15 / 04 | Mundo, Sociedad

PELOTAZOS RASTAFARIS

En 1980, Bob Marley jugó un partido de fútbol junto a su futbolista favorito: Paulo Cesar Cajú, un luchador por los derechos de los negros, izquierdista y admirador de Malcolm X. Una historia de fútbol, música y tragedias.
Mariano Schuster @schusmariano Jefe de redacción de lavanguardiadigital.com.ar


Recién había comenzado Marzo de 1980. Un nuevo año que, aunque nadie lo imaginaba, marcaría el principio del fin de una vida preciosa.

Bob Marley bajó del avión con sus rastas, sus shorts y una camiseta amarilla, vieja y gastada. A su lado estaban Junior Marvin, guitarrista de los Wailers; Jacob Miller; vocalista de Inner Circle, y Chris Blackwell, director de Island Records. Habían llegado a Brasil para participar de los festejos de la compañía discográfica Ariola, que pronto comenzaría a grabar en el país.

Para Marley la visita, sin embargo, era una excusa. ¿Una excusa para que? – se preguntaban los otros.


Para jugar al fútbol con Paulo Cesar Cajú – respondía el músico rastafari.

El autor de No woman no cry, tardó quince minutos en llegar al hotel. Primero pidió que le subieran a la habitación dos jarras con jugos de Mango y Maracuya, acordes a su dieta ital rastafari. Y después, salió a recorrer las favelas de Rio.

Le importaba muy poco lo que realmente habían ido a hacer a Brasil. Como tampoco le había importado que, horas antes, el avión privado en el que viajaban hubiese sido detenido en Manaos. La policía había considerado que aquellos músicos que fumaban hasch y maconha, predicaban la paz y la igualdad de razas, podían ser peligrosos para la dictadura que gobernaba los destinos del Brasil.

Y si le había importado poco es porque solo tenía un propósito en su viaje: jugar al fútbol con Paulo Cesar Cajú.

El samba y el reggae son la misma cosa, tienen el mismo sentimiento de las raíces africanas – dijo al primer periodista que lo abordó.

Pero apenas apagó la cámara repitió: Yo vine aquí para jugar con Paulo Cesar Cajú.

No dejó de repetir la frase.

Amante del fútbol desde la infancia, solía jugar picados antes de sus recitales. Fanático del Boys Town FC jamaiquino, alguna vez pensó en ser futbolista profesional. Pero el arte de la quiromancia –que dominaba a la perfección– le indicó que sería mejor una carrera musical.

Fanático de Pelé, de Jairzhinho y de Gerson, Marley, sin embargo, solo mencionó el nombre del ídolo del Botafogo del 67 y de la selección campeona en el Mundial 70 durante su estadía en Río de Janeiro.

Caju Marley

Paulo Cesar Cajú, el hombre con el que quería patear la pelota, era el jugador más exótico del fútbol brasileño. Por su pelo afro, a medio camino entre Angela Davis y el propio Bob Marley, sus ideas de izquierda, y su defensa de los ideales de la negritud. Nacido en una favela, había sido dado en adopción a los diez años a una familia con mayores posibilidades. El éxito futbolístico, que alcanzó a fines de los años sesenta, no le impidió ver lo que era una realidad palpable: que pobreza y color de piel estaban y estuvieron en Brasil, profundamente unidas. En 1968, con diecinueve años, se emocionó al ver en la pantalla como dos atletas negros hacían el saludo Black Power tras ganar la medalla de oro y la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de México. Desde entonces se convirtió en difusor de las ideas libertarias de las Panteras Negras, y en promotor de la filosofía de Malcolm X y de Marthin Luther King. Amigo de periodistas, músicos y políticos de la izquierda, Paulo César Cajú comenzó el camino de los mitos futboleros.

"Cajú era el jugador más exótico del fútbol brasileño por su defensa de la negritud, Malcolm X y las Black Panthers"

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Cuando aquella tarde de Marzo de 1980, recibió el llamado de uno de los directivos de la discográfica Ariola, ya era el ídolo del Vasco da Gama, después de haber pasado por el Flamengo, el Olimpique de Marsella, el Fluminense y el Gremio.

Atendió, y recibió la noticia.

-Bob Marley quiere jugar con usted.

Paulo César Cajú, el ídolo del fútbol carioca, se emocionó. Y solo pidió hora, fecha y lugar.

Le dieron las coordenadas. Tenía que presentarse al día siguiente, a las cuatro de la tarde en un potrero ubicado en el Km. 18 de la Avenida Sernambetiba.

Cuando llegó, encontró a los que serían sus compañeros de equipo: Chico Buarque, Toquinho, Jacob Miller y Bob Marley. Él era el último artista.

Del otro lado, Alceu Valenca, Chicao, y cuatro empleados de la compañía discográfica.

Antes del pitido inicial Marley se acercó a Cajú

-Soy fanático suyo. A Jamaica le gusta el fútbol gracias a Brasil

Entonces, Paulo Cesar, se agachó y tomó su bolso. Revolvió y sacó una camiseta. Era la del Santos. La de Pelé.

Un 3 a 1 a favor del equipo de Marley, con un gol del rastafari y dos del jugador brasileño, demostraron que los artistas eran mejores.

Un año después, Marley murió en Jamaica. Paulo Cesar Cajú, viajó a Francia, donde ingresó en el AS Aix, y acabó rendido entre las drogas y el alcohol. Su vida fue una penuria. Entre el hasch, la cocaína y la heroína, no solo perdió él, sino el fútbol bonito, negro y rebelde que había representado.

Hoy, recuperado, suele recordar el partido con Bob Marley. Ese partido donde intercambiaron fútbol, deseos de cambio y luchas por la igualdad racial, se le quedó grabada en los pies y en el alma.

Marley Caju Portada

 


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