09 / 09 | Lo de siempre, Política

MACRI LEE


Mauricio Macri descansa bajo el sol, extendido en una reposera de mimbre sobre el pasto patagónico. Tiene en sus manos El Manantial, de Ayn Rand. Lleva puesta una camisa celeste, un buzo azul marino y una campera verde militar. Entre el jean y las crocs grises -a tono con su outfit en gama de neutros- asoman unas medias que reflejan su convicción de que en invierno no se anda en remera y en patas. Reconocido es que nunca fue un gran lector. Sin embargo, lo tiene atrapado esta novela sobre un arquitecto que hace una impecable defensa del capitalismo laissez faire. Mira de reojo su reloj deportivo, porque sabe que debe apurarse para terminar el capítulo antes de que se vaya el sol. Macri lee y Macri habla. Siempre se elogió su capacidad de escucha por sobre la de oratoria, pero él es minucioso a la hora de elegir sus palabras. Hace poco tiempo, para escándalo de la prensa y los organismos de derechos humanos, usó el concepto de “guerra sucia”. No fue ingenuo cuando formuló aquella frase. Él es un convencido de que la ideología es cosa del pasado; asocia el término a los ’70 y a la hiperpolitización de la última década. Pero decide no dispersarse con discusiones obsoletas y retoma la lectura. Ya siente la presión de que se termina el día. El segundo semestre lo acorrala y la vorágine de gobernar un país le deja poco espacio para andar interpretando. El tiempo se le escurre entre los dedos. ¿Cómo hacer -se preguntará Mauricio- para leer este presente que es acá y es ahora?

"una impecable defensa del capitalismo laissez faire"

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Leer entre timelines

Durante la campaña, Macri supo leer mejor el humor social que los otros candidatos. El PRO logró capitalizar el eslogan de Sergio Massa, “El cambio justo”, y pudo, tras la ajustada victoria de Rodríguez Larreta en la ciudad de Buenos Aires, virar a tiempo su discurso al cambiemos-pero-no-tanto. No fueron solamente palabras: Macri inauguró una estatua de Perón, que se alzó como monumento del pragmatismo amarillo. “Nosotros somos del PC, el Partido de lo Concreto”, bromeó tiempo atrás en la misma sintonía su ministro Hernán Lombardi. Esa capacidad del macrismo de detectar qué quería el electorado no tuvo que ver con un don interpretativo. El PRO realiza una lectura intensiva de la sociedad. Rastrea datos específicos porque apuesta a la propaganda segmentada. Su aparato usa las redes sociales y envía anuncios focalizados a públicos que se dividen según criterios socioeconómicos, etarios y culturales. ¿Cómo obtienen la información? Se podría pensar que a través de medidas como la anunciada sobre el uso de la base de datos  de ANSES, donde muestran su “desesperación” por saber, y también mediante otras estrategias como la “lectura” de los perfiles de los usuarios. Los miles de empleados públicos que empezaron a borrar tuits el 11 de diciembre y se pusieron nombres de fantasía en Facebook no fueron víctimas de una “campaña del miedo”, sino que sufrieron en carne propia aquella “persecución ideológica” de la que el macrismo se burlaba antes de ganar las elecciones. Al final, el control sistemático de perfiles no era un mito. Los dirigentes macristas acceden a tocar timbres o tomarse unos mates con los vecinos para juntar votos, pero su fuerte es el activismo de sofá y creen que la persuasión entra en 140 caracteres. El PRO despliega así una estrategia digital efectiva -con algunas metodologías cuanto menos polémicas- que ayuda a amortiguar los golpes si falla la táctica política.


"la persuasión entra en 140 caracteres"

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Hablarle a la tribuna

Circula una foto, posiblemente fake, de Mauricio a punto de dar un discurso frente a un atril con hojas en blanco. De ella se desprende una interpretación malintencionada: el Presidente no tiene idea de lo que dirá a continuación. Se juega con su poca capacidad discursiva, un defecto que muchas veces se describe como virtud. Sin embargo, también hay otro análisis posible: Macri no lee, pero finge que lee. Busca demostrar que no es un improvisado. No refleja ignorancia cuando responde que “no tiene idea” del número de desaparecidos en la última dictadura cívico-militar. Le gusta provocar a una parte de la población a la que no elige como interlocutora, mientras aprovecha para lanzar un guiño a la parte que sí. Durante años, quiso contrastar su capacidad de diálogo con los monólogos y el supuesto autismo político de Cristina Kirchner. Sin embargo, de a poco delimita su núcleo duro y hay quienes ya lo acusan de haber entrado en su propia fase de macrismo lisérgico. ¿Todavía es el hábil lector de la campaña, el que interpretó un deseo de moderación y un equilibrio de continuidad con cambio? Su imagen leyendo en esa reposera parece ser la de alguien que abandonó una tarea: la de “leer” la sociedad. Macri está ahí, con su atención puesta en el relato que le gusta. Pasa las páginas con una determinación metódica, mientras toma de a poco una botella de Coca Light con sorbete. El viento patagónico pega fuerte. Se cierra el primer botón de la camisa y se cubre del frío con un pañuelo camel. El sol se esconde mientras los ojos azules se le ponen chiquitos y arrugados, en su máximo esfuerzo por entender aquellas letras borrosas. En sus aparentes “descuidos” discursivos (como su ya mítico “te la debo”) parece habitar un desdén más profundo. Quizás de la novela El Manantial lo apasiona la defensa que hace sobre el individualismo y el egoísmo racional. Sin embargo, el relato no tiene solamente una lectura posible: el protagonista encarna también una crítica al establishment de su época y a aquellas personas mediocres que alcanzan el “éxito” traicionándose a sí mismas. Y Macri sigue aferrado a su lectura. El tiempo no sobra: debe leer el acá y el ahora.

9789872095161


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