23 / 12 | Lo de siempre

PARA QUÉ SERVIMOS LOS QUE NO SERVIMOS PARA NADA


Había una chica en mi curso que se sentaba adelante y sabía TODO: en cada materia tenía un diez. Era hermosa. Y correcta. Y aplicada. Y muy devota de Jesucristo y la Virgen. Todas las vírgenes, incluida ella. Sobre todo, ella. Yo me enamoraba cada mes de una distinta pero nunca, a la vez, dejaba de estar enamorado de ella. Eran amores platónicos, para sortear el aburrimiento de las clases.

La miraba, detenidamente, hasta que sonaba el timbre. Disimulando, por supuesto, pero detenidamente la miraba, como un asesino serial: pero si ella se daba vuelta, yo agachaba la cabeza y hacía como que leía el manual de Geografía. De repente me nacía un enorme interés por los límites de Yugoslavia y Checoslovaquia. Cuando su mirada volvía al pizarrón, yo volvía a la caza de nubes de colores, a mirarla imaginándola desnuda, sonriendo, vestida de otra manera, en otro lugar, con otra actitud, dándome un beso.

"si ella se daba vuelta, yo agachaba la cabeza y hacía como que leía el manual"

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Mientras tanto, algunos aprendían francés, otros se copiaban la Tabla Periódica de los Elementos y había uno que robaba biromes y otro que tiraba avioncitos por la ventana. No había mucho que aprender, creo. Yo ni tenía carpeta y no llegué a escuchar jamás a un profesor durante más de cinco minutos sin mirar el techo imaginando una vida de aventuras y acción y superhéroes y revoluciones y campeonatos y recitales. Terminé la secundaria porque la escuela estaba podrida de mí. Y viceversa. Así que decidimos en conjunto no volver a vernos nunca más.


Mes tras mes me iba enamorando de todas, exceptuando las más fuleras, las imposibles. Pero a cada amor mensual le hacía un recreo emocional para volver a mi amor platónico que era la rubia de adelante. Ese amor me duró todo el año. Fue, también, la única compañera de curso con la que nunca bailé ni tranzamos ni nos mandamos cartas ni nos mandamos a la mierda. Nunca, nada. Del grupo de las sobonas de adelante, era la única que me dirigía la palabra. Con cierto cariño y aprecio. Siempre sospeché que era porque ella tenía la secreta y equivocada esperanza de que algún día yo iba a reformarme y ser una persona. Pero acá estoy, con 38 años sigo siendo un adolescente. No sé qué fue de su vida.

De aquellos años es la hipersegmentación del marketing, que se fue dando bajo la condición de posibilidad de la revolución digital. Pero también paralelo a la hiperespecialización científica, que trituró las disciplinas tradicionales, las que nos enseñaban como materias en la escuela.

"Con la ayuda de Jesucristo, la Virgen y un marido aburrido"

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La crisis de la escuela secundaria fue tributaria en todo el mundo de esta hiperespecialización científica, que ya en los noventa era furor en las revistas pedagógicas, tan alarmistas como de costumbre.

La rubia de adelante, además de saber TODO, sabía computación e inglés, tenía el futuro ganado. Con la ayuda de Jesucristo, la Virgen y un marido aburrido. No debe haber tenido una vida emocionante, supongo, pero quién sabe.

Debe estar armando el arbolito de Navidad en alguna ciudad del país junto a sus hijos esperando que su marido vuelva con cara de aguinaldo. O no. Capaz que murió. O trabaja en un laboratorio de células madres en Irán. O es becaria de algo en Palermo. O diputada trotskista en alguna provincia. O capaz que es gerenta de alguna tontería en una gran empresa de esas que salen en las revistas. No sé. ¿Qué pasaría si hoy le tomaran examen, exactamente el mismo examen de aquel entonces, a la rubia de adelante? ¿Se sacaría otro diez?

El que se acuerda de Física y Química probablemente no recuerde qué es un diptongo o cuándo la incógnita de las ecuaciones se presenta en la vida cotidiana. De esas generalidades enciclopédicas, que incluía Psicología (se escribía con P, en aquel entonces), Educación Cívica, Gimnasia, ¡Contabilidad!, Geometría (¿Geometría? qué ridículo) y Actividades Prácticas, que podía incluir cualquier cosa, yo no recuerdo nada. Ni siquiera me acuerdo de la mitad de las novias que tuve durante la secundaria.

"La vida seguirá necesitando, cada vez más, de un editor"

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Sin embargo, por esas cosas de la vida y porque de algo hay que trabajar, tiempo después aprendí sobre algoritmos informáticos, semiótica infinita, historia argentina, economía política. No me destaco en ningún saber. Se un poquito de todo. Como cualquier periodista promedio.

Y puede que el saber se siga especializando y parcelizando, que la investigación avance hacia rincones más profundos, que se creen nuevas disciplinas concéntricas, que se vayan alejando del eje y entre sí, que los satélites sepan más de nosotros que nosotros mismos, que los motores de búsqueda conozcan más mi pasado que yo, pero siempre va a quedar esa chispa, esa necesidad que surge del caos, siempre serán necesarios los que sepan un poquito de todo y mucho de nada, porque alguien tiene que tender puentes, alguien tiene que organizar los datos, encontrar dónde buscar, saber quién es el que sabe. La vida seguirá necesitando, cada vez más, de un editor. Aunque desaparezcan los medios de comunicación.

Se pueden caer los grandes relatos, pueden morir las ideologías, pueden caducar los metamensajes, suicidarse en un callejón la filosofía, fragmentarse en nuevas tribus las tribus fragmentadas. Pero alguien tiene que mirar desde el balcón. Alguien tiene que tomar distancia. Alguien tiene que espiar al resto de las posibilidades. Alguien tiene que ordenar los cajones de información, aunque vengan en cajas cada vez más diminutas. Alguien, todavía, tiene que andar buscando el sentido de las cosas. No para encontrarlo. De eso que se encarguen los que saben. Sino para mirarlo, detenidamente, en secreto, imaginando cómo será el sentido desnudo, cómo será en otro lugar, con otra actitud, sin Dios, sin la Virgen, sin diptongos ni ecuaciones.


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