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LA REVANCHA DE LOS “NUQUITAS ROJAS”: LA VICTORIA DE TRUMP Y LA INTELECTUALIDAD PROGRESISTA


A más de dos semanas de la elección que coronó al magnate y showman Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos, ha pasado el tiempo adecuado para pensar en frío algunas cuestiones detrás de semejante hito histórico. Las que no tuvieron ningún tipo de frialdad fueron las miles de notas, artículos de opinión, cartas de lectores, etc, escritas casi inmediatamente luego del sufragio y orientadas, casi en su totalidad, a despreciar a los electores de Trump. “Son mayoritariamente racistas”, “Lo votaron porque odian tener a un presidente negro”, “son desclasados”, “habitan en los Estados más pobres y atrasados”, “es la expresión de la ruralidad norteamericana”. La lista de comentarios empíricamente flojos y altamente prejuiciosos es larga, colorida y no resultaría extraña si no hubiera sido proferida por intelectuales y periodistas que suelen apelar a la reflexión, la moderación y la demostrabilidad de sus dichos como banderas fundamentales. Que varios de esos Estados donde arrasó Trump hayan votado a Obama, no una sino dos veces, que algunas de las ciudades más grandes y económicamente desarrolladas del país se encuentren en ellos y  que el millonario haya arrasado en los distritos históricamente demócratas y con una alta tasa de sindicalización, no fueron datos a los que estos pensadores se hayan detenido a analizar antes de lanzar esos estereotipos.

 

Lo más interesante de estos alaridos de indignación gráfica es que son una de las tantas muestras cabales de por qué ganó Trump. Esa versión luisventuresca de la viril y guerrera “Bestia Rubia” del filósofo alemán Friederich Nietzche. Y es que, pese a que la pretensión de los autores de esas notas era resaltar la condición opresiva, totalitaria y repugnante de los trumpistas frente al progresismo, multiculturalismo y liberalismo cultural (tanto de ellos como de los habitantes de los Estados costeros) lo que subyacía casi abiertamente en sus artículos era un desprecio de clase. Desprecio de clase que los trumpistas conocen bien. Esa soberbia, que combina valores heredados de la Revolución Francesa con sensibilidad posmoderna, se ha burlado repetidamente de la condición educativa, religiosa y hasta física de muchos hombres y mujeres que sí, habitan en Estados empobrecidos tanto del Sur profundo como del Centro-Oeste industrial, y que sí, votaron a un megamillonario evasor, misógino, posible violador, xenófobo que, digámoslo, tiene bastante mal gusto debido al quincho rubio patito que adorna su cabeza. Imputaciones que admitieron muchos de los votantes antes y luego de emitir su voto. Voto que señalaban como el mal menor frente a cuatro años de más libre comercio, cierre de fábricas (Recordemos lo que sucedió en Detroit, la ex capital automotriz del mundo) y conflictos bélicos en Medio Oriente, en contraposición con un candidato que prometía, no sólo expulsar a los inmigrantes, sino también terminar con los tratados de comercio y ejercer un aislacionismo tanto económico cómo militar. En vez de indagar profundamente en la razón detrás del voto al magnate por parte de trabajadores pobres, sin rumbo en los últimos treinta años (teóricamente el sujeto central de la preocupación de las izquierdas), lo que un sector mayoritario de la elite intelectual y periodística occidental hace es sumarle a la cruz de la exclusión económica y educativa un nuevo clavo.

