11 / 03 | Cultura

POR LOS GOLES Y POR MAO

Mariano Schuster @schusmariano Jefe de redacción de lavanguardiadigital.com.ar


Si la razón, como decía Descartes, está escrita en lenguaje matemático, entonces no caben dudas: la razón le pertenece al fútbol alemán. ¿Quiénes sino los alemanes iban a lograr que el fútbol – un deporte asociado a la espontaneidad y la sorpresa – se convirtiese en un juego rígido y estructurado? Observado con detenimiento, no caben dudas de que el fútbol germano recorre el camino de la industria. La cancha es, para sus ideólogos, la cadena de montaje. Y el gol su producto final. En el medio del proceso, conviven los jugadores, es decir, los obreros de la cadena. Como en cualquier otra rama productiva no precisan creatividad, sino disciplina y conocimiento específico de su función. No por nada Jorge Valdano – el Benedetto Croce del fútbol en palabras de Manuel Vázquez Montalbán – asestó la mejor frase para calificar su juego: Al tercer bostezo…gol de Alemania.

"Hubo, sin embargo, una época en la que el estructurado y rígido fútbol alemán fue emocionante"

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Hubo, sin embargo, una época en la que ese fútbol estructurado y rígido, fue emocionante. Cual si fuese un efecto mágico, la matemática se transformó en poesía. Algunos dirán que se debió a un equipo maravilloso. Pero para que la rigidez se vuelva poética, se precisa algo más que un equipo: se necesita un poeta.  Y ahí estaba Paul Breitner.

El lateral izquierdo de la selección alemana y del Bayern Munich era una estrella loca vibrando alrededor de un grupo de jugadores imponentes y salvajes. Beckenbauer, líbero entre los líberos, Wimmer, el equilibrista de la mitad de la cancha, Netzer, el desequilibrio hecho persona, Hoeness, como imparable mediapunta, y el Torpedo Muller, dando la estocada final.


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Breitner, sin embargo, pertenecía a otra estirpe. No aceptaba libretos. Subía y bajaba, amagaba y tocaba, le pegaba y entraba. Además de ganador – levantó siete Bundesligas con el Bayern, dos Copas del Rey con el Real Madrid, una Eurocopa con la Selección y la Copa del Mundo en el 74 – fue el artífice de una verdadera Revolución Cultural en el fútbol alemán. Llevaba el pelo afro y barba a lo Che. Combinaba el fútbol con estudios de Pedagogía en la Universidad de Munich. Y declaraba que la Bundesliga era un gran negocio para burgueses en el que, lamentablemente, no hay lugar para el socialismo.

Breitner entroncó bien con lo que sucedía en el campo. Pero no solo en el de juego. También en el de batalla. El poderoso movimiento de protesta social que convocaba a las juventudes de toda Europa estaba en auge. El Mayo Francés, el rock y la marihuana se mezclaban con un exótico anarco-comunismo que exaltaba a Marx, al Che y a Mao. Y Breitner estaba en pie de guerra. En los vestuarios del Bayern Munich, al que llegó en 1970 desde Kolbermoor, su pueblo natal, se lo veía tanto como en las barricadas contra la Guerra de Vietnam. Hablaba del socialismo, de la libertad y la lucha contra la burguesía. Convocaba a los futbolistas a rebelarse. Y afirmaba que tras su retiro de las canchas pondría un centro para discapacitados junto a su mujer y sus hijas. No había dudas: Breitner deliraba.

Aunque manejaba un Masserati de lujo y se hacía construir un chalet en las sierras de Baviera, a su vocación rebelde no le faltaba ejemplaridad. Dos meses después de llegar al club dirigido por Udo Latteck, decidió faltar durante una semana a los entrenamientos. ¿La razón? Estaba escondido en el sótano de su departamento para evitar a la convocatoria al servicio militar. Unos meses más tarde, sorprendió con sus explosivas declaraciones. Mucha gente se pregunta porque soy como soy. Es sencillo: Cuando tenía dieciséis años vi por televisión la muerte del Che Guevara. Me produjo un verdadero impacto. Ya nunca volví a ser el mismo.

