01 / 09 | Literatura, Política

LOS KENNEDY ROJOS

Martín Sivak no solo escribió un libro sobre el suicidio de su padre ("El salto de papá", Editorial Seix Barral). También inventó un método sobre cómo hacerlo. Cómo narrar ese silencio que se instala en cada conversación ante la noticia de un suicidio, esa sensación de pudor e incomodidad omnipresente. Por eso, y esa es parte de su desafío, el libro de Sivak es al mismo tiempo uno y muchos. Se lee como un juego de mamushkas que rodean al personaje central, Jorge Sivak, y van llegando hacia él progresivamente, como en espiral. El PC, la cultura política de los años 80, la familia, el destino peculiar de la burguesía criolla y sus crisis financieras, la elite política argentina. Y al final, un hombre. Y el enigma de su final.


El Partido Comunista Argentino fue una de las instituciones principales de la democracia burguesa de nuestro país. Una vez perdida su batalla política por los “corazones y las mentes” de la clase trabajadora argentina a manos del peronismo, el PC encontró un nicho fuerte en la clase media argentina, y prosperó naturalmente junto con ella. Y se convirtió en un paradójico defensor de las garantías de la democracia liberal, bajo la cual podían desarrollarse. Es curioso: si los PC’s en el poder tienden a aniquilar y secar la sociedad civil, los que están en la oposición la fortalecen y reproducen. El Oro de Moscú no se entierra en bolsas de nylon ni se invierte en hoteles siempre vacíos. Vuelve a la sociedad convertido en bancos, cooperativas de crédito, empresas, centros culturales, diarios, librerías y editoriales. Como antecesores del lousteauismo, permutaron la Revolución por la Evolución, para convertirse en uno de los pilares de la burguesía de izquierda. En un movimiento, por otro lado, mucho mas natural que la contra natura y forzosa “proletarización” de la izquierda revolucionaria de los años 70.

"El Partido Comunista Argentino fue una de las instituciones principales de la democracia burguesa de nuestro país"

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En esa cosmovisión nace y crece Jorge Sivak. Hijo de Samuel Sivak, quien fundó la fortuna familiar comprando Minera Aluminé con dinero del Partido, fue militante, abogado de presos políticos, preso político a su vez y miembro de las efímeras Fuerzas Armadas de Liberación (hijo de su generación, finalmente) y empresario. En su vitalismo recorrió todos los rubros del “universo PC”. Sería fácil, como se ha hecho tantas veces, señalar la contradicción flagrante en el concepto mismo de “banquero comunista”. Sin embargo, quizás esa contradicción sea a la vez la que mas los humaniza. Durante el Proceso, el exilio en Punta del Este de los Sivak, escuchando canciones de la Guerra Civil Española, puede ser malo desde el punto de la coherencia ideológica pero es bastante genial desde el punto de vista de la vida. Como quien no quiere perderse de nada. Como quien quiere experimentarlo todo. En todo caso, mucho mejor que el sabor metálico a amargura estalinista de un Vittorio Codovilla o un Orestes Ghioldi. Gelbard conducción.

Elementos estables del poder argentino, la elite del comunismo argentino devino en una suerte de ala izquierda del círculo rojo, desarrollando una particular sensibilidad por las internas y matices de este último. Como esquimales del poder, eran capaces de detectar o inventar infinitas gamas de blancos en aquello que para el resto significaba una realidad homogénea. En el “defender a Videla para evitar el pinochetismo” no hay solo un oportunismo o un dictado de Moscú. Hay una forma, alambicada y elitista, de comprender la política, en un partido con mas cuadros que gente. Y en esa permanente amenaza de un mal mayor, la justificación ideológica necesaria para la defensa en la práctica de los valores burgueses. Sin que medie una operación necesariamente “cínica” (en el sentido de la plena autoconsciencia) en el ínterin: hacer de la necesidad política una convicción.


"si los PC’s en el poder tienden a aniquilar y secar la sociedad civil, los que están en la oposición la fortalecen y reproducen"

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La práctica política de Jorge Sivak tiene esta marca de fábrica, con la salvedad de que en sus años de activación en el “circulo rojo”- la década del ’80- mas que una particularidad era una señal de época, quizás en un reflejo condicionado de lo que había sido la política argentina bajo la era del Partido Militar. Una política que efectivamente sí funcionaba como una conspiración, en lobbys de hotel con whisky y habanos. Sivak Padre se reúne varias veces con Lanusse, bajo cuyo gobierno había estado preso, para entender “la mentalidad militar”. Y también lleva a su hijo Martín a visitar a Seineldín, con la esperanza de “frenar el golpe”, en una charla delirante (uno puede imaginarse la alegría del carapintada, al ver cristalizado en una persona física su ideario del complot plutocrático-judeo-comunista. “¿Vieron que existe?”, podría haberle dicho a sus camaradas de armas). El libro de Martín Sivak tiene un encanto particular en este punto: funciona como una suerte de “Stranger Things” de los ochentas político, con las texturas y olores de esa década. Los años que median entre el Felices Pascuas de 1987 y la Ley de Convertibilidad de 1991 fueron los años que “vivimos en peligro” de la democracia argentina. Lo tuvieron todo: tres levantamientos militares, dos hiperinflaciones, una interna peronista, un ataque guerrillero a un cuartel y una caída del Muro. Y son también los años de la tragedia de la familia Sivak, esos Kennedy rojos, a los que parece que nada de lo argentino les es ajeno, y que empiezan a caer con el secuestro de su hermano Osvaldo en 1985.