"Esa elite que cada vez que ve a un sureño blanco, de jardinero y gorra, en vez de ver a un trabajador, ve a un potencial miembro del Ku Klux Klan, a un nuca roja"

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Es, de alguna manera, una forma de admitir que algo de razón tenían para estar enojados esos “estúpidos hombres blancos” (título irónico de uno de los libros de Michael Moore). De todas los artículos que he leído, el que más ruido hace es uno publicado en el New York Times por el premio Nobel de Economía, Paul Krugman. Una nota de opinión de este ex funcionario económico del derechista Presidente Ronald Reagan que, luego de ser neoliberal durante muchos años, hizo un viraje hacia un keynesianismo moderado y se convirtió en ídolo del centroizquierda occidental. Un centroizquierda que, en un mundo demasiado corrido a la derecha, ve ídolos hasta en Wall Street.  En su op-ed, Krugman asegura que hay muchos en su país que no comparten para nada nuestra idea de lo que es Estados Unidos”.  Al parecer ni Krugman ni otros intelectuales, muchos de estos progres de verdad, se indignaron frente a los votos obtenidos por Clinton luego de ocho años de políticas económicas a favor de los banqueros culpables de la crisis del 2008, o de continuar e incrementar el imperialismo militar de Bush en Oriente Medio. Tampoco se indignaron al respecto los centenares de neoyorquinos que luego de la victoria de Donald J. llenaron las paredes del Subte de Nueva York de papelitos en forma de “terapia colectiva” (También recordemos que la mano derecha de Trump es Rudolph Giuliani, el represivo y súper popular alcalde de la Gran Manzana durante dos períodos).


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Volviendo a los electores de Trump, muchos de estos son trabajadores manuales que, no sólo comparten junto a los negros y los latinos la carga de vivir en un país que, desde 1974 es cada vez más desigual y en el que el Estado no sólo no los protege de la explotación, sino que además tienen que tolerar que ese mismo Estado, ¡ni siquiera les permite ser explotados!. Su Gobierno ha decidido, hace unos cuantos años, permitir a las grandes multinacionales cerrar industrias para reproducir su capital en naciones del Tercer Mundo, en donde la tasa de explotación es mucho más fructífera. Países como China o Bangladesh que compiten entre sí para ver cuál tiene las horas de trabajo más barata. Ha sido esta elite intelectual (y sus semejantes en todo el mundo), proveniente en su mayoría de los prósperos estados costeros, en donde la ganancia de esas multinacionales es invertida (cambie usted San Francisco por Buenos Aires o Barcelona y la reacción y el nivel cultural de los autores será similar), la que se ha olvidado del bienestar de esos hombres y mujeres anónimos. Esa elite que cada vez que ve a un sureño blanco, de jardinero y gorra, en vez de ver a un trabajador, ve a un potencial miembro del Ku Klux Klan, a un nuca roja (redneck, por el efecto del sol abrasador en la piel blanquísima de los trabajadores rurales).  Por suerte, no todas las reacciones fueron así y luego de que baje la espuma de la indignación tal vez se pueda comenzar a analizar el problema más seriamente. Un buen caso al respecto es el libro que la socióloga, progre, californiana y docente de UCLA, Arlie Russell Hochschild, ha escrito sobre el fenómeno de la nueva Derecha en los Estados Unidos. “Extraños en su propia tierra”, un libro dedicado a lo que ella denomina “una hermosa pareja de buenas personas”, que a su vez son víctimas de la contaminación de una mega – corporación en la zona más pobre del Estado de Louisiana y miembros del Tea Party, la extrema derecha del Partido Republicano.

" lo que subyacía casi abiertamente en sus artículos era un desprecio de clase"

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Personas sencillas que, junto a otras decenas de casos, aseguraron a la autora que a diferencia del desprecio que sienten por parte de un Partido Demócrata demasiado liberal, posmoderno y  “norteño”, sienten que es la derecha republicana la que los mira a los ojos, valora su cultura y no los juzga. No ven que es esa misma derecha la que favorece a las corporaciones que los dejan sin trabajo y les contaminan el lago del que son vecinos. Incoherencia que tal vez tenga que ver con que viven en un país donde decenas de gobiernos demócratas ni siquiera intentaron promover una educación de calidad para todos sus ciudadanos. En fin, sería interesante que las elites intelectuales, si es que son realmente progresistas como ellas mismas declaman serlo, comiencen a interesarse por el sufrimiento que padecen todas estas “nuquitas rojas”, que han demostrado que cuando se enojan te pueden poner a un showman reaccionario a controlar la mayor reserva de armas nucleares del mundo.

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