su llegada corporativa al Estado –particularmente a las Fuerzas Armadas- más que en su inserción en los sectores populares (3).

El autor de los afiches fue el entonces secretario de Comercio, Guillermo Moreno, cuya trayectoria militante comenzó en Guardia de Hierro –una organización a la que Bergoglio era afín cuandocomo Provincial de la orden de los jesuitas,tenía el control de la Universidad del Salvador- y que luego siguió el rumbo de muchos de sus integrantes: formó parte de la Renovación Peronista e integró la intendencia de la Capital Federal durante la gestión de Carlos Grosso, que a su vez había iniciado su militancia en la organización católica nacionalista JAEN. En estedato reside el tercer punto señalado anteriormente: además de un movimiento político en el gobierno y una forma del peronismo, el kirchnerismo es también undiscurso apoyado sobre tradiciones y trayectorias políticas diversas en torno a las que los roles se reparten de una forma particular. El kirchnerismo buscó interpelar a los sectores populares a través de una serie de políticas públicas y macroeconómicas redistributivas de la riqueza, pero también conquistó a los sectores medios urbanos: la recuperación de la ESMA, los juicios por los crímenes de lesa humanidad y la política cultural se engloban en esta estrategia. Por eso las crisis que alejaron al kirchnerismo de las clases medias, como la crisis del campo, fueron explicadas por sus partidarios a partir de supuestos “problemas de comunicación”. Estos dos niveles de diálogo con la sociedad implicaron una división de tareas: los referentes políticos y sociales vinculados a una cultura políticamás progresista o de centro izquierda –movimientos de derechos humanos, referentes políticos provenientes del Frepaso, la CTA, líderes sociales vinculados a la resistencia a las política neoliberales del menemismo, etc- fueron portavoces y creadores del campo semántico y cultural oficial, mientras que los representantes del peronismo más tradicional se dedicaron a la gestión de los territorios. Es decir, el discurso público del kirchnerismo reposó sobre su ala progresista.

En este contexto, la llegada de un Papa argentino vinculado en el pasado al peronismo “de derecha” trastocó esta división y puso de manifiesto esa diversidad: por un lado, el periodista Horacio Verbitsky denunció a Bergoglio por haber comunicado al director de Cultode la última dictadura militar las actividades “disolventes” de dos sacerdotes jesuitas que se encontraban en una línea radicalizada opuesta a la del entonces Provincial. Su denuncia fue recogidapor los medios filokirchneristas, que reprodujeron, además, la línea antagónica a Begoglio que el gobierno había mantenido, con algún matiz, durante diez años. El director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, criticó los afichesdel “Papa peronista” en una reunión inmediatamente posterior a la elección de Francisco. Frente a estas posiciones, quienes defendieron públicamente al Papa fueron todos dirigentes peronistas cuya militancia de origenestuvo vinculada políticamenteal catolicismo, como el propio Moreno, el vicegobernador Gabriel Mariotto o el dirigente del Movimiento Evita, Emilio Pérsico. En suma, lasdiferentesvertientes del kirchernismosalieron a la luz.

La oposición

Si, luego de la designación de Francisco, el kirchnerismo apuntó al triple objetivo detraccionar legitimidad, competir por la síntesis entre nacionalismo y religiosidad popular al estilo del primer peronismoy reacomodarse internamente hacia un discurso peronista de raigambre católica, la oposición, sin liderazgos claros al momento de la unción papal, apostó al pasado antagonista de Bergoglio y a competir por el puesto del “candidato del Papa” en una disputa por el significado de sus palabras.

En respuesta a las declaraciones de la Presidenta, el jefe de Gobierno porteñoMauricio Macri explicó:“Hacer lío significa salir a la calle en términos de lo que pasó el 8N, el 18 de abril, en el sentido de la participación, que no tenemos que resignarnos a que las cosas no funcionen”. Sergio Massa, luego de su triunfo en las PASO, llamó a los jóvenes a “hacer lío”. La diputada Elisa Carrióapeló a la misma frase: “Yo nací para hacer lío, y gracias que hacemos lío porque sino estos se roban todo”.Su vínculo con Bergoglio mientras él era Arzobispo se tradujo en la postulación de Gustavo Vera, líder de la organización social de lucha contra la trata de personas La Alameda y muy cercano al ex arzobispo, como primer candidato a legislador porteño en la lista de UNEN.

Sin embargo, estos intentos responden más a una creencia arraigada en la clase política acerca de que existe un “voto católico” y que por lo tanto la legitimidad religiosase puede traducir en legitimidad política, que al vínculo que los católicos tienen con la Iglesia y sus jerarquías: si bien el 76,5 por ciento de los argentinos se considera católico, sólo el 2,1 por ciento cree que la Iglesia debería influir en las políticas públicas y apenas el 0,2 por ciento piensa que debería dedicarse más a “temas políticos” (4).