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El secuestro es un punto de inflexión en la vida de la familia, y también en el libro. Cuando “empieza” de alguna manera el suicidio, dado que la gama de sucesos que este genera (incluyendo el pase a la actividad financiera de Jorge como titular del Banco Buenos Aires Building) son los que concluyen en ese diciembre de 1990, como en una macabra combinación astral. La tragedia argentina alcanza a los Sivak por “izquierda” y por “derecha”: golpea a Jorge en su faceta militante, en la desaparición de su mejor amigo y compañero Jorge Treste; y también en su faceta empresarial, primero con el secuestro extorsivo de su hermano Osvaldo y luego con la crisis y quiebra del Banco que le tocó presidir contra su voluntad. Una simetría perfecta y argentina, dado que además los perpetradores de unos y otros son casi los mismos. La banda que secuestró al mayor de los Sivak era otro hit ochentista: la mano de obra desocupada. Ex uniformados a los que el Estado había enseñado a secuestar en la dictadura y que luego durante la democracia, sin patrón estatal, decidieron tomar el camino del emprendedorismo.

"El libro funciona como una suerte de 'Stranger Things' de los ochentas político, con las texturas y olores de esa década"

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El hermano Jorge rema y nada contra la corriente, pelea y suda y pone a disposición todos sus recursos de poder para recuperar a Osvaldo. Desde comisarios de la Bonarense hasta parapsicólogos. En 1987 aparece muerto, revelando los límites del poder cuando la fortuna se ensaña. Son también los años de la “celebridad”, de la familia mártir en la televisión y los diarios, de los custodios y del Banco. Y en el ojo de ese huracán un hombre. Un hombre y su familia.

Jorge Sivak no quería ser empresario, y boicoteaba a su manera ese designio familiar que rechazaba, poniendo en los negocios toda su economía afectiva. Negocios fallidos con países del bloque del Este, contratos inútiles para amigos y compañeros, Sivak ponía las finanzas al servicio de la bohemia política. Una rebelión desde adentro contra Samuel, el patriarca gélido del “Directorio” financiero comunista descripto por Isidoro Gilbert y fundador del “Imperito”, como lo llama su hijo Martín. Contra el capitalismo, Jorge Sivak proponía una subversión mucho más revolucionaria y concreta que la marxista: la afectividad humana.

Porque según todos los testimonios, Sivak fue siempre demasiado humano. En el momento más alto del libro, su hijo se convierte en detective. O usa su profesión de periodista para revisar todo el espectro de la arquitectura afectiva de su padre. Un “Sivak Investiga” de la amistad. Y los resultados son concluyentes: desde operadores pasando por socios, ex empleados, amigos y compañeros de militancia la sentencia es inapelable. Jorge Sivak es el mejor tipo que conocieron. De una generosidad que desborda, pero también algo atorranta, y que hace de él un personaje verdaderamente singular en un mundo (sus mundos: el comunismo y la banca) especialmente áridos en ese sentido. Sus verdaderos logros, los que lo destacan, no son ni financieros ni políticos. Son humanos. Sivak parece por momentos un astronauta en el planeta frío del Poder. Incluso puede intuirse una  debilidad por el derrotado, el que perdió, en su amistad secreta con Lanusse. Un buen tipo en un universo de hijos de puta y quizás demasiado sensible para el mundo que le tocó, y más aun para el que sobrevendría luego, en la década del 90 que no vivió.

"Negocios fallidos con países del bloque del Este, contratos inútiles para amigos y compañeros, Sivak ponía las finanzas al servicio de la bohemia política"

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En una escena de la saga del Padrino, Vito Corleone (en realidad, Vito Andolini), ya maduro y exitoso en su ciudad de emigración, Nueva York, regresa a su pueblo de Sicilia y le hace una visita al asesino de su padre. Todo está igual alrededor, con la excepción de los años de Don Ciccio, el asesino. La vendetta (sin estridencias, sobria, pero con emoción) que ejecuta es similar a la de Martin Sivak. Todos aquellos que en esos años precipitaron la caída reciben “una visita”. Desde el abuelo Samuel (ese “viejo de mierda”) hasta Marta Oyhanarte y José Luis Manzano, pasando por los directivos de “El jardín de Paz”. Sin embargo, el mejor homenaje y la victoria final del autor reside en la conclusión que le queda al lector después de cerrar el libro: a nosotros también nos hubiese gustado ser amigos de Jorge Sivak.

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