27 / 12 | Cultura

MILONGA PARA UNA ARMÓNICA


Cuando le pedían al armonicista belga Toots Thielemans que citara grandes figuras en su instrumento decía que en Argentina hubo un genio inalcanzable llamado Hugo Díaz, ese armonicista santiagueño fuera de serie que se nos fue a los tempranos 50 años, en la primavera de 1977, y dejando una gran cantidad de álbumes inhallables en casas de usados, lo que no deja de ser una buena noticia: los que los conservan saben que ese tesoro hay que mantenerlo. En Santiago no faltan los aventureros que atribuyen su arte al tamaño de su boca: decían que era tan grande como un colchón doblado al medio… Llevó a la armónica, instrumento considerado hasta entonces “menor”, a un primerísimo lugar, lo transformó en solista, que no es poca cosa. Nacido el 10 de agosto de 1927, amigo de la infancia de Domingo Cura y de su hermana Victoria con quien luego contraería matrimonio, padre de Mavi, la cantante del grupo pop Viudas e hijas de Roque Enroll. Siendo niño recibió un pelotazo en la cara que le ocasionó una ceguera que duró alrededor de un año, en esos días fue asistido por Victoria, quien con los años terminaría siendo su esposa.

Autodidacta, aprendió a tocar la armónica y otros instrumentos de oído como el violín, el piano y el contrabajo. A los 17 años llegó a Buenos Aires junto a  su amigo Domingo Cura en un tren carguero, venían a probar suerte en la gran ciudad. Si hay historias de provincianos que pasarían a ser “una aguja en el pajar”, como cantarían años después Los Trovadores, la de este armonicista merece ser contada. Arrancó en la Orquesta Educacional Infantil que dirigía el maestro Bonell, más tarde actuó en la vieja radio LV11, en el Parque de Grandes Espectáculos, la confitería París (frente a la Plaza Libertad; luego “Los dos chinos”) acompañando junto a Domingo Cura al pianista Luis Napoleón Soria. Su amistad con el arpista paraguayo Félix Pérez Cardozo le posibilitó llegar a los estudios de grabación. Recién comenzada la década del cincuenta armó un grupo con el también armonicista Luis Saltos, Norberto Pereyra en guitarra y su esposa, Victoria Cura en voz con el que recorrieron buena parte de Europa cosechando éxitos y generando asombro.

"Llevó a la armónica, instrumento considerado hasta entonces menor, a un primerísimo lugar, lo transformó en solista"

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La magia de su armónica paseó por los escenarios de América, España, Francia, Alemania, Bélgica y Holanda hasta la culminación del triunfo con el Disco de Oro en Japón. De manera desordenada, varias fuentes aseguran que tocó con Gillespie, con Ella Fitzgerald y Louis Armstrong en esos años de vértigo europeo. No han quedado pruebas sonoras de esas zapadas pero sí el recuerdo entre quienes fueron contemporáneos. Hugo Díaz tuvo una característica central en el abordaje de todo lo que tocaba: la irreverencia, eso que lo habilitaba a jugar con las melodías, a trastocarlas, a reinventarlas y cada vez de manera distinta. Los que tuvieron la suerte de verlo en vivo no recuerdan que una noche tocara de la misma manera los temas que había tocado la noche anterior. Esto lo coloca claramente en la esencia del jazz, que es básicamente la improvización. Hugo Díaz fue un jazzero y eso se comprueba escuchando sus versiones de clásicos, como “El día que quieras” o “Sur”, donde aflora su genio autodidacta y juguetón, un niño grande que así como andaba por la vida haciendo bromas, contando cuentos y divirtiéndose, en la música hacía exactamente lo mismo; por algo la casa alemana Hohner, fabricante de las armónicas que utilizaba, lo tenía entre sus figuras principales. “Yo no toco la armónica, la mastico”, decía tratando de describir su vínculo con el instrumento.


Amaba las polcas y llegó a introducir un Cello en algunas de ellas: Héctor Larrea cuenta que cierta vez le preguntó el porqué de esa incorporación instrumental y le respondió que el Cello es la voz del miedo en la selva… “La Zamba del Ángel”, con letra de Ariel Petrocelli seguramente es desde el punto de vista compositivo lo más valioso que nos dejó.

Una de las más recordadas formaciones de su conjunto reunía a Domingo Cura en percusión, Mariano Tito en vibráfono, Kelo Palacios en guitarra, Eduardo Lagos y el tano Osvaldo Berlingieri en piano, Oscar Alem en bajo, y Eduardo Avila en quena (Disco “Mi armónica y yo” publicado por RCA.)

"Hugo Díaz fue un jazzero y eso se comprueba escuchando sus versiones de clásicos, como El día que quieras o Sur, donde aflora su genio autodidacta y juguetón"

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Pese a morir a los 50 años su paso por el ambiente musical fue prolífico: tocó con Dino Saluzzi, con Eduardo Lagos, con el Chango Farías Gómez, Kelo Palacios, Domingo Cura y tantos más. Su anecdotario es fabuloso, cuenta Alfredo Abalos que una vez, en un boliche le dice Hugo, señalando a alguien del público: “Si ese petiso se raja un pedo se le llenan los bolsillos de tierra”.

Desde el punto de vista estrictamente instrumental desarrolló una forma de tocar la armónica absolutamente personal, llegando, por ejemplo a puntear con la parte derecha de su boca y acompañarse con la izquierda, todo al mismo tiempo en un recurso casi imposible de imitar (en “La Engañera” se lo puede notar). Su tendencia a la improvisación llega a niveles en que el oyente puede llegar a desconocer el tema que está tocando por la cantidad de arreglos que introducía. Cuenta el pianista José Colángelo, que lo acompañó en la grabación de los tres volúmenes de “Hugo Díaz en Buenos Aires” junto a monstruos como el bajista Omar Murtagh y el guitarrista Roberto Grela, que cierta vez Hugo le pidió un Si Bemol Menor para arrancar con la milonga “La Puñalada”, pero se fue a cualquier lado, con lo cual nació ahí “Milonga para una Armónica”.

Hugo Díaz, el pibe que llegó de Santiago del Estero y desarrolló una carrera veloz y llena de un arte que por suerte ha quedado registrado en unas dos docenas de long plays que son material de estudio para músicos e investigadores de todo el mundo. Grabó en los sellos TK, Disc Jokey, Odeón y RCA Víctor. Lamentablemente no han quedado registros en video de sus actuaciones, muchos lo atribuyen a ese sacrilegio que se cometió en el viejo canal 7 de borrar las cintas para regrabarlas, con lo cual se le amputó a la cultura argentina una cantidad inimaginable de registros testimoniales de un tiempo trascendental para nuestro país.

"Hugo señalando a alguien del público: 'Si ese petiso se raja un pedo se le llenan los bolsillos de tierra'."

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El 23 de octubre se cumplieron 40 años de su partida, pero el dato pasó inadvertido. Fue el artista que contribuyó a llevar a la armónica al lugar de instrumento principal. “Hugo Díaz hay uno solo, y nunca más”, dice Ángel Sangedolce en el documental “A los cuatro vientos”. Vaya si tiene razón.



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