 

  Autonomía, complementariedad, competencia

Entre 2003 y marzo de 2013, el gobierno tuvo más políticas de ruptura que de continuidad respecto a la complementariedad activaque el menemismohabía establecido con la Iglesia Católica. Si bien persistió un vínculo de subsidiariedad (5) o delegación en algunas esferas de la política pública, sobre todo en el terreno educativo, los avances en términos de “autonomía activa”del Estado respecto de la Iglesia sólo son comparables con los desarrollados durante el gobierno de Roca: la elección de funcionarios laicos y no vinculados a familias católicas tradicionales en la Secretaría de Culto; la designación en la Corte Suprema de dos mujeres que habían sido criticadas por la Iglesia debido a sus opiniones sobre el aborto; la defensa en las Naciones Unidas de políticas relacionadas con los derechos de las mujeres y las minorías sexuales contrarias a lasposiciones del Vaticano; la reducciónde los fondos destinados a las iniciativas de caridad promovidas desde las organizaciones católicasy el incremento de los programas sociales del Estado; la sanción de las leyesde educación sexual en escuelas primarias y secundarias y de defensa de los derechos sexuales y reproductivos; la expulsión del obispo militar luego de que dijera que el ex Ministro de Salud, Ginés González García, debía ser “arrojado al mar con una piedra de molino atada al cuello”; la ausencia anual en el Te Deum de la Catedral Metropolitana;y las leyesde matrimonio igualitario e identidad de género; fueron los “hitos laicos” más importantes de los últimos tiempos.

Pero esta tendencia se revirtió en el último año, con dos hechos que tienen lógicas distintas pero que de todos modos van en detrimento de la autonomía del Estado para definir, en base a criterios desvinculados de lo religioso y respetuosos de los derechos de las minorías, cuestiones sensibles para la Iglesia, tales como la familia, el estatus de la Iglesia en tanto persona jurídica y el tratamiento de las adicciones.

El primero, las modificaciones al anteproyecto de Código Civil, obedece a una lógica de complementariedad clásica: el gobierno reconoció la legitimidad de la Iglesia para definir cuándo comienza la vida, definida desde la concepción inclusive fuera del seno materno (lo que podría generar acciones tendientes a limitar la fertilización in vitro). Por otro lado, el proyecto le reconoce a la Iglesia Católica un estatus jurídico de persona pública frente al Estado, a diferencia de todas las demás religiones y a pesar de las numerosas organizaciones que consideraron en las audiencias públicas que mantener dicho estatus implicaba una violación a la igualdad de cultos.Ambas modificaciones representan un retroceso en términos de autonomía en comparación con el anteproyecto anterior.

El otro aspecto relevante, la designación de un sacerdote al frente de la Sedronar, obedece a una lógica de competencia similar a la del primer peronismo: Juan Carlos Molina no pertenece a la pastoral de adicciones ni a la pastoral villera, los dos espacios a través de los cuales los obispos expresan sus posicionamientos y desarrollan sus líneas de trabajo sobre el tema. Si bien el Episcopado aclaró que no existe “malestar” por la designación, la estrategia del gobierno es reconocer la legitimidad del catolicismo en el cuidado de los adictos y, al mismo tiempo, poner su gestión bajo la órbita del Estado. La lógica es la misma que en 1947, cuando el peronismo estableció por ley la educación religiosa obligatoria en la escuela pública pero puso su gestión bajo dominio público y le asignó a la Iglesia un rol meramente consultivo.

El kirchnerismo, como gobierno pero también como movimiento político, podrá avanzar hacia la competencia o hacia la complementariedad en su relación con la Iglesia. La posibilidad de competir -y por lo tanto mantener posiciones de mayor autonomía- dependerá de sus márgenes para construir una legitimidad que no repose sobre elementos religiosos, es decir, de su capacidad para crear y movilizar mayorías.

 * Nota publicada en el número de febrero de Le Monde Diplomatique

1 Fortunato Mallimaci(2005) en Revista América Latina Hoy

2 Ver Juan Cruz Esquivel (2009). “Cultura política y poder eclesiástico: Encrucijadas para la construcción del Estado laico en Argentina”, en Archives des sciences sociales des religions Nº 146, Institut de sciences sociales des religions de París. Allí el autor destaca las intervenciones de los obispos Marcelo Melani en Neuquén, Juan Carlos Romanín en Santa Cruz y Jorge Lozano en Gualeguaychú, y la disposición de la CEA a intervenir en el conflicto entre el gobierno y las entidades agrarias en el 2008.

3 Floreal Forni (1987) “Catolicismo y Peronismo (I)” en Revista Unidos Nº 14, Buenos Aires

4 Primera Encuesta de Creencias y Actitudes religiosas. http://www.ceil-conicet.gov.ar/wp-content/uploads/2013/02/encuesta1.pdf

5 La idea de “lógica de la subsidiariedad” fue expresada por Juan Cruz Esquivel en una entrevista en el diario La Nación del 29 de diciembre de 2013.


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