"-Señor Breitner, ¿Cuál es su mayor deseo? ¿La copa del mundo? -No, la derrota de los americanos en Vietnam"

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Después llegaron un cúmulo de bizarrías. Acusó al “Kaiser” Franz Beckenbauer, su compañero en la selección y en el Bayern Munich de representar a los sectores de poder de la sociedad alemanaLo llamó amigo de las fuerzas burguesas. Sus críticas al máximo ídolo del fútbol le granjearon un apodo: El Kaiser Rojo.

A mediados de la década del setenta – la misma en la que fue crucial para conquistar la Eurocopa 72 y el Mundial del 74 que se disputó en su país – ya se había convertido en un rockstar. El New York Times lo presentaba como El Nuevo héroe de la contracultura mientras que Playboy le quitaba páginas a sus ardientes conejitas para darle espacio al Rebelde del Fútbol. Los periodistas de Die Zeit, lo entrevistaban, mientras él posaba – cual modelo de izquierdas -, en su discreto departamento de Munich, frente a un cuadro del Che y otro de Mao.

-Señor Breitner, usted es el futbolista más importante del Bayern – decía el entrevistador. Quisieramos saber a quien admira, quien es su ídolo. 

-¿Mi ídolo? Mao Tse Tung

-¿Puede decirnos que lee habitualmente?

-Leo a Marx y a Lenin. Y el Libro Rojo. 

-Y, Señor Breitner, ¿Cuál es su mayor deseo? ¿El próximo campeonato? ¿La copa del mundo?

-No, mi mayor deseo es la derrota de los americanos en Vietnam. 

En esos años, el Kaiser Rojo no se privó de ningún gesto rebelde. Renunció a su selección unas horas después de levantar la Copa del Mundo del 74 porque no le permitieron entrar al coctel de festejo junto a su mujer. Acusó machismo en la Federación Alemana de Fútbol y dio un portazo. Cuatro años más tarde amenazó con no ir al Mundial de Argentina, si su selección no condenaba, en el partido inaugural, las torturas y violaciones de derechos humanos de la dictadura de Videla. Sus compañeros se negaron a hacerlo. Y Breitner cumplió.

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Algunos creyeron ver una traición cuando abandonó el Bayern Munich para jugar en el Real Madrid en 1974. Lo acusaron de vender sus ideales para formar parte de la plantilla del equipo predilecto del dictador Francisco Franco. ¿Qué hizo Breitner?  Contestó con acciones. Financió con 1500 dólares la huelga de un grupo de mineros antifranquistas. En España no tuvo privaciones: habló contra el régimen, protagonizó películas Clase B, y hasta fue detenido en un Aeropuerto con un revolver en su chaqueta. Cuando le preguntaron los motivos respondió: Recibo constantes amenazas de muerte y debo cuidar a mi familia. Sus opiniones políticas no eran bienvenidas en el mundo del deporte.

Mientras, el tiempo avanzó y dejó sus huellas. Su amada China – aquella a la que había abrazado como bandera durante la Revolución Cultural maoísta – comenzó a desandar el camino del comunismo al capitalismo. Nada de lo que había sido, en el supuesto de Breitner y los jóvenes europeos, la rebelión de las masas orientales, quedó en pie.

La derrota de los ideales lo desguarneció y, entonces, sucedió lo impensado. Pocos días antes del Mundial de 1982, una importante compañía de espuma para afeitar le ofreció 150.000 marcos para cortarse la barba en vivo y en directo. Breitner aceptó.

Tras su retiro, no hubo ningún centro de discapacitados, sino un puesto en dirigencial en el Bayern Munich y un lujoso despacho su sede. El otrora ídolo de las juventudes rebeldes, lanzó con desparpajo: Lo del maoísmo fue un error del pasado. Me arrepiento profundamente. He crecido. 

A Paul Breitner, como a su amada China, no le quedó nada revolucionario. Ni siquiera el apodo.

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